Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 164
Capítulo 164. Antiguos Camaradas de Armas
Luego de oír la afirmación, Garnet murmuró con evidente escepticismo.
—Joseph Faust…
Cualquiera que oyera semejante nombre ligado a tal posición reaccionaría de idéntica manera.
—¿Cómo es posible que el líder supremo de la Orden Alte termine sirviendo a quienes idolatran el Vacío?
El Sumo Sacerdote, al tratarse de la fe oficial del Imperio y el amo absoluto de la Catedral, es seleccionado mediante un escrutinio sumamente estricto. Joseph Faust era un individuo cuyas capacidades habían sido avaladas incluso durante ese riguroso y legítimo proceso.
—Lo más seguro es que se trate de ese maldito Doppler.
Fue Jed quien ofreció una respuesta a aquella interrogante. Se encontraba aguardando las directrices de Ferda en la guarida que Garnet había establecido.
—¿Doppler?
Cuestionó Garnet ante su comentario.
—Es algo parecido a un Doppelganger, pero mucho más insistente. Toma la forma de la víctima, luciendo idéntico, es una copia exacta. Por poco y no logro identificarlo.
—¿Acaso replica también el maná y las destrezas particulares?
—Es muy poco probable.
El último Doppler con el que se había topado era el mismísimo Director de la Academia Escolleia. Jed solo podía rememorar la imagen de una cabeza brillante y desprovista de cabello.
Garnet intentó darle sentido a los fragmentos de información brindados.
—Asumiendo que ese Doppler del que hablas sea real, ¿te refieres a una nueva variante demoníaca, y afirmas que orquestan crímenes premeditados?
—Correcto.
—Si todo es parte de un plan, es muy factible que hayan sumado a sus filas a un usuario de poder divino.
—¿Un clérigo capaz de manejar energía divina se dejó engatusar por el complot de un demonio?
—Poseer un gran poder divino no garantiza que la rectitud moral vaya a la par. Existen 500 candidatos luchando por ese cargo. ¿Acaso los 500 son siervos inmaculados de Alte?
—¿Entonces se aliaron con las fuerzas oscuras para devorar su poder?
—Por si fuera poco, ostentar el título de sacerdote es una cosa, pero si alcanzas el grado de Obispo de la Catedral, el riesgo de ser desenmascarado es casi nulo.
En contraste con los clérigos que emplean la magia sagrada de manera constante, los obispos se enfocan en las esferas políticas y burocráticas. El puesto de Obispo de la Catedral representa un núcleo de poder que administra no solo la urbe principal, sino la totalidad de los distritos religiosos, convirtiéndolos en burócratas alejados de la imagen tradicional del sacerdote que todos conocen. Eso implica que casi nunca requieren utilizar hechizos, y considerando el estatus de Joseph Faust, nadie dudaría de él fácilmente. A eso se le sumaba que, al calcar a la perfección los rasgos físicos, bastaba con imitar las particularidades del individuo para asegurar la coartada por completo.
—Por lo tanto, nuestra misión actual es colarnos en las instalaciones de la Catedral. Debemos localizar indicios que confirmen que Joseph Faust está confabulado con los demonios, o lo que sea que esté ocurriendo.
—Mmm, si la situación es esa…
—¿Si la situación es esa?
—¿De cuánto es el botín esta vez?
Como si fuera un acto reflejo, Jed frotó sus dedos formando un círculo. Garnet le dirigió una mirada de profundo hastío.
—¿De verdad tienes el descaro de pensar en ganancias en este momento? Ya te has forrado bastante de dinero últimamente, ¿no te parece?
—Si estuviéramos hablando de hace unos días, te diría que sí, pero hemos tenido una fuga de capital.
—¿Una fuga?
—La muy maldita de Penélope desvió los fondos a escondidas y se los patinó todos en fiestas y lujos.
—…
—Maldita víbora.
Jed apretó sus puños con intensa frustración. Garnet recordaba a la perfección la obsesión de Jed por el oro desde épocas pasadas. Cuando formaban parte del grupo de mercenarios, no olvidaba a un tipo de dedos ágiles que intentó robar a Jed y acabó con una mano cercenada.
«Y pensar que este mismo sujeto permite que ese demonio haga de las suyas…»
Garnet lo observó con evidente repugnancia. Incómodo ante su severa mirada, Jed se removió.
