Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 159
Capítulo 159: El Valor de la Princesa Imperial
Ferda contestó:
—Es una mujer deslumbrante.
Podía afirmarlo con total serenidad.
—Es bella. Por algo es conocida como la Flor del Imperio.
Valdemar suspiró con evidente desagrado.
—Si se tratara solo de belleza, sería estupendo… el inconveniente es que va más allá de eso.
—¿De veras?
—No finja ignorancia. Un hombre como usted, que no se deja deslumbrar por el físico ni por el sentimentalismo, seguro ya percibió su auténtica esencia.
—¿A qué se refiere exactamente, Archiduque Valdemar?
—Me refiero a que esa joven es mi pareja destinada.
Ferda caviló:
«¿Acaso este viejo está perdiendo la cabeza?»
—Seguro piensa lo mismo. Que este anciano está deseando a una chica en la flor de la juventud. Que a mi edad lo mejor sería fallecer con honor.
Al parecer, él era consciente de la opinión que los demás tenían de su persona.
—Pero sin importar lo que opine el resto, tengo la certeza de que Olivia será mi compañera predestinada.
Su voz sosegada destilaba un rastro de demencia.
El juramento del Emperador tenía precisamente el propósito de unir a Olivia con Valdemar.
—Mi amor destinado continúa deambulando. Y…
Su gélida mirada se posó sobre Ferda.
—Usted se está convirtiendo en el obstáculo donde su vagar planea detenerse.
—…
El rostro de Ferda reflejó repugnancia.
Garnet le había mencionado en el pasado a la persona que pereció envuelta en las redes de Valdemar.
—Tengo entendido que su destino es Stella Arken, ¿no es así?
La hermana mayor de la Princesa Olivia, Stella.
Era de conocimiento público que ella había fallecido trágicamente tras el colapso de un balcón.
Sin embargo, la verdad era que se había quitado la vida, y Valdemar orquestó toda la situación empujado por su manía de poseerla.
—Ah. Stella… así es… Stella también fue real.
Lágrimas brotaron de los ojos de Valdemar al lamentarse pronunciando aquel nombre.
—Pobre criatura. Si esa pobre joven no hubiera tratado de oponerse a su propio destino, esto jamás habría ocurrido…
Esa faceta contradictoria evidenciaba que hablaba en serio, logrando que a Ferda se le pusieran los pelos de punta.
—Dado el triste final de Stella… jamás permitiré que vuelva a marcharse. No puedo perder a la mujer de mi destino por segunda vez.
Tras secarse el llanto, sus ojos volvieron a mostrarse yermos.
Definitivamente era un hombre destrozado sin salvación alguna.
Ferda le sostuvo la mirada y replicó:
—Déjeme aclararlo una vez más. La Princesa no me interesa en lo absoluto. Aún si ella me tiene estima, no es un interés romántico, y aunque así fuera, yo no lo necesito.
—¿De verdad?
La presión asfixiante cedió levemente ante la determinación de Ferda.
Sin embargo, pronto dudó de si había cometido un error.
La expresión de Valdemar se volvió aún más lúgubre.
—En ese caso, tal vez pueda darme una mano.
—¿Para qué?
Él lanzó su oferta:
—Haga que esa chica, Olivia, acepte que soy su destino.
Ferda subió al carruaje y abandonó el Palacio Imperial.
Desde que salió de la sala de audiencias, las frases de Valdemar daban vueltas en su mente.
—Como mencioné, este Imperio ya está atestado de individuos sin lealtad a la patria. Que usted tampoco lo ame solo suma un individuo más a la lista de los que no tienen patriotismo.
Ferda apenas representaba una gota de agua cayendo en un río caudaloso.
Presentó la recompensa por su trato de esta forma:
—Si decide colaborar, puedo consolidar la situación en el Lejano Oriente. Puedo otorgarle una autonomía tan robusta que sería prácticamente idéntica a la separación e independencia total.
La oferta de Valdemar carecía de precedentes, al punto de rozar la alta traición.
Bajo el estandarte de un Imperio unificado, una idea así sería inaceptable en circunstancias normales.
«¿Tanto valor tiene Olivia?»
Una fijación que rayaba en lo espeluznante.
¿Cuál fue la reacción de Ferda en ese instante?
No fue capaz de contestar de inmediato.
Justo mientras elaboraba su respuesta, Valdemar decidió posponer la charla.
Por ende, en vez de dar una contestación, la oferta resonaba sin cesar en sus pensamientos.
«Olivia Arken.»
Ella no pudo alzarse como Santa y terminó desestabilizando al país con sus encantos.
