El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 6
Capítulo 6
Por aquellos días, Dale, con apenas ocho años de edad, contaba con la guía de tres instructores.
La primera de ellos era Sephia, la experimentada líder de la Torre Azul, encargada de instruirlo en los secretos de la magia de agua. El segundo era su propio progenitor, el renombrado Duque Negro y soberano de la Torre Negra, quien lo guiaba en los senderos de la magia oscura. Y, finalmente…
Bajo el gélido ambiente de la madrugada, el aliento de Dale se materializaba en densas nubes de vapor.
¡Zas!
En el interior de los extensos campos de práctica del recinto ducal, Dale maniobraba con destreza una espada de madera. Su contrincante en el entrenamiento era Sir Helmut Blackbear, el comandante de los Caballeros Cuervo Nocturno, la orden que servía fielmente al duque sajón.
En el momento en que el arma de madera de Dale hendía el aire, Sir Helmut se dispuso a evadir el golpe de manera fluida.
No obstante, en un movimiento imprevisto, la espada del pequeño se aferró y se deslizó en torno a la de Helmut emulando el movimiento de una serpiente, logrando desviar la trayectoria original. Se trataba de la refinada técnica de absorber el impacto para doblegar la potencia rival.
«¡Espléndido!».
A pesar de ello, al ser considerado uno de los siete guerreros más formidables de todo el territorio, Helmut no se dejaría vencer por una táctica tan elemental. Aun así, optó por seguir el juego del infante y soltó la empuñadura de su arma.
«¡Ja, ja, excelente ejecución, joven maestro!».
Prorrumpió en una sonora carcajada, alzando las manos para indicar su derrota mientras su espada de madera caía rodando tras un giro en el aire.
«Por favor, me ha dejado ganar a propósito», objetó Dale.
Helmut interrumpió su risa, asombrado internamente por la agudeza mental del pequeño.
«Ah, verdaderamente es una lástima que su sendero esté vinculado al mundo de la hechicería, joven maestro».
Contando con la aprobación de su cónyuge, Elena, el Duque Negro había tomado formalmente a Dale bajo su tutela directa. Este suceso era de data reciente, aunque previsible. Por ser el descendiente del regente de la Torre Negra, el destino natural de Dale consistía en heredar las artes de su padre en la magia oscura.
Con todo, para alguien de la talla de Helmut, una de las espadas más ilustres del continente, las aptitudes de Dale con el acero resultaban verdaderamente excepcionales.
Aquella destreza le evocaba la formidable capacidad que presenció en el pasado durante un combate contra el mítico espadachín Bardel. Esa idéntica cualidad innata se manifestaba ahora en los movimientos del niño de ocho años.
Bardel, quien fuera derrotado por un salvador en tiempos remotos… El porvenir de Dale daba la impresión de estar al mismo nivel que el de aquel célebre guerrero.
Sin embargo, poco se podía hacer al respecto. El infante ya se encontraba recibiendo las enseñanzas del hechicero más prominente del territorio, quien se encargaba de moldear sus dotes místicas.
«¿Por qué el destino le otorga semejante dualidad de dones a un solo individuo?».
Pese a que Dale estaba consagrado a la vida de mago, Helmut insistía en adiestrarlo en la esgrima, anhelando que no descuidara su condición física. No obstante, por su naturaleza de mago, Dale jamás lograría manifestar la energía del aura proveniente de su núcleo.
Así como los usuarios de magia conducen el maná empleando el círculo de su corazón para manifestar sus conjuros, los guerreros de alto nivel acumulan esa energía en su núcleo para proyectarla en forma de aura.
A pesar de compartir la misma energía de origen, los procesos biológicos internos para manifestarla son completamente distintos.
El pesar de Helmut se hacía evidente cada vez que compartía una sesión de práctica con Dale.
No obstante, más allá de esa insatisfacción, Helmut albergaba una genuina estima hacia el niño. La gran mayoría de los eruditos místicos rehuían del esfuerzo corporal y dependían enteramente de escoltas para suplir sus carencias en el combate físico.
¿Qué motivo tendría un usuario de magia para someterse al riguroso sacrificio de la espada?
Para un infante de tan corta edad, representaba una rutina sumamente demandante. Pero la mentalidad de Dale operaba bajo otra lógica.
«No es mi intención confiar únicamente en barreras místicas y abandonar el cuidado de mi propio cuerpo».
El razonamiento poseía una simplicidad que incluso un infante lograba estructurar.
A pesar de ello, incluso los hechiceros de gran trayectoria que habían sobrevivido a múltiples conflictos bélicos se mostraban reacios a asimilar dicho concepto. La inmensa mayoría de los magos a los que Helmut había vencido en combate perecieron precisamente debido a ese exceso de confianza.
Un único impacto.