—¿Por, por qué me clavas los ojos de esa manera?
—…Olvídalo.
El deber era lo primordial en este instante.
—Yo me haré cargo de la compensación, así que pongámonos manos a la obra. El margen de maniobra que tenemos es de apenas dos horas. Disponemos de 60 minutos para recuperar algún objeto que evidencie la alianza de Joseph Faust con el bando demoníaco.
—¿Algún hilo del cual podamos tirar?
—Nada. Ya es un triunfo poder hacernos con los planos estructurales del edificio, y lo único concreto que sabemos es en qué momento se releva la guardia. Colocaremos a nuestros agentes, pero nos tocará improvisar en muchos frentes.
—A nuestro Regente nunca le gusta ir por el camino sencillo.
Jed soltó un bufido y se despojó de la armadura que llevaba puesta. Procedió a enfundarse en unos ropajes dignos de un devoto seguidor de la Orden. Camufló sus vistosos rasgos con maquillaje estratégico para pasar desapercibido. Con eso, su atuendo de infiltración estaba listo.
—Ah, casi se me pasa.
No dejó atrás una tarjeta que descansaba sobre la mesa. Un cartón firme que lucía el dibujo de un conejo portando una máscara de ave. Era un artículo que él mismo había confeccionado cuando adoptó el alias de Barnie Swallow.
Al notar el objeto, Garnet frunció el ceño instintivamente.
—¿Es absolutamente necesario que cargues con esa tontería inservible?
Puesto que Jed se movía en el submundo, mantener oculta su identidad era vital. Garnet consideraba que comportarse de manera tan teatral solo aumentaba las probabilidades de que lo capturaran.
—Por supuesto que es necesario.
Pero la perspectiva de Jed era distinta.
—Barnie Swallow encarna a un emisario de la justicia que castiga la vileza.
Para él, moverse entre las sombras exigía un destello de luz propio. Ese era el lema de Jed.
Enfermería del Parlamento Dorado.
Ferda se hallaba sentado al lado de Consillus, supervisando su evolución. A causa del reflujo de su aura, hasta su energía vital se había visto ralentizada, y debido a su avanzada edad, su capacidad regenerativa era precaria, evidenciando escasos avances.
«En caso de que Consillus fallezca… ¿Arwen asumirá su cargo?»
Consillus no había engendrado descendencia, pero crió a Arwen como a su propia sangre, permitiéndole desenvolverse en los círculos nobles. Sangre fresca, destrezas formidables y un sistema de valores bien cimentado; consideró que Arwen sería capaz de ocupar adecuadamente el lugar de Consillus. Pero con eso no bastaba. Hoy por hoy, Consillus representaba el pilar fundamental del Lejano Oriente. Solamente él era capaz de sostener esa región. Ferda necesitaba a Consillus.
—¿Cuál es el estado del Conde Consillus?
Una voz irrumpió inesperadamente en la sala. Era Valdemar.
—Como podrá notar, se encuentra estable.
—Claro, logrará reponerse. Tan solo se trató de una inversión de aura.
—Usted tiene claro que no estamos hablando de una plaga.
—Evidentemente. Sería un fastidio si me tomaran por el tipo de tonto que se dejaría manipular por esos charlatanes agitadores.
Valdemar se adentró en la estancia y posó sus ojos en Consillus.
—Consillus, grandísimo necio…
Dejó escapar un suspiro, sacó un frasco de su chaqueta y se lo extendió a Ferda. En su interior, un fluido de un rojo carmesí resplandecía en el cristal. Era un elixir curativo.
—Deselo a beber. Es una pócima elaborada en los laboratorios de Acad.
—…
—Aquel sujeto puede aparentar estar siempre en las nubes, pero su renombre como alquimista en todo el Imperio lo precede. Su pericia no admite discusiones.
Ferda no hizo el menor amago de tomarlo. Entendiendo el mensaje, Valdemar asintió.
—Ya veo, si esa es tu postura…
Entonces Valdemar desenfundó un puñal. Se hizo un tajo en su propio brazo. Sangre roja brotó de la herida. De manera teatral, Valdemar dejó caer una gota de la poción sobre su piel lacerada. El corte se cerró en un abrir y cerrar de ojos.
