Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 146
Capítulo 146: Puntos en Común
Ferda abandonó la espesura del bosque y tomó rumbo al poblado.
Aldea Hestia.
Una vez allí, se dirigió a una vivienda en particular y tocó a la puerta. Desde el interior no provino respuesta alguna. Para asegurarse, deslizó una de sus sombras para manipular la cerradura y empujó la puerta. Él no se encontraba dentro.
¿A dónde podría haber ido entonces?
Un sitio en el que el encargado de los establos pudiera resguardar a la princesa.
«Podría estar en ese lugar».
El destino al que Ferda se encaminó fue la Aldea de las Posadas. Era una zona construida para albergar al flujo masivo de aventureros; actualmente, solo la ocupaban algunos comerciantes nómadas, ya que los aventureros se habían escurrido como el agua.
A Ferda no le costó trabajo encontrar el sitio exacto. Debido a que la noche ya estaba muy avanzada, únicamente un establecimiento mantenía encendido su farol exterior.
Al abrir la puerta, la campana de la entrada anunció su llegada con un ‘ding-dong’.
—Ya cerramos por hoy.
Haciendo oídos sordos a las palabras del posadero, Ferda paseó su mirada por el lugar. Tal como sospechaba, había un hombre allí. Era William.
Había ordenado un trago y ocupaba una mesa en una esquina apartada. Sus miradas se cruzaron, y un sinfín de emociones chocaron en ese instante.
—Hola.
El dueño de la posada insistía obstinadamente en llamar su atención. Ferda estaba dispuesto a fracturarle el brazo si cometía el error de tocarlo.
—Posadero. Compórtese y no haga ninguna estupidez.
William intervino para frenar al cantinero, que estaba a punto de adoptar una actitud agresiva. Con ese gesto dejó en claro que él se haría cargo de la situación. Solo entonces el posadero se hizo a un lado, permitiendo que Ferda se aproximara a William.
William se puso de pie y le ofreció un saludo.
—Mis respetos, Regente-nim. ¿Qué motivo lo trae por aquí a tan altas horas de la noche…?
—Vine a tomar algo. ¿Y usted?
—Yo también vine a beber. No lograba conciliar el sueño.
—En el castillo mencionó que evitaría el alcohol debido a la resaca.
—Es verdad. Debí haberme conformado con unas copas de buen vino allá.
Un denso silencio se apoderó del ambiente. En medio de una tensión tan frágil como el hielo a punto de quebrarse, Ferda tomó la palabra.
—Dígame entonces, ¿cuántas copas lleva?
Ferda lo observó fijamente, casi perforándolo con la mirada.
—Apenas dos, por el momento.
William apartó la vista.
—No luce como alguien que se haya embriagado con solo dos copas.
—Soy de los que no muestran los efectos en el rostro.
—Entiendo. ¿Le molestaría si lo invito a una copa más?
William declinó con tono cortés.
—No hace falta. Ya he bebido lo suficiente por hoy…
—¿Me está diciendo que va a rechazar una copa ofrecida por el señor de la Aldea Hestia en este preciso momento?
Ferda hablaba con un tono sereno, pero el brillo en sus ojos estaba lejos de ser pacífico.
—Le ofrezco una disculpa. Los excesos no son propios de un caballero. Le ruego que dejemos esa copa para el día de mañana—.
—En ese caso, tendrá que asumir el castigo.
Ferda sacó su instrumento de sanción. Una daga.
—Si se niega a beber, ¿no es justo que pague las consecuencias?
…..
William enmudeció. La mirada escrutadora de Ferda exigía una respuesta.
¿Acaso se había llevado a la princesa?
William no dijo que sí, pero tampoco lo negó. Y como reza el refrán, el que calla otorga; su silencio era, a todas luces, una confirmación.
«Por lo que más quieras».
Ferda sintió cómo la sed de sangre bullía en su interior. Deseaba fervientemente romperle el cuello a ese infeliz. Apretando los labios con furia, Ferda dejó al hombre sumido en su silencio y se dirigió al cantinero.
