El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 14
Capítulo 14
Capítulo 14: Epílogo
El gélido territorio de la tundra empezó a ceder ante la calidez de los primeros rayos del sol de la primavera.
Aquel entorno que Dale y Lize contemplaban con tanto afecto resurgió de su confinamiento helado, permitiendo que el tiempo, detenido por una eternidad, reanudara su marcha.
Con la disolución del dominio invernal, una nueva soberanía se hizo presente ante los ojos del mundo.
El Gran Imperio Mágico, reconocido en épocas pasadas como la fuerza más colosal que jamás existió, resurgió mostrando toda su magnificencia.
Este reino, bajo el mandato del Emperador Oro Negro, poseía una autoridad tan devastadora que ninguna facción de las tierras conocidas osaba desafiarlo, habiendo sellado de forma definitiva la histórica disputa entre el oro y la sombra.
En las proximidades de la entrada de Sajonia.
Una legión de guerreros protegidos por corazas oscuras, que exhibían con orgullo la insignia del cuervo nocturno, se posicionaron rigurosamente en sus puestos.
Estos hombres habían jurado una fidelidad inquebrantable a la Casa de Saxon para toda la eternidad, y en ese instante, ellos también regresaban a la vida tras su letargo en la escarcha.
Al divisar la silueta del individuo cubierto por vestiduras desgastadas, la milicia entera hincó la rodilla en señal de sumisión.
¡Clang!
Las piezas de metal resonaron con fuerza en el entorno en el momento en que enterraron el filo de sus armas en la superficie, ejecutando un saludo de absoluto respeto militar.
El sujeto continuó su avance con paso firme y sereno. Tras sus pasos, una muchacha mostraba signos de titubeo, visiblemente impactada por el imponente espectáculo que presenciaba.
Se trataba de los Caballeros Cuervo Nocturno, quienes ahora manifestaban su vasallaje a la estirpe sajona.
—¡Abran paso a Su Majestad Imperial! —exclamaron al unísono con voces profundas orientadas hacia el recién llegado, provocando que Yufi contuviera el aliento por la impresión. Incluso alguien con su crianza rústica lograba dimensionar el peso de aquel acontecimiento. De inmediato, acudieron a su mente los relatos compartidos por el marqués de Rosenheim.
Aquel hombre era el Emperador Oro Negro, recordado históricamente como el soberano con el dominio místico más formidable de todo el territorio.
Dale detuvo su andar. En la sección final de aquella comitiva de honor se hallaban los seres que ocupaban su corazón.
Una pequeña con los ojos cubiertos por un vendaje permanecía de pie, amparada por sus progenitores.
En ese mismo sitio se encontraba el imborrable erudito místico, el mago elfo Sepia.
También se presentaba la sirvienta de las tinieblas que se autodenominaba la viva imagen de las sombras de Dale, acompañada por el comandante de los Caballeros Cuervo Nocturno, protectores leales de la Casa de Saxon.
No faltaba aquella dama que en el pasado ostentó el título de la guerrera más letal del continente, convertida ahora en una madre que albergaba el milagro de dos corazones latiendo en su interior.
Dale acortó la distancia hacia ellos, y el silencio reinó en el lugar.
No hicieron falta las palabras; hubo una comprensión absoluta, una aceptación plena y un respaldo mutuo.
A Dale le resultaba imposible descifrar los acontecimientos precisos que se suscitaron en esas tierras mientras el gélido invierno se replegaba. Su travesía lo había llevado a recorrer diversos confines antes de retornar a este suelo. Desconocía las vivencias intermedias o el proceso mediante el cual asimilaron esta nueva realidad.
Únicamente avanzó hacia el grupo, inclinó la cabeza en señal de respeto y, desprovisto de fuerzas, su estructura física cedió por completo.
Postrado ante sus seres queridos, Dale interrumpió el silencio con un llanto incontenible. Un torrente de sentimientos imposibles de expresar con palabras brotó desde lo más profundo de su ser.
—Es una alegría tenerte de vuelta, Dale —pronunció con dulzura Elena, su madre, mientras rodeaba con sus brazos al exhausto joven, quien se mostró incapaz de articular una sola sílaba.