—Ahí lo tienes, ¿es garantía suficiente para ti?
—…¿Qué necesidad hay de llegar al extremo de cortarse para probar que quiere ayudar?
Una actuación así podría ganarse la fe de cualquiera, pero no la de Ferda. Era incapaz de descifrar las intenciones detrás de las acciones de Valdemar. Si Ferda recelaba de él, bastaba con que simplemente no le ofreciera la poción; ¿por qué afanarse tanto en demostrar su eficacia?
—Tengo muy claro que el Lejano Oriente y nuestra facción no atraviesan su mejor etapa en este momento. Sin embargo, no podemos permitirnos perder a una figura tan crucial por un percance tan minúsculo.
La mirada de Valdemar regresó a Consillus.
—El Conde Consillus demostró ser un defensor de la patria sin igual. En una época como esta, un patriota es un tesoro invaluable que no tiene sustituto. No dejaré que un siervo leal perezca de esta manera.
La devoción mostrada era genuina, y Ferda también compartía el anhelo de preservarlo con vida. A fin de cuentas, vertió el contenido del frasco en la boca de Consillus. El semblante del Conde, antes distorsionado por la agonía del reflujo de aura, se tornó sereno. Cayó en un profundo sueño, como si hubiese perdido el conocimiento.
—Me pareció que eras un hombre pragmático, y no me equivoqué.
Sentenció Valdemar.
—Para ser franco, todo lo que está pasando resulta demasiado desconcertante.
—¿Usted organiza toda esta farsa y se atreve a decir eso?
—Asumí que el Duque Urey únicamente estaba haciendo un berrinche infantil. La pérdida de un heredero nubla el sentido común y hace que las personas solo perciban lo que desean creer. Por lo general, esos delirios jamás se convierten en realidad. Pero esta ocasión es distinta. Jamás imaginé que realmente acabaría con la vida del Gongja Urey.
—…
—De seguir por este camino, terminarás etiquetado como hechicero oscuro. ¿Es eso lo que buscas?
De confirmarse que era un usuario de las artes negras, el clamor popular del Imperio volcaría toda su desconfianza hacia el Lejano Oriente. La postura de la gente respecto al Lejano Oriente acompañaría el destino de Ferda, sentando el escenario ideal para desencadenar una fractura interna. Una fuerza aplastante capaz de aplacar cualquier rebelión.
El Archiduque Valdemar Golt.
—Le pido que se retire.
Esa fue la respuesta de Ferda.
—No es recomendable que un hombre de su edad ronde por unas instalaciones donde aún no se ha descartado la presencia de un brote infeccioso.
Al escuchar las palabras de Ferda, Valdemar dio media vuelta.
—Medítalo bien.
Una vez que el recinto volvió a quedar en silencio, Ferda reflexionó.
«Me resta alrededor de hora y media ahora mismo…»
En ese margen de tiempo, necesitaba evidencias de que Joseph Faust, el verdadero Negro, era un lacayo de los demonios.
«Es algo completamente factible.»
Jed Swallow ostentaba el título del ladrón más formidable, capaz de desestabilizar al Imperio entero. Y respondía a las órdenes de Ferda. Contaba con un secuaz excepcionalmente hábil, pero había un detalle que el enemigo no tomó en cuenta.
Regente Ferda.
Esa Deidad aborrecía a Ferda con todo su ser.
—Retomamos la asamblea en 10 minutos. Les solicitamos que ocupen sus lugares en el salón principal.
Pero Ferda no guardaba rencor hacia esa Deidad. Odiar a una entidad inexistente no era más que una pérdida de tiempo propia de idiotas.
Parlamento Dorado.
Para Valdemar, este lugar fungía como su balcón personal para escudriñar al Imperio Arken. Desde su trono, cada ser humano quedaba expuesto ante él. Las minúsculas variaciones en sus gestos se hacían patentes, y las muecas de desprecio que exhibían cuando la verdad les estallaba en la cara resultaban todo un deleite. Le permitía distinguir quién alzaba la bandera del patriotismo y quién era una escoria dispuesta a traicionar a su tierra.
—Archiduque.
Murmuró Acad con recelo, prestando suma atención a su entorno.
—Atendiendo a sus directrices, he dado la indicación de que se reanude el parlamento.
—¿Novedades sobre la facción del Regente?
