Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 158
Capítulo 158. Patriota
Valdemar Golt.
La Casa Golt era un linaje fundador de gran prestigio, y sus herederos sostuvieron un renombre digno de tal posición.
Como suele suceder entre la nobleza hereditaria, cuando la generación pasada es excepcional, las exigencias para los sucesores crecen de manera natural.
No obstante, en la gran mayoría de los casos, no consiguen estar a la altura de esas desmesuradas expectativas.
El padre de Valdemar Golt encajaba en esa descripción.
Había forjado los triunfos más grandes en la historia de la Casa Golt, y existía la creencia de que Valdemar jamás lograría eclipsarlo.
Sin embargo, él trascendió incluso a ese padre para alzarse como un Gran Archiduque.
Jamás vaciló.
Ese fue el motivo por el que el Archiduque Golt alcanzó el triunfo.
Además de desplegar una estrategia elitista dinámica y una presencia digna de un héroe, también demostró audacia en sus conspiraciones en las sombras.
Si algo se interponía en su camino, lo eliminaba; ejecutaba el acto de matar una y otra vez.
A medida que Valdemar sumaba años y vivencias, era muy poco frecuente que valorara en exceso a quienes eran más jóvenes que él.
Esa inusual excepción era precisamente Ferda.
‘Ferda Valdrova.’
El prestigio de Ferda Valdrova en la capital imperial dejaba mucho que desear.
Ser exhibido como el futuro esposo del Archiduque equivalía a ser un vástago de bajo estatus sin ninguna utilidad, y Ferda encajaba a la perfección en ese perfil.
Quienes genuinamente lo consideraban un regente y líder competente no se diferenciaban de los ingenuos que aún daban crédito a los cuentos infantiles.
Además, ¿qué sentido tenía todo este espectáculo?
—El individuo que debería representar la imagen del dominio del Archiduque prestando a hacer semejante estupidez…
—Tal como se sospechaba, las habladurías sobre la nobleza terminan siendo nada más que eso.
Dado que avanzaba con un semblante impasible y sin mostrar una sola sonrisa de forma lúgubre, la respuesta de los nobles fue aún más dura.
Era exactamente igual a arruinar el ambiente de un festival en su mejor momento trayendo un aura de funeral.
No adaptarse a la atmósfera del lugar es un inconveniente grave.
Es un imbécil sin tacto, como la gente suele decir.
‘Eso parecía ser verdad, hasta que se rehusó a ceder.’
Los cuchicheos cuando se negó a doblegarse resonaron de esa forma en los oídos de Valdemar.
Lo arrinconó por completo.
Rechazar el dictamen del Cuartel General de Contramedidas de Crisis representó una acción que socavó su poder.
Ninguna persona en su sano juicio se atrevería a tanto.
Fue un comportamiento insolente que no demostró ningún tipo de deferencia hacia Valdemar, a quien se le conocía como el Héroe del Pueblo.
‘Sin embargo, no debí permitirle tomar la palabra en ese momento.’
Valdemar admitió que el error fue suyo, fruto de un exceso de confianza.
Jamás se le pasó por la mente que ese sujeto voltearía la situación usando el mínimo margen que se le había otorgado para que cavara su propia tumba.
Ese individuo, que parecía tan mecánico y despistado, dejó ver sus emociones en las palabras que dedicó a su prometida.
Ese sentimiento estaba respaldado por un propósito más grande y logró la fuerza necesaria para cautivar a los presentes.
Como si hincarse de rodillas hubiese sido solo una forma de tomar impulso, aprovechó la brecha y se alzó de manera directa.
Por ese motivo, no logró instaurar la idea generalizada de que la tragedia se desató debido al fracaso del Lejano Oriente en su labor defensiva.
Se vio en la necesidad de alterar el rumbo que estaban tomando las cosas.
Por ello, decidió posponer el veredicto y decretó una pausa.
‘Ferda Valdrova…….’
Valdemar repasó ese nombre y los datos asociados en su cabeza.
Evaluó su importancia en la balanza de su mente.
¿Qué tanto valor posee ese sujeto?
—Anciano.
En ese instante ocurrió.
Alexander se aproximó y se entrometió en sus pensamientos.
Valdemar escudriñó la mirada de Alexander.