—Posadero.
—¡S-sí, señor!
Su actitud hostil se había evaporado por completo al descubrir que tenía enfrente al Regente.
—¿Cuántas personas se hospedan en este establecimiento en este momento?
—Bueno, este…
—No le dé tantas vueltas. No tengo la paciencia para ser cortés en este momento.
—U-una sola persona.
—¿Es una mujer?
—S-sí, así es.
—Me queda claro.
Ferda le lanzó un objeto al dueño del local. Se trataba de una reluciente moneda de oro.
—Vaya a orinar a la calle. Y quédese allí unas 2 horas.
—¿D-disculpe? ¿Me está ordenando que me vaya…?
—No me importa en lo más mínimo si decide espiar lo que ocurre aquí adentro. Pero si lo hace, la cabeza que lleva sobre los hombros terminará rodando por el piso. ¿Acaso eso es lo que busca?
—¡P-perdóneme! ¡Me iré bien lejos y no regresaré hasta más tarde!
El hombre atrapó la moneda de oro y salió corriendo del establecimiento como si su vida dependiera de ello. Una vez que su presencia desapareció del lugar, Ferda volvió a hablar.
—Ahora deje de esconderse en el silencio y contésteme. Eso, claro, si aún le queda algo del orgullo de un caballero.
—…Lo escucho.
William asintió, resignado, como sabiendo que no tenía escapatoria.
—¿Qué se le cruzó por la mente para realizar semejante locura?
—Ella… estaba llorando desconsolada, como si le hubieran destruido la vida. Repetía que no soportaba estar un segundo más en un sitio así, y me suplicó que la sacara de ahí, que la llevara lejos.
—¿Entonces se atrevió a ponerle las manos encima?
—¿Ponerle las manos encima…?
¡Crack!
La hoja de la daga de Ferda atravesó limpiamente el dorso de la mano de William. Un chorro de sangre escarlata brotó de la herida.
—¡Ugh…!
Un quejido ahogado escapó de sus labios, a lo que Ferda respondió con un tono gélido.
—Las preguntas exigen respuestas.
—…No me atreví a tocarle ni un solo mechón de cabello. ¿Cómo podría un simple capitán de seguridad, que ni siquiera ostenta el título de caballero formal, atreverse a mancillar la pureza de la princesa?
El escenario más catastrófico se había evitado. El impulso salvaje de asfixiarlo también disminuyó un poco.
—Continúe.
Le exigió Ferda.
—¿Qué clase de fantasía se inventó? ¿Creyó que secuestrarla de esta manera haría que la princesa se enamorara de usted?
—Yo… estuve observando de cerca a la princesa durante mi tiempo como su ayudante.
Comenzó a relatar William.
—Tenía mis reservas hacia ella por su estatus real, pero demostró ser una líder intachable y un verdadero modelo a seguir.
—Como hombre de armas, ¿fue incapaz de quedarse de brazos cruzados viéndola ser víctima de tal atropello?
Ferda clavó sus ojos en el rostro del otro hombre. Si esa supuesta actitud caballerosa no era más que una fachada para excusar sus actos, estaba dispuesto a rebanarle el cuello allí mismo.
—La princesa… estaba a punto de tomar la decisión más terrible de todas.
—¿De qué me está hablando?
—Trató de quitarse la vida. Usando una daga…
Finalmente, el peso de la injusticia que habían volcado sobre sus hombros la había quebrado.
—A duras penas conseguí arrebatarle el arma cuando intentaba matarse.
—¿Y eso qué? ¿Qué relación tiene ese hecho con lo que ha hecho ahora?
—Ella me lo imploró. Me dijo que ya no le quedaba nadie en quien confiar en este mundo, y me rogó que la sacara de allí, que la llevara a cualquier parte, aunque solo fuera por un instante… Fue así como terminamos viniendo juntos a este lugar.
Todo sonaba a una completa locura. Ferda, enfurecido, le lanzó otra pregunta.