—Informan que está en camino. A fin de cuentas, ¿qué alternativas tiene? Escapar no es una opción, y al estar contra las cuerdas de esta manera, si no brinda una coartada de inmediato, terminará por cavar su propia tumba…
—Excelente labor.
El pánico causado por la falsa plaga se disipó cuando los médicos determinaron que el Conde Consillus padecía una afección previa.
«Llegó la hora de poner al criminal en el banquillo otra vez.»
La única variante era que el frenesí sediento de sangre que se había desatado contra Ferda se había esfumado, dando paso a un ambiente mucho más mesurado. Era como ofrecerle una vía de escape a un animal escurridizo que finalmente había sido atrapado. ¿Pero de qué serviría? Valdemar era un maestro de la política, y aquel recinto era su dominio absoluto. Podía tratarse del prometido del Gran Duque, o la pareja de un Dragón, pero en el fondo, no era más que un aficionado con apenas un año de trayectoria en esas altas esferas. Por muy hábil que fuera con las palabras, inevitablemente sucumbiría ante el peso aplastante de la jerarquía. La probabilidad de que Ferda saliera airoso de esta emboscada era prácticamente nula.
‘Inclusive Consillus, a quien utilicé como mi muralla impenetrable, no está en condiciones de comparecer ante este parlamento…’
El peso de la tensión emocional debía ser asfixiante.
‘Eso es lo que debería estar ocurriendo…’
Valdemar dirigió su vista hacia Ferda.
‘No luce como alguien que esté acorralado.’
Si solo estaba fingiendo seguridad, entonces era el intérprete más brillante que había cruzado por su vida. Esa compostura imperturbable hizo que su pulso se acelerara.
‘Una auténtica lástima.’
Habitualmente, mientras más analizas a una persona, más notas cómo su valor decae, pero en el caso de Ferda, mientras más lo observaba, más capturaba su atención. Si albergara amor por su patria, o si tan solo demostrara una pizca de interés en disuadir a Olivia…
‘Una calamidad.’
Mediante un movimiento sutil de la mano, Valdemar le hizo un gesto a Acad.
—Daremos por reiniciada la sesión. En cuanto a la acusación referente al uso de artes oscuras, nuestra intención es…
El discurso de Acad se detuvo en seco. Un asistente se le acercó de manera sigilosa y le susurró algo al oído. Los apagados ojos de Acad se abrieron de par en par.
—¿Cómo dice? ¿Bajo qué motivo están aquí…?
—¿Qué es lo que ocurre?
Al percatarse de que algo no iba según lo planeado, Valdemar interrogó a Acad. Incapaz de disimular su asombro, Acad le transmitió el mensaje que acababa de recibir. Valdemar compartió su misma perplejidad.
—¡¿Por qué demonios se presentaría esa persona en este lugar?!
—Lo desconozco por completo.
—Este reciento es el Parlamento Dorado, encargado de administrar asuntos estrictamente de humanos. Comunícales que tienen prohibido el acceso…
—Me temo que eso será imposible.
—¿Cuál es la razón?
—Alegan que vienen respaldados por una resolución del Gran Concilio…
El Gran Concilio gozaba de una supremacía que trascendía las normativas del Imperio. Debido a que jamás se involucraban en trivialidades, su poderío y su legitimidad eran incontestables. Cualquier barrera que el Parlamento Dorado intentara levantar sería destruida.
Valdemar lanzó una rápida mirada a Ferda. Aun teniendo en su contra una acusación por hechicería negra, y hasta el momento en que esta fue validada, su pulso no tembló en absoluto.
‘El motivo por el cual se mostraba tan imperturbable era porque ya contaba con un as bajo la manga.’
Dejó escapar una risa vacía y le hizo una seña a Acad. Acad le comunicó la nueva instrucción al asistente y retomó el curso de la asamblea.
—Debo hacer un anuncio. Inicialmente, y debido a que los peritajes confirmaron la presencia de magia negra, nuestro objetivo era darle la palabra al Regente Ferda para su defensa final. No obstante, en vista de que el Regente Ferda ha interpuesto una protesta respecto a su implicación en este asunto, procederemos a recibir a un nuevo testigo. Quien comparecerá a continuación es…
Un ser que incluso los aristócratas del Imperio apenas llegaban a vislumbrar en sus vidas. En realidad, no era un individuo, sino toda una estirpe.
