El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 28
Capítulo 28
Capítulo 28: Epílogo
Las regiones septentrionales conservaban su habitual atmósfera gélida y desértica.
Dale caminaba por el patio de la fortaleza imperial de la Casa de Saxon, el núcleo actual de una naciente soberanía, tal como los registros históricos habían previsto.
La bóveda celeste se mostraba sombría y de ella descendían partículas de nieve grisácea. Cada paso que daba dejaba una marca oscura sobre la superficie blanca y perfecta que pisaba.
—Dale.
Una llamada hizo que Dale alzara la vista.
—… Sepia.
Se trataba de Sepia, el mago elfo que en el pasado instruyó tanto a Dale como a Lize.
—Te noto apesadumbrado.
—Cuando te quedas completamente solo y, tras mucho tiempo, logras reunirte con quienes valoras… —comentó Sepia, provocando una mueca de amargura en el rostro de Dale.
—Imaginé que mi travesía finalmente había concluido.
En ese instante, expuso una fragilidad que jamás había revelado ante nadie más.
—Tengo el control del mundo y a mis seres amados junto a mí. ¿Existe algo más que precise? ¿Qué requiero conseguir para colmar este vacío interno? ¿Cuánto más tendré que deambular para que este camino finalice?
El tono de Dale flaqueaba, reduciéndose casi a un murmullo.
—Le ruego que me guíe, maestro Sepia.
No actuaba en ese momento como un temible demonio ni como el dios de la futilidad.
Se presentaba simplemente como un ser humano, colmado de flaquezas.
Frente al sabio mago elfo Sepia, el apodado «Príncipe Negro» imploraba un rumbo, repitiendo la dinámica de sus viejos tiempos.
—Por desgracia, yo tampoco soy más que un caminante extraviado en este plano.
Ni el instructor más erudito poseía las réplicas que Dale ansiaba escuchar.
Debido a esto, Sepia optó por brindarle un abrazo protector y silencioso.
El letargo trajo consigo un recuerdo difuso.
Era una ensoñación tan nítida que poseía la certeza absoluta de encontrarse dentro de un sueño.
Bajo un firmamento nocturno, opaco y pálido, Dale observaba las alturas.
Había tomado posesión del título de duque de Sajonia, ascendido a monarca del Imperio y, en un punto de su existencia, permanecido congelado en el cero absoluto, sumido en el aislamiento total.
A pesar de todo, retornó con las personas que estimaba y cobró una nueva vida como el líder de una renovada soberanía.
Un dios de la futilidad.
Ese era el ser en el que se había transformado Dale, y delante de él se hallaba un infante.
Un pequeño cuyos ojos permanecían ocultos por tiras de tela negra. Sin embargo, no se trataba del eterno Frederick.
Resultaba imposible no reconocer esas facciones.
Nadie es capaz de borrar los vestigios de su propio ayer.
La viva imagen del «Príncipe Negro» se plantó directamente ante Dale.
No obstante, Dale únicamente atinó a mostrar una sonrisa desganada. Comprendía que esto no pasaba de ser una ilusión nocturna, una simple sombra de lo que fue.
Fue entonces cuando la aparición intervino.
—¿Por qué optas por retroceder? —inquirió el Príncipe Negro, empleando una entonación tan cortés como la que caracterizaba a Dale en sus años de juventud.
—¿De qué se supone que retrocedo? —replicó Dale.
—De mí.
—¿Existe alguna razón para que me mida contigo? —cuestionó Dale con indiferencia, encontrando una réplica de igual frialdad por parte del Príncipe Negro.
—¿Acaso experimentas temor?
El Príncipe Negro poseía la innata cualidad de descifrar las intenciones ajenas y desvelar los secretos del espíritu. El prodigio más brillante de todo el territorio imperial, el heredero dotado de la casa ducal.
Aquella entidad se plantaba frente a él, manifestando una esencia extrañamente distante. Por tal motivo, Dale soltó una breve carcajada.
—¿Tendría que infundirme miedo mi propia persona? —cuestionó el Príncipe Negro, mostrando un genuino desconcierto.
—¿En serio consideras que guardamos la misma esencia?
—¿A qué te refieres con eso?
—En una ocasión previa, le preguntaste si verdaderamente correspondías al individuo de aquel entonces.
Ella, haciendo alusión muy probablemente a Shub.
—¿Te resulta familiar el dilema del barco de Teseo?
—……
Ante las palabras del Príncipe Negro, Dale guardó un absoluto silencio, conteniendo el aliento.
