Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 145
Capítulo 145: El Cuidador de Establos y la Princesa
Ferda volvió a interrogar a William.
—¿Estás diciendo que su reconocimiento es solo del 3%, y no que le restaron un 3%?
—Exactamente. Es un número tan absurdo que hasta a mí me cuesta creerlo mientras te lo cuento.
Olivia, en términos objetivos, merecía un increíble 45%. Por mucho que intentaran minimizar sus logros, su hazaña era digna de, como mínimo, un 30%.
Él le cuestionó a William cómo era posible que hubiera ocurrido semejante injusticia.
Si hubiera que resumirlo en una sola frase, todo se reducía a que argumentaban que había sido simple suerte. El conflicto radicaba en que Olivia había sido instruida únicamente en las labores propias de su estatus de princesa, sin haber recibido entrenamiento formal en tácticas y manejo de dragones.
Por consiguiente, aunque sus decisiones tuvieran fundamento, para alguien sin formación táctica, ejecutarlas era visto como una imprudencia que ponía en riesgo a las tropas. La postura del imperio era que debería sentirse afortunada de no enfrentar cargos por semejante falta.
Sumado a esto, argumentaron que había arriesgado a las tropas al ordenar una audaz formación de persecución en medio del caos. De este modo, aunque se había desempeñado brillantemente como jefa de estado mayor, los altos mandos sostuvieron que la mayor porción del reconocimiento debía recaer en quienes «realmente» habían contribuido.
Que Alexander los hubiera recibido personalmente y los hubiera llenado de elogios, fue enteramente mérito de Olivia.
—Te entregué cierta información, ¿verdad? ¿No te diste cuenta de cómo la utilizaron?
—Sí, la vi. Confirmé la validez mediante los datos que me proporcionó el Regente, pero al parecer, la influencia detrás no tuvo el peso necesario.
—¿Y por qué fue eso?
—Principalmente, porque el joven maestro del Duque Lutetia no dijo ni una palabra.
Lutetia ocupaba el cargo de jefe de estado mayor y era el segundo al mando en aquella coalición temporal. En la distribución de méritos, a él le correspondía un 15%, ocupando el segundo lugar tras Olivia.
—¿Y con qué porcentaje se quedó ese imbécil?
—Un 30%.
Con razón había optado por el silencio. Había usurpado descaradamente una tercera parte del mérito que le correspondía a Olivia. Así que, por supuesto, la máxima condecoración que debió ser para ella, terminó en sus manos.
Ferda comprendió de inmediato cómo se había orquestado todo el asunto. Lo habían transformado en un juego donde lo que uno gana, el otro lo pierde. Convencieron a numerosos caballeros y jóvenes nobles con la idea de que si su parte del reconocimiento aumentaba, la de alguien más tendría que disminuir. Para engordar sus propias recompensas y robarse el crédito, era necesario sacrificar a una persona. Y esa persona fue Olivia, quien por sí sola ostentaba la mitad de todo el mérito de la campaña.
Para aquellos cuyas contribuciones habían sido tan minúsculas que ni siquiera figurarían en los registros, sumar aunque fuera un 1% era una oferta demasiado tentadora para dejarla pasar. Sacrificar a una sola persona para satisfacer a la mayoría. Para esta gente, había resultado sumamente fácil desechar el honor de la nobleza y los principios de la caballería.
La princesa imperial posee una belleza deslumbrante. Es incluso más hermosa de lo que dicta su rango. Por eso, son conscientes de que jamás podrán poseerla. En lugar de intentar ganar su favor y disfrutar de un espectáculo deslumbrante pero inalcanzable, optar por el beneficio material resultó ser la decisión más lógica y provechosa a largo plazo para ellos.
«Malditos infelices».
A pesar de comprender la lógica, la repugnancia era intolerable. La llamaban la flor del imperio, la seguían a todas partes como perros falderos, y luego la traicionaron de esa manera por un simple porcentaje de reconocimiento frente a sus propias narices.
