El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 2
Capítulo 2
Durante la época en que el conflicto entre el Imperio y la Tribu Demoníaca alcanzaba su punto más álgido, Dale, en su existencia previa como héroe, tuvo la oportunidad de presenciar de primera mano la terrorífica fama que precedía al Duque Negro.
Ocurrió cuando el ejército principal del Imperio cayó en las trampas tendidas por las huestes demoníacas, desprotegiendo por completo la capital del Ducado de Sajonia. Pese al peligro inminente, el duque de Sajonia mantuvo una entereza imperturbable.
Sin compañía de ningún caballero, decidió plantarse en solitario ante la colosal hueste del señor de la guerra orco que asediaba la fortaleza y las inmediaciones de Sajonia.
Dale, que se hallaba en el lugar integrado en un comando especial, retuvo para siempre en su memoria las imágenes de aquella jornada.
En el momento en que las oscuras vestiduras del duque danzaron al viento, este realizó un simple ademán con la mano, provocando la inmediata desaparición del cielo crepuscular.
Las sombras devoraron la luz y un ejército surgido de las tinieblas emergió de las profundidades. Caballeros de la muerte, cabalgando sobre monturas forjadas de penumbra eterna, se lanzaron al ataque.
Se trataba de una fuerza de no muertos incansable y despiadada.
Aquel suceso provocó en Dale un pavor superior a cualquier otra experiencia vivida en ese mundo.
—Joven maestro.
Un delicado tono femenino resonó cerca de su oído, trayéndolo de vuelta a la realidad.
—Es el momento de despertar.
Dale despegó los párpados pausadamente mientras los primeros destellos de la mañana traspasaban su mirada.
¿Había sido todo una fantasía?
Un recuerdo onírico sobre el individuo que en esta época era su progenitor.
«Le agradezco que me haya despertado».
Dale movió suavemente la cabeza en señal de reconocimiento.
Eve era una sirvienta de corta edad vinculada a la residencia de la familia Saxon. Pese a su juventud, superaba por casi una década a Dale, quien alcanzaba los ocho años de vida en esa fecha.
Ocho años.
El alboroto que resonaba por toda la propiedad le permitió deducir de inmediato el motivo de la celebración.
Aquel día conmemoraba su octavo aniversario.
Incluso el Duque Negro, un hombre ajeno a los protocolos aristocráticos y a las galas de la alta sociedad, había convocado a sus subordinados y nobles con el fin de organizar una pomposa festividad.
En las instalaciones del Gran Salón de la fortaleza ducal, los empleados se desplazaban con presteza, y una gran cantidad de aristócratas fieles a la casa de Saxon se congregaban en el lugar.
—Mis felicitaciones por tus ocho años de vida.
Elena, ubicada en el lado izquierdo de los asientos destinados a los gobernantes del ducado, le dedicó una tierna sonrisa.
—Es una alegría ver que creces fuerte y sin contratiempos, Dale.
—Madre.
Dale, mostrando una madurez impropia de su corta edad, realizó una reverencia silenciosa.
—¿En qué lugar se encuentra mi padre?
—Surgieron contratiempos de última hora y se halla deliberando con Sir Helmut.
Elena transmitió la información con un leve gesto de desilusión.
«¿Se encuentra reunido con Sir Helmut, el líder de las fuerzas militares?».
Sir Helmut comandaba a los «Caballeros Cuervo», la facción de élite del linaje Saxon, temida por sus rivales bajo el nombre de la «Caballería Negra».
Si el jefe de los guerreros requería atención inmediata, lo más probable era que se hubiese localizado una mazmorra en los dominios territoriales. La obligación del mandatario de velar por la protección de sus tierras prevalecía, incluso por encima del aniversario de Dale.
«Dado que el festejo se ha postergado, pretendo que conozcas a una persona en ausencia de tu progenitor».
Elena se puso en pie con distinción, mostrando entereza ante los imprevistos. ¿De quién se trataría? Dale parpadeó con curiosidad y caminó detrás de ella.
Elena, flanqueada por las sirvientas, guio a Dale a través de los corredores de la fortaleza, alejándose del bullicio festivo del salón principal para dirigirse hacia las estancias de invitados ubicadas en la zona inferior.
«Lady Sepia».
