El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 50
Capítulo 50
Capítulo 50
Episodio 50
La academia representa en sí misma un reino a pequeña escala.
Su condición de aislamiento y el inquebrantable orden jerárquico establecido entre el alumnado poseen un carácter absoluto, determinado con frecuencia por la influencia familiar y la herencia de sangre de cada individuo.
Incluso en un entorno que congrega a los descendientes directos de la aristocracia imperial, se marcan distinciones rigurosas basadas en la categoría de los títulos nobiliarios, propiciando que se estructuren y fragmenten diversas facciones en una constante dinámica de pactos y enemistades.
Tomando esto en consideración, Leonard Walter se erigía como el soberano indiscutible dentro de la Academia Imperial.
Siendo el primogénito del conde Walter, uno de los venerables miembros de la Torre Roja, sobresalía como el alumno más destacado en el grupo selecto del tercer círculo.
Habiendo cumplido apenas los veinte años, ya dominaba a la perfección el tercer círculo y se encontraba a las puertas de acceder al cuarto, consolidándose de este modo como la figura juvenil más prometedora de toda la institución.
Superar la inminente prueba de graduación representaba para él un simple trámite protocolario.
Con un destino firmemente orientado a integrarse en las altas esferas de la Torre Roja, Leonard personificaba a un joven prodigio en pleno ascenso meteórico hacia la gloria.
Las expectativas que su progenitor, célebre bajo el apelativo de «Walter de la Sangre Ardiente», había depositado sobre sus hombros eran de una magnitud incalculable, al punto de que los mismos docentes del centro ponían todo su empeño en preservar su simpatía.
Bajo la hegemonía de Leonard Walter, el tercer círculo de la Academia Imperial coexistía en una aparente armonía regulada.
Dicha estabilidad perduró intacta hasta el instante preciso en que Dale irrumpió con fuerza en los dominios de Leonard.
A escaso tiempo de haber efectuado su entrada en la capital.
Dale se presentaba en el recinto ostentando el rol de alumno invitado con motivo del «Intercambio del Rojo y el Negro», además de su condición de sucesor de la Torre Negra.
Dentro del aula magna donde el cuerpo docente de la institución impartía sus lecciones a los integrantes de la división de élite del tercer círculo, Dale tomó asiento rodeado de aquellos jóvenes hechiceros que ultimaban detalles para sus evaluaciones finales.
La atmósfera resultaba sumamente incómoda, por calificarla de alguna manera. Se apreciaba la solitaria figura del joven heredero de la familia Saxon rodeado por una treintena de descendientes de la alta alcurnia.
«… En consecuencia, resulta un principio elemental que los elementos del fuego y el agua posean naturalezas contrapuestas».
El catedrático de la academia, un diestro exponente del cuarto círculo, proseguía con el desarrollo de su disertación.
A pesar de que la distancia entre el tercer y el cuarto círculo equivalía únicamente a un peldaño, la brecha real resultaba infranqueable si se la comparaba con los niveles previos.
Consolidar el tercer círculo y obtener el estatus de mago formal de la torre constituía una hazaña notable; no obstante, un porcentaje considerable de aspirantes gastaba su existencia entera sin lograr rozar jamás el cuarto círculo.
Por este motivo, a quien portaba el tercer círculo se le reconocía como un místico completamente formado, en tanto que alcanzar el cuarto círculo implicaba situarse «un paso más allá del hechicero convencional», una frontera donde numerosos talentos promedio veían frenado su avance y terminaban por sucumbir.
El escalafón posterior, correspondiente al quinto círculo, permitía forjar una reputación de peso en el seno de la torre…
Y únicamente al acceder al sexto círculo era factible aspirar a la posición de anciano de la torre, existiendo apenas una reducida cantidad de magos pertenecientes al séptimo círculo a lo largo y ancho del continente.
Por encima de todo ello, el octavo círculo constituía la máxima cumbre a la que un practicante de las artes místicas podía pretender aproximarse.
El ámbito de la magia se regía por una severa valoración de las capacidades personales; sin embargo, de forma contradictoria, el origen familiar solía condicionar de manera decisiva el estatus alcanzado.
«¡Profesor!».