Hasta eso resultó en un fracaso.
«No obstante, las cosas han cambiado.»
Ella, que permanecía estancada en el Tercer Círculo, ahora había avanzado al Cuarto Círculo, encaminándose firmemente a convertirse en Santa.
Una oportunidad despertó en ella, dotándola de capacidades a la altura de esa promesa.
Olivia era astuta para las tácticas y la política.
Con todo, existían demasiados factores impredecibles.
Para la aristocracia que la rodeaba, el peso de Olivia como Princesa resultaba incalculable.
Para las damas jóvenes, representaba un escalón dorado; para los caballeros, la ilusión de un relato de fantasía; e incluso los ancianos influyentes como Valdemar vigilaban sus encantos como aves de rapiña.
Si ella abría sus alas para ascender, ellos se lanzarían a atraparlas y arrancárselas.
Se mostraba firme en todo aspecto, pero la acechaban peligros mucho mayores de lo que cualquiera imaginaría.
En contraste, Valdemar era inquebrantable en todo.
Gozaba del respaldo de la gente común y de la nobleza, siendo el verdadero líder en las sombras.
Si él le brindaba su apoyo a Ferda, cualquier amenaza venidera en el Lejano Oriente podría esfumarse por completo.
«Y todo a cambio de vender a una mujer.»
Un trato repugnantemente sencillo.
Cambiar una posibilidad volátil por un socio firme.
Una encrucijada desagradable, pero al mismo tiempo tentadora y audaz.
«¿Así que despedirse sin oír mi respuesta fue parte de su juego?»
Una técnica sumamente hábil.
Reflexionar demasiado vuelve a uno más precavido, pero también infunde temor.
Ese temor empuja a elegir la vía segura por encima del riesgo.
—Regente-nim, hemos llegado.
El carruaje detuvo su marcha ante la espléndida posada donde se alojaba Ferda.
Los caballeros que vigilaban el acceso lo reconocieron, hicieron una reverencia y abrieron las puertas.
Sin embargo, en lugar de ingresar, Ferda se desvió hacia un costado.
—Saldré a caminar un rato.
—Entonces iremos con usted…
—Iré en solitario.
Respondió de manera cortante, aparentando estar abrumado por sus pensamientos, y trató de esquivar a su escolta.
Los guardias no podían simplemente acatar la negativa de un noble que afirmaba no necesitarlos.
Siguieron a Ferda sigilosamente.
No obstante, al momento en que Ferda se internó en un callejón estrecho, su tarea fracasó por completo.
Se había esfumado sin dejar pista alguna.
—¿Eh?
—¿Pudiste ver en qué dirección se fue?
—No, no vi nada. Literalmente se evaporó en el aire…
Creyendo que se había marchado a una velocidad asombrosa, los caballeros se apresuraron, pero por más que miraron, no hallaron ni rastro de él.
—¡Separémonos y busquemos! ¡Si lo perdemos de vista, nos cortarán la cabeza!
A diferencia de lo que suponían los escoltas, Ferda apenas había doblado la esquina y permanecía inmóvil.
Había asimilado las Artes Sombrías del Archidemonio Barbatos.
Sombra Interior.
Un conjuro de ocultamiento que enmascara la figura, la presencia y hasta el ruido propio dentro de la oscuridad, burlando incluso la magia de rastreo.
Era mejor que otros hechizos de sigilo del mismo nivel porque no detonaba las alarmas mágicas, pero poseía un defecto mortal.
«Si me ilumina la luz, me descubrirán enseguida.»
Si los guardias hubieran llevado al menos un pequeño farol, Ferda habría sido expuesto.
Pero se encontraban en la Capital Imperial.
Quitando las avenidas principales, era un auténtico laberinto donde abundaban los rincones lúgubres.
Sorteando así a los vigilantes, Ferda emprendió la marcha hacia un punto específico.
Se dirigió hacia un callejón trasero con un hedor a cloaca, muy distante de los deliciosos aromas culinarios y florales.
Al adentrarse, apareció ante él un barrio marginal donde convergían las aguas negras y todos los desperdicios.
Los mendigos descansaban sobre el suelo manchado de suciedad, suplicando por una limosna.
Ferda los ignoró y continuó su camino.
Sus pasos lo llevaban hacia una meta precisa.
—Mi Señor… le ruego, aunque sea una moneda…
Una anciana indigente aguardaba allí, rogando con voz áspera.
Postrada de rodillas en el barro, sostenía un tazón de madera.
En ese instante, quedó a la vista un tatuaje en la muñeca de la pordiosera.
Ferda sacó una moneda y la depositó allí.
