Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 127
Capítulo 127: Dudas
El ambiente festivo regresó al gran salón una vez que Ferda y Valdrova se retiraron. Aunque tomó unos instantes para que las risas y los murmullos fluyeran de nuevo, el único tema de conversación era la imponente figura de Valdrova.
—Jamás imaginé presenciar a un dragón con mis propios ojos… Es algo casi imposible de ver.
—No parecía tan aterradora como contaban las historias.
—Con la fama de dragón perverso que tiene, creí que el pánico me dominaría nada más verla aparecer…
—A mí casi se me sale el corazón del pecho por los nervios.
La silueta de aquella mujer de cabellera rojiza lucía bastante similar a la de cualquier persona común, salvo por los dos pares de cuernos que evidenciaban su naturaleza sobrehumana. La impresión de haber contemplado a un ser legendario dominaba la mente de todos los presentes. Muchos creyeron que la velada se arruinaría por la constante tensión, pero un detalle cambió todo por completo.
—Su forma de bailar fue sumamente torpe.
—Es verdad, y el Regente-nim tampoco lo hizo mejor.
En la memoria de los nobles quedó grabada la cómica imagen de ambos pisándose continuamente, sin la menor armonía de pasos. Aunque cualquiera pensaría que aquel fallo manchaba la dignidad que se espera de un ser inmortal, para Olivia la lectura fue totalmente distinta.
«Sembró una duda razonable».
A través de esa falta de destreza al bailar, Valdrova logró que la gente cuestionara los oscuros rumores que la rodeaban. Nadie podía creer del todo que un dragón capaz de cometer tropiezos tan humanos fuera una criatura más siniestra que Godwin.
«¿Acaso lo planeó?… No, es imposible».
Todo había sido fruto del impulso del momento. Desde la repentina entrada de Valdrova, Olivia reconoció de inmediato el sentimiento que la embargaba: aquella existencia superior sentía celos de una humana común como ella. Olivia estaba más que acostumbrada a la envidia de las jóvenes nobles, pero las emociones de Valdrova eran de una naturaleza distinta.
«Era fascinación».
Se asemejaba al anhelo de una muchacha sencilla que sueña con ser la princesa de un relato de fantasía. En el interior de Valdrova residía el deseo inocente de asemejarse a Olivia.
—Me agradas, eres una persona pura.
Las palabras que Ferda había pronunciado resonaron en la mente de Olivia. ¿Se refería a esa clase de inocencia? Una dama testaruda que, impulsada por los celos hacia una princesa mortal, se forzó a sí misma a participar en una danza que desconocía. Esa pureza desbordante era algo imposible de fingir o calcular.
«Cometí un error de juicio».
Olivia había creído falsamente que la actitud de Ferda era tan superficial como la de los demás pretendientes. Llevada por ese rencor, incluso estuvo a punto de arruinar la posición de Ferda y la suya al mismo tiempo, actuando como un creyente devoto que pierde la fe y cae en la locura.
Apretando el abanico contra sus labios, Olivia comprendió que debía solucionar el enredo que ella misma había provocado. Aunque Ferda estuviera a salvo, la situación de Olivia seguía siendo delicada: al haber aceptado la invitación a bailar, había dado a entender públicamente que guardaba cierto afecto romántico.
Al desviar la mirada por el salón, halló rápidamente la solución. Necesitaba montar una escena con alguien intrascendente, una figura fácil de descartar; alguien sumiso, de pocas luces y que no causara resentimientos sin importar cómo fuera tratado.
De pronto, un hombre en particular llamó su atención.
—¿A-Alteza Real?
Olivia abandonó la zona del Jardín de la Rosa Dorada y avanzó con determinación hacia el centro de la fiesta. Aquel sujeto era un caballero ataviado con un chaleco bastante llamativo, el más desentonado de todo el grupo. A pesar de que su ropa intentaba ser elegante, sus modales rústicos eran imposibles de ocultar.
—¿Caballero?
—¡¿S-sí?!
—Dígame su nombre.
—¿Mi nombre?
—Preséntese formalmente. Aunque lo conozco, quiero escucharlo de usted.