En ese preciso instante, un alumno alzó el brazo repentinamente interrumpiendo la explicación del docente. Se trataba de un joven de cabellera rubia y facciones sumamente atractivas que acaparaba las miradas de los presentes.
«Le-Leonard…».
El semblante del educador perdió coloración en el momento en que Leonard manifestó su interrupción.
«¿Existe alguna duda que requieras plantear?».
«No, en absoluto…».
Leonard realizó un leve movimiento negativo con la cabeza frente al cuestionamiento del docente.
«La explicación me resulta sumamente tediosa. ¿Habría algún inconveniente si me dispongo a tomar un descanso?».
Con una actitud desparramada, colocó las extremidades inferiores sobre el respaldo del asiento delantero, desatando murmullos burlones entre los compañeros que se encontraban próximos.
«Desde luego, prosigue…».
«¿Verdad que resulta insólito que os dobleguéis de tal forma ante los caprichos de un simple alumno?».
Leonard lanzó una nueva mofa cargada de desdén.
«Tal vez sería oportuno que evaluara nuevamente la «doctrina fundamental de la Torre Roja», ¿no le parece?».
«Tendré muy en cuenta sus palabras».
Dale contemplaba con profunda desaprobación cómo un maestro del cuarto círculo, cuya labor estribaba en instruir y enderezar el rumbo de los estudiantes, agachaba la cabeza de manera sumisa ante los desplantes de Leonard.
Daba la impresión de que todo aquel espacio constituía una extensión de las tierras de Leonard.
Ni tan siquiera el vínculo entre enseñantes y educandos se libraba de esta dinámica. En realidad, la condescendencia mostrada por el profesorado respondía a una «directriz pedagógica deliberada» implementada por la Torre Roja con el propósito de remarcar el peso de la autoridad y el poderío.
La Torre Roja rendía culto al orden impuesto mediante la supremacía física y mágica, y la Academia Imperial operaba como una réplica a menor escala del entorno imperial destinada a grabar a fuego dicha concepción.
Los desprovistos de fuerza quedan despojados de todo, mientras que los poseedores del poder se adueñan de la totalidad. La Academia Imperial funcionaba esencialmente como un centro de adoctrinamiento para moldear a las castas dirigentes del imperio bajo esta premisa.
La victoria del más fuerte representaba el núcleo identitario de la nación.
«……»
Desentendiéndose de los murmullos jocosos a su alrededor, Dale desvió la mirada. Sus ojos coincidieron de forma directa con los de Leonard por un breve espacio de tiempo.
«Vaya, miren a quién tenemos aquí».
Leonard realizó un ademán sumamente teatral con los hombros en el instante en que sus pupilas se cruzaron, prescindiendo por completo del hecho de que la explicación académica continuaba su curso.
«¡Nada menos que el célebre «Príncipe Negro»!».
«……»
«¿Es verídico el rumor de que has consolidado el tercer círculo a tu corta edad? ¡Y que te alzaste con un triunfo memorable en el Torneo Blanco y Negro, doblegando de forma individual a todo un «Jefe de Guerra Orco»!».
Dale optó por conservar el mutismo ante las provocaciones directas de Leonard.
«¡Sin duda alguna, digno sucesor del linaje Saxon!».
Él simplemente prefirió resguardarse en un sereno aislamiento. Aquellas tierras no correspondían a las regiones norteñas. Y por muy temible que resultase la reputación del apellido Saxon entre la aristocracia de la metrópoli, en aquel entorno no pasaban de ser vistos como una estirpe confinada en los confines del norte.
Aquellos que hallaban protección bajo el amparo del soberano y la insignia de la Torre Roja consideraban que no tenían motivo para amedrentarse. De hecho, el orgullo que les infundía su condición de «insignes hechiceros del imperio» los volvía reacios a doblegarse con facilidad.
Se trataba de un planteamiento carente de madurez. No obstante, pretender que un grupo de jóvenes que apenas rozaban las dos décadas de vida actuaran con sensatez resultaba una demanda desmedida.
«Los muchachos de esta edad suelen conducirse así».
Bajo la perspectiva de Dale, no eran más que infantes que carecían del debido crecimiento emocional.
«Las crónicas suelen adornarse con demasiada facilidad».