Ese instante decisivo definía el destino de un místico si un guerrero conseguía reducir la distancia entre ambos. Dale poseía una comprensión de esto superior a la de cualquiera.
¡Un pequeño de ocho años que jamás había pisado un auténtico entorno de guerra!
El arte de la espada consiste, en última instanciaicas, en el método para dar muerte. Y para Helmut, que había perfeccionado este arte letal a lo largo de su existencia, las condiciones natas de Dale para el combate eran una bendición.
Esto solo sirvió para incrementar el entusiasmo de Helmut en su rol de instructor.
Incluso si Dale jamás adoptaba de lleno la senda del acero, representaba el tesoro oculto que Helmut había ansiado hallar durante años.
Al llegar la tarde.
En los sectores subterráneos del castillo ducal sajón, una monumental gruta hacía las veces de área de trabajo para un único místico.
El laboratorio de hechicería del Duque Negro.
En este sitio, Dale permanecía concentrado en una modalidad distinta de aprendizaje al lado de su progenitor.
No obstante, no se dedicaban a levantar de inmediato a los difuntos ni a dar movilidad a restos inertes. Cuando Dale planteó inicialmente su deseo de comprender los fundamentos de la nigromancia, el hechicero de la muerte más célebre del territorio no se mostró conmovido.
«¿Pretendes asegurar que has otorgado movimiento a algo sin comprender la naturaleza de los elementos que estabas alterando?».
Dale aguardaba palabras de aprobación, pero en su lugar, el Duque Negro le arrojó un conjunto de volúmenes de gran grosor.
Ilustraciones anatómicas de seres humanos y de múltiples especies, tratados de medicina que explicaban detalladamente las utilidades de la estructura ósea, los órganos vitales y los tejidos musculares; nociones que incluso los médicos del siglo XXI considerarían sumamente complejas.
Únicamente después de que Dale asimiló por completo dichos saberes, el Duque Negro procedió a instruirlo en las aplicaciones prácticas de su magia.
Dentro del laboratorio, el Duque Negro dispuso los restos desecados de un duende sobre una mesa ceremonial.
«Iniciaremos el proceso levantando a un soldado cadáver».
Un soldado cadáver. La tarea no consistía simplemente en dotar de movimiento a un resto biológico, sino en estructurar una entidad superior.
De la misma forma en que la magia de los elementos podía alterarse mediante conjuros específicos, las artes de la muerte permitían modificar el proceso de reanimación.
La meta consistía en alzar un cuerpo modificado especialmente para la batalla. Mientras que un practicante sin experiencia apenas lograría generar un muerto viviente común partiendo de los restos de un espadachín experto, un erudito poseía la facultad de alzar un caballero de la muerte utilizando únicamente los restos de un peón común.
Dale focalizó sus pensamientos y procedió a trazar las fórmulas místicas requeridas.
Evocando las nociones de anatomía que había memorizado, fue tejiendo filamentos de energía mística a lo largo de la estructura del duende.
Las artes de la muerte no consistían en otorgar una segunda vida real a los caídos. Guardaban una mayor similitud con la labor de un manejador de marionetas.
El conjuro implementado por Dale buscaba rigidizar la superficie del duende mediante la aceleración del proceso de endurecimiento muscular posterior a la muerte.
Los restos del duende se enderezaron con dificultad, exhibiendo un andar marcadamente torpe y rígido.
«Gobernar la estructura de un duende difiere enormemente de hacerlo con un roedor».
La fisonomía de un duende de andar erguido poseía gran complejidad y demandaba un entendimiento real de sus sistemas internos. Las artes de la muerte constituían un terreno en el cual Dale carecía por completo de vivencias previas.
No obstante, este obstáculo no hizo más que incrementar su entusiasmo.
«Provocar la rigidez de los restos para conferir mayor resistencia a la piel del espécimen fue un planteamiento bastante perspicaz».
El Duque Negro contemplaba la escena exhibiendo un gesto de agrado que denotaba su orgullo como progenitor. Sin embargo, aquel instante fue efímero.
Su semblante adoptó de inmediato la rigidez característica del nigromante más formidable de todo el territorio.
«No obstante, dicha rigidez, la compresión de las fibras musculares, puede limitar en demasía el rango de movimiento del espécimen».
«¿De qué manera podría optimizarse?», indagó el pequeño.
Como réplica, el Duque Negro realizó un chasquido con sus dedos.
«…!»
Una corriente de energía oscura y abrumadora inundó el recinto. El conjuro que Dale había empleado para dar firmeza al cuerpo del duende se disolvió, provocando que sus fibras musculares se distendieran.
Se percibió un crujido seco.
«La estructura torácica posee la función natural de resguardar los órganos vitales».
Siguieron ruidos de piezas óseas modificando su posición.
«Sin embargo, un cuerpo inerte no tiene la menor necesidad de mantener a salvo dichos órganos».
