El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 70
Capítulo 70
Capítulo 70
«¡Por nuestro líder!»
«¡Salud por la Compañía Armadura Negra!»
«¡Y por aquel oficial que el jefe molió a palos como si fuera un chucho!»
«¡Cierren la boca, parásitos!»
El triunfo sobre la coalición de asaltantes y soldados de fortuna resultó sencillamente apoteósico.
Posteriormente, procedieron a desmantelar los puestos de control y cortaron las ataduras de hierro que obstaculizaban los canales de navegación. El porvenir que aguardaba a la Compañía Armadura Negra no era otro que un festejo desbordante de júbilo.
En Hamburgo, la urbe exenta del Imperio y núcleo del tránsito mercantil del continente, la población entera festejaba y glorificaba la hazaña de la Compañía Armadura Negra, exclamando su identidad con orgullo.
El coraje demostrado por la Compañía Armadura Negra y los asombrosos logros de su líder, Dale, eran el tema del momento.
La sombría y despiadada fama del «Príncipe Negro» no tardaría en propagarse por los rincones del Imperio, transportada por navíos de carga a lo largo de las corrientes fluviales.
En medio del regocijo general de la festividad, Dale permanecía sumido en sus reflexiones. Se distanció de sus subordinados, quienes se entregaban por completo al banquete de licor y viandas, cada uno acompañado por una o dos damas.
Evaluó fríamente los acontecimientos del combate de aquella jornada.
«La combinación de fórmulas no estuvo mal».
Los conceptos que incorporó en plena refriega… «Cañón negro», «Estilo Gatling», «20 mm».
Constituían armamentos que se anticipaban por centurias a las arremetidas de la caballería tradicional, e incluso los hechiceros de gran categoría se veían incapaces de igualar tal capacidad de destrucción.
A esto se sumaba el desconcierto sembrado por los parásitos de las sombras que brotaban de dichas proyecciones.
Pese a no estar al nivel de los verdaderos colosos que desafiaban la lógica, el avance en el poder de Dale resultaba innegablemente veloz.
En ese instante, una frase interrumpió sus cavilaciones.
«Pensándolo bien, jefe, jamás lo he visto consumir alcohol».
Sir Yones, completamente obnubilado por los vapores del vino, dirigió su atención hacia Dale con gesto intrigado.
«¿Qué edad calculas que tengo?».
Sir Yones ladeó el rostro, confundido ante el cuestionamiento.
«Hice el juramento de no probar el licor hasta alcanzar las veinte primaveras».
«Vaya, ¿existe un motivo de peso para tal decisión?».
«Únicamente porque así lo decidí».
Carecía de lógica relatar los códigos de una realidad ajena a un habitante de este entorno.
«Ja, ja, eso es ciertamente peculiar».
Sir Yones se encogió de hombros, asimilando a medias la respuesta, y apuró otro sorbo de su copa.
«¡Ahhh! ¡Esto es la gloria! ¡Qué delicia!».
Al contemplar la escena, Dale musitó entre dientes como si observara un fenómeno ajeno.
«El licor lo está consumiendo a él».
Aquel acontecimiento representó una debacle inconcebible.
Los combatientes a sueldo, que previamente habían garantizado el triunfo con arrogancia, escaparon despavoridos sin dejar rastro. Durante su retirada, devastaron e incendiaron todo a su paso, transformando las tierras en un páramo.
Para el conde Robert, cabecilla de la coalición de criminales, supuso el peor de los escenarios imaginables. La fragmentación y el término de la coalición se presentaban ineludibles.
Resultaba insólito aceptar que habían caído ante apenas un centenar de combatientes. No, la realidad era distinta. No sufrieron la derrota a manos de cualquier grupo armado.
La causa era aquel ser monstruoso. Los mitos en torno al «Príncipe Negro» no contenían exageración alguna.
Mientras el conde Robert guiaba a sus maltrechas huestes de vuelta a sus posesiones, se mordió los labios carcomido por la impotencia.
«Vaya, vaya, ¿qué escena presencian mis ojos?».
Una silueta obstruyó de imprevisto el avance de Robert y sus subordinados.
«Hacer que una dama espere no se corresponde con las costumbres de la alta alcurnia».
Una enigmática fémina de prolongada cabellera escarlata permanecía erguida ante ellos. Vestía un provocativo atuendo del tono de la sangre y un tocado puntiagudo. Una silueta completamente teñida de carmesí.
«Suponía que este trayecto resultaría en vano, pero noto que aparecí en el instante preciso».
Las facciones del conde Robert se tornaron rígidas al contemplarla.
«¡El aburrimiento de la espera casi acaba conmigo!».
La mujer de cabellera escarlata esbozó una dulce sonrisa.