Se percibía una profunda inconformidad en ellos.
—No tengo ningún tema que tratar contigo en este momento. Lárgate.
Valdemar le restó importancia y avanzó un paso.
—¿Acaso esto no contradice lo que habíamos acordado?
—¿Qué fue lo que acordamos? ¿No quedamos en que te perdonaría la vida?
—En efecto.
—Para ser una cabeza decapitada, está bastante bien sujeta a tu cuello. Los Dullahan se morirían de envidia.
—¡Eso es mentira…! Si le transfieres la regencia a mi hermano menor, a ese infeliz que en este momento acapara todas las miradas, ¿qué diferencia hay entre eso y ponerme una fecha de caducidad?
Alexander exclamó con un tono estridente.
Valdemar soltó un suspiro y volteó el rostro.
Su semblante destilaba un desprecio que helaba la sangre.
—Idiota. ¿Cómo es posible que no te des cuenta de que esa es la opción más favorable?
—La oportunidad se la entregaron a mi hermano menor, ¿de qué manera puede ser eso lo más favorable?
—Si te hubieras tomado la molestia de engendrar un príncipe en tus ratos de ocio, no habría existido la necesidad de llegar a estos extremos.
El rostro de Alexander adoptó un tono carmesí intenso.
—E-eso es…
—¿Qué sucede? ¿Te sientes humillado? Es lógico, debería darte vergüenza. Las malas lenguas aseguran que el organismo de la Princesa Heredera no es el adecuado para concebir, pero en el fondo sabes que el verdadero inconveniente está en ti.
—…
—Tu apariencia en este instante, con la cabeza agachada de esa manera, es el fiel reflejo de lo que cuelga entre tus piernas.
Simplemente chasqueó la lengua; no obstante, las piernas de Alexander experimentaron un cosquilleo adormecedor.
Con su moral hecha pedazos, Alexander ni siquiera fue capaz de articular una respuesta.
—Te lo repetiré. Te otorgué una oportunidad, muchacho.
—¿Hablas en serio cuando dices oportunidad?
—El trono de un rey es un lugar desde donde se deben tolerar todo tipo de ofensas. Destruir a alguien es tarea sencilla; aguantar es el verdadero reto. ¿Cuántos años te mantuviste en esa posición?
—Diez, una década entera.
—Exacto, diez años; ya tienes la edad suficiente para trazar letras con los ojos cerrados. Con solo echarle un vistazo al mapa del imperio, los escenarios se volverían nítidos en tu mente. Tienes el conocimiento de dónde se encuentran los focos de corrupción, dónde están a punto de detonar las emergencias.
Valdemar palmeó el hombro de Alexander.
—En lo que respecta a información, ya estás un paso adelante de Ureas. Se trata de un juego en el que llevas una ventaja de cinco movimientos y tres puntos a favor. Si no eres capaz de salir victorioso con esas condiciones, ¿no le resultaría menos doloroso a tu orgullo simplemente tirar la toalla?
—Le ofrezco mis disculpas, Anciano. Mis palabras fueron inoportunas…
—Basta.
No albergaba ni la más mínima esperanza en Alexander.
—¿Cumpliste con las instrucciones que te di?
—Sí, por supuesto. Brindó su colaboración de manera muy entusiasta.
—Excelente, así es como debe proceder…
La estrategia se desarrollaba sin contratiempos.
A pesar de ello, el gesto de preocupación en su rostro no cedió ni un milímetro.
Su cabeza estaba ocupada por una sola mujer.
—Hay un detalle que me causa curiosidad.
—Dígame, por favor.
—Acerca de Olivia.
Valdemar se inclinó hacia adelante y cuestionó.
—¿Cuál es la naturaleza del vínculo entre esa joven y el regente?
—¿Eh? Bueno… han conversado bastante y han forjado una cercanía, pero no hay ningún interés romántico entre ellos.
—¿Estás completamente seguro?
—¡D-desde luego! Al fin y al cabo, yo convivo con esa mujer la mayor parte del tiempo, ¿cómo no iba a conocer sus intenciones? El regente no es más que otro pez nadando en su estanque.
Afirmó estar convencido, pero esas palabras únicamente consiguieron avivar aún más las dudas.