Volteó el rostro hacia otra dirección, preservando su quietud y mostrándose completamente ajeno a las facciones crispadas de Leonard a sus espaldas.
Las asignaturas de índole mística contemplaban, como resultaba lógico, el desarrollo de prácticas de combate. Y fue precisamente en el transcurso de una de aquellas evaluaciones cuando se originó el altercado inicial.
«¿Verdad que es imperativo llegar a tales extremos?».
«¿Me estás indicando con eso que no piensas respaldar mis directrices?».
«N-no, de ninguna manera, es solo que… fijar como blanco al sucesor de los Saxon parece un acto…».
Leonard inclinó la cabeza de medio lado, provocando que su interlocutor se reverenciara de inmediato, presa de una profunda agitación.
«Precisamente por ese motivo es que debes ejecutarlo».
Leonard soltó una carcajada ante la escena.
Al cabo de unos instantes, los alumnos procedieron a agruparse en parejas con el fin de efectuar simulacros de combate centrados en la magia de fuego. Dale, quien carecía de una instrucción específica en dicha vertiente flamígera, contemplaba los movimientos apostado a cierta distancia.
—¡Profesor!
Leonard requirió nuevamente la intervención del docente, provocando que este se sobresaltara y tragara saliva en un gesto de evidente nerviosismo.
«En vista de que el heredero de la casa Saxon ha tenido a bien integrarse a nuestras actividades con motivo de este lazo entre la Torre Negra y la Torre Roja…».
Expresaba sus palabras con un tono que denotaba una diversión casi incontenible.
«¿No resultaría idóneo celebrar una «confrontación mística» que esté a la altura de su linaje?».
En semejante escenario, una confrontación mística conllevaba una única interpretación posible.
«¿O acaso representa un riesgo desmedido para la integridad de lord Dale?».
«De acuerdo».
Dale no mostró intención alguna de evadir el reto manifiesto. Por el contrario, se incorporó sobre sus pies, resuelto a propinarle una corrección a aquel muchacho petulante.
«Por lo tanto…»
Justo en ese fragmento de tiempo.
«¡Yo asumiré el rol de oponente!».
Un alumno, cuyo semblante reflejaba un pavor inocultable, se postuló de forma voluntaria para medir fuerzas con Dale, levantando el brazo con visibles dudas.
«Entiendo, ya veo cómo funciona esto».
Al percatarse de la estrategia implementada, Dale reprimió una sonrisa irónica. Se trataba de una maniobra sumamente vil.
Mirándolo desde cierto ángulo, constituía un mecanismo de preservación personal, derivado del pavor que infundía la oscura celebridad del linaje Saxon.
Dicha actitud pusilánime tornaba el panorama todavía más despreciable a sus ojos.
—Lord Dale, asumo que se encuentra al tanto de los lineamientos que rigen los combates de hechicería, ¿es correcto?
Inquirió el catedrático, recibiendo un gesto afirmativo por parte de Dale. Ambos contendientes alternarían posiciones de ofensiva y resguardo para posteriormente permutar sus funciones. Se trataba de una metodología que Dale dominaba a la perfección.
«¿Se requiere que me coloque un dispositivo de contención vital?».
Cuestionó Dale, acompañando sus palabras con un movimiento de cabeza.
«¿Un dispositivo de contención vital?».
Dicho objeto consistía en una joya de resguardo encargada de propiciar una barrera mágica, fragmentándose por completo en el instante en que se registraba un «impacto certero» de consecuencias fatales.
Por regla general, el alumnado prescindía del uso de semejante protección. Ante cualquier contratiempo de gravedad, un hechicero de alta cualificación intervendría de inmediato para reconducir la situación.
«En el supuesto de que alguno de los involucrados sufriera daños de extrema gravedad o pereciera en el transcurso de este enfrentamiento…».
«…?»
Indagó Dale, vistiendo sus ropajes oscuros, al tiempo que acomodaba los pliegues de su «Capa de las Sombras».
«¿Sobre quién recaería la obligación de responder por las consecuencias?».
«…»
«¿Me está permitido canalizar la energía con el firme propósito de arrebatar la existencia?».
