El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 112
Capítulo 112
Capítulo 112
«Mi oficio es simplemente el de un humilde exterminador de bestias».
De esa manera contestó Drake, el reconocido cazador de monstruos.
«El auténtico precio y valía de este filo es algo que únicamente vos, lord Saxon, poseéis la facultad de evaluar».
Sus palabras fueron pronunciadas con una estudiada apatía.
«¿En qué sitio lograste hacerte con esta hoja?».
«Tuve la fortuna de toparme con ella por puro azar».
Dale hizo un esfuerzo para contener un amago de carcajada.
«¿Azar? Por supuesto que no».
Evocó el instante en que el combatiente de rango S apodado «Faithless» trajo consigo aquella arma maldita. Se trataba de una reliquia tenebrosa que rebasaba el control de un místico oscuro del quinto círculo, no obstante, Drake la manipulaba con total naturalidad.
Atenuaba sus verdaderas capacidades tras una fachada de modestia, resguardando siempre el alcance neto de su poder. El más formidable ejecutor de criaturas del continente, aquel que jamás requería del uso de maná, distaba enormemente de ser alguien común.
«Dispondré que un emisario de la asociación de combatientes acuda para asegurar vuestra retribución, señor Drake», añadió Dale, procediendo a retirar la empuñadura de «Hunger» que se encontraba enterrada en la superficie. «Si el monto establecido no cubre vuestras pretensiones, os ruego que nos lo hagáis saber».
«No existirá tal necesidad».
Drake realizó una reverencia cargada de cortesía.
«Representa un auténtico privilegio que Lord Saxon la considere de su agrado».
Luego de cruzar unas breves declaraciones adicionales, Dale giró sobre sus talones, distanciándose de la imponente presencia que caracterizaba al soberano del Reino de los Demonios, el vizconde de Saxon y conocido asimismo como el «Príncipe Negro».
Sujeta en su mano portaba la espada maldita del apetito insaciable, «Hambre».
Aquella misma madrugada, mientras Dale despachaba los asuntos pendientes del Reino de los Demonios cobijado por la noche en su despacho, se escuchó un leve golpe en el acceso.
«Dale».
Por el umbral cruzó una dama poseedora de una estética gélida y pulcra. Su cabellera de tonalidad zafiro caía alrededor de sus orejas puntiagudas: se trataba de una mística elfa perteneciente al sexto círculo.
«Maestro».
«Noto que vuestras labores se extienden hasta altas horas».
Dale esbozó un gesto afable bajo la tenue iluminación de la palmatoria al percibir la expresión de inquietud de Sepia.
«¿Acaso interrumpo vuestro tiempo?».
«Para nada».
Dale movió la cabeza en señal de negación.
Se produjo una pausa silenciosa de corta duración, tras la cual Sepia reanudó el diálogo.
«Vuestro crecimiento ha sido notable».
Aquellas facciones propias de la juventud que ella contempló en los inicios de Dale se habían transformado en madurez debido al transcurrir de las épocas.
«Os lo agradezco, maestro».
La expresión de Sepia reflejaba afecto, y Dale correspondió a su ademán con total serenidad.
«¿Consideráis que en este momento me he transformado en un varón a vuestra altura?».
Inquirió él con un matiz de broma tras compartir unas breves risas.
«Esa interrogante aún denota cierta inmadurez».
Los pómulos de Sepia adquirieron una coloración similar al melocotón en medio de la penumbra.
«No obstante… me produce alegría».
Haciendo a un lado su timidez, Sepia prosiguió con su relato.
«Cuando os contemplé inicialmente a la edad de nueve años y percibí el don que poseíais…».
Las aptitudes de Dale carecían de igual, incluso si se le medía con los más grandes superdotados de la corona. Sepia se veía incapaz de borrar de su memoria el primer «Rayo de hielo» que él manifestó, un conjuro dotado de una capacidad destructora que sobrepasaba la de los combatientes de mayor experiencia.
Una destreza orientada al exterminio.
«En vuestra persona percibí el reflejo de una entidad temible a la que conocí en el pasado».
«……»
«¿Tenéis conocimiento sobre el paladín proveniente de otra dimensión?»
Dale realizó un movimiento de deglución al escuchar aquellas palabras.
«Tengo entendido que fue conducido a tierras completamente extrañas para él, adiestrado como una pieza de cacería de la corona y posteriormente desechado del mismo modo cuando la persecución concluyó».
«Así es».
Sepia asintió con un movimiento de cabeza, validando la afirmación.
«Se trataba de una criatura digna de compasión».
«…!»
La imprevista conmiseración manifestada por Sepia causó estupor en Dale.
«Y a pesar de todo, constituía indudablemente el «Dios de la Masacre»».
El Dios de la Masacre.
«Me resulta imposible desterrar de mi mente el escenario de tormento que él desató».
Dale guardó silencio por unos instantes.
