El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 4
Capítulo 4
«Es necesario movernos previo al crepúsculo».
«¿Cómo…?»
El sujeto pronunció aquellas palabras mientras se alejaba de los restos de los jinetes acorazados desparramados en el suelo. Al oírlo, la pequeña Yufi experimentó un nudo en la garganta y contuvo el aliento.
«Considerando el diseño de sus protecciones, no se trataba de combatientes ordinarios. Aun si fuesen simples exploradores, su destacamento desplegará un grupo de rastreo de inmediato al notar la interrupción en las comunicaciones».
«Esto no puede estar pasando…».
Consiguió articular con un hilo de voz mientras contemplaba el entorno. El caserío devastado, los restos inertes de los lugareños, la abrupta destrucción de su realidad cotidiana… De pronto, la crudeza de la situación la golpeó por completo.
«Madre, padre…».
Escasos momentos antes, sus progenitores y hermanos compartían risas cordiales. En ese instante, sus cuerpos permanecían destrozados e irreconocibles, provocando que Yufi rompiera en un llanto incontrolable.
La facción del soberano o el bando de la revuelta.
La responsabilidad recaía sobre ella. El desacierto de sus propios actos había condenado a sus seres queridos y a toda su comunidad a la muerte.
«Indícame en el momento en que te encuentres lista».
El sujeto se expresó con una serenidad imperturbable, contemplando el dolor de la muchacha.
«Toda la culpa es mía».
«No posees ninguna responsabilidad en esto, Yufi».
El individuo movió la cabeza en señal de negativa de forma calmada ante los reproches que ella se hacía.
«Los responsables son ellos».
Su tono poseía una gélida firmeza, desprovisto de la más mínima calidez.
De este modo dio inicio la travesía de un individuo y una pequeña desprovistos de un hogar al cual regresar.
«¡Viva la revuelta!»
«¡Abajo las viejas estructuras!»
Antes de que la luz del sol se ocultara por completo, el individuo y la pequeña lograron descender de la elevación montañosa sin contratiempos, adentrándose en la urbe. Pese a la llegada de la noche, el asentamiento desbordaba actividad y una atmósfera de celebración sumamente efusiva, semejando el mediodía.
Revuelta. El término provocó que Yufi se presionara los labios con fuerza.
El sujeto envuelto en la capa caminó de forma inadvertida entre la muchedumbre y comentó:
«Es probable que precises alimento. Busquemos un sitio para comer».
«Entendido, caballero».
Yufi asintió de forma sumisa. Carecía de noción sobre qué rumbo tomar o cuáles acciones emprender. Ni siquiera lograba discernir los motivos por los cuales aquel individuo, que siempre actuó como un forastero en su comunidad, la escoltaba en ese instante.
Por encima de todo, le resultaba imposible borrar de su mente el destino que él les deparó a los autoproclamados «insurgentes». Pese a la inocencia de Yufi respecto al funcionamiento del mundo, percibía que las capacidades de su acompañante superaban los límites de la hechicería convencional.
Una penumbra de tiempos remotos combinada con un frío invernal absoluto. Yufi contempló de reojo las facciones del sujeto, distinguiendo la intensa e impenetrable penumbra que se formaba bajo el cobertor de su cabeza, decidiendo guardar silencio.
El establecimiento al que el individuo condujo a Yufi distaba mucho de ser un bodegón de mala muerte. Para una pequeña habituada únicamente al pan oscuro y endurecido junto a embutidos elaborados rudimentariamente, tal escenario resultaba inconcebible.
«¿Qué lugar es este?».
«Selecciona el platillo de tu agrado».
Se hallaban en el comedor más selecto de la localidad. Al notar que los encargados contemplaban con desconfianza las ropas del sujeto, este extrajo un objeto de sus pertenencias. Piezas acuñadas en oro. Yufi contuvo el aliento al divisar aquel metal brillante que jamás había tenido la oportunidad de ver en su vida.
«¡Le ruego me disculpe por mi falta de atención, distinguido caballero!».
«Asimismo, provea de vestimentas de lino fino a la jovencita».
El individuo extendió una pieza dorada adicional, logrando que el empleado realizara una profunda reverencia con un gesto sumiso.
Ella rememoró el instante en que aquel misterioso sujeto arribó a su comunidad. El entorno no solía mostrarse tan hospitalario como para albergar a un desconocido sin recelos. Pese a ello, los habitantes le brindaron refugio y él retribuyó colaborando en las labores comunes.
Sus progenitores lo denominaban «cazador de monstruos», una descripción que Yufi aceptó sin cuestionar.
No obstante, las viandas dispuestas frente a ella superaban por mucho los recursos económicos de un simple rastreador de criaturas.
