Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 160
Capítulo 160: Política Inútil
Olivia se acercó a Ferda luciendo una sonrisa.
Él optó por saludarla por pura educación.
—Mis saludos para la Princesa.
—Shh.
Su dedo rozó delicadamente los labios de Ferda.
El toque fue suave y liberó una profunda fragancia a flores.
—En este lugar no soy una Princesa. Vine como una fiel más, integrando el grupo de auxilio.
—¿Ah, sí?
—¿Qué lo trae por estos rumbos, señor Ferda?
No podía confesarle que había ido a reunirse con su espía, por lo que decidió inventar una excusa.
—Un pordiosero me arrebató una moneda de oro y salió corriendo, así que vine persiguiéndolo.
—Por más furioso que estuviera, ¿qué pretendía lograr viniendo tan lejos?
—Tiene razón.
—Debe haber una multitud de personas vigilando los pasos del Regente. No podemos permitir que su identidad quede expuesta de esta forma.
Olivia soltó una risilla suave y le hizo un gesto a alguien a sus espaldas.
Uno de los sujetos que la escoltaba sacó una capa y se la dio a Olivia.
—Acompáñeme simulando ser mi guardia.
Ferda observó la capa con atención.
En circunstancias normales, la habría rechazado y continuado su camino.
Pero el motivo principal de sus dilemas de las últimas horas se encontraba parado justo frente a él, ¿no era así?
Tal como mencionó Garnet, interrogar directamente a la involucrada también podía ofrecer una salida.
—De acuerdo.
Ferda se colocó la prenda.
—Manténgase junto a mí. Un poco más pegado.
Haciendo ver inútiles a los demás escoltas que iban con ella, Olivia posicionó a Ferda justo a su lado.
Ferda la interrogó con un gesto de incomodidad.
—¿No estamos demasiado cerca?
—Pensé que tal vez tendría algo importante que decirme. ¿Acaso no es por eso que accedió a esta extraña solicitud?
Su intuición era asombrosamente aguda.
—Pero antes de entrar en materia, hagamos una pequeña labor juntos.
—…Comprendido.
No le intrigaba saber los motivos de la presencia de Olivia allí, pero dado que el asunto que debían tratar no era cualquier cosa, no le quedó otra opción que aceptar de buena manera.
El rumbo que tomaron los llevó a la guarida de los mendigos.
Pieles oscurecidas por la falta de baño.
El hedor humano, muy distante de ser agradable, se arremolinaba en el ambiente, y los sollozos de un chiquillo le ponían voz a la miseria.
En medio de un escenario así, Olivia destacaba como un destello de luz solitaria.
Los pordioseros exhaustos y sin energía recobraron la vida al verla.
Incluso los pequeños que se encontraban escondidos formaron filas y se hincaron en el suelo.
¿Acaso habían reconocido a la Princesa?
Nada de eso.
Se trataba de parias sociales que jamás tendrían la oportunidad de ver el rostro de la realeza.
Para ellos, las figuras celestiales eran los matones del barrio y los grupos de auxilio de la Religión de Alte.
Seguro dedujeron que ella pertenecía a estos últimos debido a sus ropajes.
Olivia también había llegado a ese lugar con idéntico objetivo.
Lo que los acompañantes de Olivia cargaban eran raciones de ayuda.
En cuanto sacaron las hogazas de pan recién hechas y unos vasos con agua, Olivia los entregó uno a uno.
—Esta es la piedad y la misericordia de Alte, la Luz Todopoderosa.
Olivia pronunciaba esas palabras, y los mendigos replicaban de forma automática.
—Agradecemos la bendición del Gran Alte.
De esta forma, los fue atendiendo individualmente.
Requirió bastante tiempo y, por encima de todo, era una labor pestilente.
Al mirar sus delicadas manos, algunos individuos le rozaron sutilmente los dedos, anhelando sentir ese contacto aunque fuera por un instante.
Sin embargo, Olivia no exhibió ninguna mueca de asco ni se alejó espantada.
Cuando por fin terminó de repartir todo el pan y el agua, sus bellas manos lucían manchadas de suciedad.