«¿Cuál es la razón por la que hallasteis su reflejo en mi ser?».
Cuestionó, simulando desinterés.
«No sabría precisarlo».
Sepia mostró vacilación, viéndose imposibilitada para expresarlo con exactitud.
Una destreza orientada al exterminio. Podía percibirse como un concepto pretencioso, no obstante, abundantes individuos en esta realidad eran dueños de condiciones semejantes. Los guerreros pulían sus hojas para dar muerte con una efectividad superior, y las dotes de Charlotte con el acero no guardaban distinción alguna con ello.
«Él era poseedor de un «atributo particular» que lo distanciaba de los combatientes poderosos habituales».
Detalló Sepia.
Un atributo particular.
«Carezco de las palabras idóneas para plasmarlo».
«……»
«Sin embargo, detecté ese «atributo particular» imbuido en vuestras dotes».
Dale experimentó un profundo desconcierto.
«En este instante no albergo dudas».
Sepia mostró una sonrisa colmada de tranquilidad.
«Tengo la certeza de que vos no emplearéis de mala manera ese «atributo particular» de la forma en que él lo efectuó».
Dale experimentó el fuerte deseo de exponer su legítima procedencia, mas optó por contenerse. Le resultaba imposible dar ese paso.
«Ello se debe a que vos os encontrabais junto a mí, Sepia».
Replicó Dale.
«Os brindé mi palabra de que permanecería a vuestro lado, ¿no es así?».
Sepia exhibió una sonrisa cargada de timidez y Dale contestó con idéntico gesto.
«Os doy las gracias».
Frenó sus impulsos de estrecharla entre sus brazos, evocando aquella gélida y resplandeciente velada invernal bajo el tenue destello de la luminaria.
Posterior a la obtención de su flamante reliquia y de su apreciada hoja, «Hambre», un arribo imprevisto aconteció en los dominios del Reino Demoniaco septentrional.
El soberano del Reino de los Demonios, el vizconde de la fortaleza de Saxon.
«Representa un verdadero agrado reencontrarme con vos».
En el recinto principal, un varón poseedor de una gracia impactante y de un memorable cabello áureo realizó una respetuosa inclinación.
«Michael de Lancaster, presente con el propósito de entrevistarse con el «Príncipe Negro»… o de forma más precisa, con Lord Saxon».
La túnica heráldica de tono dorado, que exhibía el emblema de la rosa blanca correspondiente a la estirpe Lancaster, se agitaba con las corrientes de aire.
Una aristocracia implacable.
«Príncipe Michael».
Dale abandonó su asiento real y ejecutó un saludo cortés.
«Os extiendo mi gratitud por haber completado esta compleja travesía».
«No hay por qué».
Michael de Lancaster sonrió, posando sus dedos sobre la sección de agarre de su arma.
No obstante, previo a que consiguiera extraerla de su vaina, un par de damas de armas se movilizaron velozmente para resguardar los flancos de Dale.
Lady Black, la Doncella Espada Charlotte.
La pupila del ilustre estratega de la espada Helmut Oso Negro, una guerrera que sobresalía a causa de sus aptitudes.
Lady Shadow, la Santa Doncella Aurelia.
Adiestrada por el experto en ejecuciones Baro, dejó de lado las normas de la caballería con el fin de transformarse en una virtuosa de la hoja de exterminio.
Ambas combatientes, provistas de corazas oscuras, apuntaron sus filos directo hacia la zona del cuello y el torso de Michael antes de que este lograra desenfundar la propia.
Las manos de Charlotte sostenían un acero que emanaba una energía de tono negro azabache, en tanto que las de Aurelia portaban un acero imbuido en una energía de tonalidad rojo sangre.
«Retirad vuestras hojas, ambas».
Dale extendió su extremidad superior, conteniendo la acción de las guerreras.
«Disponéis de combatientes de entera fidelidad».
Michael no se vio perturbado en lo absoluto, conservando su sonrisa.
«Aún mantengo fresca en mi memoria la caída que sufrí en el recinto de combates».
Prosiguió Michael sin perder el gesto afable.
«Con posterioridad a aquel tropiezo, perfeccioné el manejo de mi acero de forma incansable, aguardando el momento en que me fuera posible medir fuerzas nuevamente ante vuestra hoja y vuestras artes místicas».
Un sonido metálico vibró en el aire.
«¿Me concederíais el honor de recibir vuestras enseñanzas, señor Saxon?».
Michael extrajo su arma de la vaina.
A simple vista parecía una hoja de caballero convencional, no obstante, emitía un destello blanquecino y tenue.
«…!»
El aliento de Dale se detuvo momentáneamente al contemplar dicho acero.
¿De qué forma podría borrarlo de su mente?
No se trataba de una reproducción burda creada por los recuerdos.
La pieza auténtica se hallaba en ese sitio, sin margen a la confusión.
El Pacificador.