Con el pulso tembloroso y el semblante pálido por el susto, el caballero habló:
—E-este… soy Malcolm de Peach Hill. Si he cometido alguna falta contra Su Alteza…
—No ha cometido ningún error. Solo he venido a pedirle que me conceda este baile.
—¡¿U-un baile?! ¡¿Habla en serio?!
La sorpresa de Malcolm atrajo de inmediato la atención del resto de los invitados.
—¿La princesa acaba de invitarlo a bailar?
—¿Qué significa esto?
—¿Por qué elegiría precisamente a ese caballero?…
Los jóvenes de la nobleza contemplaban la escena atónitos. Sabían que Malcolm solía ser descuidado, pero esto sobrepasaba cualquier expectativa. Olivia ocultó su rostro tras el abanico y le susurró:
—Usted ostenta el título de caballero, ¿cierto?
—A-así es.
—Entonces tiene una obligación que cumplir en nombre de su juramento.
Al notar que el hombre aún podía razonar a pesar de su pánico, ella continuó:
—El asunto con el Regente-nim se complicó de más, y ahora hace falta alguien que asuma la culpa para calmar los rumores. Usted debe tomar ese papel.
—¡¿Y-yo… ser un chivo expiatorio?!
—Es por el bienestar del Regente-nim. Un caballero leal no se negaría a eso, ¿verdad?
Con una mirada afligida y enternecedora, Olivia logró cambiar por completo la determinación de Malcolm en cuanto escuchó la mención de su señor.
—¡Malcolm de Peach Hill está dispuesto a todo por el Regente-nim!… Aunque admito que no sé bailar nada bien, ¿le parece bien aun así?
Aquella torpeza era exactamente lo que ella necesitaba.
—No importa. Solo déjese guiar por mis movimientos.
—¡C-comprendido!
—En ese caso, acompáñeme a la pista.
Malcolm tomó la mano de Olivia para escoltarla, desatando un mar de murmullos a su alrededor. Los nobles detuvieron sus propios pasos, conmocionados al ver cómo la dama más admirada rompía su propia regla de no bailar. Aunque muchos asumían que algún día concedería una pieza, jamás imaginaron que el elegido sería un caballero tan rústico.
—¿Por qué eligió a semejante incompetente?…
—Cualquiera de nosotros lo haría mil veces mejor…
Sin despegar los ojos de la pareja, la multitud contemplaba el espectáculo tal como Olivia lo había planeado. En la pista, Malcolm demostró ser verdaderamente nefasto para el baile, moviéndose como alguien que jamás había interactuado con una mujer y desfasándose del compás a cada momento. Olivia tuvo que esforzarse para coordinar los pasos y darle un mínimo de elegancia a la danza.
«El Regente-nim lucía exactamente igual».
Aquel recuerdo sacó una sincera sonrisa en el rostro de Olivia, quien terminó riendo con ligereza, despojada de su habitual máscara calculadora. Poco importaba lo que pensaran los demás en ese instante irreal.
La incógnita sobre quién obtendría el primer baile de la princesa quedó zanjada con Malcolm, el caballero del Castillo Valdrova. Gracias a esto, las habladurías sobre un posible romance entre Ferda y Olivia perdieron fuerza. Por supuesto, Malcolm comenzó a recibir numerosas cartas con amenazas anónimas debido a la envidia, pero ese era un problema aparte.
Mientras tanto, la celebración del Festival de Primavera continuaba en todo su apogeo. La imponente fortaleza albergaba incontables rincones oscuros y apartados, ideales para que distintas parejas se entregaran a citas clandestinas, las cuales eran vigiladas con absoluta precisión.
—No podemos seguir con esto… Yo ya pertenezco a otro…
—Olvida a ese viejo por esta noche, ven conmigo.
—Estaríamos cometiendo una traición… No sabría cómo mirar a Alte-nim a la cara.
—Yo asumiré toda la culpa por los dos, entrégate a mí.
—¡Ah, Marqués-nim…!
