Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 154
Capítulo 154: Procesión del Silencio
Ferda prestó atención a sus palabras.
— Si lo que busca es manifestar su disconformidad ante esta situación, bastaría con que el Cuartel General de Contramedidas de Crisis proponga a alguien a quien jamás osarían importunar.
En un principio, Ferda creyó que se refería a Consillus, pero pronto comprendió que no era así. Inevitablemente, frunció el ceño.
— ¿Me estás sugiriendo que involucremos a Su Alteza el Archiduque? ¿Es eso lo que insinúas?
— Suena atrevido, pero es la ruta más directa y efectiva.
Ferda estaba destinado a convertirse en el consorte de la dragona roja y en el Secretario de Estado, pero a los ojos de muchos, no era más que un representante. O peor aún, un simple entretenimiento a disposición del Archiduque. Esa era la visión generalizada.
Si la propia dragona decidiera intervenir e imponer su autoridad sobre el asunto, nadie se atrevería a pronunciar una sola palabra en contra. No obstante, eso era inviable.
Ferda conocía su verdadera situación tras lo ocurrido en el baile. Ella era incapaz de asistir a sitios concurridos; le aterraba que los recuerdos de sus antiguos crímenes la llevaran a perder el control. Le aterraba profundamente causarle problemas a él.
En el pasado, Ferda había supuesto que ella lidiaba únicamente con un trauma psicológico, pero ahora entendía que el problema iba mucho más allá.
«Es una amenaza tangible.»
De no haber sido por Malcolm, Ferda nunca habría descubierto que en su interior residía una semilla corrupta buscando consumirla. Si algo así había estado a punto de ocurrir durante el Festival de Primavera, ¿qué desastre podría desatarse en medio de una audiencia pública? Si aquellos que la veían como a una simple bestia encadenada perdían el temor e intentaban someterla, Ferda no estaba seguro de cuáles serían sus propias acciones.
— Garnet.
Ferda fijó su mirada en ella. Al chocar con sus ojos, la mujer se estremeció.
— Te prohíbo volver a sugerir algo semejante.
— …Le pido perdón.
Esa sola insinuación había tocado el límite más sagrado para Ferda.
— Solucionaremos este conflicto con nuestras propias herramientas. Eso es innegociable.
— Comprendido.
Descartando la ruta fácil, Ferda se enfocó en su plan.
La información falsa ya había comenzado a circular gracias al Barón Giyot. A su vez, contaban con los datos internos proporcionados por Helus en su papel de falso sabio. Valiéndose de esos elementos, debían asegurar una posición de ventaja.
Para garantizarle un mañana lleno de luz a ella, Ferda estaba dispuesto a sumergirse en la oscuridad, aun si eso implicaba cargar con una reputación espantosa.
— Lord Ferda.
Mientras revisaba unos documentos, Ruri lo interrumpió.
— He traído el artículo que el Maestro prometió entregarle.
¡Al fin!
Ferda hizo a un lado sus papeles y se levantó de inmediato. La chica había traído un lienzo tan grande como ella misma y lo depositó frente a él. Era el objeto que le habían prometido a cambio del retorno seguro de Ruri: el retrato de Valdrova.
— ¿De verdad pidió esta pintura en particular?
Cuestionó Ruri, reflejando escepticismo en su rostro. Ferda asintió con firmeza.
— Deseaba exactamente esta obra.
— Existiendo tantos otros artículos valiosos, ¿por qué elegir este?
— Simplemente fue un presentimiento.
Ferda respondió con evasivas, sin intención de darle detalles. Ruri lo observó con una mueca de desagrado y continuó.
— ¿Sabe qué clase de retrato es este?
— Tengo entendido que es la obra destinada a ser presentada a su primer prometido.
— Correcto. Fue la primera vez que expuso su rostro ante alguien más, y solicitó que se plasmara su expresión de la forma más exacta posible.
— ¿Eso quiere decir que es una pintura realista, libre de embellecimientos?
— Así es.
Por regla general, los retratos que se exhiben en las mansiones nobles pasan por múltiples retoques. Por ejemplo, si el retratado tiene sobrepeso, se le afina la figura; si carece de cabello y resulta poco atractivo, se le dibuja una cabellera abundante.
— Ya veo, con razón tenía tanto interés en poseerlo…
— ¿A qué se refiere?
— A que suele pasar.
Ruri asumió que se trataba de alguna motivación superficial y decidió no indagar más.
