Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 131
Capítulo 131: Agua Potable
El amanecer trajo consigo una luz fría e indiferente. Quienes habían asistido al cónclave en el Castillo Valdrova comenzaron a desplegarse según las directrices acordadas durante la noche previa. En el corazón de la Aldea Hestia, Isabella ordenó tocar la campana de advertencia, decretando el estado de alerta general. La atmósfera festiva del día anterior se desvaneció como una ilusión efímera, dando paso a una cruda pesadilla. Isabella no buscaba sembrar el pánico desmedido, sino advertir a la población sobre la necesidad de actuar con extrema prudencia.
Bajo la tutela de Erica, los aventureros presentes en el asentamiento ofrecieron su colaboración sin reparos. La sola presencia de Eri, la renombrada figura entre las filas de los aventureros, bastó para encender el entusiasmo de todos, quienes afirmaban con vehemencia su deseo de sumarse a la defensa. Aunque Ferda ignoraba parte de su trasfondo, la reputación de Eri la precedía como una leyenda viviente, conocida en diversos rincones como la Gran Sabia Eri o Eri la Mano Dorada. Su fama dictaba que era capaz de transformar a un novato de rango Bronce en un formidable rango Oro tras instruirlo, además de haber integrado la mítica expedición de doce guerreros que abatió al Rey Demonio. Su trayectoria, pericia táctica y versatilidad estaban fuera de toda duda. El nombramiento de una heroína semejante al frente de la filial del Gremio de Aventureros del Lejano Oriente elevó por completo el ánimo de sus seguidores.
Ferda, movido por la intriga, consultó a Isabella sobre la posición de Erica en la Torre de Ojos Azules. La administradora consideró improbable que hubiera renunciado a su cargo de Maestra, dado que el panorama aún era inestable y semejante descuido no encajaba con ella. Aunque el funcionamiento interno de esa jerarquía le causaba curiosidad, Ferda prefirió no insistir, recordando que trataba con un ser dracónico de longevidad superior a la suya.
Mientras Erica organizaba a los mercenarios y exploradores, Olivia congregó a los miembros de la nobleza en las instalaciones del castillo para persuadirlos. Aquella advertencia fue el remedio más fulminante contra cualquier vestigio de ebriedad: enterarse de que sus vidas corrían peligro inminente obligó a los jóvenes aristócratas a recuperar la lucidez al instante. Al percatarse de la gravedad, muchos comenzaron a considerar la huida, desatando una creciente agitación en el salón. Contener semejante desorden correspondía a Olivia.
Con una entonación potente y cautivadora, la voz de la Princesa Imperial acalló los murmullos en el recinto. Haciendo gala de una presencia magnética, recordó a los presentes que el Lejano Oriente se encontraba completamente cercado. Explicó con firmeza que dejarse llevar por el miedo y desertar no solo mermaría su poder bélico, sino que destruiría cualquier posibilidad real de sobrellevar el asedio. Sus palabras devolvieron la compostura a los nobles, haciéndoles comprender que el descontrol solo les causaría mayores perjuicios.
Subrayó la urgencia de permanecer cohesionados, trazando una analogía con las manadas de ganado que resisten los embates de los depredadores gracias a su cercanía mutua. Afirmó que, si bien la fuerza individual podía parecer insignificante, la unidad representaba la única lanza capaz de abrirse paso en la tormenta. Conmoviendo a la audiencia, derramó sutiles lágrimas al suplicar que prestaran sus fuerzas para impedir que el Continente Serdes cayera bajo el dominio de las entidades demoníacas.
Aquel gesto de aparente vulnerabilidad sacudió los ánimos de la aristocracia, que reaccionó al unísono proclamando su deber como habitantes del Continente Serdes para resistir y pelear juntos. El clamor de apoyo se extendió velozmente entre los presentes. Agradeciendo con fingida fragilidad mientras fingía estar sobrecogida por el momento, la Princesa se retiró del estrado sostenida por sus acompañantes.
Nada más cruzar el umbral y abandonar la vista del público, se limpió el rostro con el pulgar. Su expresión recuperó una sequedad absoluta, mostrando una mueca de satisfacción triunfal mientras consultaba a Ferda sobre el impacto de su alocución. Él admitió con parquedad que su actuación había sido impecable. Al invocar el sentido de pertenencia al continente en lugar de solicitar una intervención formal del Imperio, ella reducía enormemente las deudas políticas y compensaciones posteriores. Olivia demostraba dominar el contexto, la psicología de las masas y sus propias fortalezas.
Pese a que Ferda se preguntó interiormente por qué alguien con semejante agudeza había destruido su propio escenario en el pasado, optó por no cuestionarla, pues aquel suceso le había reportado beneficios y no convenía abrir disputas absurdas. Cuestionada sobre sus próximos movimientos, la Princesa reveló su intención de organizar una evaluación estratégica para asumir el mando general y la jefatura del estado mayor, viéndolo como una plataforma ideal para su ascenso personal ante la inminencia de la batalla.