—¿Acaso es incapaz de distinguir lo correcto de lo incorrecto? Usted no es ningún caballero de brillante armadura, es el capitán de la seguridad. ¿Viene a alterar la tranquilidad de mi territorio y encima espera que se lo perdone?
—…Desde luego que no.
El propio William sabía que sus acciones eran indefendibles.
—Sin embargo, si ignoro la injusticia cometida contra un camarada con el que he derramado sangre en el campo de batalla, ¿no me convierte eso en cómplice de aquellos que le robaron su gloria?
Aseguró que había actuado movido únicamente por sus principios morales. Si esas palabras hubieran salido de la boca de cualquier otro, Ferda las habría descartado como las excusas de un cobarde lamentable, pero con William la situación era distinta. Habría podido esquivar, desviar o incluso responder al ataque con la daga, pero eligió no hacerlo. Incluso con la mano atravesada por el acero, en su mirada no se percibía ni un ápice de hostilidad. Simplemente había recibido el castigo con sumisión, como si ya hubiera anticipado que esto pasaría.
Se le podría llamar nobleza pura, o bien un veneno en sí mismo.
—¿Y por qué no me lo notificó?
La situación era insostenible en ese preciso instante. Así que tenía pensado informarle sobre los acontecimientos a primera hora de la mañana.
—¿Qué acontecimientos?
—El estado actual de la princesa es bastante delicado.
—Pero ese no es asunto suyo, ¿verdad?
—E… en eso tiene razón…
Ferda evaluó la situación en su mente.
«¿Qué demonios voy a hacer con este tipo?»
En ese momento, no tenía una respuesta clara. Ferda soltó el mango del arma.
—Ocúpese usted mismo de frenar el sangrado. Y quédese aquí esperando.
—…Entendido.
Dejando a William en la planta baja, Ferda enfiló hacia las escaleras. Se dirigió a una zona donde la tenue luz de las velas apenas lograba romper la espesa oscuridad. Abrió la puerta sin molestarse en tocar. La cerradura tampoco estaba pasada. Parecía como si quien estuviera dentro ya estuviera esperando compañía.
En el interior de la habitación se hallaba la princesa, aquella que el encargado de los establos había sacado a escondidas. Ferda quedó estupefacto al verla.
El panorama que tenía ante sí justificaba plenamente las palabras de William sobre la necesidad de vigilar su estado.
—Olivia Arken… ¿de verdad eres tú, la princesa?
Su melena rubia, sus ojos celestes. No tenía idea de dónde había sacado esa ropa, pero llevaba la zona de la cintura totalmente desajustada, mientras que la parte del pecho le quedaba ceñida. El maquillaje corrido por las lágrimas y su cabello alborotado le conferían a la princesa un aura inusualmente provocativa.
Resultaba perturbador. Pero al mismo tiempo, eso explicaba cómo había logrado pasar desapercibida y huir junto a él. Viéndola en ese estado, no se parecía en nada a la Olivia que Ferda estaba acostumbrado a tratar. Aunque solo se tratara de un cambio en su arreglo personal y en su actitud, parecía una persona completamente distinta.
Olivia lanzó una mirada de reojo a Ferda.
—¿Qué te crees que haces? No pases.
Ferda ignoró la orden y entró a la habitación.
Olivia se llevó directamente a los labios la botella de alcohol que sostenía en la mano y bebió tragos largos y apresurados.
¡Puf!
Se secó la boca con el dorso de la mano de forma tosca. Si uno recordaba que se trataba de una princesa de la realeza, sus modales resultaban grotescos, casi surrealistas.
—Veo que has llegado.
—Así es, aquí estoy. ¿Me encontraste sin problemas?
—El Imperio entero está sumido en el caos.
—Era de esperarse. Alguien se ha llevado su joya más preciada, lo raro sería que no estuvieran armando un escándalo.