Elena dio unos toques suaves en el acceso de madera, inclinándose con deferencia. Dale observó con extrañeza aquella muestra de sumisión.
—Lamento interrumpir su privacidad, señora.
Al instante, la entrada se abrió y emergió una entonación calmada y nítida.
—Las aglomeraciones ruidosas no son de mi agrado.
Dale contuvo el aliento por un instante, impactado por la presencia.
—Muestra tus respetos. Te presento a Lady Sepia, la Anciana de la Torre Azul.
La ocupante de la estancia era una dama cuyas facciones aparentaban una edad similar o ligeramente menor a la de Elena, poseedora de una gracia gélida y limpia como el cristal. Las formas puntiagudas de sus orejas, visibles entre sus cabellos de tonalidad zafiro, revelaban su verdadera estirpe.
Se trataba de una elfa, un espécimen de la estirpe vinculada íntimamente al maná.
—Mantengo una gran deuda de gratitud con el Duque Negro y su cónyuge.
Sepia correspondió el saludo con un movimiento de cabeza. Elena restó importancia al asunto con un ademán.
—Para nosotros constituye un privilegio que nuestro descendiente se nutra de sus conocimientos, señora Sepia.
¿Recibir la formación de la señora Sepia? Tras escuchar aquellas palabras, Dale descifró de inmediato las intenciones de su madre.
«Han conseguido los servicios de una instructora sumamente inusual».
—Asumo que este es Dale.
La alta integrante de la Torre Azul, Sepia, clavó una mirada profunda en el pequeño.
—Tengo entendido que ya posee los inicios de un tenue círculo de maná en su interior.
Aquello era un vestigio de años previos. No obstante, contar con apenas cuatro o cinco años no representaba el periodo idóneo para explotar un don de esa naturaleza.
Por tal motivo, Dale optó por aguardar con calma.
Esperaba el instante preciso en que sus dotes fuesen catalogadas como una genialidad prodigiosa y no como una anomalía aterradora.
Evidentemente, aquello no implicaba que hubiese permanecido inactivo.
Durante ese lapso, las prácticas de Dale no constituían algo que requiriera ocultar de las miradas ajenas.
«Ciertamente, percibo la presencia de energía mágica en tu ser».
Sepia ratificó la información con un gesto afirmativo.
«Dale, tu deseo era instruirte en las artes mágicas, ¿es correcto?».
Elena evitaba a toda costa que su hijo siguiera los pasos de la nigromancia. No obstante, se rehusaba a desperdiciar las notables aptitudes del niño para la magia.
«Los conocimientos de la Torre Azul, entiendo».
Dale no mostraba desesperación. Mientras el Duque Negro continuara siendo su progenitor, le sobrarían instantes para adentrarse en las artes de la magia oscura.
Por encima de cualquier factor, Dale comprendía el alcance de sus capacidades.
La inmensa mayoría de los practicantes de la magia pasan su existencia intentando controlar un único elemento de la naturaleza. Sin embargo, su situación era distinta.
La guía de una elfa de la categoría de una Anciana de la Torre Azul constituía una oportunidad irrepetible.
«A mayor cantidad de saberes, mayores posibilidades».
Sin importar el límite de lo que una eminencia de la Torre Azul pudiera transmitirle.
La sesión inicial dio comienzo antes de lo previsto.
Elena se retiró del lugar, argumentando que regresaría en cuanto el Duque Negro estuviese de vuelta, dejando a Dale en compañía exclusiva de Sepia.
«Mantén la calma, Dale».
Sepia le dedicó un gesto afectuoso al menor, quien permanecía estático en la habitación de cortesía.
Una destacada figura de la Torre Azul y una representante de la estirpe elfa, especímenes escasos en los dominios de los hombres. Su melena de tono zafiro, de la cual parecía emanar una sutil frialdad, resultaba deslumbrante. El aspecto de sus orejas puntiagudas hablaba por sí solo.
«Le ruego que me guíe en este camino, instructora».
La relevancia de su padre hacía posible disponer de una mentora de semejante nivel.
En su encarnación anterior, Dale poseía habilidades polifacéticas, dominando desde el arte de la espada y los conjuros hasta las tácticas de infiltración y el uso de sustancias tóxicas.
En su rol de herramienta de combate bajo el título de héroe, se le exigía una adaptabilidad absoluta ante cualquier escenario bélico.
