El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 63
Capítulo 63
Capítulo 63
Luego de apartarse de los sucesos ocurridos en Necrópolis, el Duque Negro se dirigió a toda prisa rumbo a su fortaleza. Al ingresar al salón principal, descubrió que el asiento real correspondiente al gobernante de Sajonia se encontraba ocupado por su propio descendiente.
El Príncipe Negro observaba fijamente a su progenitor desde aquella estructura que debió permanecer intacta para el legítimo mandatario.
—Padre.
—Dale.
Ambos pronunciaron sus respectivos nombres en un seco gesto de reconocimiento filial.
¡Zas!
—¡El señor del ducado está de vuelta!
En ese instante, los custodios de la cripta doblaron las rodillas a la vez, apoyando con firmeza los filos de sus armas en el suelo frente a su posición.
—Mi madre y Lize se encuentran fuera de peligro —añadió Dale para informar de la situación.
—Mamá consiguió apaciguar a Lize hasta que consiguió conciliar el sueño.
—… Comprendo —declaró el Duque Negro manteniendo la firmeza en su tono.
—Es un gran alivio.
Mientras el territorio de Sajonia era escenario de cruentas batallas y su propio hogar permanecía sitiado, él, en su rol de líder, se había encontrado de manos atadas. Pese a todo, su vástago asumió la defensa de la edificación sajona, guiando a los habitantes en su ausencia, razón por la cual ahora ocupaba dicho trono.
El joven se incorporó sin prisa de la silla señorial, mostrando con este acto que aún consideraba prematuro adueñarse de ese espacio.
—Duque, ¿sería posible que dialoguemos en privado?
El gobernante dio su aprobación con un leve movimiento de cabeza.
En la zona más alta de la edificación sajona, precisamente dentro del despacho privado del Duque Negro, el resplandor de la primera luz del día comenzaba a colarse a través de los ventanales. El mandatario se ubicaba inmóvil frente a la claridad matutina, la cual causaba que su cuerpo proyectara una silueta alargada sobre el suelo.
—Supongo que tienes asuntos importantes que exponer.
—Tuve un encuentro armado con el miembro de alto rango de la Torre Negra que orquestó el asalto a la fortaleza, y logré acabar con él —reveló Dale. Las facciones del Duque Negro mostraron un breve gesto de desconcierto ante la revelación.
—… ¿Fuiste capaz de abatir tú solo a un hechicero perteneciente al sexto círculo?
Aun estando plenamente consciente de las prodigiosas capacidades que poseía Dale, tal hazaña resultaba inconcebible. Derrotar por mano propia a un veterano de la Torre Negra dotado con el poder del sexto círculo parecía una fantasía.
No obstante, para las pretensiones del muchacho, aquello carecía de gran relevancia.
—En efecto —ratificó Dale con total seguridad.
—En el transcurso del combate, pude atisbar la dimensión ideológica que él había edificado en su rol como líder dentro de la Orden Negra.
—…
Las visiones internas del mago expusieron los horrores imperdonables cometidos por la Orden Negra.
—Asimismo, de sus propias palabras obtuve el conocimiento sobre la verdadera esencia que compone a la Orden Negra.
—…
Aquel era el secreto de fondo que las autoridades del Imperio intentaban resguardar con tanto ahínco.
—El individuo que ocupa el segundo puesto al mando en la Orden Negra, el mismísimo duque de Sajonia… —pronunció Dale, trayendo a colación los anales del hombre y las culpas de las que jamás podría desligarse.
—¿Acaso todo lo que me infundiste en el pasado era una completa falsedad?
El joven trajo a su memoria las reflexiones sobre el valor de la existencia que su progenitor le había inculcado tiempo atrás.
—¿Resulta que tus lecciones no eran más que una despreciable muestra de doble moral?
La voz del muchacho denotaba un leve temblor a causa de los sentimientos que le resultaba imposible reprimir.