Valdemar era un individuo aclamado como el Héroe del Pueblo.
Para conservar esa imagen, requería la destreza de penetrar en los verdaderos sentimientos de los demás, y tenía la convicción de que él poseía esa habilidad en gran medida.
Por lo tanto, también comprendía a la perfección la situación de Olivia.
Ella se escudaba constantemente tras una máscara, convirtiendo a los hombres en sus protectores para librarse de los problemas.
Olivia ejecutaba con maestría aquel acto de equilibrismo donde un mínimo error equivalía a precipitarse al vacío.
Su sonrisa, de apariencia reconfortante, ocultaba un témpano de hielo; su tono de voz ligero escondía una obstinación que se clavaba en la mente.
‘Una Olivia con esas características…’
No obstante, la expresión en los ojos de Olivia mientras observaba a Ferda era distinta.
Al contemplar ese rostro, acudió a su memoria la imagen de una mujer que había sepultado en los rincones más profundos de sus recuerdos.
Stella Arken.
‘La mujer que el destino me tenía reservada, pero que jamás pude hacer mía.’
Pero ese destino se esfumó en vano, igual que los pétalos de cerezo arrastrados por el viento.
Valdemar se llenó de arrepentimiento.
Por su propia avaricia, que terminó desafiando al destino.
Por el gélido desenlace fatal que el destino terminó fracturando.
Una sola ocasión bastaba para soportar ese sufrimiento.
No permitiría que se repitiera una tragedia similar.
Valdemar tomó la decisión de enviar un mensaje.
Tras la pausa de la sesión, Ferda se encaminó hacia el lugar donde se hospedaba.
El recinto en el que se alojaban era una distinguida posada reservada para la nobleza.
Una sola habitación gozaba de un tamaño considerable, pero Ferda había rentado la totalidad del lujoso establecimiento.
Eso no era todo.
Para extremar precauciones, colocó tiendas de campaña con el fin de evitar por completo cualquier tipo de filtración.
Consillus dirigió a sus subordinados en la revisión del perímetro de seguridad y volvió a la tienda para entregar su reporte.
—He inspeccionado todas las ventanas y no hay rastro de personas sospechosas en el área circundante.
—Excelente labor, Conde.
—No es algo que merezca el título de labor ardua. Una tarea tan básica como esta.
—No solo me refiero a la revisión de seguridad, también le hago llegar mi agradecimiento por su destacada participación en este Congreso Dorado.
Ante esas palabras, Consillus dejó escapar una pequeña carcajada.
—Ese es un tema por el cual soy yo quien debe estar agradecido. Desde que me instalé en el Lejano Oriente, han sido muy contadas las ocasiones en las que he podido asistir al Congreso Dorado…….
Si cualquier otro noble hubiera pronunciado esas palabras, habría parecido una fijación desmedida con el Congreso Dorado, pero viniendo de Consillus, se escuchaba genuinamente como el anhelo de representar al Lejano Oriente con honor.
—Ahora debemos enfocarnos en los preparativos para el día de mañana.
—Si existe alguna tarea en la que este viejo pueda ser de utilidad, le ruego que me lo haga saber. Lo seguiré con todo el gusto del mundo.
Consillus llevó una de sus manos al pecho y realizó una reverencia con suma cortesía.
—Le pido disculpas, pero de ahora en adelante, es preferible que se mantenga al margen de este asunto.
—¿Me permite conocer el motivo?
—Intentar resguardarme de manera inexperta podría provocar un efecto contraproducente. Llegados a este punto, limítese a observarme.
—Mmm…….
Consillus no fue capaz de contestar que estaba de acuerdo.
El destino del Lejano Oriente descansaba sobre los hombros de Ferda.
Contempló a Ferda con una mirada cargada de inquietud y, finalmente, dio su respuesta.
—Comprendido. Este viejo se mantendrá atento a los movimientos del Regente.
Consillus ofreció sus respetos e hizo el amago de retirarse.
En el momento exacto en que se disponía a abandonar el lugar, un caballero de la escolta levantó la tela de la entrada y se dirigió a Consillus.
—Regente.
Se acercó nuevamente a Ferda y le tendió el artículo que el caballero acababa de entregarle.
El semblante de Consillus no presagiaba nada bueno.