A causa de ello, los conjuros vinculados al elemento agua, núcleo de la Torre Azul, no le resultaban ajenos.
Pese a esto, las destrezas adquiridas en el pasado constituían una variante alterada, orientada exclusivamente a la eliminación de objetivos y al combate rudo. Se trataba de un aprendizaje tosco que requería transformaciones en el organismo e inscripciones rúnicas en la piel.
Los saberes que Dale buscaba asimilar en esta etapa diferían enormemente de los métodos de exterminio.
La especialización en el agua se orientaba primordialmente hacia la protección y la alteración del entorno, sustentada por la Torre Azul en dos pilares esenciales.
La contención y los encantamientos de carácter pacífico.
«¿Responderá esto a las intenciones de mi madre?».
Con el anhelo de alejar a su descendiente de los senderos violentos, Elena se habría decantado por convocar a un miembro de la Torre Azul. Es probable que proyectara un porvenir duradero para Dale dentro de dicha institución.
Sin embargo, Dale no pretendía permitir que su destino se trazara de forma tan predecible.
«Mis condiciones actuales son distintas».
A pesar de conservar el bagaje intelectual de su etapa previa, la estructura física de Dale correspondía a la de un infante de ocho años.
Desde luego, al portar los genes del Duque Negro, su predisposición hacia las fuerzas mágicas superaba con creces el promedio común.
No obstante, ese era su límite actual. No resistía comparación con las virtudes de un combatiente de rango SSS, moldeado por décadas de batallas y optimizado mediante alteraciones físicas imperiales.
Consecuentemente, Dale se veía en la obligación de seleccionar su rumbo con cautela basándose en su madurez mental, desechando la idea de replicar sus pasos anteriores.
Su meta consistía en alcanzar un peldaño místico inédito para el resto del mundo.
«Incluso dedicando mi máximo empeño, el manejo del acero y el control de dos variantes mágicas representan mi frontera».
Asumiendo que una de las vertientes correspondiera a las artes oscuras, la vacante restante la ocuparía el elemento agua.
Tras meditar sobre estas variables, Dale descartó mayores complicaciones con un movimiento de cabeza.
A fin de cuentas, seguía siendo un menor de ocho años. Pese a contar con el respaldo de una Anciana de la Torre Azul, los progresos inmediatos serían limitados. Con seguridad, las lecciones iniciales se enfocarían en encauzar el flujo energético y en las nociones más elementales del agua.
Sumado a esto, Dale aún no consolidaba de manera íntegra su anillo de maná inicial. No existían motivos para conducirse con premura.
«Salgamos a tomar el aire un momento».
En ese instante, Sepia, que no había despegado los ojos de Dale, rompió el silencio. Sus pupilas nítidas transmitían la sensación de escudriñar su mente.
«De acuerdo, instructora».
No había objeción válida para negarse.
Dale recorrió los espacios exteriores de la residencia ducal junto a Sepia. Una ráfga invernal penetró en sus vías respiratorias.
«La temperatura ambiental es bastante baja».
Al transitar por las estructuras de mármol que cercaban la zona ajardinada, Sepia retomó la palabra.
«Esta atmósfera evoca los recuerdos de mi tierra natal».
Su expresión denotaba cierta melancolía por el pasado. Aunque no se había confirmado, todo apuntaba a que pertenecía a la variante de los elfos de las nieves.
«¿Existe un verdadero anhelo en ti por comprender la magia?».
La interrogante de Sepia tomó por sorpresa a Dale, obligándolo a parpadear con asombro ante la agudeza de la elfa.
«Al manifestar tu interés por estas artes, percibí una desconfianza impropia de un niño de tus años».
«El deseo de instruirme nace de mi propia determinación», replicó Dale, consciente de haber sido descifrado. Aunque evaluó formular una evasiva, optó por ser directo y complementó sus palabras.
«No obstante, la variante mágica que aspiro a controlar posee matices diferentes…».
—Artes oscuras, imagino —añadió Sepia con total naturalidad—.
La restricción autoimpuesta por el Duque Negro de no instruir a su descendiente en sus conocimientos es un asunto de dominio público en estas tierras.
El vínculo afectivo entre el Duque Negro y Elena constituía uno de los relatos predilectos entre los habitantes del territorio.