De las penumbras proyectadas bajo su calzado comenzó a estructurarse una hoja forjada en oscuridad, cuyo canto afilado destellaba con un tono azulino sumamente intimidante, dando la impresión de hallarse predispuesta a ejecutar un tajo en cualquier milésima de segundo.
«Profesor, ¿posee usted la certeza absoluta de contar con la destreza requerida para neutralizar mi ofensiva si el escenario lo demanda?».
«¡N-no! ¡Deténgase, bajo ninguna circunstancia pretendía sugerir algo semejante!».
El estudiante que se había postulado para confrontar a Dale cediendo a las presiones de Leonard se tornó completamente lívido a causa del espanto.
No la totalidad de los presentes contemplaban a Dale con el desprecio que manifestaba Leonard. En realidad, la totalidad de este suceso hallaba su origen en la falta de audacia de Leonard, quien guardaba recelo ante el sombrío renombre de la estirpe Saxon. Aunque su amor propio les impidiera verbalizarlo, una gran parte de los alumnos daba plena credibilidad a las aterradoras crónicas vinculadas al «Príncipe Negro».
Sumado a ello, el instructor de la academia, en su condición de erudito del cuarto círculo, se veía incapaz de pasar por alto la densa energía de opresión que se desprendía de la figura de Dale.
La mala fama y el carácter implacable del «Príncipe Negro» distaban mucho de ser meras invenciones populares.
«¡N-no, de ningún modo se trata de eso…!»
El docente, visiblemente conmocionado, comenzó a agitar las extremidades superiores de manera caótica.
«¡La moción presentada por Leonard queda totalmente descartada! ¡Se anula en este instante!».
«¿Cómo…?»
Leonard experimentó una súbita parálisis al contemplar la negativa directa del profesor hacia su persona.
«¿Qué es lo que acaba de exteriorizar…?».
«¡He determinado que la moción de Leonard carece de validez! ¡Se lo pido encarecidamente!».
El maestro, cuya conducta habitual dictaba mostrar sumisión ante Leonard, modificó por completo su actitud para implorar con vehemencia a Dale. Dejando de lado a Leonard.
Haciendo valer su rango de cuarto círculo, el educador poseía la sensibilidad necesaria para calibrar el poder del objeto que Dale sostenía entre manos. Semejante carga de negatividad superaba con creces lo que un alumno convencional se encontraba capacitado para tolerar. A decir verdad, representaba una magnitud de fuerza que ni el propio maestro se veía en condiciones de someter.
Y en el supuesto de que Dale ocasionara algún perjuicio de consideración, las repercusiones legales y éticas recaerían de forma inevitable sobre la figura del docente.
A pesar de que su rutina habitual consistía en buscar la complacencia de Leonard, el panorama actual sobrepasaba los límites de lo permisible.
El repliegue del profesor no hallaba su causa en un temor directo hacia el propio Leonard. El motivo real radicaba en el progenitor de este, Walter el Carmesí, un dignatario de la Torre Roja y poseedor del sexto círculo místico.
«P-por favor, procedamos como si dicha iniciativa jamás hubiese sido formulada».
El instructor se encontraba prácticamente en una postura de ruego absoluto frente a Dale.
«De acuerdo».
Frente a las súplicas manifestadas por el docente, Dale asintió manteniendo una total serenidad. Las corrientes oscuras que danzaban en torno a sus pies detuvieron su marcha.
Por un espacio de tiempo, Leonard permaneció inmóvil en el sitio, manteniendo las manos cerradas en puño mientras un leve temblor recorría su cuerpo. Dale, mostrando una impasibilidad absoluta, procedió a retirarse.
La hoja de tinieblas se desvaneció una vez más adentrándose en los confines sombríos de su vestidura.
La densa carga de hostilidad que se retorcía en aquel espacio era innegable.
Con la simple acción de desplegar su «Capa de Sombra», la totalidad de los presentes pudo percibir el peligro. Al fin y al cabo, todos ellos dedicaban sus vidas al estudio de las corrientes místicas y figuraban entre las mentes más dotadas de la nación. Les resultaba imposible ignorar tal manifestación.
El hecho de que Leonard hubiese evitado realizar un emplazamiento directo a duelo hacia Dale constituía una aceptación interna de la «brecha de capacidades» existente.