—¿Eres tú, hermano…? —intervino en ese instante la pequeña Lize, extendiendo sus manos al frente a ciegas. Su progenitor, ubicado a corta distancia, guió con delicadeza los dedos de la niña hacia el cuerpo de Dale.
—Padre.
—Acércate, Dale —indicó Alan de Saxon, aquel que en otra época cargó con el renombre del Duque Negro, exhibiendo un gesto afable. Dale se aproximó hacia Lize, quien continuaba buscando su rastro en el espacio vacío.
Al percibir el contacto con la superficie helada de la mano de Dale, Lize reiteró su interrogante con timidez.
—¿Hermano? ¿De verdad te encuentras a mi lado…?
—Así es, Lize. Estoy aquí contigo —aseguró Dale. Al escuchar la confirmación, Lize alzó sus extremidades para recorrer el rostro de Dale, buscando corroborar su presencia mediante el tacto.
Por debajo de los tejidos oscuros que cubrían la vista de Lize, ya no quedaba rastro alguno de la herencia mística que caracterizaba a los pioneros de la Casa de Saxon. Aquella energía de tonalidad azulada que solía poseer se había extinguido por completo. Representaba el costo directo que Lize debió asumir, una carga compartida estrechamente entre ella y Dale.
En ese rincón del mundo aguardaban las personas que amaba, y ante ellos se erigía la soberanía que edificaron en conjunto con sus allegados.
En ese preciso instante, una antigua charla sostenida con el Señor Dorado, Ray Uris, cruzó por su mente.
—… Mis vivencias han llegado a su fin. Lo propio ocurre con el devenir del Imperio del Oro Negro. Por lo tanto, no quedarán registros adicionales sobre nuestras acciones en las páginas de tus crónicas —había manifestado Dale con anterioridad. Aquello correspondía a la realidad; los deberes de Dale en estas tierras se habían agotado y la vieja disputa entre el oro y la sombra ya no requería su intervención.
A pesar de ello, Ray Uris replicó con una interrogante.
—¿Consideras verdaderamente que las cosas resultarán de esa manera?
En las distintas regiones de este suelo, el oro y la sombra, la figura del monarca y los ideales de la rebelión mantenían un constante estado de oposición. Y con la manifestación del Cuarto Imperio, conocido previamente como el Gran Imperio Mágico, junto a la figura del Emperador del Oro Negro, el escenario cobraba una nueva dimensión.
Dale y su soberanía comprendieron que les resultaría imposible desvincularse de los relatos plasmados en el «Libro de la sangre» bajo la autoría de Ray Uris.
De la misma forma en que las fuerzas de la revolución arrastraron en el pasado a Dale de vuelta a la acción, a pesar de que él intentaba mantenerse al margen de los conflictos globales.
En un período histórico caracterizado por la decadencia de las artes místicas, el reino se vería en la obligación de plantear cara al entorno exterior una vez más, repitiendo la senda que Dale ya había recorrido en solitario.
A pesar de las adversidades, su determinación no flaquearía. Alzó la mirada para contemplar la extensión de sus dominios.
La guardia de los Caballeros Cuervo Nocturno, los especialistas en artes oscuras de la Torre Negra y cada uno de los individuos que guardaba en su corazón.
Su progenitor, Alan de Saxon, respetado unánimemente como el dominador de las artes oscuras más temible de la región.
La portadora de la hoja celestial Charlotte, junto al custodio de la energía lumínica Sir Helmut Blackbear, la fuerza de las sombras representada por la dama oscura Aurelia, y el erudito místico de la estirpe elfa, Sepia.
Al procesar la magnitud de todo aquello, una risotada carente de emoción escapó de los labios de Dale.
—Qué molestia. El letargo era placentero, pero la sensación que deja al despertar es verdaderamente detestable.
Aquel individuo compartía la estancia en un sector privado de la residencia de Sajonia, manteniendo las extremidades inferiores apoyadas descuidadamente sobre la superficie de un mueble de trabajo.
—¿De verdad consideras que se trató de una buena experiencia?
—¿Es que acaso cabe alguna duda al respecto?
El consumado espadachín Baro ingirió un sorbo abundante de su bebida, profiriendo palabras de descontento, mientras la figura del «Santo de las Sombras», apostada a su costado, manifestaba una leve y silenciosa gesticulación de gracia.