La valorada hoja perteneciente al paladín, Peacemaker, centelleaba bajo el dominio de Michael Lancaster.
«Da la impresión de que guardáis familiaridad con este acero».
Al percatarse del asombro de Dale, Michael manifestó extrañeza en su respuesta.
«Dar con un individuo que ignore su prestigio resultaría una tarea sumamente compleja».
Dale simuló no estar al tanto.
¿Por qué motivo aquel acero se localizaba en posesión ajena? La explicación no resultaba enrevesada.
La estirpe Lancaster había jurado fidelidad a la corona mucho antes de que salieran a la luz sus pretensiones de poder. Al tratarse de uno de los baluartes de los conflictos bélicos de la corona, resultaba lógico que la «Espada del Perro de Caza» fuera entregada al gran duque de Lancaster y consecuentemente heredada por su descendiente.
«El instante idóneo».
Dale se incorporó de su asiento real, mostrando una sonrisa al tiempo que daba el visto bueno al reto planteado por Michael.
«Yo también he conseguido recientemente un acero novedoso».
«¿Es así?».
Aquella jornada en la que contuvo el desenfreno de la reliquia y tomó posesión de la espada maldita de color negro azabache.
Dale desenfundó la hoja «Hambre» que portaba en su cinto.
La superficie oscura del metal, que guardaba semejanza con el acero sombrío propio de la estirpe Saxon, irradiaba una energía tenebrosa y amenazante.
La «Capa de Sombra», mimetizada bajo la apariencia de una sobrevesta oscura, se sacudía con fiereza.
A pesar de que Dale se había alzado con el triunfo en el recinto de combates, no constituyó un logro cimentado exclusivamente en sus destrezas natas.
¿Y cuántas jornadas se habían sucedido desde aquel acontecimiento?
La evolución personal no representa un fenómeno que tome lugar de forma instantánea. No obstante, a pesar de que los días transcurren de igual manera para todos, eso no implica que la velocidad de desarrollo sea idéntica en cada individuo.
A razón de ello.
Pasando por alto las intenciones de las dos guerreras que daban muestras de zozobra e intentaban disuadirlo de actuar, Dale alzó la mirada.
«Será prudente que os encontréis listo».
Dale afianzó la presión de sus dedos sobre la sección de agarre de «Kia».
A diferencia de las ocasiones previas, no se manifestarían proyecciones ni se expondrían entornos abstractos: esto constituía un desafío directo, enfocado nítidamente en el esparcimiento.
Sin embargo, una pugna entre un par de contendientes de semejante calibre distaba de considerarse un simple simulacro de enfrentamiento.
Un descuido milimétrico poseía el potencial de acarrear un desenlace fatal en este combate de vida o muerte.
«Se aprecia que habéis conseguido recuperar la extremidad que perdisteis en aquella oportunidad».
Mencionó Mikhail con total desapego, posando sus ojos en el brazo con el cual Dale sostenía su arma.
«Oh, en lo absoluto».
Dale movió la cabeza negativamente y dejó ver una sonrisa.
La extremidad que entregó como tributo con el fin de consolidar el triunfo en la instancia decisiva del recinto de combates.
De forma opuesta a las creencias del común de la gente, privarse de una o dos partes del cuerpo no representa un conflicto de gran magnitud, por lo menos bajo los parámetros que rigen en la Torre Negra.
Recomponer determinados fragmentos anatómicos empleando los saberes de la Torre Negra no genera complicación alguna.
No obstante.
«Yo tampoco he dejado en el olvido los daños sufridos aquella jornada».
«…!»
El brazo encargado de sostener a «Kia» dio inicio a una emanación de brillo sombrío, como si procediera a unirse con el reflejo oscuro del acero.
Una extremidad de penumbra.
De haberlo querido, Dale se encontraba plenamente capacitado para reconstruir su brazo sin contratiempos valiéndose de los métodos de la Torre Negra.
Sin embargo, resolvió no proceder de ese modo.
No respondía a una incapacidad de su parte.
Más bien, a lo largo de sus vivencias en la Ciudad del Gremio, logró comprender el auténtico sentido de la «prótesis de sombra» que se había integrado por completo a su propio ser.
La extremidad artificial de penumbra de Dale comenzó a amalgamarse con la espada maldita «Kia», diseminando oscuridad por los alrededores.
Bajo el dominio de Mikhail Lancaster, el antiguo y valorado acero de Dale, Peacemaker, despedía un fulgor cargado de serenidad.
No constituía una burda réplica enfocada en emular la fuerza de los pensamientos y las vivencias pasadas, sino que albergaba el poder legítimo impregnado en la pieza original.
En la sección superior del salón principal de la fortaleza de Saxon, Mikhail Lancaster se impulsó con velocidad hacia el frente.
De forma simultánea, la «capa de sombra» perteneciente a Dale incrementó su volumen, cubriendo la totalidad del sector bajo un océano de densa oscuridad.
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