—Sin embargo, entre todos ellos, hubo algunos que se negaron, declarando que mantendrían intacto su honor de caballeros.
—Confío en que tú estabas en ese grupo.
—Desde luego. Mi propio esfuerzo es más que suficiente para mí, no podría aceptar un reconocimiento falso y exagerado…
—Entonces, ¿cuánto mérito te otorgaron a ti?
—Me asignaron un 10%.
Ferda revisó rápidamente los documentos que Mori había preparado. El nombre de William figuraba con un 5%, lo que significaba que le habían duplicado la cifra. Considerando que Lutetia había intentado robarse a Vernel en sus propias narices, Ferda sintió curiosidad por saber qué tipo de soborno le habían ofrecido a William.
—Me propusieron ocupar el cargo de Caballero Guardián dentro de la Guardia Imperial.
Caballero Guardián. Ese era un rango reservado exclusivamente para la élite de la caballería y que solo respondía de manera directa a la familia imperial. Era una clara invitación a desertar del Gran Ducado de Valdrova.
—Y bien, ¿lo tomaste?
—Lo acepté únicamente como un nombramiento honorario.
Eso se traducía en que era un título vacío, sin una ceremonia de investidura real que lo respaldara. Que un caballero diera esa respuesta implicaba que ya tenía jurada lealtad a un señor y, por ende, rechazaba la oferta con diplomacia. Un Caballero Guardián tenía un estatus apenas inferior al de un conde. Escuchar que había rechazado semejante oportunidad le produjo a Ferda una extraña satisfacción.
—¿Cuándo tienes previsto regresar?
—Tenía pensado marcharme mañana por la mañana, pero ahora he decidido irme de inmediato. Me informaron que me facilitarían magia de teletransportación…
—No hay necesidad de que te apresures.
—Como encargado de la seguridad, es mi deber volver cuanto antes, ¿no le parece?
Siempre tan aplicado.
—De acuerdo. En ese caso, preséntate en el castillo tan pronto como llegues. En cuanto estés de regreso, organizaremos el banquete y la ceremonia de entrega de recompensas.
—¡Entendido! ¡Estaré allí lo antes posible!
Una vez que William partió usando la teletransportación, Ferda procedió a entregar las bonificaciones a las unidades de infantería táctica que habían combatido, además de patrocinar una celebración. Contaban con víveres para el banquete que normalmente hubieran requerido un par de días para prepararse, por lo que organizar todo no supuso un gran problema.
Ferda aprovechó para gastar las provisiones excedentes que tenían, permitiendo que la infantería degustara manjares propios de la nobleza que jamás habrían imaginado probar. De este modo, se les rindió el homenaje adecuado como veteranos de guerra.
Mientras Ferda creía que el resto de la velada transcurriría con tranquilidad, el cristal de comunicación que llevaba consigo comenzó a destellar con una luz azul. Colocó su mano sobre el artefacto para establecer la conexión telepática.
—¡Mis respetos, Regente! ¡Le habla Joseph, el contacto imperial!
Que el enlace imperial se comunicara con él a esas horas de la noche solo podía significar que algo fuera de lo común estaba ocurriendo.
—Con su permiso, me comunico para averiguar si la princesa ha pasado por el Castillo de Valdrova.
Ferda frunció el entrecejo por puro instinto.
—¿Por qué me haces esa pregunta?
—Le pido mil disculpas por hacer una consulta tan incómoda. Sin embargo, dado que este es un asunto que debe resolverse de manera rápida y discreta al interior del imperio, me veo en la necesidad de contactarlo de esta forma tan abrupta.
Con esas palabras, Ferda lo comprendió todo.
Olivia se había escapado.
—Mi respuesta es que no tengo idea. ¿Qué le ha ocurrido a la princesa?
—No estoy autorizado para hablar de ese tema.
¿Qué se creían estos idiotas?
—¿De verdad piensas que puedes soltar la mitad de la información y luego fingir ignorancia? Ya tengo mis propias sospechas. ¿Qué crees que sucedería si empiezo a divulgar estas conjeturas por todas partes? Ya no sería un secreto, ¿verdad?