—¿Esto forma parte de su preparación para ser Santa?
indagó Ferda.
Olivia se aseó las manos con un pañuelo aromático y le contestó.
—¿Me creería si le confieso que llevo haciendo esto desde hace mucho tiempo?
Ferda replicó sin rodeos.
—No me parece muy convincente.
No se trataba de cualquier persona, sino de la propia Princesa.
Y que dicha Princesa, cuya mente era un nido de conspiraciones, exhibiera tal compasión por los seres humanos le resultaba poco creíble a Ferda.
—Era de suponer, ¿no?
Olivia simplemente soltó una carcajada natural ante su comentario.
—Como ya le mencioné, hay demasiada gente poblando este Imperio. Al ser tantos, olvidamos el valor incalculable de la vida humana. Como si se tratara de sustituir engranajes en una máquina gigantesca.
Aunque perezcan incontables personas, la capital del Imperio no sufrirá ningún rasguño.
Olivia ya había planteado una salida a este conflicto.
—Por esa razón usted afirmó que hacía falta una Segunda Capital.
—Así es. Uno solo dimensiona el valor de las cosas cuando se topa con la amenaza de perderlas.
Esto también podía interpretarse como una táctica para ganar respaldo político.
Pero ni siquiera los aristócratas, que tanto presumían de su nobleza frente al pueblo llano, se involucraban en ayudar a los demás de la manera en que lo hacía Olivia.
Valdemar Golt, aclamado como el Héroe del Pueblo, ni siquiera consideraba a los marginados como seres humanos.
Sin duda, su comportamiento nacía de una firmeza que iba más allá de la simple política.
Al contemplar su forma de actuar, Ferda tomó una decisión y empezó a hablar.
—El Archiduque Golt me hizo una oferta.
La sonrisa se borró del rostro de la joven.
—¿De qué tipo de oferta hablamos?
Ferda contestó con total serenidad.
—Aseguró que garantizaría la protección del Lejano Oriente si accedía a entregarla a usted.
—¿Y usted aceptó?
Contrario a lo que cualquiera imaginaría, no mostró sorpresa, sino que pasó a la siguiente interrogante.
—Pospuse mi contestación. Fue una decisión unilateral de su parte.
—Eso da qué pensar. Significa que rebosan de seguridad.
—Eso parece.
Tras esas palabras, se instaló un silencio tenso.
No era posible descifrar la expresión que ocultaba bajo la capa.
Ferda sintió la punzada del arrepentimiento por haber formulado una pregunta prescindible.
Mientras avanzaban, sus pasos se detuvieron de pronto.
Su vista, velada por la prenda, se enfocó en un punto.
En aquel lugar, una mujer anciana y un chiquillo escuálido clamaban por caridad.
El niño reposaba inerte en los brazos de la mujer, mientras ella sostenía un cuenco de madera implorando compasión.
—¿Está enterado de esto?
habló Olivia, observando a la anciana.
—¿De qué?
—El Archiduque Valdemar Golt decretó hace tiempo una medida para esta clase de personas en la ruina. Instrucción gratuita. Les dio la oportunidad a los niños que ni siquiera tenían acceso a agua para bañarse de que aprendieran a leer, escribir y hacer cálculos matemáticos.
La lectura y la escritura eran un privilegio exclusivo de las altas esferas.
A la par, el dominio de las letras significaba la oportunidad de cimentar un futuro partiendo desde la clase plebeya.
—¿No le parece que es una ley a la altura de un héroe de la gente común?
—¿Acaso no lo es?
—No, en absoluto. Él instauró esa normativa porque era consciente de que solo era una fachada atractiva, una ley sin utilidad real.
Señaló con la barbilla al muchacho en los brazos de la mujer.
Para esa gente, conseguir el sustento inmediato es mucho más crucial que recibir educación para aspirar a un mañana lejano. Resulta más productivo emplear al menor como un medio para despertar lástima que apostar el porvenir en él. Es por ello que administran un negocio rentando a los niños de esta forma.
Rentando menores.