El sujeto que se plantaba frente a él no era un desconocido cualquiera. Se trataba del progenitor que veló por su crecimiento, el origen de la misma sangre que recorría su propio cuerpo.
Jamás le cruzó por la mente la posibilidad de que su padre transigiera ante los manejos oscuros del Imperio.
—¿Tú tampoco contaste con la fuerza para mantenerte al margen de las bajezas del Imperio?
—…
Un mutismo sumamente espeso y difícil de calcular se apoderó de la estancia.
—En aquella época, cuando las huestes del Imperio, comandadas por el paladín proveniente de otra realidad, plantaron cara al Rey Demonio… —rompió el silencio finalmente el gobernante.
—Una vez que los guerreros más formidables del Imperio sumaron fuerzas y consiguieron someter al Rey Demonio… un individuo se presentó ante mí.
Concluida la caída del Rey Demonio, mientras los batallones imperiales permanecían apostados en las tierras norteñas, un sujeto acudió en busca del soberano del norte.
—¿Se trataba del marqués Eurys?
—Me planteó una propuesta —confirmó el duque con un movimiento de cabeza.
—Se encontraba en la fase de organización de un «ensayo a escala masiva» y requería de mi participación directa.
—¿Y en qué consistía dicho ensayo?
—Una serie de pruebas destinadas a alcanzar el nivel del noveno círculo.
La Orden Negra había sido constituida con ese único fin desde sus inicios.
—Me advirtió explícitamente que, si optaba por rechazarlo, emplearía a los ejércitos imperiales concentrados en el sector septentrional tras la campaña contra el Rey Demonio para erradicar por completo el dominio del norte.
—…
—Su plan consistía en señalarme falsamente como un aliado del Rey Demonio, dirigiendo todo ese poder militar en contra de nuestras tierras.
Pensar que el respetado Duque Negro fuera doblegado por las coacciones imperiales resultaba inverosímil. No obstante, la realidad distaba de ser un asunto simple.
Usando como justificación el exterminio del Rey Demonio, las agrupaciones armadas del Imperio se habían apostado estratégicamente dentro del territorio sajón.
Ni el propio líder de Sajonia poseía los medios para oponerse a semejante despliegue, y guardaba un vivo recuerdo de las imponentes personalidades reunidas en ese sitio.
El Duque Carmesí, el Duque Blanco, la Espada Sagrada, la Espada Fantasma y… aquel salvador traído de otra dimensión.
El propio Dale había sido testigo de tales eventos en el pasado.
Incluso el temible Duque Negro carecía del poder necesario para rivalizar en solitario contra un frente de tal magnitud, cohesionado bajo la intocable bandera de salvar al Imperio y purgar el mal demoníaco.
Teniéndolos posicionados en el núcleo mismo del territorio sajón, oponer resistencia equivalía a una sentencia de muerte.
—¿De modo que terminaste cediendo a sus requerimientos?
—El Sumo Pontífice y los miembros del consejo de la Torre Blanca respaldaban el acto, y fui condicionado mediante un geas para aportar mis capacidades en dicho ensayo.
Un geas representaba el compromiso vinculante de la Torre Blanca, un lazo místico de carácter inquebrantable. Dicha restricción fue sellada directamente por la máxima autoridad de la Torre Blanca en conjunto con sus consejeros de mayor rango.
—¿Fue por esa razón que consentiste la perversión de la Orden Negra, justificándote en que debías resguardar la seguridad de Sajonia al no poseer alternativas?
—…
El joven bien pudo haber estructurado un argumento para justificar las acciones de su progenitor, señalando que se trató de una ruta forzada con el fin de resguardar lo que más valoraba, y que ni el mismísimo Duque Negro tenía opciones ante una opresión tan desmedida.
Sin embargo, esas palabras jamás salieron de su boca. No le fue posible pronunciarlas. La estancia continuó sumida en el silencio.