—Acaban de entregar una correspondencia.
Ferda abrió el mensaje.
El texto era breve y contundente.
—Dispondré de un carruaje. Acuda sin compañía.
La zona reservada para la firma mostraba el nombre de Valdemar Golt.
Ferda tomó la determinación de aceptar el desafío de esa nota con total disposición.
Un carruaje se estacionó frente a Ferda, y este procedió a ingresar a los dominios del palacio imperial.
Su presencia allí era claramente producto de la citación de Golt; sin embargo, la cantidad de individuos que le daban el recibimiento triplicaba o cuadruplicaba a los que estaban presentes cuando Olivia lo acogió.
Era una verdadera contradicción.
Él también acudía en calidad de invitado, y a pesar de ello, le daban un trato digno del anfitrión.
Ferda caminó en dirección a la sala de recibimiento donde aguardaba Valdemar.
—Es un placer recibirlo, Regente Ferda.
—Mis respetos para el Archiduque.
—No desperdiciemos el tiempo en saludos de cortesía o protocolos vacíos. Individuos de nuestra estirpe no requieren de esas cosas, ¿no le parece?
Si él lo expresaba de esa manera, a Ferda no le quedaba más remedio que sentirse agradecido.
—Comprendido.
Ferda irguió su postura y acortó la distancia.
Valdemar le hizo una seña a un criado.
El sirviente dispuso una tetera y licor, como si todo hubiese estado preparado de antemano.
Un té negro servido de manera impecable fue colocado frente a Ferda, y un vaso de whisky con rocas de hielo frente a Valdemar.
Ferda tomó un sorbo del té en primer lugar, manteniendo el silencio.
—Al analizar su forma de proceder, no puedo evitar sentirme genuinamente asombrado.
Valdemar hizo tintinear el hielo y se bebió el contenido del vaso de un solo trago.
—No cometí el error de menospreciarlo, pero tampoco le otorgué más crédito del merecido. Consideraba que mi plan estaba milimétricamente calculado, pero usted logró encontrar mi flanco débil.
—¿De verdad lo cree?
—Novato, tiene motivos para sentirse halagado. Que yo dedique palabras de elogio a alguien es un suceso extremadamente inusual. Su desempeño supera con creces al de ese infeliz de Alexander.
—Que me pongan en la misma balanza que al Príncipe Heredero hace que el cumplido pierda bastante de su brillo.
—Ese sujeto posee la actitud de un imbécil, pero cuenta con algo de sentido común. Sabe a la perfección a qué bando arrimarse para garantizar su supervivencia.
Valdemar dejó escapar una pequeña carcajada.
—Por lo visto, ya tiene un plan estructurado para enfrentar una situación como la de este aplazamiento, y tengo una idea bastante clara de cuáles son sus próximos pasos, así que abordemos ese tema.
Daba la impresión de que estaba intentando extraerle información.
Pero la situación tenía matices diferentes a un simple interrogatorio.
—Respecto a Lord Urey.
Ferda se sobresaltó al escuchar esa afirmación.
En ningún momento se le pasó por la cabeza que sacaría a relucir ese tema de forma tan directa.
—Es muy probable que sus espías ya le hayan informado, pero el Duque Urey ha hecho su aparición.
—¿De verdad?
—Desde que se vio sumergido en deudas, no se diferencia en nada de un felino al que le han arrancado los colmillos. Pero eso no implica que se le deba ignorar. ¿Tiene idea del motivo?
—Porque ya no le resta absolutamente nada que perder.
Valdemar asintió con la cabeza.
—La creencia popular dicta que el sufrimiento provocado por la pérdida de un hijo alcanza esa magnitud. Quienes se ven en esa situación suelen tomar caminos radicales. O bien la furia, o bien la resignación. Consillus optó por resignarse, mientras que Urey se decantó por la furia.
—¿En serio?
—¿Cree que está en sus manos contener semejante furia?
Es una incógnita.
La furia se comporta de manera similar al fuego.
Un incendio que ha alcanzado su punto más álgido es un fenómeno que ni siquiera Ferda se puede dar el lujo de subestimar.
Ante la falta de una respuesta inmediata por parte de Ferda, Valdemar prosiguió, como si el propio silencio fuese la contestación.