Ambos amantes susurraban confiados en que nadie los descubriría en la penumbra. Sin embargo, no muy lejos de allí, Jed Swallow saboreaba unos cacahuates rodeado de esferas de cristal de transmisión, las cuales habían sido colocadas en los lugares estratégicos elegidos junto a Penélope. Cada secreto e infidelidad quedaba fielmente grabado para los oídos de Jed.
—Pensé que sería más entretenido, pero terminó siendo bastante tedioso.
El repertorio de excusas de los infieles era siempre el mismo: ambición entre familias rivales o simple lujuria disfrazada de romance. Para Jed no eran más que actores mediocres de una comedia barata. Sintiendo cierto desprecio por la falsedad de la nobleza, comentó para sí:
—Al menos sigo siendo mejor que toda esta escoria.
—Tú eres exactamente igual, no te des aires de grandeza.
—¡Cof!
Una voz inconfundible lo sobresaltó desde atrás. Al girarse, se encontró con una mujer de piel morena a la que reconoció al instante.
—Findteeth…
¡Plaf!
—¡Ay! ¡¿Por qué el golpe?!
—Te advertí que no me llamaras por ese nombre. Usarlo es pedir a gritos un escarmiento.
—Vamos, solo era un apodo cariñoso entre nosotros dos.
—Sigues poniendo esa cara descarada. ¿Tendré que darte otra paliza para que entiendas?
—Golpéame donde quieras, pero cuida mi rostro.
Garnet tomó asiento a su lado con total calma, lo que confirmó las sospechas de Jed.
—Así que fuiste tú, ¿verdad?
—¿De qué estás hablando?
—Me pareció muy extraño que el Regente-nim de pronto quisiera espiar a los infieles. Fuiste tú quien le dio la idea.
—Efectivamente.
—Vaya manera de desperdiciar el estatus de Gran Duque… Con tantas tácticas mejores, ¿por qué hacerlo recolectar debilidades tan vulgares?
—Tener secretos de alcoba bajo control es la mejor garantía para inclinar la balanza política. Si quiere mantenerse firme en el poder, esto es indispensable.
—Qué fastidio… Por tu culpa estoy atrapado aquí trabajando como un esclavo, cuando podría estar divirtiéndome en el salón con bellas damas.
Al oír sus quejas, la mirada de Garnet se tornó sombría.
—¿Acaso tienes celos?
—Para nada, es una broma. Sé bien que los puestos de oficina son los más cómodos.
Viendo la expresión amenazante de Garnet, Jed decidió moderar su tono.
—¿Y qué hay de tu socia? ¿La mandaste a cumplir otra tarea?
—Debe de estar en la fiesta principal.
—¿Recogiendo rumores como tú?
—Su trabajo es algo distinto. A esta hora probablemente esté reuniendo a varias señoritas bajo la fachada de un ‘comité de víctimas de Jed Swallow’.
Garnet frunció el ceño con curiosidad.
—¿Y cuál es el propósito de eso?
—Nada importante, solo dice que montará un ‘jardín’ cuando el licor haga efecto.
Garnet no necesitó que le explicaran más detalles; sabía perfectamente que Penélope era descendiente de Sitri y que aquel término ocultaba un significado licencioso.
—¿Y qué hiciste para que formaran ese grupo de agraviadas?
—Solo las dejé plantadas en medio del salón.
¡Plaf!
—¡Oye! ¡¿Otra vez?!
—Ese golpe fue en representación de todas las mujeres del reino de Serdes. ¿Tienes algún reclamo?
—Ninguno, Líder. La próxima vez al menos avisa antes de dar el impacto.
Adoptando una postura dócil, Jed volvió a centrarse en los orbes mágicos. De repente, una de las esferas conectada al jardín exterior comenzó a resplandecer.
—Esto es increíble…
—¿Qué sucede?
—Parece que el Regente-nim y la Gran Duquesa, esa que no se dejó ver en toda la noche, están justo en la zona privada del jardín.
Tratándose de la imponente Dragona Roja, los sentidos de espía de Garnet se agudizaron de inmediato.
—Mantén la conexión activa y graba cada palabra.
—Ni loco me perdería una primicia como esta.