— Como sea, me encargaré de conseguir a un restaurador.
— ¿Restaurador?
— El lienzo está dañado, así que requiere ser reparado, ¿no es evidente?
Respondió como si estuviera señalando una obviedad. Sin embargo, Ferda no tenía la menor intención de contratar a nadie para arreglarlo.
— No será necesario, está perfecto de esta manera.
Ruri clavó sus ojos en él, denotando una profunda aversión.
— Si planea colgar una obra rasgada, me opondré rotundamente, así tenga que golpearme hasta matarme.
— Descuide. No pienso exhibirlo en ningún lugar público.
— …
— Ya puede retirarse.
Ruri siguió con la mirada a Ferda mientras este se marchaba cargando el enorme lienzo. Si no iba a ponerlo en un área común, ella imaginaba perfectamente el lugar que le había designado. Ese rincón oscuro y apartado por el que nadie deseaba transitar; allí lo pondría.
Ferda se dirigió al espacio que empleaba como su área de entrenamiento. Era un sitio lúgubre y sombrío, apenas lo suficientemente amplio como para tomar asiento, semejante a la estrechez de una celda. Su entrenamiento se basaba exclusivamente en el control de las sombras dentro de una habitación carente de luz, como parte de su método para cultivar maná. Por ende, en lugar de los artefactos llamativos que solían usar los magos convencionales, allí solo había una silla y una provisión de velas.
El retrato de Valdrova se convirtió en el tercer elemento en ingresar a esa estancia oscura. Ferda montó la inmensa obra en el lugar que ya había previsto. Luego, retrocedió unos pasos para evaluar el resultado.
— …Perfecto.
La inclinación, el nivel, todo estaba impecable. El lienzo abarcaba la mitad del muro, cubriendo por completo uno de los costados. Tras revisar cada detalle con la devoción de quien prepara un altar sagrado, Ferda se acercó para contemplar la obra.
«Es asombroso…»
A corta distancia solo se apreciaban los trazos de pintura, pero al tomar un poco de distancia, la figura de Valdrova cobraba una vida sorprendente. Daba la impresión de que en cualquier instante saltaría del cuadro, diciendo «Señor Ferda», y se acercaría corriendo. Indudablemente, ella había contratado al artista más brillante de su época. Sí, al ser la obra de un maestro capaz de inmortalizar la esencia, el retrato desprendía esa abrumadora vitalidad. Y precisamente por ser consciente de ello, Ferda había ansiado con tanta fuerza conseguir esta pintura. Valdrova finalmente había accedido a su petición.
Al tener la obra en su poder y poder escudriñarla tan de cerca, Ferda logró comprender.
«Anhelo.»
Este lienzo encerraba una porción de los deseos más profundos de Valdrova. Toda esa faceta de su vida, que jamás exteriorizaría ni siquiera tras incontables diálogos, estaba impregnada en el cuadro. Al ser un retrato sin alteraciones, sus emociones se proyectaban con una claridad desoladora, resguardadas en la sutil curvatura de esos pequeños labios sonrientes.
El temor ante lo desconocido.
La ilusión de encontrar a un compañero.
La esperanza.
Sin embargo, aquel anhelo que ella aguardaba con tanta ilusión jamás se materializó. El primer prometido, el Tercer Príncipe, únicamente vio en Valdrova a una herramienta para sus propios fines.
Un corazón sincero pisoteado sin piedad.
Las ilusiones traicionadas.
La más profunda desesperación.
Fue por eso que Valdrova acabó con la vida del Tercer Príncipe. Manipular los sentimientos de una dragona era un acto que justificaba con creces la muerte. No obstante, si Valdrova hubiera conservado la lucidez, jamás habría llegado al extremo del asesinato. Fue devorada por la energía sanguinaria que desestabilizó su mente, empujándola a cometer el crimen. Esa era la razón por la que aquel espectro continuaba atormentándola, tal como ocurrió después de la Guerra Dragón-Demonio.
— Tal como imaginaba…
Ella había expresado aquellas palabras: «Alguien como yo no tiene derecho a la felicidad».
Tras haber arrebatado tantas vidas y haber sobrevivido a todo ello, le resultaba inconcebible la idea de dejar atrás el pasado y unirse en matrimonio con un humano de una forma tan vergonzosa. Valdrova repudiaba a la versión ingenua de sí misma; sentía un profundo asco y una ira incontenible hacia quien había sido.