Añadió el Duque Negro.
«Bajo esa lógica, ¿cuál será el uso que le otorgarás a los huesos que han dejado de ser útiles para su propósito original?».
Esa fue la gran lección que el nigromante más destacado del continente le transmitió a Dale.
¡Crack!
De forma súbita, la zona media del duende sufrió una torsión y una punta afilada de material óseo brotó desde su extremidad. Un filo blanquecino y aguzado, que previamente integraba las costillas del espécimen, ahora se exhibía con un aspecto sumamente peligroso.
«Analiza detalladamente la fisonomía de tu objetivo y reestructúrala en función de tus necesidades de combate».
Había reconvertido una sección de la caja torácica en un elemento punzante. Al fin y al cabo, un ser desprovisto de vida carecía de motivos para resguardar sus vísceras.
El Duque Negro ejecutó un nuevo chasquido.
¡Crack!
Nuevamente, las piezas óseas y los tejidos del duende se modificaron adoptando posiciones sumamente aberrantes, asemejándose a las aberraciones de un relato de terror. No obstante, Dale era capaz de percibir el sentido utilitario detrás de cada deformación.
«Está removiendo cualquier componente que no resulte indispensable para el combate, reformando la estructura ósea con el único fin de herir».
El espécimen, modificado por la intervención del Duque Negro, se encontraba dotado de salientes óseas afiladas. Estas le proveían de manera simultánea protección y armamento.
No representaba una reanimación ordinaria. El aspecto original de la criatura se había disipado por completo.
Una alteración absoluta de su ser.
Se trataba de una auténtica metamorfosis.
Una entidad poseedora de una capacidad bélica no solo considerablemente mayor, sino docenas de veces superior en comparación con cualquier oponente que hubiese enfrentado en su existencia pasada.
«¿Estás al tanto del ideal que busca alcanzar la Torre Negra?».
En ese preciso instante, el Duque Negro formuló la interrogante.
Dale permaneció en silencio y simplemente movió la cabeza en señal de negación. No se debía a un desconocimiento real. Evidentemente, resultaba conveniente simular que no lo comprendía. Pero el motivo fundamental de su reserva era otro.
Anhelaba escuchar aquella máxima de los propios labios de su progenitor.
«──La verdad absoluta».
Declaró el usuario de artes oscuras más imponente de la región.
«Y dicha verdad halla siempre su lugar en la muerte misma».
Dale contuvo el aliento de forma reservada al escuchar los planteamientos del duque. Con todo, la afirmación posterior resultó ser algo completamente ajeno a lo que hubiese anticipado.
«Por ese motivo, es imperativo que lo asimiles».
¿Asimilar con exactitud qué cosa?
«La trascendencia y el valor de la existencia necesarios para aproximarse a la verdad».
El valor de la existencia.
Fue en ese preciso instante cuando lo comprendió. Las artes oscuras, tan temidas y señaladas como la hechicería del deceso, únicamente cobraban sentido porque partían de un entendimiento profundo del fenómeno de la vida.
Para alguien como Dale, que había consagrado su ser entero a las dinámicas del exterminio, esto representaba una contradicción de proporciones colosales.
Había transcurrido su existencia ignorando por completo la trascendencia de la vida, manteniendo sus manos marcadas por la ejecución de incontables decesos.
Terminar con vidas, una y otra vez, de manera ininterrumpida.
Transcurridos algunos meses.
Los quejidos de sufrimiento de una dama se propagaban desde la alcoba principal asignada a los gobernantes del recinto. En el exterior de dicha estancia, Dale se desplazaba de un lado a otro manifestando gran inquietud, contemplando de forma constante hacia las afueras por los ventanales de la edificación.
«¡Joven maestro!».
Al percibir el llamado de la experimentada mujer, Dale se dirigió apresuradamente hacia el interior de la habitación sin vacilar un instante.
«Dale».
Su progenitor y su madre lo contemplaban transmitiendo una gran serenidad, exhibiendo gestos de felicidad. Muy cerca de ellos se localizaba una diminuta y nueva existencia.
Una pequeña criatura recién nacida que emitía ligeros llantos, cobijada con gran delicadeza en una pieza de tela, sostenida por Elena como si representara el elemento de mayor valor en todo el mundo.
«Una pequeña hermana que posee rasgos muy similares a los tuyos».
Elena manifestó una expresión de agrado, la típica muestra de afecto de una madre que acababa de superar el doloroso proceso del alumbramiento.
«¿Te agradaría sostenerla un momento?».
Contando con la guía de Elena, Dale tomó con extrema precaución a su pequeña hermana entre sus brazos. En ese preciso instante, experimentó de manera real la trascendencia de la existencia. Se percibía con una solidez colosal, y al mismo tiempo, con la ligereza propia de una pluma.
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