Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 167
Capítulo 167. Principio
—Ah… ¿a-así es como le pareció a usted? —preguntó con voz y actitud vacilantes.
Acad no lograba disimular su desconcierto. Era una emoción que amenazaba con desbordarse si trataba de contenerla. Solo con observar aquel rostro, la sensación se hacía mucho más fuerte.
—Jaja… bueno, al final cada persona tiene su propia perspectiva sobre la estética…
Acad apartó la mirada.
—¡E-enseguida le s-serviré t-té!
Se dirigió de prisa hacia la mesa. No se atrevía a mostrarle su expresión, ya que estaba distorsionada por la furia que sentía hasta los huesos, viéndose horrible y repulsivo.
«Estaba seguro de que nadie lo comprendería».
Aun así, Acad había decidido exhibir su concepción del amor. Se había armado de valor, creyendo que Ferdá sería distinto al resto de las personas. Sin embargo, este último había tachado de repugnantes tanto el valor como los sentimientos de Acad. Fue exactamente igual a lo que hizo esa mujer que destrozó sin piedad su primer amor.
«Yo…»
Apretó las manos con fuerza.
«Esto no es repulsivo».
El verdadero ser asqueroso es usted, por ser incapaz de comprenderlo.
La mirada de Acad finalmente se desquició. La buena impresión que tenía se transformó de inmediato en leña que alimentó un incendio de furia descontrolada.
Nadie tiene el derecho de menospreciar mi amor.
Por lo tanto…
«Haré que entienda de forma definitiva lo que significa mi amor».
Esa única determinación se clavó profundamente en la conciencia de Acad. Con mucha cautela, extrajo un frasco que llevaba escondido a la altura del pecho. El recipiente contenía un fluido incoloro, sin olor ni sabor, el cual derramó dentro de la taza de té.
—Tenga, beba esto. Es un té negro que posee la verdadera esencia de mi alquimia.
—Lo tomaré con gusto.
Acad hizo el ademán de dar un sorbo mientras vigilaba a Ferdá con detenimiento, asegurándose de que realmente ingiriera la bebida. La porcelana se deslizó suavemente por sus labios y el líquido descendió por su garganta mientras él inclinaba la taza.
Lo había bebido.
Acad esbozó una sonrisa de tranquilidad y empezó a hablar.
—Ferdá Regente.
—Dígame.
—Soy la mano derecha del Archiduque Golt. Nuestra relación es lo bastante estrecha como para comunicarnos a muy corta distancia.
—¿Ah, sí?
—Por lo tanto, si no le resulta una molestia, Regente, desearía ofrecer mi ayuda para que el Lejano Oriente obtenga el respaldo que necesita. Me pregunto si sería posible recibir una cuenta detallada sobre ese asunto.
Ferdá escuchó la propuesta y asintió con cortesía.
—Si lo plantea de esa manera, se lo agradecería enormemente.
—¿Qué es lo que más urge en el Lejano Oriente en este momento?
—Bueno, el sistema de transporte requiere mejoras. Para lograrlo, hace falta reparar los senderos y el bosque necesita un poco de…
Las palabras de Ferdá empezaron a volverse lentas y confusas.
—El bosque… e-eso es… el b-bosque…
La cabeza de Ferdá, que descansaba sobre el respaldo de la silla, cayó hacia un lado emitiendo un sonido sordo.
Acad apuró otra taza de té con total naturalidad, se puso de pie y levantó la cabeza del hombre.
—Mmm…
Sus ojos parecían perdidos en lo más profundo de la inconsciencia. Era definitivo. La sustancia había hecho su trabajo a la perfección.
Acad lo contempló con una mirada insondable.
—Lo lamento.
Le habló con suavidad, como si estuviera consolando a una dama.
—No había otra alternativa. Sabe, a mí no me importa si alguien me golpea o me clava un puñal. Soy de aquellos que merecen padecer ese tipo de cosas, porque soy un individuo sumamente repulsivo…
Acercó su frente a la de Ferdá y pidió disculpas una y otra vez.
—Sin embargo… he tomado la decisión de no perdonar jamás a quien se atreva a insultar mi amor.
Esa mujer que menospreció su confesión y lo miró con absoluta repugnancia. Aquella que coqueteaba fingiendo sentir algo por él. Acad había tratado de enseñarle lo que verdaderamente significaba su amor a ella, quien lo había denigrado. Al ser su primer intento, su ejecución fue torpe, y así fue como concluyó su primer romance.