Comprendiendo que cada facción buscaba transformar el peligro en ventaja, Ferda se dirigió hacia los talleres para reunirse con Vernel. El artesano trabajaba intensamente junto al personal técnico del castillo. Informó que habían logrado incrementar el rendimiento de las piedras de maná al 25%, controlando la disipación energética para situarla en un rendimiento neto del 20.32%. Los eventos recientes en Halim parecían haber impulsado notablemente sus progresos.
Ferda examinó una de las piezas concluidas, notando que el material adquiría un acabado más nítido y consistente. Tras consultar sobre la capacidad de tiro, Vernel precisó que cada piedra permitía dos detonaciones regulando la potencia. En ese instante contaban con 150 fusiles de tecnología mágica y 520 unidades de maná, lo que equivalía a 1.040 disparos útiles; una cifra insuficiente para asegurar la supervivencia frente a hordas multitudinarias. Al indagar sobre la posibilidad de ampliar el arsenal, el artífice indicó que la fabricación de armamento era viable, pero la obtención de piedras estaba restringida a un límite aproximado de 300 unidades adicionales debido al corte en las rutas de aprovisionamiento de la Compañía Pascal, que procesaba restos de monstruos.
Ante la limitación total de 1.600 detonaciones, Ferda sugirió la posibilidad de canalizar maná personal directamente en el armamento tecnológico. Sin embargo, Vernel descartó de inmediato la idea, aclarando que los artefactos requerían exclusivamente la energía contenida en las piedras de maná. Explicó que mientras los cristales estándar permiten almacenar y extraer energía convencional de forma libre, las piedras extraídas de monstruos funcionan mediante dinámicas energéticas ajenas e incompatibles con la manipulación humana directa.
Aquella aclaración hizo que Ferda reflexionara sobre la evolución futura de esta disciplina. Se preguntó cómo se sostendría la proliferación de dicha tecnología en épocas venideras donde los monstruos no abundaran, llegando a contemplar brevemente la descabellada hipótesis de criaderos clandestinos gestionados por el propio Vernel, antes de sacudir la cabeza para apartar elucubraciones infundadas.
Centrándose en las medidas prácticas para el conflicto, ordenó priorizar el refinamiento de las reservas disponibles. Considerando la conveniencia táctica de mantener piezas de repuesto al igual que en las unidades de ballesteros, calculó que podrían movilizar a unos 100 tiradores armados con magitecnología. No obstante, sabía bien que un cálculo teórico rara vez se cumplía con total precisión en el campo de batalla.
En ese momento se presentó Isabella. Tras confirmar que la distribución de raciones y el reacondicionamiento de los alojamientos estaban concluidos gracias a los excedentes reunidos para el Festival de Primavera —los cuales garantizaban abastecimiento alimentario para cerca de un mes—, la administradora mostró un evidente nerviosismo reflejado en su peinado inusualmente desalineado. Expuso de inmediato el auténtico conflicto: el aprovisionamiento de agua potable.
Isabella desplegó sobre la mesa una carta topográfica que detallaba las corrientes del territorio. Explicó que el afluente principal proveniente del Norte había sido interceptado y corrompido por la concentración de criaturas. Para evitar la propagación de la toxicidad, las fuerzas de Ojo Azul habían intervenido desviando el cauce exterior del río antes de que ingresara a la comarca. Aunque la medida evitó la contaminación masiva, el embalse residual apenas garantizaba suministro para siete días.
El límite temporal de una semana ponía en jaque la supervivencia de la plaza, más aún considerando que la dieta distribuida consistía en provisiones secas que demandaban mayor hidratación. Descartaron recurrir a la magia acuática masiva, ya que los hechiceros locales apenas cubrirían las necesidades de los ocupantes del castillo, mientras que la invocación de precipitaciones a gran escala acarrearía graves desajustes climáticos y severas sequías posteriores en la región, a diferencia de las zonas del Sur habituadas a fenómenos extremos.
Apelar a la intervención formal de Iorga implicaba ceder la soberanía y autonomía de la zona. Buscando alternativas desesperadas, Ferda observó una vía fluvial marcada en los planos, solo para recordar de inmediato que dicho ramal descendía desde el corazón de la Tierra del Diablo. Aquel caudal albergaba un maná corrupto que, al ser consumido, alteraba fatalmente la estructura biológica de las personas hasta transformarlas en aberraciones semejantes a los Fundidos.
Al ver el callejón sin salida, Isabella sugirió formalizar la petición de auxilio a la jerarquía de Iorga. Justo antes de que Ferda cediera ante la falta de opciones, Vernel intervino en la discusión. Tras confirmar que necesitaban potabilizar cualquier clase de líquido disponible, incluso el proveniente de la Tierra del Diablo, el ingeniero solicitó un plazo estricto de tres días para diseñar un método funcional.
A pesar de la reticencia y desconfianza de Isabella, el regente recordó la auténtica vocación de Vernel: no la creación de instrumentos bélicos, sino el desarrollo de aplicaciones prácticas para mejorar la subsistencia civil. Confiando en los antecedentes históricos que perfilaban al ingeniero como el revolucionario técnico del futuro, Ferda aceptó concederle el tiempo requerido.
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