Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 144
Capítulo 144: Un Término Problemático
La gigantesca silueta de Valdrova se aproximaba a toda velocidad, reduciendo sus dimensiones drásticamente en el trayecto. Estaba empleando su metamorfosis.
—Ferda-nim, le sugiero que cierre los párpados —pidió Ruri.
—¿Por qué motivo?
—Valdrova-nim aterrizará manteniendo su semblante humano. De no hacerlo, terminará viéndole el rostro.
La sirvienta estaba en lo cierto. Esa era precisamente la razón por la que Ferda tanteó el terreno.
—¿Qué tal si me permites mirarla por tan solo un segundo?
—…Modificaré mis instrucciones. Dé media vuelta entera. Si intenta siquiera asomarse, me encargaré de tallarlo de pies a cabeza.
Su absurda ambición solo había conseguido ponerla en estado de alerta máxima.
Obedeciendo a Ruri, apartó la mirada, momento en el que las ráfagas tempestuosas provocadas por el vuelo cesaron de manera abrupta. En su lugar, captó el sutil impacto de un cuerpo posándose en la superficie.
—Maestra, me presento —saludó una voz melódica.
—Bienvenida.
Acompañando a la cristalina voz, se oyó un leve sonido metálico. Valdrova evaluó la postura rígida de Ferda y se dirigió a Ruri.
—Ruri, de casualidad… ¿no luzco algo extraña?
—Tiene el aspecto de siempre. Pierda cuidado.
—Ya veo… ¿estás segura de que no tengo manchas ni nada pegado?
—Mi visión no capta ninguna impureza, así que deseche esa angustia.
—Y-y… ¿qué hay de mi tono?
—Totalmente adecuado.
—¡Entiendo! ¡Perfecto! ¡Ejem!
Ella tosió fingidamente, expulsando el nerviosismo ardiente que le oprimía el pecho. Ferda estaría de espaldas, pero sus tímpanos funcionaban perfectamente. Aquella cadencia temblorosa también provocó que el corazón de Ferda latiera con fuerza, contagiándolo de aquella misma ansiedad.
—Ya puede mirar.
Con la autorización de Ruri, Ferda se volteó. Lo recibió una hermosura avasallante, cubierta a medias por una máscara. El temible depredador que masacraba monstruos escasos segundos atrás se había esfumado, cediendo su lugar a una joven ruborizada que portaba unos cuernos intimidantes.
El contraste le resultaba fascinante. Tras acostumbrarse a departir con colosales siluetas acorazadas durante sus pausas para el té, el contemplar a una muchacha de figura delicada y hermosa frente a él le aceleró el pulso, cual si acabara de conocerla.
«Aún me resulta inverosímil».
Saber que había compartido una danza nocturna con una presencia tan encantadora le parecía un sueño.
—Le doy la bienvenida, Gran Duque-nim —saludó él.
—¡Así es, Ferda-ssi! —replicó ella, rebosante de una energía marcial que no venía al caso. De inmediato intentó guiar la charla—. ¿T-te encuentras bien? ¿Y qué hay de tus lesiones?
—Perfectamente. Ni antes ni ahora debe angustiarse por ello.
—Uuh… perdona, me dejé llevar por la efusividad y Ferda-ssi…
—No tiene importancia. Fue tanto el revuelo que armó que yo mismo acabé aturdido —intentó mitigar la situación a toda prisa.
Curiosamente, esto nacía del propio anhelo del joven. Ya habían franqueado la barrera de entrelazar sus manos para llegar a los abrazos íntimos; no iba a tolerar que surgiera frialdad entre ambos otra vez. Prefería estrecharla de nuevo contra él, incluso si eso significaba que sus garras lo empalaran en el proceso; esa era su inquebrantable determinación.
Y si él guardaba tales convicciones, Valdrova compartía el mismo nivel de empeño.
—¡Te juro que hallaré el método perfecto para la siguiente ocasión! ¡Un método para no terminar perforándote, Ferda-ssi!
—B-bueno… ¿no bastaría simplemente con que escondiera sus cuernos? —planteó él, buscando no ofenderla.