Ante aquella evidente amenaza, el hombre al otro lado exhaló pesadamente varias veces antes de contestar.
—Tal como usted sospecha, la princesa Arken se encuentra desaparecida en este momento. Tanto el palacio como el imperio entero están siendo inspeccionados a fondo para dar con su ubicación.
—¿Así que ahora están interrogando hasta a los que han cruzado el Muro?
—En efecto. Estamos revisando los registros de entradas y salidas para rastrearla. El capitán de seguridad estuvo por allá esta misma noche, por lo que también fue interrogado.
—Comprendo. Si me entero de algo por estos rumbos, te lo notificaré inmediatamente.
—¡Sí, se lo agradezco mucho!
Tras rogarle en repetidas ocasiones que mantuviera la máxima discreción, el enlace cortó la conexión telepática.
—Fugitiva, ¿eh…?
Siendo sincero, era una reacción bastante lógica dadas las circunstancias. Su legítimo 45% de mérito se había visto reducido a un ridículo 3%, y sus aspiraciones de integrarse al ámbito político habían sido destruidas.
Para Ferda, la situación resonaba con su propio pasado, cuando le negaron el reconocimiento como mago y lo convirtieron en el enemigo de todos.
«En aquella época, yo ni siquiera buscaba ganarme ese odio».
Sin embargo, el mundo se había empeñado en que Ferda sintiera rencor. De no ser así, no tendría lógica que tanta hostilidad se hubiera volcado sobre él. Todavía hoy, el mero recuerdo hacía que le hirviera la sangre.
Erdes, esa maldita infeliz.
Tras murmurar aquel nombre con desprecio, obligó a su mente a volver al problema actual.
«La princesa Olivia ha desaparecido».
¿Cómo había logrado escapar? Si bien era poseedora del Círculo Rojo y capaz de utilizar magia de luz, huir empleando hechizos complejos como la teletransportación estaba fuera de sus capacidades. Para evadir la seguridad de un sitio tan vigilado, forzosamente requería de un aliado, y ese cómplice tendría que haber asumido un riesgo monumental, uno que fácilmente podría costarle la vida. Y ser de sangre noble no lo salvaría de la guillotina.
«¿Qué pretende conseguir con esto?»
La mayoría de la gente lo habría interpretado como el simple arrebato emocional de una persona débil. Pero la primera intuición de Ferda le decía que Olivia tenía un plan en mente. La idea de que estuviera rebelándose como una chiquilla inmadura en medio de un berrinche no encajaba con la imagen que Ferda se había formado de ella. A través de esta huida, ella buscaría obtener lo que anhelaba.
Por otro lado, una visión diferente asaltó su mente. No pertenecía al presente, sino a un futuro distante, en el que ella se había dejado consumir por el rencor. Se había transformado en la mujer que llevó al país a la ruina, asomada a la barandilla de aquel balcón.
Por alguna razón, Ferda sintió que ambos compartían ciertas similitudes. El hecho de haber sufrido por culpa de su familia, de llegar a odiarlos y de intentar aniquilarlos a todos era idéntico en ambos casos. La única diferencia radicaba en que Ferda había aceptado su odio para buscar venganza, mientras que Olivia se escudaba tras una máscara. Y que Ferda había triunfado, mientras que ella había fracasado.
Olivia lo había arriesgado todo al organizar un golpe de estado premeditado. Príncipes y princesas perdieron la vida, pero el emperador se mantuvo inquebrantable en su trono. Al final del día, ella no dejaba de ser humana. Sin importar cuán protegida estuviera por la lógica y sus ideales, frente a la avalancha de sus emociones, no era más que un castillo de sal disolviéndose bajo la lluvia. Un ser humano que podía resistir con firmeza, pero que corría el riesgo de quebrarse en cualquier instante.
Por ese motivo, Ferda resolvió no quedarse de brazos cruzados. Debía encontrarla antes de que alguien más lo hiciera.