—La Maestra de la Torre de Ojos Azules, Erika Iorga.
Los portones del recinto parlamentario se abrieron de par en par, cediendo el paso a un grupo de cinco magos. Largas cabelleras de tonalidad azul y tez que parecía emanar luz propia. Emitiendo un fulgor que opacaba incluso al oro, aquellos que se toparon con semejante fenómeno no lograron desviar sus miradas. Valdemar contempló a Erika y luego enfocó a Ferda por el rabillo del ojo. Recién al ver su rostro terminó de comprenderlo.
Todo, hasta ese preciso instante, había estado calculado. Ferda dedujo que alguien interferiría con los restos del Urey Gongja. Y tal como lo pronosticó, alguien había modificado el cadáver, permitiéndole accionar su estrategia sin fallas. Se había puesto en contacto con antelación con los Ojos Azules para exponerles su táctica y requerir su alianza, y ellos habían respondido de forma afirmativa.
—Si la situación es esa… es nuestro deber moral brindarle apoyo, y no exigiremos retribución alguna.
Erika, quien había visto a los suyos caer frente a las hordas demoníacas y había padecido un calvario indecible, se mostraba dispuesta a colaborar en cualquier asunto relacionado con esas criaturas. Incluso demostró ser sumamente meticulosa al gestionar el consentimiento de Blancaros dentro de la Zona Neutral Absoluta, lo que dejaba patente la severidad del asunto.
‘Cuando asume un rol oficial, su actitud cambia por completo.’
Al llevar la carga de ser el emblema de la Fase de Agua, Iorga, era palpable que había invertido un esfuerzo monumental en pulir su presencia pública. Se ubicó en el podio y alzó su voz.
—Respetables ciudadanos del Imperio.
Una voz cargada de belleza, pero que arrastraba una autoridad inquebrantable.
—Me presento ante ustedes como la heredera de la Magia Suprema y la Fase de Agua, Lord Iorga, y ocupo el cargo de Maestra de la Torre de Ojos Azules, Erika Iorga.
Erika se expresó combinando a la perfección los modales de una erudita con la majestuosidad propia de una Maestra de la Torre.
—Como es de su conocimiento, me encuentro vinculada por una alianza con el Regente Ferda del Gran Ducado de Valdrova del Lejano Oriente. Juntos, intercambiamos avances tecnológicos bajo el estandarte de la cruzada contra la Tierra Demoniaca. Recientemente, coronamos el éxito al lograr adaptar un núcleo mágico purificador de aguas corrompidas dentro de un sistema magitecnológico. Gracias a ese avance, experimentamos resultados formidables durante el establecimiento del cerco militar.
Su mirada se tornó un grado más incisiva.
—No obstante, al observar la atmósfera de este recinto, en lugar de enaltecer las hazañas del Regente Ferda, percibo que lo están juzgando como si fuera el peor de los traidores. Quiero ser tajante en un punto. Él es un aliado que está entregando su vida para limpiar las impurezas de este Continente Serdes; es un hombre que no alberga motivo alguno para convertirse en un criminal.
Repudió de manera abierta aquel entorno que pretendía condenar a Ferda como un asesino a sueldo. Fue en ese momento que el Duque Urey decidió intervenir.
—Valoro inmensamente y le ofrezco mis respetos a la Maestra de la Torre Erika y a su contingente por el trabajo realizado. Pero si su única motivación para encubrirlo es un pacto político, entonces la justicia jamás saldrá a la luz.
Erika fijó sus ojos en el Duque Urey. Su mirada no proyectaba agresividad, tan solo una gélida serenidad.
—Duque Urey, entiendo perfectamente que se dirige a mí como un padre desolado por la muerte de su hijo. Sin embargo, no podemos ignorar el hecho de que él insultó a un Dragón, ¿me equivoco?
—Esa acusación proviene de la palabra de un solo caballero. En medio de un evento con tanta concurrencia, solo un individuo alegó haber escuchado eso.
—Cualquier afrenta contra un Dragón demanda, por norma, un escarmiento ejemplar. ¿Tiene usted idea de las implicaciones de eso?
Una frialdad absoluta. Era como si un manto de escarcha se apoderara de cada rincón que alcanzaba su voz.