Entonces la anciana volvió a pegar su frente al suelo en señal de agradecimiento.
—Mis saludos al Regente-nim.
¿Qué había pasado con la voz áspera? Ahora se escuchaba el tono de una muchacha joven.
Era la voz de Garnet.
—¿Nos movemos a otro sitio?
—No hace falta. Toda esta zona está bajo mi dominio. No existe ninguna fisura por donde se filtre información.
Ferda expandió sutilmente su sombra para escanear el área.
Como ella indicaba, había individuos escondidos por aquí y por allá, vigilando y protegiendo el perímetro.
Ferda bajó la guardia y comenzó a hablar.
—¿Qué arrojaron los resultados de la inspección?
—Siendo franca, volvieron a superar las proyecciones.
—¿Hubo algún fallo en mi proceder?
—Para nada. La respuesta en sí fue excelente.
Ella había escuchado completo el discurso de Ferda y hasta había comprobado las reacciones del público.
Los niveles sobrepasaban cualquier cálculo inicial.
—Dado que la acogida fue tan positiva, el margen para que el enemigo ejecute una maniobra contundente se ha expandido aún más.
Una complicación originada por haber tenido tanto éxito…
Ferda comprendía en qué consistía esa maniobra contundente.
—Parece que el Archiduque Golt ya utilizó la baza de Urey.
Garnet, que mantenía la cabeza gacha, levantó la mirada.
—¿De forma directa?
—Así es.
—Que ese sujeto se pronuncie públicamente… indica que está listo para bloquear todas las salidas.
Ferda había raptado al hijo del Duque Urey poco antes de que concluyera el Festival de Primavera.
Todo porque el joven ofendió públicamente a un dragón durante el banquete.
Lo sometió a tormentos, buscando que padeciera dolores peores que la misma muerte.
Sin embargo, no logró su cometido.
El muchacho se quitó la vida antes de que eso sucediera.
Ferda, en su calidad de implicado y sospechoso, conocía los detalles del suceso.
Pero, ¿qué pensaría alguien ajeno a la situación?
Valdrova ostentaba el título de Archiduque, y como tal, tenía el deber de acatar las normas imperiales.
Conforme esa presión aumentara, los acontecimientos tomarían un cauce distinto de manera inevitable.
‘Magia Negra.’
La idea de que el hijo de Urey no falleció por causas físicas, sino por obra de la magia negra.
El origen de esa hechicería oscura y su forma de manifestarse tendrían que ser investigados a fondo.
Estaba claro quién se haría cargo de este asunto sin necesidad de averiguarlo.
‘Erdes.’
Seguramente ella aguardaba esta oportunidad.
La figura de mayor autoridad mágica en el Continente Serdes, y al mismo tiempo, alguien que repudia la magia negra con toda su alma.
Aun si ella descubre que el poder que Ferda usó no provenía de él, existía la posibilidad de que decidiera ocultarlo a propósito.
—¿Qué opina que ocurrirá?
—En primer lugar, la facción del Duque Urey tiene previsto hacer una denuncia pública frente a la posada donde se hospeda el Regente-nim. Simultáneamente, agitadores distribuidos por toda la región esparcirán rumores, de modo que para cuando nos dirijamos al Congreso Dorado, toda la gente ya estará enterada.
—Comprendo. ¿Existe alguna otra contingencia aparte de esa?
—Hay un detalle más.
—¿De qué se trata?
—El asistente del Príncipe Alexander buscó entablar contacto en la Aldea Hestia.
—¿Con quién?
—Con William, el Capitán de la Guardia.
Él era un caballero aprendiz al servicio del Duque Urey.
—¿Y qué sucedió?
—Se dice que abandonó su puesto de Capitán de la Guardia y se marcharon juntos usando teletransporte. La intención clara es presentarlo como testigo.
…
William empuñó su arma para defender a la gente corriente.
Pero, ¿qué pasaría si descubre que Ferda en realidad domina la magia negra y asesinó al vástago de Urey?
Sumado a ello, Ferda se clavó un puñal en su propia mano por un arranque de furia.
Trató de arruinarle la mano, la cual representa la vida misma de un caballero.
No resultaría descabellado que tomara la drástica decisión de revelarlo todo.
—Hemos dado con su paradero actual.
—Entendido.
—Si representa una fuente de inestabilidad, deberíamos evaluar la opción de suprimirlo.
Asesinarlo, ¿eh…?
Erdes detesta a Ferda, y la Iglesia de Alte rechaza rotundamente cualquier vínculo con la magia negra.
Aunque no ocurra hoy, el día de mañana los enemigos aumentarán a dos.