—Aparenta tener más sabiduría de la que yo suponía, por lo que este diálogo debería fluir sin problemas. Permítanos servirnos otro trago antes de continuar. ¿Qué me dice usted?
—Aún conservo la mitad de mi bebida.
—Ya veo. Entonces solo yo me serviré otro.
El sirviente retiró la cristalería que solo contenía hielo y depositó una nueva frente a él.
—¿Tiene conocimiento de cómo he logrado mantenerme con vida en este nivel hasta el día de hoy?
—No tengo la menor idea.
—Es porque soy un auténtico patriota. El motivo por el cual no he dado un paso al costado a pesar de mis años es porque aún poseo un corazón que sufre por esta nación.
Declaró, apurando el whisky de un solo trago.
—En este preciso instante, el imperio atraviesa por un periodo de total anarquía. Los campesinos de las zonas rurales, cuya labor debería ser cultivar la tierra, se están agrupando para convertirse en delincuentes y alterar la paz social. Se están transformando en parásitos que devoran el país desde sus cimientos.
Cualquiera podría asumir que se trataba de las incoherencias de un hombre ebrio, pero no había ni un solo rastro de duda en la mirada de Valdemar.
Ferda experimentó una sensación de curiosidad y procedió a interrogarlo.
—Si siente un amor tan profundo por este país, ¿por qué razón no toma las riendas del poder usted mismo?
Él contaba con las facultades necesarias para destituir al incompetente emperador y a su inútil descendencia.
—Gobernar…… si me lo trazara como objetivo, sería totalmente factible.
Valdemar dejó escapar una risa burlona dirigida a Ferda, quien había formulado esa interrogante, como si la situación le resultara enternecedora.
—Pero, ¿qué ocurriría si provoco la caída del emperador? El surgimiento de un nuevo líder implica inestabilidad en el panorama político. Ese es el sendero que toman los necios que escalan la cima del poder a ciegas, no el sendero que transita un patriota. No tengo ninguna ambición en ese sentido.
Había una dosis de realidad innegable en esa declaración.
Que si él realmente lo hubiera deseado, sin duda alguna habría alcanzado el título de emperador.
Valdemar, después de haberse tomado un par de vasos de whisky, se humedeció los labios.
—Quiero plantearle una pregunta. ¿Se considera usted un patriota?
—Así es.
—¿Fui demasiado ambiguo? La interrogante era: si este imperio le ordena entregar su vida, ¿es capaz de morir por él?
—No, no soy capaz.
Ferda contestó sin rodeos.
—Aun en este mismo día usted buscó arrebatarme todo lo que poseo, ¿cómo espera que le rinda lealtad?
—¿Acaso no tiene deseos de convertirse en un sabueso fiel?
—Ya desempeño ese rol. No obstante, de la misma forma en que es imposible que brillen dos soles en el firmamento, yo solo rindo cuentas a un amo.
Ese era el tipo de comentario del que el Valdemar de siempre se habría mofado, pero en esta ocasión no fue así.
Se limitó a observar a Ferda con fijeza, por lo que Ferda decidió ir directo al grano.
—¿Tiene intenciones de castigarme por no ser un patriota?
—¿Qué motivo tendría para hacerlo? Esas alimañas ya ocupan más de la mitad de los asientos en el Congreso Dorado. Tendría el poder para aniquilarlos a todos y reconfigurar el tablero político, pero no lo llevaré a cabo. A fin de cuentas, la historia no hace más que repetir sus propios ciclos.
Sin importar qué tan sobrehumano pueda llegar a ser un individuo, le resulta imposible modificar la voluntad de cada uno de los seres humanos.
—Por encima de cualquier otra cosa, obtuve un juramento del emperador.
Y por encima de cualquier otra cosa, existe un solo elemento que lo mantiene obsesionado.
—Ese es el motivo por el cual me veo en la necesidad de preguntarle.
—Hable sin reservas, por favor.
—¿Cuál es su opinión acerca de la Princesa Olivia?
Al escuchar su nombre, Ferda clavó su mirada en los ojos de Valdemar.
En ellos ardía el instinto más primitivo de un hombre.
O tal vez una fijación y una demencia que escapaban a cualquier descripción.
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