Olivia soltó una carcajada amarga, como si considerara que se tenían bien merecido el caos. Ya antes se había referido a sí misma como una joya, pero esta era la primera ocasión en que esa palabra iba cargada de un resentimiento auténtico. Puso los ojos en blanco, mirándolo de soslayo. Esos ojos apagados y esa expresión vacía, producto de la embriaguez, encendieron las alarmas de Ferda de manera instintiva.
—¿Qué fue lo que le hiciste al Ayudante William?
Ferda respondió de inmediato.
—Va a ser castigado. Ha secuestrado a un miembro de la familia imperial.
—Déjalo en paz. La verdadera culpable soy yo, que sé perfectamente cómo manipular a un hombre de su tipo. Alguien con una rectitud tan rígida como él cede en un instante si le pones un cuchillo en el cuello.
Sus ojos se clavaron nuevamente en el rostro de Ferda.
—Muy distinto a alguien que no muestra el más mínimo interés.
Se llevó nuevamente la botella a los labios.
—Deja de beber de una vez.
Ferda le ordenó para intentar frenarla.
—¿Por qué habría de hacerlo? ¿Te da asco ver a una mujer empinándose una botella de esta manera?
—Cualquier persona que se comporte así da asco.
—¿A que sí? Tienes toda la razón… A mí también me produce repulsión. Depender de la bebida de esta forma tan miserable.
Miserable…
Se encogió de hombros mientras escuchaba cómo se insultaba a sí misma sin el menor pudor. Tambaleándose un poco a pesar de estar sentada, alzó la botella una vez más.
—Hubo un tiempo en que de verdad los detestaba. A toda esa gente que se emborracha hasta perder el sentido… los despreciaba con toda mi alma.
…..
—En lugar de perder el tiempo lamentándote, deberías esforzarte más, luchar por salir adelante, ¿no crees? Y mírame ahora, huyendo patéticamente de la realidad.
…..
—Pero, ¿sabes qué?… ahora logro comprender a esa gente a la que tanto odiaba. Por más que uno lo intente, por más que uno se esfuerce hasta sangrar, a veces el esfuerzo simplemente no sirve de nada. ¿Y sabes cuál es el motivo?
…..
Señaló con el dedo hacia el techo.
—Porque los malditos infelices que ocupan los altos mandos se encargan de cerrarte todas las puertas.
Jejeje.
Soltó una risa hueca y volvió a inclinar la botella sobre su boca.
¡Zas!
La azotó contra la mesa con tanta furia que estuvo a punto de astillar la madera. Se apartó del rostro el mechón de cabello que le caía sobre la cara con la misma mano en la que sujetaba la botella. En la otra mano, empuñaba una daga.
Ferda observó el arma blanca y, acto seguido, se dirigió a Olivia.
—¿Qué planeas hacer a partir de ahora?
—El futuro…
Olivia se dejó caer perezosamente contra el respaldo de la silla, dejando que las palabras brotaran sin filtro.
—¿Qué clase de futuro me espera? Terminar como las demás damitas de la nobleza, riéndome de estupideces, repitiendo frases vacías que ni siquiera siento, todo el día con el ji-ji ja-ja, a eso se reducirá mi vida. ¿Sabes a qué me recuerda todo eso?
—Ilumíname.
—A una ramera.
Olivia apoyó el rostro sobre la palma de su mano, clavando su mirada intensa en Ferda.
—Dígame algo, Regente-nim, ¿alguna vez ha contratado los servicios de una prostituta?
El alcohol la estaba haciendo soltar puras barbaridades.
—Jamás lo he hecho.
—Entonces, la situación es perfecta. Yo seré quien cumpla ese papel para ti esta noche. Acércate.
—No cometas una estupidez de la que te vayas a arrepentir.
—¿Y por qué me arrepentiría? Hasta en ese mundo hay categorías, ¿sabes? Están las baratas, las que hacen piruetas vulgares por unas monedas. Y luego están las de alta categoría, las que saben cómo comportarse con elegancia. He escuchado que los magos prefieren divertirse con esas rameras de lujo.
—¿Ah, sí?