Bajo estas circunstancias, lo ideal es no sumar más adversarios, y si es posible conseguir un aliado, rozaría el milagro.
—Es momento de analizar la exigencia de Valdemar…
—¿Qué fue lo que pidió el Archiduque?
—Aseguró que me dejaría en paz respecto al Lejano Oriente si lo ayudaba a convertir a Olivia Arken en su mujer.
—…Se refiere a la Princesa.
Ella soltó un suspiro al notar los matices.
A estas alturas, Garnet estaba al tanto de que la Princesa operaba como una aliada al interior del Imperio.
—¿Qué planea hacer?
—No estoy seguro. Podría conseguir su objetivo y luego romper su promesa, ¿verdad?
—Eso no pasará.
Garnet replicó ante la desconfianza de Ferda.
—¿Usted cree que cumplirá su palabra?
—Su fijación con Olivia Arken llega a esos extremos. De hecho, justo antes de hacerse con Stella Arken, llegó a nombrar un heredero y planeó su retiro definitivo. En el momento en que obtenga a esa mujer, el destino del Imperio pasará a ser irrelevante para él.
La ambición humana es insaciable.
En situaciones normales, Ferda desestimaría tales palabras, pero ya había ocurrido algo idéntico antes.
‘Henri Dandolo.’
Envió a la muerte a su propio padre y le cedió la empresa mercantil a Ferda.
Todo con el único fin de poseer a la hija mayor de la Compañía Pascal.
—¿Cuál sería la mejor alternativa?
—La Princesa representa el lado en el que podemos confiar, pero la evolución del plan no es una garantía. Por su parte, la influencia de Valdemar brinda resultados inmediatos y seguros. Si tan solo fuera alguien de fiar.
Las ventajas y desventajas saltaban a la vista.
Y la gran mayoría se decantaría por Valdemar; de hecho, la propia razón de Ferda apuntaba hacia allá.
—Por el momento…
Ferda giró instrucciones a Garnet.
—Continúe de acuerdo al plan.
—…¿De verdad el Regente-nim cree que se oculta entre ellos?
—Sin duda alguna.
Ferda pronunció un término repulsivo.
—Esos malditos desgraciados.
Fue lo que dijo el hijo de Urey antes de perecer.
Bienvenido a este mundo despiadado.
Podía tratarse de una simple contraseña pactada, pero Ferda tenía otra perspectiva.
‘Eso fue un aviso.’
Los demonios aguardaban con ansias que se diera esta situación exacta.
Que en esa guerra de posiciones optaran por la Capital Imperial y abandonaran el Lejano Oriente.
Era una táctica de presión para asfixiar al Lejano Oriente.
Las posturas de todos encajaban a la perfección, derivando en una corriente sumamente perversa pero elemental.
Como encontrarse al filo de un precipicio, donde basta un ligero toque por la espalda para que todo se salga de control.
—Pondré todo mi esfuerzo en investigar, aunque indagar sobre un enemigo sin rostro podría resultar en vano.
—¿A qué se refiere con en vano?
—Para cuando logremos identificarlos, es probable que ya sea muy tarde.
En esta asamblea posterior a la guerra se decide la existencia misma del Lejano Oriente.
Para él, que soporta semejante responsabilidad, resulta imposible tener una idea clara de cómo proceder.
¿Cuál debería ser el siguiente paso…?
—Tal vez, consultarlo con la propia involucrada también sería una alternativa válida.
—¿Con la propia involucrada…?
Garnet señaló con la barbilla hacia la oscuridad del callejón.
Desde aquel sitio se percibía el sonido de unas pisadas acercándose.
La voz de Garnet se transformó poco a poco en el chirrido de una tiza sobre una pizarra, para luego retornar a la de la anciana.
—Esta humilde servidora se retira ahora.
Se marchó rengueando, y los pordioseros que la vigilaban también se desvanecieron de la vista.
A la par, un grupo surgió desde el callejón.
Todos portaban las capas puestas del revés.
Aquellos que llevaban prendas de tono gris oscuro poseían espaldas anchas y prominentes.
En medio de ellos, la persona ataviada de blanco con bordados de hilo dorado era menuda y de baja estatura.
¿Podría decirse que era algo predecible?
A pesar de portar una pesada capa, resultaba imposible encubrir la belleza que resguardaba.
Era evidente a simple vista que quien se ocultaba allí no era otra que la Flor del Imperio.
—¿Oh, vaya?
Olivia Arken.
Ella dejó escapar una exclamación con su dulce voz, simulando sorpresa con total descaro.
—¿No es usted el Regente-nim?
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