Aquello no representaba una fuerza factible de ser controlada por un místico promedio. No obstante, al presenciar la soltura con la que Dale gobernaba aquel artefacto de tinieblas como si se tratase de una prolongación de su propio ser, un único pensamiento se arraigó en la mente de los espectadores.
Las crónicas que circulaban en torno al sucesor del linaje Saxon bien podrían carecer de falsedad.
Resultaba algo inconcebible.
Las primeras luces del día comenzaban a asomar y, en las inmediaciones de la Real Academia, Leonard Walter profería gritos rodeado de las féminas que frecuentaban la zona de esparcimiento nocturno, ingiriendo bebidas alcohólicas en grandes cantidades.
«¡Ese maldito infeliz!».
«¡Aaah!».
Se encontraba descargando su furia a golpes contra el alumno que debía haber asumido su lugar en el duelo de hechicería frente a «Dale de Saxon».
«¡P-por favor, concédeme tu clemencia!».
«¿Clemencia? ¡Pedazo de escoria!».
¡Pum!
Leonard descargó una patada sobre el cuerpo del estudiante que yacía maltrecho en el suelo, mostrando un desinterés absoluto ante el pavor de sus compañeros de aula y la incomodidad de las acompañantes que ponían su mejor esfuerzo en conservar la calma.
Walter el Carmesí. Un dignatario de la Torre Roja, un hechicero de las artes oscuras perteneciente al sexto círculo y un aristócrata investido con la dignidad de Pfalzgraf. Leonard constituía su descendiente primogénito.
Dentro de este territorio, absolutamente nadie poseía la audacia de plantearle oposición. O al menos, esa era la norma establecida.
«¡La hoja de sombras que exhibió el sucesor de los Saxon hace pensar que los comentarios eran verídicos!».
«Es comprensible, tratándose del vástago del Duque Negro, es muy factible que represente al talento más formidable de toda la nación».
«Es verdad, incluso el propio Leonard experimentó un recelo excesivo como para proceder de forma impulsiva».
«A lo mejor Leonard no posee la genialidad que se le atribuía. Con todo y ser el descendiente del anciano…».
«Bueno, sus capacidades se ven limitadas al confrontar al sucesor de la máxima autoridad de la torre».
Las instalaciones de la academia se hallaban saturadas de comentarios vinculados a los incidentes acontecidos durante la jornada. Incluso los miembros del profesorado, quienes previamente orientaban sus esfuerzos a mantener contento a Leonard, ahora manifestaban un marcado recelo en torno a la figura de «Dale de Saxon».
«¡Malditos sean todos ustedes!».
Le resultaba intolerable.
Contando con veinte años de edad, ostentaba la condición de experto del tercer círculo y se situaba a escasa distancia de consolidar el cuarto. Un místico de primer orden.
Desde sus etapas tempranas, la totalidad de su entorno elogiaba las aptitudes de Leonard, lo que lo llevó a asumir con certeza absoluta que encarnaba al mago más dotado de todo el imperio.
Hasta el momento en que, de forma repentina, la denominación de «Dale de Saxon» empezó a cobrar fuerza desde los apartados territorios septentrionales.
Cumplidos los ocho años, estructuró su anillo inicial de energía, a los nueve consolidó el segundo, y al alcanzar los diez años, ya se había adueñado del tercer círculo.
Con cada período que transcurría, las novedades referentes a las «aptitudes de Dale» daban la impresión de invalidar por completo los logros de Leonard. Debido a ello, se empeñaba en rechazarlo con vehemencia. Se resistía a darlo por cierto. No, se negaba rotundamente a aceptarlo.
No eran más que narraciones desmesuradas propagadas por individuos propensos al cotilleo.
Resultaba una quimera que un individuo de tan corta edad poseyera la capacidad de consumar semejantes proezas. El puesto de hechicero más brillante de la nación le correspondía legítimamente a Leonard Walter.
«… Ese lugar me pertenece».
Leonard interrumpió la secuencia de agresiones físicas y articuló palabras con el tono propio de un intoxicado.
«Yo represento al auténtico prodigio de este imperio».
Buscando de forma desesperada validar su propia relevancia ante el mundo.
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