Ferda posó su dedo índice sobre el corte del lienzo y, replicando el acto de ella, delineó la rasgadura diagonal. Borró aquellos ojos inocentes, los mismos que alguna vez subestimaron el peso del pecado.
Ugh…
El cuerpo de Ferda tambaleó. Sintió como si unas manos invisibles le apretaran el cuello, cortándole la respiración, mientras sus ojos se inundaban de humedad. Las lágrimas comenzaron a brotar. Aunque su rostro permaneció impasible, gotas ardientes se deslizaron por sus mejillas. El Círculo de Sombra en su pecho latía de forma desbocada.
«Fui yo…»
El único sentimiento capaz de hacer reaccionar al Círculo de Sombra era esa certeza.
«Fui yo quien asesinó a esta mujer».
El remordimiento lo consumía. Se odiaba a sí mismo por haber acabado con la vida de una mujer tan cándida y pura, alguien que simplemente se había ahogado en un rencor tergiversado. Ferda le tenía pavor a ese arrepentimiento, pues sabía que si se dejaba dominar por él, sería incapaz de seguir adelante.
«Pero si dejo de arrepentirme, perderé mi camino».
Por esa misma razón, la Primera Bruja, Lucy Philias, había calificado este sentimiento como una bendición. Y gracias a ese remordimiento, esta pintura se erigiría como un faro para el hombre que ella amó. Sería ese único hilo de oscuridad que le permitiría atisbar más allá de la luz, incluso cuando se hallara atrapado en la más densa de las noches polares.
Llegó el día de la conferencia posguerra en el Congreso Dorado.
— En breve, los aristócratas darán inicio al desfile de entrada.
Informó el segundo al mando de Alexander.
— Estoy al tanto. Lo estoy presenciando directamente, ¿no es así?
Alexander se había anticipado, ingresando al Congreso Dorado desde temprano para contemplar el evento desde un palco. Multitudes se aglomeraban a lo largo de la ruta hacia el recinto, mientras él observaba la llegada de la nobleza.
Los cinco consejeros supremos del Cuartel General de Contramedidas de Crisis ejercían un gran peso tanto al interior como al exterior del imperio, pero solo uno de ellos era capaz de convocar a una marea de gente de tales proporciones.
Valdemar Golt.
El Héroe del pueblo, el pilar inquebrantable del Imperio Arken. Con su aura imponente, había subyugado los corazones tanto de plebeyos como de nobles, e incluso había conseguido que sus adversarios se unieran a su causa.
«Si tan solo lograra apoderarme del invernadero de ese viejo…»
Para Alexander, la raíz de ese enorme poder residía en dicha instalación. Por más que alguien dominara sobre los demás durante su vida, ante la muerte todos eran iguales. Incluso él, Alexander, sentía escalofríos al pensar en el mañana, pasando noches enteras en vela. Pero aquel anciano había alterado la balanza de la muerte, un dominio inalcanzable incluso para los altos clérigos. Esa era la razón por la que su mirada desbordaba tanta energía a pesar de su avanzada edad.
— …¿Están listos todos los preparativos?
— En efecto, hemos infiltrado agitadores a lo largo del desfile.
— Excelente.
Alexander apretó con fuerza la copa entre sus manos. Había moldeado meticulosamente la opinión pública para este momento crucial, sembrando un resentimiento unilateral que se encargó de alimentar hasta desbordarlo.
— En el instante en que el Regente Ferda haga su aparición, daremos inicio a la provocación.
Una vez que se desatara la histeria colectiva, sería imposible de frenar. Se desencadenaría un aluvión imparable de reproches y furia. Sin importar si lo que sentían era remordimiento o ira, la prioridad era desestabilizarlos emocionalmente antes de que cruzaran las puertas del Congreso Dorado. Para Ferda, lidiar con semejante presión sería una tarea inmanejable.
— El Regente Ferda está a punto de llegar.
Alexander abrió los ojos, expectante. Su único deseo era verlos hundirse bajo el peso de las condenas públicas. Sin embargo, en el instante en que el grupo hizo su aparición, la sonrisa de Alexander se petrificó. La escena que se desarrollaba ante él era drásticamente opuesta a lo que había planificado.
La capital del reino.
Los nobles solían alardear diciendo que los caminos hacia la capital emanaban fragancias florales. Hubo una época en la que el propio Ferda, siendo apenas un niño, se creía a pies juntillas aquellas fantasías triviales. Anhelaba visitar la capital siguiendo los pasos de su padre, fantaseando con la naturaleza de esos aromas. ¿Acaso serían tan reconfortantes como la presencia de su madre?