Luego de dar muerte a la bestia conocida como el Minotauro, Teseo emprendió el retorno a Atenas a bordo de su embarcación. Los habitantes, con el fin de conmemorar su hazaña, optaron por preservar el navío para las generaciones futuras.
—Lo conozco.
—No obstante, conforme los maderos del barco de Teseo sufrían el paso del tiempo y se pudrían, los ciudadanos se encargaban de sustituirlos por piezas nuevas.
Aun cuando se reemplazara una sección, la estructura seguía identificándose firmemente como el barco de Teseo.
—Sin embargo, tras soportar incontables tempestades a lo largo de las eras, arreglando y cambiando tablón tras tablón, llegó el punto en que no quedó ni un solo componente de los que conformaban la nave original en la que Teseo navegó.
Cuando la embarcación quedó constituida íntegramente por elementos nuevos, el navío primigenio de Teseo ya no existía en lo absoluto.
Pese a esta realidad, los pobladores de Atenas continuaban llamándolo el barco de Teseo.
—……
—¿Corresponde legítimamente ese nombre a la estructura resultante?
Qué muchacho tan insoportable.
Comprender que esa figura representaba su propia identidad del pasado volvía la situación todavía más ridícula.
—Nuestras estructuras celulares perecen y se renuevan en un ciclo sin fin. Una vez que la totalidad de los elementos que te dan forma se han transformado, ¿posees la certeza de que el ser aquí presente es el idéntico «Príncipe Negro» de épocas pasadas?
—A estas alturas del camino, me queda claro que en mi juventud no era más que un chico insoportable.
—La cuestión no se limita a las células. Tus convicciones, tus principios, tus propósitos… ¿Cuántas de esas «tablas» han sufrido un reemplazo desde tus días como el «Príncipe Negro» hasta el momento actual?
—¿Cuál es el punto al que quieres llegar?
—Yo no comparto tu identidad actual. De la misma forma en que tú has dejado de ser el «Príncipe Negro».
—… ¿Qué se supone que intentes dar a entender?
—Ese es un enigma que te corresponde descifrar por tu cuenta.
El Príncipe Negro esbozó una mueca cargada de desdén, y al instante, las partículas de nieve suspendidas se congelaron por completo en el ambiente.
La figura del «Príncipe Negro» se desvaneció, dejando como único paisaje la inmensidad de una gélida velada invernal. Una sensación de frío inexplicable caló hondo en su pecho.
Y al fijar la vista en aquella planicie desolada y gigantesca, Dale se sumió en el mutismo.
Al iniciar la jornada posterior.
Al retornar del letargo, percibió el confort del lecho confeccionado con lana. Al mover el rostro a un lado, captó las facciones de Charlotte mientras descansaba.
Con cautela, Dale aproximó sus dedos para rozar el rostro de Charlotte, provocando una sutil expresión de agrado en ella en medio de su descanso.
—Te encuentras a mi lado justo al despertar, Dale.
—Así es.
Dale mostró un gesto afectuoso y Charlotte correspondió de igual manera. Acto seguido, él posicionó su palma sobre la curva pronunciada de su vientre.
—Tú, nuestro descendiente y yo nos encontramos unidos.
—¿No resulta un espacio demasiado reducido para albergar a tres personas?
—Para nada.
Charlotte movió la cabeza en señal de negativa.
—Es el tamaño ideal.
—¿Estás segura de ello?
—No es de mi agrado la idea de que nuestro pequeño sufra por el aislamiento en un entorno excesivamente colosal.
Tras escuchar el planteamiento de Charlotte, Dale permaneció callado, privado de argumentos para replicar.
—No recae en ti la responsabilidad, Dale.
En ese instante, Charlotte le acarició el rostro, empleando una tonalidad sumamente dulce y comprensiva.
—No obras con maldad. Por lo tanto, cesa de castigarte internamente.
—… Charlotte.
Dale se vio incapaz de articular palabra alguna. Su único anhelo consistía en permanecer recostado junto a ella, percibir la presencia de su futuro hijo y deleitarse con ese fragmento de dicha.
—¿Qué labor deseas que desempeñe? —indagó Dale. Por un breve instante, las facciones de Charlotte reflejaron amargura, aunque el gesto se desvaneció con rapidez.
—Conviértete en un progenitor lleno de bondad —solicitó Charlotte.
—Y además…
Mostrando una firmeza y una convicción nunca antes vistas en su persona.
—Entrégame el control de tu imperio.
Dale experimentó una nueva conmoción que le hizo contener el aliento.
—¿El imperio que domino…?
—La soberanía de este plano te pertenece ahora. No obstante, el dominio que yace bajo tu mando únicamente te genera sufrimiento.
