El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 26
Capítulo 26
Capítulo 26
Capítulo 26: El juego del pilla-pilla más extraño
Aquel fue el juego del escondite más estrafalario e insólito que jamás presenció el mundo.
Quien se hacía llamar monarca del Imperio escapaba a toda prisa de su propia sede de poder, consumido por el pánico de ser alcanzado por un individuo solitario.
—¡Vuestra Gracia, el conde Kylo ha claudicado ante sus pies y le ha franqueado el paso por las murallas!
—¿¡De qué hablas!? Cómo se atreve ese perjuro a…
—¡Y las desgracias no acaban ahí! Los gobernantes de las regiones imperiales colindantes con las fuerzas rebeldes se están rindiendo de forma consecutiva…
—¡Malditos traidores desvergonzados!
La avalancha de notificaciones funestas resultaba incontenible, y la huida del soberano lejos de la metrópoli no auguraba ningún porvenir. A fin de cuentas, la caída del régimen a manos de la insurrección era solo una cuestión cronológica.
No obstante, no fueron los alzados en armas quienes doblegaron verdaderamente al emperador Guillermo del Noveno Imperio ni quienes arrodillaron a toda la nación.
Incluso los propios insurgentes, al igual que las huestes oficiales, se interpusieron en la trayectoria de aquel individuo y sufrieron un castigo devastador.
Frente a este sujeto, las lógicas habituales carecían de valor.
El Dios de la Insignificancia avanzaba con paso firme, desintegrando cualquier obstáculo que osara cruzarse en su camino.
Para los que intentaban contenerlo, perecer representaba casi un acto de piedad; mientras que para aquellos que se postraban entregándole un trozo de su suelo, significaba la absolución.
La plaza fuerte que los sublevados jamás consiguieron quebrar, junto con la mismísima capital de la dinastía, sucumbieron ante la voluntad de un solo ser. Las crónicas sobre la colosal criatura que edificó empleando escombros y despojos humanos se propagaron por los confines del territorio.
La milenaria nación de la magia, que se creía sepultada en el olvido, resurgía de sus cenizas, y su soberano místico, el Señor del Oro Negro, se disponía a extender su yugo global una vez más.
Completamente solo, desprovisto de huestes.
En un principio, aquellos relatos se juzgaron como meras habladurías de taberna propagadas por ociosos. Sin embargo, conforme las fortificaciones y bastiones eran subyugados uno a uno por su mano, y los ejércitos regulares se trocaban en cordilleras de caídos, ningún habitante del territorio conservó el ánimo para mofarse de lo que creían una fábula.
Por tal motivo, ansiando distanciarse de aquel ser solitario, el emperador Guillermo de Brandeburgo inició una caótica retirada en dirección al territorio meridional.
A cada instante, el perseguidor rebanaba las provincias centrales del Noveno Imperio, absorbiendo los dominios que lo separaban de su presa real.
Los regentes locales hincaban la rodilla, prometiendo vasallaje mediante un puñado de polvo, y de manera sucesiva, la aristocracia del Noveno Imperio juraba sumisión eterna al Señor del Oro Negro.
Y de forma invariable, una mariposa azul emprendía el vuelo, tejiendo filamentos de tonalidad azulada sobre los campos que Dale iba subyugando.
—¡Incapaces del demonio!
Poco después, la monumental silueta que encarnaba al Señor del Oro Negro se recortó nítidamente contra la línea del horizonte.
—Si este territorio ducal también cae bajo su control, ¿qué quedará de mis dominios imperiales?
—Os pido clemencia, Vuestra Majestad.
Refugiado en las posesiones del ducado de Muir, el emperador Guillermo vociferaba perdiendo la compostura, mientras que el duque Muir le devolvía una mueca cargada de desencanto.
¿De qué forma este hombre inepto aspiraba a gobernar el Noveno Imperio? Existía únicamente un motivo que lo explicaba.
El guerrero más formidable de la región, el Caballero Carmesí y Blanco, permanecía custodiando sus espaldas.
Sir Michael.
Y cuando este último tomó la determinación de medir sus fuerzas a solas contra el Señor del Oro Negro, el desenlace quedó sellado.
Aquella colosal emanación en forma de hongo que cubrió el firmamento, cuyo ardor incineró la metrópoli capitalina, sostenía la convicción de que ni el mismísimo Señor del Oro Negro saldría con vida de semejante devastación.
Aniquilación recíproca. El último recurso ideado por Sir Michael, el paladín supremo de la corona.
Pese a todo, ni el cataclismo de la destrucción total consiguió frenar el avance de aquel hombre. De este modo se inició la persecución más inverosímil y grotesca que se recordase en la historia.
El soberano del imperio huía despavorido, acosado por una única presencia. Los aristócratas y guerreros de la corona levantaban empalizadas y baluartes para interponerse, pero frente a él, cualquier defensa resultaba estéril.
Finalmente, terminaron acorralados en el extremo más austral de la nación, en los dominios del ducado de Muir.