Al comprender lo que decía, Ferda se fijó en la mujer mayor y el niño.
En efecto, parecían completos desconocidos sin ningún rasgo en común.
—Por lo tanto, si de verdad se busca mejorar su futuro, no se le debe entregar dinero a los mendigos que suplican de esta manera. Si se les demuestra que alquilar chiquillos es rentable, terminarán viviendo únicamente como instrumentos de los adultos, heredando un ciclo de miseria.
Unas palabras despiadadas, pero cargadas de razón.
Parecía que iba a darse la media vuelta y hacer caso omiso, pero Olivia se inclinó y extrajo una moneda de plata de sus ropajes.
La anciana agachó la cabeza profundamente agradeciendo la limosna.
No importa qué tan analítica y metódica sea una respuesta, ella seguía siendo humana.
A fin de cuentas, una humana guiada por emociones que no podía simplemente dar la espalda a la tragedia que ocurría frente a ella.
—…Respecto a la propuesta del Archiduque Golt.
pronunció Olivia.
La emoción se asomó en sus palabras.
Ferda reconocía a la perfección esa clase de sentimiento.
Una aflicción profunda y un enojo feroz se entrelazaban, forjando un arma gélida.
—Acepte el trato.
Era sed de venganza.
Segundo día en el Imperio, por la mañana.
Rompiendo con la tranquilidad de un día soleado, se desató una embestida en contra de Ferda.
Afuera de la opulenta posada donde este se hospedaba.
Una comitiva se trasladó hasta el lugar y erigió una tarima.
Una vez que el entarimado estuvo listo, un sujeto de mediana edad vestido con finas prendas subió a él.
—¡Ciudadanos del Imperio, les ruego que me presten atención!
Apoyado por un hechicero, empleó un conjuro de amplificación para captar la mirada de los transeúntes.
—¡Me presento hoy ante ustedes para denunciar a un homicida!
Semejante acusación atrajo rápidamente a una muchedumbre.
—Mi nombre es Peri Urey. ¡Soy un Duque perteneciente al Reino de Heinkel, un noble ajeno a este Imperio!
El rango de Duque es equiparable al de un monarca en una nación.
Ver a un personaje de tal calibre de pie en la vía pública dirigiéndose con respeto a los plebeyos era una escena completamente inaudita.
—¡El día de hoy estoy aquí como un padre al que le han arrebatado a su hijo! El nombre de mi hijo es Marcus. A diferencia de este inútil padre, él era un joven con un futuro brillante. ¡Sin lugar a dudas habría gobernado nuestras tierras de forma magnífica, a diferencia de su fracasado progenitor! ¡Un chico así…!
Las manos del Duque Urey temblaban.
El dolor de perder a un descendiente sobrepasaba cualquier título nobiliario.
—Mi muchacho asistió al Festival de Primavera y fue emboscado, desapareciendo sin dejar rastro. Hasta ese momento, mi única hipótesis era que se trataba del ataque de alguna bestia. Pero bajo la mirada de la Gran Alte, ninguna sombra puede permanecer oculta para siempre.
Las emociones se desbordaban.
El ambiente se tornaba cada vez más intenso.
—¡He descubierto quién asesinó a mi hijo, y he venido a denunciarlo públicamente!
El Duque Urey apuntó con el dedo a la lujosa posada y proclamó:
—¡El Regente y futuro esposo del Gran Ducado de Valdrova, Ferda Valdrova! ¡Ese sujeto es el criminal que le quitó la vida a mi hijo!
Todo marchaba de acuerdo al libreto.
El Duque Urey se ganó la compasión de la gente en su papel de padre destrozado, y el rumor se esparció como pólvora.
Existe el dicho de que un rumor viaja mil leguas sin usar los pies, pero este invadió toda la región en apenas un par de horas.
Era evidente que alguien había movido los hilos desde las sombras.
Pero, ¿qué relevancia tenía quién estaba detrás?
Para aquella gente, lo verdaderamente importante era que el Duque Urey había perdido a su primogénito, y que Ferda Valdrova era el responsable de su muerte.
Ferda se puso en marcha para acudir nuevamente al Congreso Dorado.