Después de todo, la misma Ruri caminaba por ahí sin mostrar rastro de su herencia dracónica. Era bien sabido que otros seres de su estirpe suprimían sus rasgos para mezclarse en la sociedad. Por deducción, asumió que Valdrova poseería la habilidad de camuflar sus cuernos y su cola.
—Sería ideal, desde luego. Logro ocultar la cola, pero me resulta completamente imposible desaparecer los cuernos…
De ser cierto eso, ¿qué alternativas quedaban? Era un escenario profundamente deprimente. Ferda tragó sus frustraciones junto con un sorbo amargo de su infusión.
—Dime… ¿qué te pareció?
—¿Se refiere a…?
—Mi porte en el campo de batalla. Cuando aniquilaba a los monstruos… me intriga saber cómo lucía desde aquí.
Las refriegas habitualmente transmitían idénticas sensaciones. Despiadadas, tiránicas y avasalladoras. Fiel al legado de su título como Fase del Poder, Valdrova se imponía como dueña absoluta de la destrucción. La mecánica no variaba, pero a ojos de Ferda, cada carnicería ostentaba un encanto singular.
—Fue una estampa a la altura de una Fase. Si los habitantes de Hestia presenciaran semejante poder, sus pechos rebosarían de fervor patriótico.
—¿De verdad?
Ignorando el significado exacto de patriotismo, ella dedujo por el tono que se trataba de un halago. No obstante, sus intenciones al preguntar no iban por esa rama. El nerviosismo de sus falanges la expuso.
—En ese caso… —Ahogando un chillido de pudor, se atrevió a inquirir—. ¿T-te llegó a excitar?
—¡Pfft!
La contestación fue opacada por el estrepitoso ruido del té negro saliendo disparado de la boca del muchacho. Ferda se tapó la cara y desvió la mirada, incapaz de articular sílaba. Quien acababa de arrojar semejante misil verbal lo cuestionó, alarmada.
—¡F-Ferda-ssi! ¡¿Te ocurre algo malo?! ¡¿Por qué reaccionas así?!
Valdrova presa del pánico y Ferda bloqueado del impacto. Ruri, quien había contemplado todo el teatro de principio a fin, clavó una mirada fulminante.
—Maestra, ¿es consciente de la connotación del término que acaba de vociferar?
—¿Eh? Bueno… oí que los humanos varones lo emplean cuando algo les resulta muy atrayente…
—¿Y sabe lo groseramente obscena que es esa expresión? —Las facciones de Ruri se ensombrecieron de forma aterradora.
—¿Es, por si acaso, una frase impropia para alguien de la realeza?
—Eh…
—¿Es algo que una dama jamás debería sugerirle a un caballero?
—Yo lo ignoraba por completo… Ferda-ssi, ¿acabo de ofenderte gravemente?
Él permaneció mudo, clavando la vista en sus zapatos. Restos de la infusión caliente le escurrían comisura abajo, salpicando el piso.
—Obsérvelo usted misma. Lo ha dejado mudo e inoperante por la impresión, ¿no es evidente? —regañó Ruri.
—¡Lo l-lamento muchísimo! Ferda-ssi… me he comportado como una salvaje otra vez… Soy una ignorante, por eso siempre arruino…
—N-no es… cof, no es por eso. Apenas me atraganté, se lo ruego, no se mortifique… —tartamudeó, aunque seguía sin reunir valor para mirarla a los ojos.
Asumiendo que había provocado el rechazo del joven, Valdrova sofocó un quejido lamentable. Ante el insufrible clima de tensión, Ruri intervino con autoridad maternal.
—Para empezar, le exijo que regrese a las cavernas. Allí retomaremos esta «lección».
—Uueueu… —gimoteó la bestia, alzando vuelo en reversa y con el ánimo por los suelos.
Una vez que la colosal criatura se perdió de vista y únicamente el aullido helado de la altura dominó el ambiente:
—Ferda-nim, la Maestra ya ha partido.
—…Entiendo.
—Será mejor que se incorpore. ¿Acaso no tiene deberes que atender?