—A todos nos fue concedido un pasaje de felicidad absoluta en ese letargo. No obstante, al concluir el día, descubrimos que se trataba de una vivencia ilusoria.
—¿Habrías preferido permanecer en ese estado de forma permanente?
—No hubiese sido un mal destino. Sin embargo, un espejismo se define como tal precisamente porque estamos destinados a volver a la realidad.
—……
—Incluso si Su Majestad hubiese ratificado la determinación de aquel muchacho, el desenlace habría sido adverso. Pese a todo, esa experiencia mística nos proveyó de una valiosa enseñanza.
—¿Qué clase de conocimiento obtuvieron?
—La manera correcta de dar forma a una fantasía que jamás encuentre su conclusión.
Al percibir aquellas declaraciones, Dale contuvo la respiración, al tiempo que el Santo de las Sombras abandonaba su asiento con movimientos pausados.
—Es el momento, mi protector.
—… ¿A qué se refiere, mi señora?
—Es indudable que compartiste el mismo viaje místico que yo. A través de mi propia percepción, he logrado ser testigo de múltiples realidades.
—¡Cof, cof!
Al escuchar la intervención de la dama, el guerrero Baro terminó por atragantarse con el líquido que bebía. Al notar la escena, Dale lanzó un juramento entre dientes, percatándose de inmediato de que las mejillas de Baro adquirían un tono rojizo bastante inusual en él.
—Te agradezco profundamente el haberme brindado tu resguardo, Baro —expresó con solemnidad el Santo de las Sombras.
—¿Contaré con tu lealtad para permanecer junto a mí hasta el desenlace de los tiempos?
—… ¿Acaso no te otorgué mi palabra previamente al respecto?
El veterano Baro desvió la mirada con timidez, provocando que una mueca de ironía se dibujara en las facciones de Dale al observar el intercambio.
—Considero oportuno retirarme para no entorpecer este momento.
Haciendo caso omiso a las reacciones de Baro, Dale giró sobre sus propios pasos para abandonar el recinto.
Ofreciendo sus mejores deseos para aquel idilio que jamás vería su fin, se encaminó hacia el porvenir que se desplegaba ante sus ojos, una realidad de la que nunca tendría que regresar.
—Charlotte.
—Dale.
En el instante preciso en que sus miradas se cruzaron, Charlotte le dedicó una expresión de profunda ternura.
Ya no se apreciaba en ella a la Charlotte invadida por el temor y la agitación que solía mostrarse desvalida frente a él. Ahora se presentaba como la compañera de vida que poseía una empatía y una comprensión absolutas hacia su persona, plenamente consciente del milagro que se gestaba en su propio ser.
—Experimenté un viaje en mis sueños.
—Lo sé.
Aquella vivencia que Charlotte atesoraba desde el período de reclusión invernal constituía un vínculo compartido, entrelazando las vivencias de Dale con las suyas de forma indisoluble.
—Me invadía un pavor inmenso al pensar que este estado de plenitud pudiera desvanecerse de la misma forma que una ilusión.
Evocó con nitidez el gesto alegre que ella exhibía en medio de aquel espejismo sin límites, el cual resultaba idéntico a una auténtica vivencia dichosa.
Por tal motivo, Dale aproximó sus dedos con extrema suavidad para delinear el contorno del rostro de Charlotte.
—Fui testigo de lo que visualizaste en tu letargo —manifestó mientras mantenía el contacto con sus facciones.
—Y te doy mi palabra de que jamás permitiré que esa ilusión se desmorone.
—Sentía un temor reverencial hacia ti —confesó Charlotte.
—Temía el día en que asumieras el rol del Emperador Oro Negro, buscando saldar las deudas morales del entorno a costa de tu propio reino. Me embargaba la sensación de que el Dale que llegó a ganar mi afecto se había desvanecido para siempre.
—La responsabilidad de esos temores recae enteramente sobre mí.
—A pesar de todo, el individuo que tengo frente a mí en este instante es el Dale de siempre.
—……
Dale guardó silencio. Acortando la distancia que los separaba, selló el momento con un beso hacia Charlotte.