Panecillos níveos de consistencia blanda preparados con molienda selecta, caldos de res límpidos y reconfortantes, junto a selectos embutidos ahumados se exhibieron ante la muchacha evocando una fantasía.
«Platillos sumamente costosos…».
«No te mortifiques por ello, aliméntate en la medida que desees».
Yufi comprendió que aquel banquete constituía la manera en que el sujeto manifestaba su consideración hacia ella.
«Le quedo agradecida, caballero…».
En su modesta comunidad, conseguir el sustento diario representaba un enorme desafío. Tras presenciar los fatídicos acontecimientos recientes, carecía por completo de apetito. Sin embargo, Yufi extendió la mano con timidez hacia el panecillo. Poseía una textura sumamente esponjosa, distante del pan oscuro y compacto que conocía.
Con delicadeza, separó una porción y la saboreó. Para su asombro, descubrió un matiz dulce. Representaba la ocasión inicial en que Yufi experimentaba que dicho alimento poseía tal dulzor.
«Sabe excelente».
«Me reconforta oírlo».
«Realmente… sabe excelente».
Tras degustar el alimento, Yufi expresó aquellas palabras en voz baja y posteriormente empleó el utensilio para probar el caldo. Su reseca garganta experimentó un alivio cálido.
No obstante, en el preciso instante en que se disponía a tomar otra porción de pan, estalló en llanto, superada por la desolación que brotaba desde su pecho.
Durante esa madrugada fue presa de una pesadilla.
Sin embargo, debido probablemente a la notable suavidad del jergón, el mal sueño resultó efímero. Tras concluir la pesadilla, se presentó una ensoñación sumamente grata.
Visualizó que degustaba panecillos azucarados y esponjosos junto a un caldo cristalino de gran sabor. Concluida la cena, se recostaba sobre un lecho tan mullido como las formaciones nubosas del firmamento.
Representaba una existencia propia de la realeza, colmada de tanta dicha y complacencia que Yufi podía manifestar su alegría sin restricciones.
En el momento en que Yufi recobró la consciencia apartándose de dicho letargo, advirtió que se hallaba inmersa en una penosa realidad de la cual carecía de escapatoria.
«¡……!»
El lecho mantenía la misma textura mullida semejante a una nube. El sujeto le había mencionado que correspondía a un aposento destinado a miembros de la aristocracia o eclesiásticos de alta jerarquía durante sus estancias en la urbe. Los medios por los cuales obtuvo dicho espacio escapaban al entendimiento de Yufi.
Rememoró los alimentos consumidos la tarde previa. Correspondían fielmente a los de su ensoñación. El pan de fina molienda y el caldo. Pese a ello, Yufi se sentía incapaz de hallar consuelo en tales atenciones.
Al otro lado de la abertura de la estancia, la penumbra previa al alba comenzaba a disiparse. Ocultando su rostro entre el suave cobertor confeccionado en lana, Yufi derramó lágrimas de forma silenciosa.
«El líder García junto a la totalidad de su escuadrón de la caballería de hierro resultaron exterminados».
De forma simultánea, en la población de montaña donde Yufi contempló la luz por vez primera y pasó sus años de infancia.
Se congregaba un contingente de combatientes. Ellos igualmente se autoproclamaban como los defensores de la causa insurgente.
«¿Acaso se trató de una ofensiva perpetrada por las milicias imperiales?».
«¡Carecemos de certezas absolutas todavía! No obstante, evaluando los daños en los restos, todo apunta a que sucumbieron ante la intervención de un hechicero».
«……»
Resultaba incomprensible. Prescindiendo del grado de maestría del agresor, el hecho de que las protecciones místicas de la caballería de hierro se mantuvieran intactas infundía aún mayor desconcierto.
Dichas corazas místicas empleadas por la caballería de hierro constituían un armamento de reciente manufactura de las facciones rebeldes, un botín sumamente valioso tras doblegarlos. Pese a esto, los responsables de la derrota del escuadrón ignoraron por completo dicho equipamiento, abandonándolo en el sitio.
—¡Coronel! ¡Hemos detectado rastros en este sector!
Por fortuna, los indicios para dar caza a los detractores de la causa insurgente no presentaban mayor complicación para ser localizados.
Llegado el mediodía posterior, Yufi finalmente interrumpió su descanso debido a la densa calidez ambiental que cubría la urbe por completo.
«Has despertado».
«…».
Al incorporarse, una frase resonó de manera imprevista. Correspondía al tono del sujeto que aguardaba en los exteriores de la estancia.
«¡A-Así es!».
Yufi se puso de pie con celeridad y abandonó la habitación, topándose con el individuo que lucía su indumentaria habitual mientras la esperaba. La penumbra que proyectaba su prenda de cabeza se mostraba tan densa como de costumbre.