—Supongo que sí…
A pesar de sus palabras, Ferda parecía enraizado a la silla, incapaz de mover las piernas. Contemplando la extraña actitud del joven, Ruri ladeó el rostro y, como si una sospecha cruzara su mente, lanzó el dardo final.
—…¿Acaso su pregunta de verdad lo excitó?
—…
Ferda volvió a quedarse en un mortificante silencio.
Se recibió un mensaje directo desde la Torre Azul.
—El terreno infectado en las cercanías del acueducto ha sido desintoxicado. Retomaremos el flujo hídrico hacia el Lejano Oriente.
Llamarlo desintoxicación sonaba elegante, aunque, en términos prácticos, habían desenterrado todos los sedimentos podridos y los habían reemplazado por tierra fértil de otro sitio. Fuese como fuese, dentro de poco gozarían de agua cristalina, y la población festejaría dejar atrás las remesas traídas de la aborrecible Tierra Demoniaca.
—Tengo, además, una propuesta sobre la mesa —continuó la voz del otro lado.
—Soy todo oídos.
—Deseamos inyectar un cuantioso capital en el proyecto de extracción de esencia dirigido por su erudito, Marquis Vernel, ¿qué le parece?
—Recibimos cualquier aporte con gratitud, pero ¿cuáles son sus términos?
—Detalles menores. Ya que mantenemos una alianza, desearíamos que constara en acta nuestra participación activa en dicha investigación; tómelo como una maniobra política para mantener en alto nuestra reputación.
En resumen, querían colgarse medallas para no lucir mal. El que unos mortales lograran depurar acuíferos envenenados, tarea que resultó inalcanzable incluso para las Fases de Agua, había asestado un golpe letal al ego de la estirpe dracónica. El valor del Marquis Vernel seguía escalando a pasos agigantados.
—Aceptaré las condiciones, amparado en nuestros lazos y en el capital ofrecido, mas debo discutirlo primero con Vernel.
—Comprendo, el ego de los investigadores es un factor a considerar. Gestione el asunto a su propio ritmo.
Erica optó por no forzar las negociaciones. Mantener una fachada de serenidad para no evidenciar urgencia era la regla dorada en política.
—Ah, casi lo olvido. Establecí comunicación con los Altos Elfos.
El objetivo de aquello era descifrar los grimorios legados por la Elfa Oscura, la Directora de Investigación Linne. Él aguardó impaciente, ansiando que le notificaran que el encuentro sería inminente.
—A menos que el asunto requiriese atención inmediata, nos sugirieron que reanudáramos el contacto recién al llegar el verano.
—¿Acaso sufren algún altercado de su lado?
—Es un misterio para nosotros. Ya conoce cómo se manejan. Si sus intrigas internas se complican, son capaces de postergar reuniones una década entera.
Alguien que podía posponer citas durante diez años… Visto bajo esa lente, aguardar a la temporada estival sonaba a una respuesta exprés.
—Servirá. Actualmente enfrentamos múltiples proyectos a nivel local, por lo que abandonar mi jurisdicción es inviable en el corto plazo.
—Incluso frente a amenazas que podrían arrastrar al continente entero al abismo, ellos operan con esa apatía; típica actitud de los Altos Elfos. Seres milenarios que urden complots maquiavélicos con una lentitud exasperante.
—¿Acaso no pertenecen ustedes a la categoría de los milenarios? —apuntó él.
—¿Acaso somos equiparables a esos zánganos del bosque? —escupió ella con franca hostilidad.
Era comprensible. Así como emparejar orcos y humanos ofendería a cualquiera por su condición mortal, a los herederos dracónicos les indignaban tales paralelismos.
—Entendido, dejaré el tema por la paz. Notificaré a la Administración.
—Le auguro novedades positivas en breve. Por favor, mantenga el control en sus dominios.
Con esto concluyó el enlace mágico con Erica. Poco después, recibieron los reportes confirmando que la monumental caravana aristocrática y la escolta real habían cruzado las murallas capitalinas sin contratiempos. Quien transmitió las novedades fue William.
—¿Y qué tal resultó la fiesta?