—No permitiré bajo ninguna circunstancia que tu dicha sea saboteada —aseguró Dale tras romper el contacto. Al percibir sus determinaciones, Charlotte derramó lágrimas en absoluto silencio.
El período del dominio invernal llegó a su conclusión y cada uno de los involucrados abandonó su estado de letargo.
—Desde el mismísimo origen…
Únicamente al completar este tramo del camino le fue posible discernir con total claridad las verdaderas intenciones que albergaba el corazón de Lize.
Puesto que, en el interior de aquel dominio gélido que Lize se había encargado de estructurar, la figura de Dale, a quien ella profesaba el mayor de los afectos, había quedado completamente desamparada y solitaria ante la inmensidad de las cosas.
Ante tal panorama, Dale procedió a interrogarla.
Su pequeña hermana se presentaba con la vista obstruida por tejidos oscuros. No obstante, la Lize que ahora se plantaba frente a él distaba mucho de ser aquella infante asustadiza que intentaba guiarse a tientas en medio de la penumbra.
Haciendo honor a la herencia de los pioneros de la Casa de Saxon, sus cuencas desprovistas de luz y oscuras como el abismo poseían la capacidad de desentrañar las certezas ocultas más allá de lo evidente.
—¿Disponías del conocimiento de que estos eventos se desencadenarían de esta forma desde el principio?
En ese preciso instante, logró percibir el vestigio de Lize vinculado al dominio invernal. Representaba una realidad que resultaba imposible de refutar.
Con todo, la manifestación de Lize que Dale contemplaba dejaba al descubierto un hecho adicional.
—¿Es que acaso has borrado de tu memoria los conocimientos impartidos en la Torre Azul, hermano?
—……
Aquellas disciplinas enfocadas en el dominio del engaño y la distorsión de los hechos.
En el rol de un emisario perteneciente a la Torre Azul, la premisa fundamental consistía en mantener una ignorancia absoluta sobre tu propia condición de operario.
Dicha directriz afectaba sin distinciones incluso a las altas jerarquías que comandaban la Torre Azul. Y la joven Lize no representaba una alteración a esa norma.
—Llegaste al extremo de inducirte al error a ti misma.
—Te equivocas, hermano. Jamás incurrí en un autoengaño voluntario.
La muchacha, en su condición de líder de la Torre Azul, argumentó manteniendo las vendas oscuras fijas sobre sus ojos.
—La realidad que yo experimentaba poseía una validez incuestionable. Simplemente carecía de la lucidez para notar que actuaba como una pieza manipulada por los hilos de otra faceta de mi propio ser. No obstante, hermano, esa contraparte y mi persona no constituimos identidades fragmentadas.
Lize prosiguió con su explicación.
—Mi deseo jamás se orientó a que cargaras con padecimientos por el bien de estas tierras. De igual forma, mi otra faceta compartía ese mismo anhelo.
—De tal astilla, tal astilla; reflejas fielmente los rasgos de nuestra madre.
Dale se vio superado por el asombro y dejó escapar una manifestación de gracia.
—Tu soberanía y los habitantes de estas tierras no guardan sentimientos de temor hacia tu persona, hermano. Asimismo, los tormentos por los cuales debías ofrecer una reparación en este plano se han extinguido.
Lize se expresó con la templanza de quien ha dado cumplimiento a sus obligaciones, desprovista de ambiciones adicionales para el futuro.
—Por consiguiente, incluso si tu reacción fuera la de albergar un sentimiento de desprecio hacia mí, me encuentro en paz. He consumado el propósito de mi existencia.
—……
Dale optó por mantener el mutismo ante las afirmaciones de Lize.
Transcurrido un breve lapso, acortó la distancia de forma calmada y procedió a rodearla con sus brazos en un cálido abrazo.
—Te agradezco todo lo que has hecho, Lize.
Al percibir aquellas palabras totalmente imprevistas, Lize contuvo el aliento por la sorpresa. La dirigente de la Torre Azul, experta en el manejo del engaño y las falsedades, se quedó sin habla resguardada en el pecho de Dale.
Y en ese instante, despojada de sus defensas como una pequeña niña, se entregó a un llanto incontenible.
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