«Has renovado tus prendas».
Señaló el sujeto. Se trataba de la vestidura nívea confeccionada en lino que él había adquirido empleando la pieza dorada la tarde previa. Experimentando una sensación similar a portar un ropaje divino, las mejillas de Yufi adoptaron un leve tono rojizo.
«¿Luzco extraña?».
«En absoluto».
El individuo movió la cabeza negativamente y avanzó en sentido contrario. En ese mismo instante, un estruendoso clamor de palmas se escuchó desde la distancia.
«Es imperativo apresurarnos».
Pronunció el sujeto con un tono atenuado.
Habiendo aguardado el despertar de Yufi hasta el momento en que el sol alcanzaba su punto más alto, el margen de maniobra se había reducido drásticamente.
«¡Los paladines de la revuelta!»
«¡La caballería de hierro! ¡El despliegue de la caballería de hierro!»
En el instante en que abandonaron la residencia señorial que habían tomado en alquiler para pasar el descanso, las vías públicas desbordaban de ciudadanos.
«¡Revuelta! ¡Revuelta!».
El término que evocaba una auténtica desgracia para Yufi se repetía de manera ininterrumpida, mientras el sujeto contemplaba con serenidad el curso de los acontecimientos camuflado entre los presentes.
«…!»
El contingente ecuestre, denominado como la caballería de hierro, avanzó por las calles portando idénticas protecciones a las empleadas durante la agresión al caserío de Yufi.
Y abriendo la comitiva marchaba un individuo desplazándose a rastras de forma humillante, despojado de todo respeto. Yufi carecía de dicha información, pero aquel sujeto correspondía al gobernante civil de la localidad.
«¡Se lo suplico, distinguidos señores! ¡Garantizo que desconozco cualquier detalle!».
En el tramo final de la marcha, el gobernante, moviéndose a ras de suelo, imploraba clemencia de forma desesperada.
«¡Carezco de intenciones de sabotear el movimiento! ¡No brindo refugio a ningún detractor de la causa!».
«¿Bajo qué lógica consiguieron evadirse de un momento a otro aquellos que destruyeron a nuestro valeroso cuerpo de la caballería de hierro?».
«¡Bajo juramento sostengo que lo ignoro…!».
Para los miembros del alzamiento, tal deducción resultaba enteramente válida.
«¡Colaborador de las antiguas estructuras! ¡Acaben con su vida!».
«¡Exterminen a los detractores de la causa! ¡Senténcienlos!».
Aclamaba la muchedumbre, mostrando desprecio y arrojando alimentos descompuestos. Yufi contuvo el aliento presa del pánico y el sujeto le comunicó al oído de forma atenuada:
«Evita que esto perturbe tu juicio».
«No obstante…».
«¿Existe algún anhelo que guardes en tu interior?».
En ese preciso instante, el individuo la interrogó.
«De poseer los medios necesarios, señorita Yupi, ¿existiría algún propósito que desearas concretar mediante ellos?».
El aliento de Yupi se detuvo. Las palabras del sujeto manifestaban una intensidad sobrecogedora, emulando la insinuación de una entidad maligna que se comprometía a materializar sus más profundas ansias.
«……»
Yupi representaba únicamente a una infante. Las motivaciones y metas de los insurgentes carecían de relevancia para ella.
«Aquellas personas…».
Los autodenominados rebeldes la habían despojado de todo su entorno de forma imprevista. El único sentimiento que Yupi lograba albergar correspondía a un odio nítido y firme.
«Me resulta imposible mostrarles clemencia».
«……»
Yupi se expresó en un murmullo, y el sujeto guardó absoluta compostura sin emitir palabra. Ella no había manifestado aquello abrigando alguna esperanza concreta.
Por lo menos, bajo esa lógica debieron transcurrir los hechos.
«Bajo esa premisa, procedamos en consecuencia».
En ese justo momento, el individuo avanzó decididamente hacia la calzada, la cual comenzó a despejarse ante su andar emulando la apertura del Mar Rojo, sin exhibir el más mínimo titubeo.
«…!»
Allí se posicionó.
Una silueta en completa soledad obstruyendo el avance de las milicias insurgentes que venían marchando, plantando cara de forma directa a la Brigada de Hierro.
«Llama mi atención».
El coronel Bourbon, ejerciendo el liderazgo de la Brigada de Hierro, gesticuló una mueca de curiosidad al contemplar la situación. Una densa quietud cubrió el entorno, saturada de una tensión latente que amenazaba con desatar el caos en cualquier instante. El oficial finalmente rompió el silencio.
«Revele su identidad».
«El detractor de la causa», replicó el individuo.
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