—¿Te estás preguntando cómo es posible que una princesa sepa tantos detalles sobre las prostitutas de clase alta?
…..
—Son cosas que uno termina aprendiendo queramos o no. ¿Sabes qué es lo que realmente diferencia a las de clase baja de las de clase alta?
—…No tengo idea.
—Haz un esfuerzo y adivina. Vamos, no te quedes callado. Ya estoy bastante irritada, no me provoques más.
Sus emociones se estaban desbordando rápidamente. La hoja de la daga que sostenía brillaba con un filo amenazador. Era muy poco probable que intentara usarla para agredir a Ferda. Lo más seguro era que su intención fuera lastimarse a sí misma. Y para Ferda, ese era el peor desenlace posible.
—Supongo que la diferencia radica en el estatus.
—¡El estatus! ¿Y qué demonios es el estatus? ¿El linaje? ¿Esa famosa y sagrada sangre dorada de la que todos alardean?
—Seguramente.
—Seguramente mis narices. ¿Acaso sirve de algo toda esa basura del estatus?
…..
—Para los hombres la historia será distinta, pero si naces siendo mujer, no eres más que un simple objeto decorativo. Da igual si tu marido es un bueno para nada o un gran héroe, tu único propósito en la vida es complacerlo y servirle. Entonces, dime, ¿cuál es la gran diferencia entre eso y ser una ramera?
Escucharla desahogarse de esa manera lo hacía sentir como si una mancha oscura intentara adherirse a su mente. A Ferda no debería importarle en absoluto el destino de aquella mujer; sin embargo, el simple hecho de pensarlo le generaba un profundo malestar.
—Esa es la realidad, así es como te tratan. Por más que hayas estado al mando en pleno campo de batalla, esos imbéciles jóvenes maestros que mueven los hilos desde atrás siempre dirán que están por encima de ti. Jeje, maldita escoria.
—Cuide sus palabras, Princesa.
—¿Por qué debería? ¿Acaso pensabas que yo era una florecilla delicada, incapaz de soltar maldiciones por la boca?
Ferda supo de inmediato que no debió haber dicho aquello. A partir de ese segundo, la lengua de Olivia se desató, liberando un torrente de furia contenida.
—Esos bastardos de porquería, todos sin excepción solo se dedicaban a mirarme el pecho. Todos buscando la manera de joderme la vida, de ponerme las manos encima, usando sus artimañas baratas. ¿De verdad crees que yo no me daba cuenta? Basura de hombres. Si se creen superiores, ¿no sería lo mínimo reconocer el trabajo que hice?
Olivia escupía las palabras cargadas de veneno. Acto seguido, enfocó su mirada, rebosante de resentimiento, directamente en Ferda.
—¿Acaso tú eres de la misma calaña, Ferda-ssi?
—…¿A qué te refieres?
—Mírame a los ojos y sé sincero. Eres un hombre de mi misma edad, ¿no es cierto? Tus instintos deben estar buscando una salida.
Ferda era plenamente consciente de su belleza, sabía que era hermosa. Incluso viéndola en aquel estado tan deplorable, su belleza era tal que rozaba lo irreal, haciéndote dudar de que perteneciera a la raza humana. Pero Ferda jamás había sentido la más mínima chispa de lujuria hacia Olivia. Ni en el pasado, ni en ese preciso instante. Su corazón no se aceleraba; ella no despertaba ninguna clase de deseo en él.
Ante el silencio inquebrantable de Ferda, Olivia dejó escapar una risita hueca y desganada.
—Ya que he caído tan bajo, ¿no crees que debería simplemente dejarme llevar y cambiar de vida? Dejar de ser la intocable flor de la nobleza y convertirme en una mujer fácil, de esas que se acuestan con cualquiera en cualquier lugar—.
—Olivia.
Ferda pronunció su nombre con firmeza.
Aquel torrente de palabras envenenadas que brotaban de su boca se frenó en seco al escuchar esas cuatro sílabas.
—Guarda silencio y no digas nada de lo que vayas a arrepentirte más tarde.
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