«¿Acaso será…?»
El conde Robert inspeccionó su entorno. A pesar del desorden de su tropa, aún conservaba jinetes aptos para la acometida armada. Los tiradores mantenían proyectiles en sus aljabas.
«Ella representa a… la Bruja de la Torre Roja».
Sin vacilar, exclamó a viva voz:
«¡Terminen con esa hechicera de inmediato!».
Deducir su procedencia no requería mayor esfuerzo. Indudablemente formaba parte de la comitiva de castigo del «Gobierno Central». Una verdugo al servicio de la corona, una especialista en artes místicas de la Torre Roja.
«¡Arremetan ya! ¡Acaben con su vida antes de que estructure un conjuro!».
Aulló el conde Robert. La distancia que los separaba era de escasos metros. Los hombres de armas iniciaron la carga mientras los proyectiles eran liberados por los arqueros.
«¿Una hechicera? Esa es una consideración bastante despectiva hacia una dama».
La fémina de rasgos encendidos desplegó su extremidad, sin inmutarse lo más mínimo. En ese mismísimo instante, emanaciones de energía carmesí brotaron bajo sus plantas.
El entorno se cubrió de un tono purpúreo.
No obstante, la realidad no tardó en manifestar que no era el ambiente el que se anegaba en fluido vital. Las córneas del conde Robert colapsaron y torrentes de fluido rojizo emanaron de sus globos oculares.
«¡Aaaah, aaah!».
El conde Robert bramó sumido en el suplicio.
«¡La visión me ha abandonado! ¡No logro distinguir nada!».
«¡Siento el fuego en mi carne! ¡Piedad, por favor!».
Fluidos rojizos brotaban por doquier. Las estructuras oculares estallaban o eran consumidas por el calor, dejando a los hombres retorciéndose en el suelo.
«Cielos, las exigencias de mi pariente son excesivas».
La dama pelirroja alzó los hombros restándole importancia al asunto.
«Designarme para exterminar a esta clase de alimañas es verdaderamente un exceso».
El entusiasmo de las festividades se prolongó por múltiples jornadas.
Al fin y al cabo, la población había eludido por muy poco una catástrofe mayor. El agradecimiento de Hamburgo, la urbe exenta del Imperio, hacia los combatientes de la Compañía Armadura Negra superaba cualquier expectativa.
Los guerreros, ajenos a tales atenciones y opulencia, se contemplaban sobrepasados por la situación.
Para el descendiente principal de un ducado, este panorama resultaba habitual, mas no para la milicia. Por este motivo, cuando Dale se distanció del bullicio festivo para transitar en solitario por las penumbras de las avenidas urbanas, se sobresaltó al percibir un eco conocido.
«¡Vaya, qué grato encuentro!».
El tono le evocaba una sensación conocida y perturbadora.
«¿No es este el noble Dale?».
Dale desvió la mirada.
En lo alto de la estructura que cruzaba el caudal que dividía la urbe, se recortaba una silueta portando un tocado puntiagudo de matiz escarlata. Una dama envuelta en un sugerente ropaje carmesí y de cabellera encendida. Una figura imbuida en tonos de sangre.
«Lady Scarlet…».
Scarlet Eurys. La regente de la Torre Roja y consanguínea del célebre «marqués Eurys». Él guardaba plena constancia de su temible reputación y rango.
«¿Se me permite interrogar sobre la identidad de la dama?».
«Vaya, qué galante de tu parte».
Aparentando desconocimiento, Dale inquirió con cortesía, provocando una risa deleitada en Lady Scarlet.
«Llegaron a mis oídos versiones de que la Elfa de las Nieves suspira por un varón al punto de perder la lucidez…».
Prosiguió con tono burlón.
«Quién diría que sus preferencias se inclinarían por varones de tan corta edad».
«…»
«Esto roza lo criminal».
Ante tales aseveraciones, el semblante de Dale se tornó gélido.
«¿Existe algún propósito específico que motive tu presencia ante mí?».
«Sin duda alguna».
Lady Scarlet asintió con un gesto risueño.
«Quién iba a predecir que hallaría en estos parajes al retoño de la estirpe Saxon».
Ella no hizo ademán de contener su magnetismo y relajó los pliegues de su vestidura.
«Me embarga la intriga por constatar las virtudes que fascinaron a esa inflexible elfa de las nieves».
«…»
«¿Acaso las cualidades de un varón no logran estimarse en un primer vistazo?».
Fijó sus ojos en la región media de Dale con una sonrisa provocativa.
«Tal vez poseas una destreza impropia de tus pocos años…».
«No alcanzo a descifrar tus pretensiones».
Dale replicó manteniendo la compostura.