Al instante de poner un pie afuera, miradas incisivas se clavaron en él.
Si el plan hubiera seguido su curso exacto, la campaña de desprestigio habría iniciado el día anterior, pero apenas comenzaba.
—Lo escoltaré para que llegue a salvo.
El semblante del Conde Consillus se ensombreció, luciendo como el de un soldado a punto de marchar al frente.
Él tenía muy claro que si cualquier proyectil lanzado por esa turba llegaba a impactar el cuerpo de Ferda, las consecuencias serían irreparables.
Montado sobre su corcel, Ferda examinó a la multitud.
«Furia y desprecio…»
Ferda no dejó escapar ni una sola emoción.
No le interesaba comprender a quienes desataban su ira movidos por la ignorancia, ni mucho menos buscaba que ellos lo comprendieran a él.
Fue así como ingresó al Congreso Dorado.
El devoto prometido Ferda había pasado a ser un criminal y el centro de los rumores.
Curiosamente, las inspecciones por parte de la guardia se volvieron todavía más rigurosas.
—Regente.
Antes de adentrarse en el Congreso, un anciano detuvo a Ferda.
El artífice de todo este caos.
Valdemar Golt se encontraba allí asumiendo el rol de juez principal.
—¿Está listo para entregarme una contestación sobre mi propuesta?
Todo concluiría si sencillamente decidía vender a Olivia.
Ella misma se había puesto como anzuelo.
Si entregaba a Olivia, los conflictos del Lejano Oriente se resolverían sin complicaciones.
—Así es.
Replicó Ferda.
—Por desgracia, los sentimientos de una persona no son algo que esté en mi poder modificar.
—…¿De verdad?
Valdemar no rogó de forma lastimera ni perdió los estribos.
Se limitó a asentir, como si lo comprendiera a la perfección.
—Entiendo su postura claramente.
La quietud que precede al huracán.
Suponía que anticipar ese desenlace le ahorraría el desasosiego, pero se equivocó.
Su mente se serenó, y experimentó la sensación de que todas las angustias que atormentaban a Ferda se habían disipado.
Ferda se acomodó en su lugar en silencio.
—En vista de que todos se han acomodado, daremos inicio a la asamblea.
El recinto guardó silencio ante el anuncio del Presidente Acad.
—Antes de proceder con el tema de la adquisición de la tecnología magitecnológica, me gustaría tocar primero un crimen imperdonable.
Todos los presentes eran conscientes de a qué crimen se refería.
—Regente Ferda, ¿sería tan amable de presentarse en el estrado de los testigos?
Ferda subió hasta ese sitio como si ya lo tuviera previsto.
—Regente Ferda, como es de su conocimiento, en estos momentos se le señala como el autor de la muerte del hijo del Duque Urey.
Un rumor sin piernas avanza velozmente, y su resolución es igual de rápida.
Y el Duque Urey ha elevado una protesta formal ante nuestro Imperio. Para darle cauce a este escenario que amenaza la diplomacia internacional, hemos autorizado la presencia de un señor feudal del Reino de Heinkel en este Congreso Dorado.
Acompañando sus palabras, el Duque Urey hizo su entrada.
Era el primer rostro con el que se topaba desde el Gran Concilio.
Sin embargo, aquel Duque Urey desconcertado y débil de ese entonces había desaparecido por completo.
Era idéntico a la descripción que había hecho Valdemar Golt.
«El semblante de un hombre que ya no tiene nada que perder.»
Sus ojos llameaban con ansias de venganza, decidido a arrastrar a todos con él ahora que el mundo le había arrebatado todo.
«…Esto no basta.»
Ferda requería de una confirmación absoluta.
—Regente Ferda, ¿confiesa haber asesinado al descendiente del Duque Urey?
Interrogó el Presidente, y Ferda se dispuso a contestar.
Sus ojos se fijaron en el Duque Urey.
—Marcus Urey…
Ferda hizo lo que mejor sabía hacer.
—Cometió una atrocidad que ameritaba la pena de muerte.
La cólera del Duque Urey estalló.
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