Las opciones de escape se habían agotado. La travesía de huida del monarca concluía en este punto, y el Señor del Oro Negro no tardaría en presentarse para reclamar el control de estas tierras.
Ante su figura, ninguna defensa poseía validez. Ni la sofisticada protección bélica exhibida por las facciones rebeldes, ni el guerrero más diestro del reino, ni la mismísima conflagración del juicio final.
—¡¿Qué os pasa, duque Muir?! ¡Movilice de inmediato a los batallones y diseñe una estrategia defensiva para plantarle cara ahora mismo!
Clamó el emperador Guillermo, provocando que el duque Muir soltara una carcajada colmada de amargura y escepticismo.
—¿De qué os reís en un momento así?
—¿Una estrategia defensiva, dice usted?
Tras contener la risa, el duque Muir lo interrogó directamente.
—¿Acaso todavía no habéis asimilado la realidad de los hechos?
—¿Qué pretendes insinuar…?
—¡Duque Muir, modere sus palabras frente a Su Majestad!
En ese instante, la guardia personal que custodiaba al monarca aferró los pomos de sus armas de inmediato. No obstante, no gozaron del tiempo necesario para sacarlas de sus fundas. Los guerreros del duque Muir actuaron con mayor presteza.
El metal surcó el aire y los fluidos vitales salpicaron el suelo.
—Emperador Guillermo, es probable que los anales de nuestra historia jamás hayan registrado un gobernante tan incompetente como vos.
—¡Tú, maldito felón, cómo te atreves a volverte en mi contra…!
Las armas colisionaron y, de forma coordinada, una descarga de saetas descendió sobre el lugar. ¡Thunk! Los proyectiles rasgaron las defensas de los guerreros de gala dorada que debían velar por la integridad del soberano. Las puntas hallaron los puntos débiles de las uniones y las rendijas de las protecciones craneales, haciendo brotar la sangre.
—Apresad al monarca.
—¡A vuestras órdenes, mi señor!
—¡Duque Muir…! ¿Cómo eres capaz de traicionar al reino y a quien te otorgó tus tierras?
—¿Es que acaso tengo otra alternativa viable?
Reclamó Wilhelm, recibiendo como réplica una nueva interrogante por parte del duque Muir.
—¿Se supone que debo reclutar a los siervos de mis campos, organizar batallones a pie, llamar a los hombres de armas y abrir fuego con la artillería para medirnos con semejante entidad?
Luego de formular la pregunta, el duque Muir emitió una sonrisa desprovista de alegría. Una reacción absurda, destinada únicamente a camuflar el pánico absoluto que atenazaba sus entrañas.
—¿Qué clase de fuerza creéis que podría contener a ese individuo? ¿Acaso las defensas del terreno o los proyectiles pesados? ¿Millares de jinetes en formación? ¿Las armas de fuego y los explosivos? ¿Consideráis de verdad que todo eso mantiene el más mínimo valor frente a esa entidad?
—¡Duque, duque Muir, os lo ruego…!
—¿El Señor del Oro Negro? ¿El Soberano Místico? ¿Una deidad del pasado remoto? ¿Qué término deberíamos emplear para catalogarlo? ¿Creéis que unas simples denominaciones nos permitirán asimilar su naturaleza? Evidentemente no.
Inquirió el duque Muir.
—¿Es que todavía vuestra mente no lo procesa?
—¿Qué… qué estás tratando de decir?
—Se trata de… una entidad demoníaca superior.
Declaró el duque Muir.
—Para ese ser, no pasamos de ser simples alimañas que deambulan por el barro. Por más que Vuestra Majestad intente resistirse en su presencia, no representa más que el irrelevante pataleo de un insecto común.
—¡Cómo osas proferir tales insultos…!
—Contemple la realidad, Majestad. ¿De qué forma pretende evadir el alcance de esa deidad alguien que es incapaz de someter siquiera a un solo siervo?
Finalizada la frase, el duque Muir mostró un gesto cargado de frialdad.
Un individuo arropado con una vestidura oscura como la medianoche avanzaba en dirección a los dominios del ducado de Muir. En el preciso instante en que pisó los límites de la región, una comitiva aguardaba su llegada.
Hombres de armas provistos de defensas metálicas, algunos practicantes de las artes místicas y los miembros de la corte del territorio se hallaban dispuestos para recibirlo.
En la posición de honor, un varón ataviado con un ropaje lujoso ornamentado con finas costuras dobló las rodillas de inmediato.
—El duque Muir rinde su más sumiso respeto a nuestro soberano.
Los integrantes de su séquito contuvieron el aliento al presenciar dicho sometimiento, pero no se generó alteración alguna. Pese a contar con el contingente militar más formidable de la corona, cualquier poder carecía de relevancia frente a aquel visitante.
—Y os hago entrega de este testimonio de mi absoluta sumisión hacia Vuestra Majestad.
Permaneciendo de rodillas, el duque Muir efectuó una señal visual. Diversos guerreros arrastraron a rastras al emperador Guillermo, el autoproclamado regente del Noveno Imperio, arrojándolo bruscamente a los pies del recién llegado.