Ambos se inclinaron hacia la esfera luminosa para escuchar con claridad. La conversación entre una Valdrova con la voz quebrada y un desconcertado Ferda se transmitía con total nitidez.
—Tal como imaginaba —murmuró Garnet.
—¿A qué te refieres?
—Los Dragones Rojos sufren de una autoestima sumamente frágil.
Jed abrió los ojos con alarma.
—Espero que no se te ocurra soltar semejante afirmación frente al Regente-nim.
—No lo haré, aunque conociendo su carácter, es justo la clase de información que le interesaría tener.
—Por favor, evita mencionar mi nombre antes de que me cueste la cabeza.
Garnet suspiró con desdén ante la cobardía de su compañero.
—Idiota. ¿Crees que divulgaría un secreto tan peligroso como si nada?
—¿Entonces no piensas negociar con eso?
—¿Acaso me crees demente? —replicó Garnet con absoluta seriedad—. Si yo hiciera público ese dato, toda la especie de los dragones se uniría para exterminar a la Banda Negra sin dudarlo.
—¿Tanto así? ¿No es un simple defecto de personalidad?
—No la veas como una bestia mítica, piénsalo como una mujer profundamente insegura. Imagina a una persona que ha sido rechazada y menospreciada una y otra vez hasta que su mente finalmente se quiebra por completo. ¿Tienes idea de lo que ocurriría?
Jed, conocedor de las reacciones humanas, comprendió el punto de inmediato.
—…Se desataría un auténtico desastre.
Si un ser de semejante magnitud perdiera el control tras sufrir un colapso emocional, nadie en el continente sería capaz de frenar a un Dragón Rojo. Ella sola había causado en cuestión de horas una destrucción comparable a la mitad de lo provocado por Godwin durante años, deteniéndose únicamente al recuperar la compostura tras el fallecimiento de Silverwind.
—Sin duda haces honor a tu título como Líder de la Banda Negra. Tu capacidad de análisis sigue siendo insuperable.
—Mi profesión consiste en comerciar con información; recopilarla y comprenderla es mi deber fundamental —contestó ella con naturalidad antes de lanzar una propuesta inesperada—. ¿Te gustaría volver a trabajar conmigo?
—¿Qué clase de broma es esa?…
Al ver la mirada fija y decidida de Garnet, Jed se percató de que hablaba con total franqueza.
—¿Me pides que renuncie a mi título y te siga?
—Puedo asegurarte más riquezas de las que imaginas. No solo una distinción de caballero, sino un estatus nobiliario legítimo.
—Muchos allá quieren verme muerto, no sería tan sencillo.
—Yo misma me encargaré de silenciarlos a todos. Llevan demasiado tiempo causando molestias, así que no será ningún problema.
A pesar de las evasivas de Jed, la determinación en el rostro de Garnet no vaciló en absoluto.
—Volvamos a ser la pareja de antes, como en los días del gremio Swallow. Tú y yo, como un auténtico equipo. —Garnet rozó suavemente los dedos de Jed con los suyos—. Eres la única persona a quien puedo confiarle mi existencia, y tú solo puedes confiar en mí de la misma manera.
El recuerdo de su época como mercenarios del grupo Swallow volvió a la mente de Jed con gran nostalgia.
—Echo de menos aquellos días, pero debo rechazar tu oferta.
—¿Por qué razón?
—Porque ya presté un juramento como caballero.
—¿Desde cuándo te importan esas formalidades?
—Antes me daban igual —admitió él con una sonrisa irónica—. Pero es verdad lo que dicen sobre cómo la posición moldea al hombre.
Jed siempre había buscado el dinero y la influencia para ascender a la nobleza, creyendo que fingiría el papel sin problemas. Sin embargo, al asumir su investidura, experimentó un sentido de la responsabilidad desconocido para él, y no deseaba traicionar esa carga tan a la ligera.
Garnet endureció su expresión al notar la firmeza de su negativa.
—Entra en razón, Jed Swallow. Te advierto esto por tu propio bien: ese hombre es demasiado siniestro como para permanecer a su lado.
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