«Vaya, ¿acaso existe otra «dais azul» rindiendo pleitesía a la dinastía Saxon?».
«¿Hay algo más que desees añadir…?»
Finalmente, espoleado por la ironía de Lady Scarlet, Dale se expresó con severidad.
«No consentiré ofensa alguna dirigida hacia Lady Sepia».
«Lady Sepia, ¿así que esa es…?».
Lady Scarlet soltó una carcajada burlona.
«No existe vínculo más propenso al ardor que el compartido entre quien instruye y quien aprende».
«Mide tus expresiones».
«He prestado atención a los comentarios que circulan entre los pobladores».
Ignorando la amonestación de Dale, Lady Scarlet prosiguió con total desparpajo.
«¿Aseguran que comandaste a la Compañía Armadura Negra y pusiste en retirada por cuenta propia al contingente principal de la coalición criminal?».
Lady Scarlet gesticuló con marcada exageración.
«Representa una crónica tan heroica y deslumbrante que causaría el desvanecimiento de cualquier dama».
De tal hermano, tal hermana.
«…»
«Por consiguiente, resulta lógico que se encuentre tan prendada de ti».
Lady Scarlet acortó la separación existente y alzó su extremidad con la intención de rozar las facciones de Dale. Las yemas de sus dedos se desplazaban imitando el vaivén de un reptil, de modo sugerente.
«Ignoro a qué clase de mujer pretendes calificar de esa manera».
Dale mostró desdén ante sus insinuaciones con un gesto gélido.
«Ja, ja, cualquier fémina adoptaría esa condición antes que la heredera sajona».
Lady Scarlet rió de nuevo, simulando candidez.
«Habría desestimado su honor y su alcurnia… entregándose sin oponer resistencia ante el joven señor».
Murmuró, rozando sutilmente la zona auditiva de Dale.
«¿Qué opinas? Una velada de deleite superior al que ofrecería una «dais azul»…».
No obstante, el intercambio verbal se interrumpió abruptamente.
Una ráfaga invernal se originó bajo los pies de Dale. En un parpadeo, Dale sostenía una estructura punzante de escarcha dirigida directo hacia el rostro de Lady Scarlet.
«Vaya, qué ambiente tan gélido».
A pesar de la amenaza, Lady Scarlet no mostró perturbación.
«No me desagradan los hombres de temperamento frío», comentó con malicia en la mirada.
Sin vacilar un solo instante, aproximó sus facciones hacia la cortante superficie helada que la amenazaba.
«…!»
El fluido carmesí brotó de la incisión y Dale se distanció de inmediato, desconcertado. Lady Scarlet emitió un gemido de complacencia, como si disfrutara plenamente de la experiencia.
«… La hora es avanzada. Debo retirarme».
Carecía de utilidad prolongar el intercambio con un ser de tales características. Tras esto, Dale giró sobre sus talones.
Mantuvo su atención fija en la emanación de energía mística que percibía a sus espaldas conforme incrementaba la distancia. Al volver la vista atrás finalmente, Lady Scarlet se había desvanecido. Solo en ese instante exhaló el aire contenido, reflexionando en su fuero interno.
«¿Qué razones habrán traído a esta desequilibrada a este sitio?».
Expresó verbalmente la cruda realidad.
Transcurrido un periodo, mientras los integrantes de la Compañía Armadura Negra daban por concluidos los festejos de la gran gesta en Hamburgo y marchaban de vuelta sin novedades al Ducado de Sajonia, se presentó una visita imprevista.
Se trataba ni más ni menos que de un emisario de la corona que arribaba con el propósito de requerir los servicios de la Compañía Armadura Negra.
«¿Han llegado a sus oídos las novedades procedentes de las tierras de Britannia?».
Inquirió el delegado mostrando un trato afable.
«¿Hace alusión al relato sobre la Doncella del Castillo?».
Preguntó el duque de Sajonia, recibiendo un gesto de asentimiento por parte del emisario.
«Ja, la doncella del castillo. ¿De qué forma podríamos otorgar validez a semejante historia sin evidencias concretas?».
La fémina portaba un tocado carmesí y mostró una sonrisa provocativa.
«Por añadidura, Su Majestad Imperial requiere saldar cuentas pendientes con esa infame mujer».
Lady Scarlet, una dignataria de gran rango dentro de la Torre Roja y practicante de artes místicas adscrita al séptimo círculo.
Al presenciar su aparición, un único pensamiento se alojó en la mente de Dale.
«¿Qué razones habrán traído a esta desequilibrada a este sitio?».
Nuevamente, no era más que la pura verdad.
Comments for chapter "Capítulo 70"
MANGA DISCUSSION
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