Pero ahora, el olor que impregnaba el olfato del hombre que había acabado con un ángel y se había consumido a sí mismo, distaba mucho de parecerse a las flores. Si a eso se le llamaba aroma floral, sin duda se trataba de las mismas flores que atraían a los enjambres de moscas en las alcantarillas. En su niñez no lograba identificar aquel hedor y poco le importaba, pero ahora lo reconocía a la perfección. Garnet había afirmado que el imperio era como un recipiente donde el agua se estanca y se pudre. Sí, ese era exactamente el hedor. Al percibirlo en ese instante, no le cupo la menor duda.
El desfile de los nobles congregándose hacia el Congreso Dorado seguía su curso. Al tratarse del epicentro donde se reunían las figuras más influyentes del imperio, el exhibicionismo era la norma.
«¿Con qué propósito?»
Ferda no lograba comprenderlo. ¿Por qué sentían la necesidad de ataviarse de esa forma para hacer su entrada? Los ciudadanos aplaudían eufóricos al ver a la aristocracia ingresar al Congreso. Todo aquello desafiaba el sentido común.
— Conde.
— Dígame, Regente.
— ¿Cree que toda esa gente reunida ahí comprende lo que sucede en el interior?
— Lo único que entienden es un simple hecho.
— ¿Y cuál es?
— Saben que el día de hoy alguien perderá la vida y que se hará justicia. Para ellos, es como una lluvia revitalizante en medio de sus áridas existencias.
— Y su única esperanza es que la persona que perezca sea yo.
— Ese sería el anhelo compartido por todos.
El anhelo compartido por todos…
Experimentando un profundo déjà vu, se dio cuenta de que nada había cambiado; las cosas seguían igual que siempre.
— Prepárense. Es nuestro turno de ingresar.
— Entendido.
Ferda se había anticipado a este escenario. Consillus había cedido a sus propios caballeros para escoltar a Ferda. Al llegar su momento, Ferda avanzó.
La marcha de la nobleza era tan suntuosa como se esperaba: desfilar con armaduras ceremoniales para impresionar al público era el estándar. Viajar en carruajes luciendo sonrisas altivas era lo habitual.
Pero Ferda, montado en su carruaje, no esbozó ni una sola sonrisa. A su lado, Consillus compartía su semblante solemne, y lo mismo ocurría con los caballeros de su escolta.
La marcha de Ferda era de un tono gris apagado y melancólico, una estampa lúgubre que jamás se había presenciado en el imperio. Sobre los vistosos adoquines, aquel rastro de grisura y cicatrices avanzaba lentamente. Parecían las filas de un ejército destrozado regresando a casa.
Sin embargo, no eran soldados derrotados. Eran, indudablemente, los mismos guerreros que se habían lanzado al ataque contra colosales bestias, que habían marchado sobre los campos de batalla para asegurar la victoria.
Exhibían sin reparo alguno el aspecto de tropas que habían sobrevivido a horrores nunca antes imaginados dentro del imperio. Todos ellos habían estado al borde de la muerte, y cada uno había presenciado la caída de alguien cercano: un amigo íntimo, un subordinado leal o un familiar querido.
Lo que los unía era que, a pesar de todo, habían seguido avanzando. Con el fin de resguardar lo que dejaban a sus espaldas, habían entregado sus cuerpos al terror de la muerte y a la vorágine de locura que impregnaba el campo de batalla. Esa era la razón por la que algunos llevaban los cascos destrozados por la mitad, o mostraban corazas severamente abolladas a la altura del corazón. Lo único que se mantenía intacto era el estandarte que portaba el abanderado. Y aun así, el único elemento que resplandecía con auténtica majestuosidad era la bandera del propio imperio.
La multitud congregada no prorrumpió en ovaciones. Pero tampoco lanzaron críticas.
Quienes antes habían vociferado pidiendo la aniquilación del Lejano Oriente ahora callaban, y los agitadores infiltrados también optaron por el mutismo. Eran conscientes de que intentar provocar a esa procesión en aquel ambiente sería un acto suicida.
Como todos los presentes alguna vez habían enfrentado campos de batalla donde la muerte acechaba, y siendo todos patriotas que habían luchado por el imperio, la multitud en pleno optó por inclinar la cabeza, ofreciendo un homenaje silente a los heridos y a los caídos.
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