—Pude haber elegido la alternativa de combatir contra ellos hasta exhalar mi último aliento —declaró el Duque Negro tras una prolongada interrupción.
—Aunque las probabilidades de victoria fueran nulas, bien pude haber desatado todas las herramientas a mi alcance, incluyendo la «Orden de Muerte», con el fin de provocarles un detrimento que jamás lograrían subsanar.
Pese a todo, no tomó ese camino. No pudo concretarlo.
—No obstante, por más incoherente que parezca… el pensamiento de Elena acudió a mi mente.
Elena, la progenitora de Dale. La dama que poseía el afecto sincero del gobernante.
—¿Fue entonces cuando decidiste dar el brazo a torcer?
El mandatario asintió calladamente antes de proseguir con su relato.
—El temor a perder a Elena me paralizó.
Su tono de voz experimentó una leve oscilación, evidenciando fragilidad por primera ocasión.
—Me aterraba la idea de no llegar a conocer al descendiente que habríamos de concebir juntos.
El hijo que nacería fruto de la unión entre el gobernante y Elena.
—Por tal motivo, brindé mi apoyo a las actividades de la Orden Negra. Me doblegué ante las exigencias del Imperio y las directrices de la Torre Roja, rindiéndome ante el peso de su armamento y su supuesta equidad, agachando la cabeza en un acto que considero cobarde y degradante.
El líder prolongó su explicación, salpicando sus afirmaciones con un toque de amargura hacia sí mismo.
—Por medio de las alianzas tejidas en la Orden Negra, enfocados en la obtención de capacidades superiores y misterios ocultos, todo con la mira puesta en acceder al noveno círculo…
Aquel procedimiento vedado cuyo fin era rozar el noveno círculo.
—Mediante la acumulación del sufrimiento y la desolación colectiva dentro de una estructura de confinamiento místico…
Las especificaciones de los procedimientos prohibidos comenzaron a ser detalladas por el propio duque.
—El plan requería abrir un portal que enlazara de forma directa con la dimensión de la verdad absoluta, empleando la corriente mística perjudicial emanada de dicho proceso.
—¿Acaso la incursión en ese entorno garantizaba el ascenso al noveno círculo?
—No existían certezas absolutas —declaró el mandatario.
—La mente detrás del diseño de este proceso pertenecía al Duque Carmesí; mi rol se limitó al de un simple asistente.
No obstante, omitiendo las facultades de la Torre Negra y la intervención directa del Duque Negro, la ejecución habría resultado inviable. Esa era la razón detrás de los constantes intentos del Duque Carmesí por involucrar a Dale en las nuevas redes de la Orden Negra.
Su interés no se enfocaba en el Duque Negro, sino en Dale, debido a que este último heredaría la posición principal en la Torre Negra. Tal estrategia apuntaba a un único desenlace.
—Al final del día, los esfuerzos concluyeron en un rotundo desacierto.
—¿Significa que les fue imposible ingresar al plano de la verdad?
—Al contrario, la incursión en la dimensión de la verdad se completó de manera satisfactoria.
Las dos figuras principales de la Orden Negra, quienes ostentaban la maestría suprema en las artes místicas, el Duque Negro y el Duque Carmesí, consiguieron adentrarse en la denominada «dimensión de la verdad» en aquella jornada.
—Siendo así, ¿cuál fue el motivo del descalabro? —cuestionó Dale, mostrándose incapaz de descifrar la razón por la cual un logro aparente era catalogado como una derrota. El gobernante despejó la incógnita:
—El fracaso ocurrió debido a que decidí entrometerme en sus planes.
—¡…!
—Me resultó intolerable permanecer estático mientras él materializaba sus perversas aspiraciones.
En caso de que un individuo dominado por la codicia y la maldad consiguiera ascender al noveno círculo, transformándose en una entidad equivalente a una deidad de los demonios, el destino del plano terrenal se vería seriamente comprometido, un desenlace que el Duque Negro previó a la perfección.