—Basta con que una sola persona afirme haber escuchado semejante agravio para que la pena de muerte sea justificada.
Esa fue una declaración proveniente del Engendro de Dragón. Alguien que, a pesar de su naturaleza analítica, poseía una conexión más íntima con un Dragón que cualquier otro ser; el hecho de que ella lo sentenciara de forma tan directa le confería un peso abismal a sus palabras.
—Y la persona que decidió no hacer un escándalo de esto y actuó con suma cortesía no fue otro que el Regente Ferda. Por consiguiente, considero que lo más sensato es darle un cierre a este tema en este punto.
—¿Darle un cierre a este tema, dice usted…?
El Duque Urey se estremeció violentamente.
—¿Me está exigiendo que ignore que mi hijo fue asesinado… que me haga de la vista gorda?
Era un padre a quien le habían arrebatado todo; era de esperarse que sus emociones lo desbordaran de una manera tan imprudente. Pero al mismo tiempo, esta clase de diálogo era factible porque ella pertenecía a los Dragones Azules. La estirpe del Dragón Azul es famosa por su intelecto; se rigen por la razón pura.
—Reconozco que, si el Regente Ferda es verdaderamente culpable de asesinato, y si aún retiene su título como Archiduque, entonces le corresponde enfrentar la pena máxima establecida por la legislación del Imperio.
Erika manejó la situación amparada en la lógica pura.
—No obstante, eso solo aplica bajo la condición irrefutable de que ese cadáver sea el de su hijo, el Duque Urey.
—¡¿Está insinuando que los restos mortales… no le pertenecen a mi hijo?!
La reacción del Duque Urey fue explosiva. Sentía que estaban montando una artimaña monumental para sepultar la verdad del crimen.
—¡Estoy completamente seguro de que el occiso es mi muchacho! ¡Durante el proceso de traslado, revisé sus restos en repetidas ocasiones! ¡La marca azulada que poseía en los glúteos desde que era un bebé estaba ahí, sin lugar a dudas!
—Lamento decirle que no. Ese único detalle no basta para confirmar nada.
Erika jugueteó con su abanico cerca de sus labios antes de continuar.
—Ese rasgo físico apenas califica como un indicio, pero no se puede tomar como una verdad inamovible.
—¿A qué verdad absoluta se refiere la Maestra de la Torre?
Ella exclamó.
—¿Presidente?
—Sí.
—Sé que mi solicitud podría sonar un poco osada, pero, ¿me concede permiso para aplicarle el Golpe del Muerto al cadáver de Urey Gongja?
Golpe del Muerto.
Una hechicería catalogada como de 3er Círculo, cuya función es traer de vuelta la conciencia de un fallecido por un breve periodo para interrogarlo. Siempre y cuando las exigencias se cumplan, es la herramienta perfecta para desenterrar secretos.
El inconveniente recaía en un aspecto fundamental,
—P-pero eso es magia negra, ¡¿o me equivoco?!
El hecho innegable de que se trataba de magia negra.
—¿Acaso me está diciendo que la Maestra de la Torre tiene la habilidad de conjurar artes oscuras?
—Es correcto. No es una información que encontrará en los tomos académicos de circulación general. Pero cualquiera dentro de mi círculo íntimo está al tanto. Y además, jamás intenté ocultarlo.
Durante la Expedición de las 12 Personas, Erika fungía como el pilar del conocimiento. Mientras que Erdes se encargaba del asalto mágico frontal, Erika optó por diversificar su arsenal, proveyéndose de toda clase de recursos para hacer frente a cualquier obstáculo. La hechicería oscura simplemente formaba parte de las tantas armas en la colección de Erika.
—¡Me niego rotundamente!
El líder máximo de la fe Altesiana, Joseph Faust, se levantó enérgicamente para impedirlo.
—¡Las artes oscuras son una aberración de origen demoníaco, pura energía impía! ¡En mi posición como Apóstol de Alte, jamás toleraré que algo así se practique dentro del Imperio!
Entonces Erika lo interrogó.
—¿Incluso si el propósito final es esclarecer un crimen?
—Sin importar el propósito. Queda absolutamente prohibido el uso de la hechicería oscura en territorio Imperial.