—¡Quitadme las manos de encima! ¡Perjuros infames…!
—…
—¿Cómo osáis tratar de esta forma al heredero directo del legendario paladín de la espada y de Wilhelm, de la estirpe de los Brandenburg…?
El emperador Wilhelm forcejeaba desesperadamente en el suelo, mientras el sujeto de la túnica oscura como la medianoche lo contemplaba guardando absoluto silencio. La verborrea de Wilhelm se cortó en seco de manera abrupta.
La penumbra que se proyectaba bajo su capucha lo examinaba fijamente. Una sensación de congelamiento y un pavor indescriptible impregnaron la atmósfera del lugar.
Un soplo gélido y opresivo se propagó por el entorno, transmitiendo la vivencia de haber sido arrojados desprovistos de abrigo a las aguas invernales.
El emperador Guillermo y el resto de los presentes vinculados al ducado de Muir experimentaron idéntica sensación. No se debía a una alteración térmica real en el ambiente ni a la manifestación de una helada física.
—Un sucesor del célebre maestro de la hoja sagrada, según afirmas. Qué evocador resulta.
Tras una prolongada pausa, el individuo de la vestidura oscura como la medianoche, Dale, mostró una leve y gélida sonrisa. En esos momentos, incluso aquella denominación se le antojaba un recuerdo distante y casi placentero.
La vivencia del acero que en tiempos pasados perforó su caja torácica, el rencor acumulado, e incluso los anhelos de retribución, se habían disipado por completo.
—Quién habría imaginado que la dinastía Brandenburg alcanzaría la corona mediante los giros del destino histórico. Tus predecesores se sentirían ciertamente complacidos.
—…
—Portando el linaje áureo y arrogándote el dominio de las tinieblas… analizado de ese modo, referirse a ti como el Señor del Oro Negro no resultaría una idea descabellada.
El emperador Guillermo se mostraba incapaz de asimilar el trasfondo de aquellas expresiones. Dale optó por no profundizar en detalles y simplemente desvió su atención hacia otro lado.
—Duque Muir, vuestra muestra de sumisión obtendrá su correspondiente gratitud.
—¡Os… os quedo eternamente agradecido, Majestad!
Mientras pronunciaba aquellas palabras, un grupo de mariposas azules emergió flotando desde la parte posterior del hombre, desplazándose por el aire hasta posicionarse junto al duque Muir.
Un entramado de filamentos azulados comenzó a cubrir su fisonomía.
Aquel entramado constituía el pilar fundamental de la estructura que le otorgaba a Dale el control de sus dominios, permitiéndole fiscalizar todo aquello que el duque contemplaba, escuchaba y percibía internamente.
—No obstante, vuestros subordinados directos deben igualmente postrarse y manifestar su obediencia ante mí.
—¡Cumpliré vuestro mandato de inmediato…!
Concluido el aviso, el duque Muir reiteró su indicación gestual.
¡Clang!
Sin que faltase uno solo, los hombres de armas, los miembros de la corte e incluso la infantería rasa apostada en las cercanías se arrodillaron en el acto.
Iniciado en el confín septentrional y culminado en el límite meridional, el periplo de Dale a lo largo del Noveno Imperio tocaba a su fin en ese sitio. Centró entonces su atención en el monarca capturado perteneciente al orden derrocado.
—Resultaría incongruente que quien portaba la corona de la antigua dinastía continuara su existencia en el seno de la nueva era.
—¡Ah…!
Al escuchar la sentencia, el derrocado emperador Guillermo perdió toda compostura y realizó un ademán de deglución con notable dificultad.
—A pesar de ello, apelando a consideraciones del pasado, os otorgaré clemencia.
—¿Consideraciones del pasado…?
Añadió Dale manteniendo un tono inalterable, trayendo a su memoria las incontables ocasiones en que se midió y venció a los antiguos líderes de la estirpe de los Brandenburg, a quienes él mismo había despojado de su estatus.
—Os asignaré una fortificación junto con extensiones de tierra.
—¿De… de verdad decís la verdad?
Wilhelm recuperó momentáneamente el aliento frente a aquella sorpresiva concesión. Le resultaba imposible comprender las motivaciones detrás de los actos de Dale.
—Con el fin de que dispongáis de una existencia libre de privaciones por el tiempo que os reste, os extiendo mi clemencia.
—…!
—Esta constituye vuestra última alternativa. Postraos ante mi presencia.
Al percibir el requerimiento, Wilhelm no mostró el menor titubeo.
—¡Rindo mi humilde vasallaje ante el legítimo monarca!
Se inclinó descaradamente frente al hombre, agachando la testa para recibir el beneficio otorgado. Después de todo, no carecía del discernimiento necesario para evaluar la gravedad del panorama.
Evocó mentalmente a los viejos líderes de la estirpe de los Brandenburg, quienes sufrieron amargas derrotas y tormentos durante la época del «Príncipe Negro». La compensación por aquellos viejos padecimientos cobraba forma en este preciso instante, mediante los ciclos de la evolución histórica.
Ciertamente, todo se debía a la herencia de sus predecesores.
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