—¿Y qué ocurrió con el geas…?
Para las condiciones del Duque Negro, obstaculizar los deseos del Duque Carmesí constituía una transgresión directa al acuerdo de «asistir en el desarrollo de las pruebas», por lo cual el pacto mágico debió activarse. Se trataba de una atadura mística fijada por el líder de la Torre Blanca en el propio ser del Duque Negro.
—Ningún pacto vinculante originado en la Torre Blanca poseía validez alguna dentro de los dominios de ese entorno —explicó el gobernante con una mueca de desencanto.
—¿Has tenido la oportunidad de contemplar la dimensión de la verdad?
El joven negó con la cabeza de manera sutil.
—En ese sitio, los principios lógicos y las leyes racionales que rigen nuestro entorno carecen por completo de vigencia.
Un espacio inexplorado que escapa a cualquier intento de racionalización humana.
—Me limité a sabotear sus intenciones, y eso determinó el desenlace.
La meta que los estudiosos de la magia perseguían con tanta desesperación estuvo al alcance de sus dedos, pero terminó siendo inalcanzable.
—¿Lograste doblegar al Duque Carmesí?
Ante la interrogante planteada por su hijo, el Duque Negro asintió. En las entrañas de ese plano, ni el mismísimo Duque Carmesí poseía los medios para hacerle frente.
—Bajo ese panorama, padre, ¿cuál fue la razón para retirarte de ese plano místico sin reclamar recompensa alguna? —inquirió Dale con insistencia. El Duque Negro dibujó una expresión melancólica en su rostro, al tiempo que las vivencias ligadas a un antiguo compañero emergían en su mente de forma involuntaria.
—En una ocasión anterior, dentro de ese plano…
Se trataba de la misma interrogante y, en consecuencia, conllevaba la idéntica réplica.
—¿De verdad mantienes la idea de que mi retorno se produjo con las manos vacías?
Al irrumpir las primeras luces de la mañana, el soberano de Sajonia permanecía de pie en la estancia privada que compartía con su cónyuge.
Su amada Elena descansaba plácidamente al lado de la pequeña Lize. Aquellos seres constituían su núcleo familiar más preciado.
Ellas representaban el motivo absoluto por el cual estaría dispuesto a entregar cualquier cosa con tal de garantizar su bienestar.
Evocó con nitidez aquella velada invernal de matices claros y oscuros en la que su hijo Dale llegó al mundo.
El recuerdo nítido de aquella criatura indefensa emitiendo sus primeros llantos mientras descansaba sobre el regazo de Elena permanecía completamente grabado en su memoria.
De manera simultánea, rememoró la perversidad ligada a la Orden Carmesí, un auténtico suplicio terrenal. Actos inhumanos imposibles de perdonar. Las marcas imborrables que el pasado dejó a su paso.
Los engranajes se encontraban en pleno funcionamiento y el curso de los hechos no admitía marcha atrás.
Fue entonces cuando trajo a su mente aquello que consiguió extraer del entorno ubicado más allá de la verdad.
Con el firme propósito de salvaguardar a sus seres queridos frente a las intenciones bélicas del imperio y buscar la redención por sus faltas previas, se encontraba resuelto a darlo todo.
En aquella jornada, tras dar la espalda al Duque Carmesí, el soberano de Sajonia selló una alianza con una entidad infernal. Dicha afirmación no constituía un recurso literario. Tampoco se trataba de alguno de los seres oscuros o comandantes del inframundo sobre los cuales la Torre Blanca lanzaba advertencias recurrentes.
Más allá de las fronteras del entendimiento convencional, en los dominios de la verdad, un ser de otra naturaleza le ofreció un acuerdo.
Esa entidad mística poseía existencia real y consintió los términos del pacto sin miramientos.
Poco tiempo después, durante el transcurso de una velada invernal de luces y sombras, una nueva existencia cobró forma.
El descendiente al que profesaba el mayor afecto en toda la creación.
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