—Charlotte…
—Permíteme aliviar el peso de tus obligaciones —pidió Charlotte.
—Mientras yo me dirija a las zonas de conflicto para someter a los detractores de la corona, tú permanecerás junto a nuestro descendiente en la urbe principal.
—……
—Cuando me encargue de reunir a la aristocracia para administrar este territorio, tu deber será velar por nuestro hijo.
Dale asimiló perfectamente la trascendencia de las afirmaciones de Charlotte.
—Escúchame, Dale.
—Te escucho.
—¿Te genera plenitud poseer el mando absoluto del planeta? —volvió a interrogar Charlotte.
—¿Acaso pretendes abandonarnos tras el nacimiento de nuestro hijo para asumir en solitario el rol de redentora del mundo?
—……
Dale se mostró incapaz de formular una contestación. Solo alcanzaba a percibir el sufrimiento y los padecimientos que Charlotte había cargado en completo aislamiento, mordiéndose el labio sin emitir sonido.
Surgió una breve duda en su interior.
Sin embargo, la indecisión se disipó prontamente.
—Te doy mi palabra —aseguró Dale.
—Te lo agradezco, Dale.
Charlotte mostró una sonrisa de alivio al percibir su aceptación. Se aproximó y selló la promesa con un beso. En el instante en que sus bocas se unieron, las aseveraciones que el «Príncipe Negro» pronunció en su experiencia nocturna volvieron a manifestarse en su consciencia.
¿El ser al que Charlotte demostraba su afecto correspondía verdaderamente al individuo que ella creía conocer?
Carecía de una respuesta clara.
Y prefería no profundizar en ello.
—Una persona solicita una audiencia con Su Majestad.
Tan pronto como Dale se incorporó y se dirigió a las instalaciones de la fortaleza real, recibió una notificación imprevista.
—¿De quién se trata?
—Manifiesta ser la máxima autoridad de la facción rebelde.
—……
Dale guardó un silencio absoluto al procesar la información recibida.
—¿Existe algún indicio que nos induzca a dar crédito a sus afirmaciones?
—Un contingente numeroso pertenecientes a la Brigada de Hierro, provistos de indumentarias de combate mágicas, ha depuesto sus herramientas de guerra y manifestado su rendición ante los integrantes de los Caballeros Cuervo Nocturno en la zona limítrofe del ducado.
—……
—La orden de caballeros ha procedido a incautar sus indumentarias místicas; no obstante, los guerreros se asumen como cautivos de manera voluntaria, manteniéndose fieles a las órdenes de su comandante.
—Conduzcan a ese individuo al interior de la fortaleza.
Tras la orden dictada por Dale, el subordinado realizó una reverencia con la cabeza. Incluso si existiera alguna trampa oculta detrás de esto, carecería de relevancia frente al inmenso poder de este ser. Los vasallos vinculados a la Casa de Saxon entendían perfectamente que su líder no requería de sus atenciones defensivas ni de sus temores.
A pesar de las circunstancias, el asiento real confeccionado en tonos oscuros y dorados no se encontraba ocupado por Dale.
Charlotte se hallaba instalada en el trono, mientras Dale permanecía de pie justo a su costado. Ninguno de los presentes osó refutar dicha disposición.
El nacimiento de su vástago se encontraba próximo, y la silueta de Charlotte evidenciaba la clara evolución de una nueva existencia.
Al contemplar la escena, Dale se permitió reflejar una expresión de profunda serenidad.
Un crujido resonó en el ambiente.
Tras aquel gesto, desplazó su atención hacia los límites del espacioso salón principal perteneciente a la fortaleza imperial de la Casa de Saxon.
Frente a su posición se localizaban los cabecillas de la agrupación insurgente, los individuos que se autoproclamaban como la mente y el motor de dicho movimiento.
Los integrantes de la Casa Eurys, resguardados por un contingente reducido pero sumamente capacitado, provisto de indumentarias de combate místicas para brindarles soporte.
—Es un honor encontrarme nuevamente ante su presencia, Su Majestad.
El comandante supremo de la agrupación insurgente y líder principal de la Casa Eurys efectuó una reverencia en el extremo opuesto del recinto.
Una criatura de naturaleza vampírica que portaba los rasgos idénticos a Ray Eurys. Dale fijó sus ojos en él, manteniendo una actitud distante y callada.
—¿Cuál es el motivo que propicia tu comparecencia en este sitio? —intervino Charlotte ocupando el lugar de Dale, empleando una entonación que disipó la fricción del momento. Ray Eurys replicó formulando una interrogante igualmente distante.
—¿Le resulta familiar el dilema del barco de Teseo?
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