Joseph Faust no daba su brazo a torcer. El público, al ver a alguien plantarle cara a un Dragón Azul con tanta vehemencia, sintió que la sangre se les helaba. Aparentaba ser un guardián de las reglas inflexibles, pero en realidad, su actitud demostraba una severa desconexión con la realidad de la situación. Erika no se inmutó ni se dejó dominar por las pasiones.
—De acuerdo. Si el líder en funciones de la Sociedad Mágica de Serdes también rechaza la propuesta, me abstendré de hacerlo con gusto.
Dirigió su mirada hacia Erdes. Erdes, quien llevaba un buen rato contemplando el desarrollo de los eventos, lucía un semblante de extremo desagrado. Se fulminaban con la mirada, como si estuvieran a punto de saltarse al cuello la una a la otra. Probablemente la maniobra estaba destinada al fracaso.
—Estará de nuestro lado. Se conocen a fondo.
Eso le había asegurado a Ferda, quien se mostraba escéptico.
—Adelante.
Amparada en ese razonamiento, Erdes alzó la voz. Joseph quedó aún más anonadado que Ferda.
—¿Adelante, acaba de decir…?
—No tiene mucha ciencia. Estoy autorizándola a que efectúe el conjuro.
El auditorio, que ya empezaba a albergar suspicacias, volvió a quedar petrificado ante la orden.
—La Presidenta de la Sociedad acaba de dar luz verde al uso de artes oscuras…
—¿Será porque combatieron juntas en el pasado y prefiere mirar hacia otro lado…?
Visiblemente sudoroso y descolocado, Joseph reclamó.
—¿Qué significa esto, Presidenta de la Sociedad? ¡¿Acaso está fomentando el uso de magia demoníaca?!
—Negativo. No me refería a eso.
—¿Hacer una excepción especial en esta ocasión no representa una violación a sus propios ideales? Estando en el cargo de Presidenta de la Sociedad, el compromiso con sus principios…
—Ugh, ya cállate la maldita boca.
Se frotó una oreja con evidente fastidio y le clavó una mirada hostil a Joseph.
—¿Tienes idea de por qué me repugnan tanto las artes oscuras? Es culpa de esos degenerados que vendieron su humanidad a los demonios y terminan creando aberraciones. Más tarde, incluso son capaces de devorar a su propia descendencia, transformándose en una escoria que ni siquiera es capaz de reconocer a sus progenitores. ¿De verdad crees que nuestra Erika logró su poder sacrificando a su propia madre?
—Aun así, las normas son…
—Silencio. ¿Un novato inútil como tú, que ni siquiera estuvo presente para atestiguar el infernal derramamiento de sangre durante la Guerra Dragón-Demoniaca, se atreve a llevarme la contraria?
Erdes se incorporó de su asiento y fusiló a Joseph con los ojos. Joseph pareció encogerse ante aquella brutal demostración de poder.
—Y yo, por el contrario, ¡soy incapaz de comprender por qué estás tan renuente! ¡¿Acaso no ves que esto podría despejar las dudas?! ¡¿Eres de los que siguen ciegamente la creencia de que nada puede esconderse de la luz de la gran Alte?! ¡¿O acaso…?!
—Asambleísta Roton.
Intercedió Acad de golpe.
—Le solicito que ponga fin a los insultos personales.
Erdes liberó el aire caliente por la nariz, producto de la ira acumulada. Acto seguido, acomodó el mentón sobre una mano y volvió a observar a Erika. Los rezagos de su antigua animosidad se hicieron palpables nuevamente.
—Adelante. Ese es mi dictamen oficial como Presidenta de la Sociedad Mágica.
Pero en el fondo, afloró el compañerismo forjado tras haber defendido sus vidas juntas en el campo de batalla.
Trasladaron los restos del Urey Gongja, que reposaban en el salón forense, hacia el centro del estrado. Una masa de maná inmaculado se arremolinó en la palma de Erika. Justo en el instante en que trazó los contornos del círculo rúnico, el maná se licuó, adoptando la apariencia de un espeso alquitrán negro. Dicha sustancia viscosa se deslizó hacia el interior de los siete orificios del Urey Gongja.
—¡Euhuhuhuh…!
Las artes oscuras, el Golpe del Muerto, se materializó con éxito, y el difunto volvió a abrir los ojos.
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