Ferda abandonó el castillo y se internó en el bosque. Como era costumbre, un bosque denso y carente de mantenimiento. Específicamente, se ubicó justo fuera del perímetro de influencia de los Engendros de Iorga. Era plena madrugada y la luna menguante apenas iluminaba.
Bajo la densa capa de hojas, en la penumbra del bosque, cerró los ojos. La sensación que surge al suprimir uno de los sentidos provoca que los demás se agudicen de manera abrumadora. Cuando incluso el canto de los insectos nocturnos se desvaneció, y un peculiar aroma a azufre empezó a flotar levemente en el aire, Ferda pronunció un nombre en un murmullo.
—Sitri.
De inmediato, percibió una textura viscosa enredándose a sus espaldas.
—¿Me llamaste, oppa?
Surgió desde atrás, deslizando sus piernas con forma de serpiente por el cuerpo de Ferda hasta posicionarse frente a él. Era una táctica diseñada para generar repulsión, pero Ferda mantuvo un semblante inexpresivo y habló directo al grano.
—¿Dónde la tienes?
—¿De qué estás hablando?
—De Olivia. Estoy seguro de que sabes el paradero de esa mujer.
—¿Mmm? Qué impaciente eres, oppa. ¿Acaso crees que dedico mi existencia a espiar a la princesita que reside en el palacio imperial?
—Tú, que tienes tal obsesión por la belleza, ¿cómo es posible que no estés enterada?
Ferda no era ningún ingenuo. Cuando la archidemonio Sitri busca seducir a los mortales, adopta la apariencia más tentadora posible, y una de sus favoritas es precisamente la de Olivia. La gran mayoría de las veces, toma la forma de Olivia Arken para engañar a sus presas. Era una estrategia sumamente efectiva en el mundo real.
Aunque se tratara de una simple ilusión demoníaca, cientos de hombres habían perdido la vida tan solo por la ilusión de llegar a abrazar a la princesa. Olivia, con toda su utilidad, era el trofeo que Sitri ansiaba conseguir a toda costa. No, sería algo más que un simple trofeo. Para hacerse con semejante adquisición, estaría acechando la menor oportunidad, por lo que sin duda mantenía un ojo puesto sobre Olivia.
Por ende, si alguien sabía algo sobre esta misteriosa desaparición, tenía que ser ella.
—Asumiendo que supiera algo…, ¿para qué necesitas a esa mujer, oppa? ¿No se suponía que eras el inquebrantable Gran Duque de un solo amor?
—Simplemente la necesito.
—¿Mmm? Al final de cuentas, no dejas de ser un hombre corriente…, ¿es así la cosa?
—Un perro sigue emitiendo ladridos aunque suenen a palabras humanas.
Ferda arrugó el rostro con evidente asco, pero la mirada juguetona de Sitri se mantuvo inalterable.
—Entonces te propongo un trato, oppa. Intentaré seducirte con esta apariencia durante 3 minutos.
La figura de Sitri, inconfundible aun en medio de las sombras, empezó a mutar lentamente, adoptando de manera directa la imagen de Olivia. Las pestañas, los labios, la forma de los dedos… todo se volvió una réplica exacta de Olivia.
Sitri habló, ahora usando la voz de la princesa.
—Si logras resistir esos 3 minutos, te revelaré la verdad. ¿Tenemos un trato?
Hizo aparecer un reloj de arena flotando a su lado. Un truco bajo, digno de ella.
—Haz lo que te plazca.
Ferda le contestó sin alterar su expresión fría.
Ante esto, como si sintiera que ya había ganado, Sitri esbozó una sonrisa cargada de seguridad.
—Qué iluso eres. Por muy fiel que afirmes ser, al final sigues siendo un hombre, ¿no es así?
Con total descaro, apretó su cuerpo contra el de él. Aquellas curvas, que él solo había contemplado a la distancia, ahora parecían envolver su cuerpo de manera palpable. Ella soltaba leves suspiros en la nuca de Ferda, provocándole un constante hormigueo. Ferda no opuso resistencia alguna y simplemente permitió que hiciera lo que quisiera.