—Rozó lo utópico en opulencia. Los asistentes coinciden en que opaca totalmente cualquier festejo celebrado en el Castillo Valdrova.
Desde su asiento como Regente, escuchar aquello le resultaba amargo a Ferda, aunque, dadas las circunstancias, resultaba un hecho indiscutible.
«Precisamente para esto lo orquestaron».
Era evidente que Alexander había quemado sus arcas para lavar su reputación mancillada, esforzándose en probar la infinita superioridad del poderío central. Juntando el éxtasis de cruzar las puertas del hermético Palacio Imperial, con el despliegue demencial del evento, concebido para superar las más altas fantasías de los visitantes. Todo había sido calculado milimétricamente para reducir su esfuerzo en el norte a las dimensiones de un simple convivio rural.
—¿Asumo entonces que el clima es favorable?
—En apariencia, es excelente… —respondió William, teñido de aprehensión—. Sin embargo, sospecho que se avecina una tormenta política.
—¿A qué te refieres con eso?
—Las maniobras del Príncipe Heredero resultan sumamente anómalas.
Desde la perspectiva de un espía, el panorama era el siguiente. Alexander Arken, heredero a la corona, se había tomado el esfuerzo de recibir personalmente a cada aristócrata y oficial armado en los mismísimos portones. Los llenó de lisonjas, coronándolos como auténticos salvadores y devotos protectores de la nación. A lo largo del magno evento, centró toda su energía en idolatrar a la nobleza asistente.
Para quienes albergaban ambiciones imperiales, tales caricias a sus egos bastaban para jurarle fanatismo.
—Resulta demasiado excesivo para tratarse de condecoraciones honoríficas. Huele a una agenda oculta.
—Coincido.
Bajo el disfraz de la alabanza, estaba reclutando acólitos incondicionales. Los rumores apuntaban a que Alexander había comprado las voluntades de al menos doscientos cincuenta jóvenes herederos y herederas. Con miles de kilómetros separándolos, Ferda estaba atado de manos.
—Mantenme informado de los acontecimientos de mañana.
—Cumpliré sus órdenes.
Las partículas mágicas se esfumaron del orbe de cristal, dejando a Ferda sumido en un espeso silencio, contemplando la esfera inerte.
«El motivo por el cual Alexander recluta hordas de súbditos de golpe…»
Sobrarían justificaciones lógicas. Cargar con el estigma de ser repudiado como siervo demoníaco, o la humillación de haber perdido a legiones enteras en el frente. Esas excusas funcionarían como escudo, pero un calculador como Alexander jamás se limitaría a reparar daños. Empleaba esos pretextos superficiales como cortina de humo para encubrir sus verdaderas y letales ambiciones.
¿Cuál era su objetivo en las sombras?
«Olivia… ¿acaso apunta al cuello de su propia sangre?».
Dándole vueltas al tablero, la jugada apuntaba indudablemente a crear un muro de contención contra ella. Conociendo su brillante intelecto, sería ingenuo asumir que ella no había previsto la celada que le tendían. ¿Con qué artimaña respondería Olivia a semejante hostilidad? Fuera como fuese, estaba seguro de que encontraría la vía de escape. Así de formidables eran las capacidades de la Olivia que él había observado.
Al despuntar el alba, el reporte de William resonó gélido a través del comunicador.
—Mis sospechas se cristalizaron. El caos se ha desatado.
—¿En qué frente?
—Durante la presentación pública del recuento de hazañas, las contribuciones reales de la Princesa sufrieron un atropello abismal.
Sus peores temores tomaron forma.
—Bríndame los pormenores del suceso.
William procedió a desgranar los eventos. Al culminar el banquete, se organizó la entrega de reconocimientos oficiales basada en los reportes de guerra. Tras analizar detenidamente el pergamino con las métricas oficiales, Olivia alzó la voz ante todos. Ante la intriga de hasta dónde habían sido capaces de recortar su prestigio, William lanzó el dato:
—Para todo el asedio norteño, el aporte oficial de la Princesa quedó registrado en un mísero 3%.
Semejante insulto rozaba lo descabellado.
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