—¿Acaso no considera repudiable la nigromancia que se practica en la Torre Negra, instructora?
«¿Qué te induce a formular esa idea?», inquirió Sepia.
Los miembros de la estirpe elfa se caracterizan por salvaguardar las leyes de la naturaleza, razón por la cual Dale dedujo que ella rechazaría las artes del Duque Negro. Sin embargo, el planteamiento de la elfa tomó un rumbo distinto.
«La manipulación para alzar a los caídos quiebra los ciclos naturales…».
Antes de que el niño concluyera la frase, Sepia dejó escapar una ligera risa llena de gracia.
«¿Sostienes firmemente que la reanimación de los cuerpos desafía los principios del mundo?».
—¿Acaso no es de esa manera? —respondió Dale mostrando cierta duda.
—Bajo esa lógica, ¿cómo catalogas las intervenciones místicas de los clérigos que rescatan a los moribundos de las garras de la muerte? ¿Representa eso la determinación de la naturaleza?
En ese preciso instante, Dale comprendió el trasfondo de los argumentos de Sepia.
—Es evidente que mis semejantes no comulgan con estas apreciaciones —comentó Sepia, dejando ver un deje de tristeza—. Esa postura me condujo a experimentar vivencias complejas.
«¿A qué se refiere exactamente…?»
Sepia optó por no profundizar en el tema. Dale ató cabos sobre los motivos que habían llevado a una elfa, pertenecientes de ordinario a comunidades herméticas, a residir en los dominios de los hombres.
«Una desterrada».
La mentalidad expuesta difería por completo del dogmatismo arraigado en la mayoría de los suyos.
«Sus aptitudes como mentora podrían superar mis previsiones iniciales», concluyó Dale tras percatarse de la franqueza de su interlocutora.
«He llegado al punto en que no requiero ocultar mis capacidades», determinó para sus adentros.
En el momento en que Dale adoptó esa postura, Sepia se giró hacia él mientras los cristales de nieve danzaban en el entorno.
«¿Damos inicio al reconocimiento del maná?».
«Tu progenitor mencionó que albergas vestigios dispersos de un anillo de maná en la zona pectoral», señaló Sepia.
«Así es», aseveró Dale.
A partir de ahí, Sepia procedió a explicar los fundamentos teóricos de la disciplina.
El entorno se encuentra saturado de maná. No obstante, a menos que se trate de criaturas inmemoriales como los dragones, resulta imposible asimilar dicha energía en su estado bruto sin un proceso de filtrado previo. Por este motivo, los seres humanos, los elfos y el resto de las especies precisan canalizar el flujo en sus organismos para transformarlo en energía mágica utilizable.
La estructura circular en la zona cardíaca opera a modo de núcleo de conversión, transformando la energía ambiental en combustible mágico.
La cantidad de anillos que posea un individuo determina su escala de poder.
«Tu meta inicial consistirá en agrupar esos vestigios dispersos hasta consolidar un aro perfecto, dando origen a tu primer círculo».
«Entendido».
«Desde luego, es un proceso que requiere tiempo y constancia».
Dale asintió sin emitir sonido.
«Iniciemos con las prácticas para hacer rotar el flujo energético en la zona del corazón».
En ese paraje, Sepia procedió a transmitirle las pautas esenciales para direccionar la energía.
«Es indispensable que ejecutes esta dinámica de manera constante, sin espacio para el descuido».
Tras asimilar las directrices de Sepia, Dale realizó una inspiración profunda y procedió a ejecutar las pautas.
Comenzó a captar la energía del ambiente, trazando un canal para que orbitara en las proximidades de su corazón, enfocándose en dotarla de una estructura perfectamente esférica.
«Este proceso demandará semanas de práctica, de modo que en este intervalo podemos dialogar sobre los conjuros de tu interés», comentó Sepia con tono afable mientras Dale mantenía su concentración.
Fue en ese instante cuando Dale interrumpió su estado y fijó la vista en ella.
—Instructora.
—¿Surgió alguna duda? —inquirió Sepia, mostrando una sonrisa dispuesta a resolver sus inquietudes.
—El proceso ha concluido.
…
Al percibir el aro de energía completamente estructurado y firme alrededor de su corazón, Dale dio por terminada la tarea.
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