Los gemidos y roces lascivos le marcaban el paso de cada segundo. En su mente, calculó que ya habían transcurrido los 3 minutos, pero al reloj de arena flotante aún le quedaba bastante arena por caer.
«Ha usado una trampa».
No se trataba de un acuerdo vinculante, y ella jamás especificó que ese reloj fuera exactamente de 3 minutos, así que era de esperarse. Desde un principio, su única intención había sido perturbar a Ferda y mofarse de él.
—El tiempo se acabó.
—¿Eh? ¿De verdad?
Ferda lanzó una mirada fugaz al reloj de arena que ella había conjurado. Tal y como él había señalado, la arena había dejado de caer hacía rato.
Adoptando la forma de Olivia, murmuró con un tono de orgullo herido.
—Por si las dudas, puse un reloj de 4 minutos… ¿y ni aun así fui capaz de seducir a un hombre en todo ese tiempo?
Luego lo fulminó con la mirada, aún luciendo el rostro de Olivia.
—Oppa, ¿acaso eres impotente?
—No.
—Entonces, ¿cómo es posible que no tengas ninguna reacción al tener un cuerpo como este tan cerca? ¿No te parece que esto no tiene lógica alguna?
Ferda pudo responderle con total seguridad porque tenía plena certeza de que no padecía de impotencia. Pero la razón principal era que Ferda conocía la verdadera esencia de la princesa. Si ella llegara a comportarse de una manera tan vulgar, lo primero que sentiría sería repulsión, no deseo.
—Sea como fuere, yo he ganado.
—Mmm, es imposible ganarte. Qué fastidio.
Hizo un puchero simulando decepción, y acto seguido soltó una carcajada. Como si la derrota no le importara en lo absoluto.
—Hay un antiguo cuento.
—Deja los acertijos…
—Déjame terminar de hablar, querido. ¿Conoces el cuento de la princesa y el mozo de cuadra que se fugaron del castillo juntos?
—……Sí.
—La solución a tu pregunta se encuentra en esa historia.
Al escuchar que allí estaba la respuesta, Ferda cerró los ojos y analizó el significado de aquellas palabras. Y entonces comprendió a qué se refería.
«……Imposible».
No, eso no podía ser cierto. Ferda trataba de rechazar esa idea desesperadamente en su mente, pero entre más se resistía, más se ensanchaba la sonrisa maliciosa de Sitri.
—Que tengas dulces sueños, oppa.
Para cuando Ferda abrió los ojos nuevamente, Sitri ya se había desvanecido.
Ferda se quedó inmóvil en el bosque, con los pensamientos a mil por hora.
«¿Me habrá engañado?»
No se trataba de un pacto mágico, así que ella no estaba atada a decir la verdad. ¿Pero qué ventaja obtendría mintiéndole en esto? La correa que controlaba a Sitri la tenía Ferda. Si lo que ella insinuaba coincidía exactamente con lo que él estaba pensando, solo existía un hombre que encajara en el papel del cuidador de los establos.
«William».
El capitán de la guardia y la espada protectora del pueblo. Todo apuntaba hacia él con una claridad abrumadora, pero Ferda seguía resistiéndose a aceptarlo. William era de los pocos caballeros cuya integridad Ferda respetaba. Era inconcebible que se hubiera atrevido a sacar a la princesa por su propia cuenta.
«Aunque en este mundo no hay absolutos».
Para empezar, el motivo por el que William había viajado a ese pueblo era para proteger a la gente común. Nada aseguraba que alguien dispuesto a cruzar una línea no cruzara otra diferente. Además, eso justificaba por qué había decidido regresar esa misma noche en lugar de esperar a la mañana siguiente.
Ferda no tenía claro cómo proceder.
«Si no estoy seguro…»
Debía ir a comprobarlo con sus propios ojos. Aunque resultara ser una verdad desagradable.
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