—Por supuesto, la culpa es mía. Por haber confiado en usted, terminó ocurriendo esto… pero de igual forma no puedo perdonarlo. Así que…
Con sumo cuidado, Acad sacó una bolsa de cuero de su ropa y aflojó las cuerdas. En su interior se encontraba una aguja de acupuntura que medía unos treinta centímetros. Tomó una de ellas.
—Le ayudaré a comprender un poco mi sentido de la estética.
Aproximó la aguja lentamente hacia la pupila del hombre. Justo en el instante en que iba a alcanzar su retina…
—¿Eh…?
Acad no podía creer lo que estaba viendo. Justo cuando iba a perforar el ojo, la pupila de Ferdá pareció moverse ligeramente.
«¿Será posible…?»
Lo que le había administrado a Ferdá era un poderoso sedante capaz de transformar a una persona en un maniquí inerte. Hasta la más mínima gota era suficiente para surtir efecto. Había funcionado incluso en un gigante salvaje que le doblaba en tamaño, por lo que era imposible que Ferdá no estuviera afectado. En ese estado, la víctima experimenta dolor pero es incapaz de emitir sonido; puede escuchar pero no puede hablar.
«Tal vez me dejé llevar por los nervios».
Claro, debía ser una ilusión óptica. Convencido de ello, volvió a apuntar la afilada punta hacia el ojo. Pero justo al intentar clavarla, las velas que iluminaban la habitación se apagaron de golpe por culpa de una repentina corriente de aire.
—¿Y ahora qué ocurre?
Observó su entorno desconcertado, mientras la oscuridad arruinaba la atmósfera. Las velas del salón se habían cambiado el día anterior, por lo que era imposible que se extinguieran de esa forma por desgaste. Había sido algo tan artificial que evidenciaba que alguien las había soplado a propósito. Durante todo el tiempo que llevaba viviendo allí, Acad jamás había presenciado algo similar.
Todo esto empezó tras traer a Ferdá a la vivienda.
«Si es así, ¿acaso podría ser…?»
¿Acaso este infeliz de Ferdá?
Si una casualidad se repite dos veces, se convierte en algo intencional. Pensando en ello, fijó sus ojos en el lugar donde descansaba el cuerpo.
Aquellos ojos que debían carecer de cualquier destello de vida…
Resplandecían con un tono azulado en medio de las sombras. Ese sujeto nunca se había desmayado.
—¡Tú…!
Trató de reaccionar de inmediato conjurando Magia de Aturdimiento, pero sus palabras se vieron silenciadas. Algo tapó su boca, bloqueando el hechizo. Y no fue solo su rostro; empezó a sentir una opresión asfixiante en las manos y el vientre, justo en las áreas donde debía concentrar su energía para formar el círculo mágico.
Era como si una horda de espectros atormentados, ocultos en la negrura, lo hubieran apresado.
Acad era un mago de 5º Círculo. No obstante, en ese preciso instante había sido doblegado por completo, reducido a un simple hombre obeso y carente de poder.
A la par, los ojos de Ferdá que destellaban en la oscuridad comenzaron a moverse. El cuerpo que debía estar desmoronado, sin fuerzas para mantenerse en pie, se enderezó como si nada hubiera ocurrido. Quien estaba verdaderamente sometido no era él, sino Acad.
—Acad Debelung.
La piel se le erizó por completo. Parecía como si un demonio ascendido desde el abismo le estuviera susurrando al oído.
—Seguramente te estás preguntando cómo es posible que me esté moviendo con tanta facilidad, ¿no es así?
Ferdá limpió el respaldo donde había apoyado su cabeza utilizando un pañuelo y se lo guardó en el bolsillo.
—Pero, ¿acaso estabas enterado?
Ferdá expuso su propio misterio, del mismo modo en que Acad lo había hecho antes.
—Resulta que llegué a un punto en el que dejé de consumir alimentos preparados por desconocidos.
Fue en la época en la que aún no era respetado como un mago verdadero, sino menospreciado como un noble recién ascendido. En aquel entonces aún conservaba la ligera intención de forjar contactos, y en su interior sobrevivía una mínima chispa de amor y fe hacia la humanidad. En aquel tiempo, Ferdá asistía a eventos sociales y confiaba en las personas.
—Después de administrarme veneno, hubo basuras que intentaron enterrarme vivo así sin más.
Y así fue como lo traicionaron. Por suerte, aquello no le arrebató la vida. A pesar de que Dios le dio la espalda a Ferdá en repetidas ocasiones, él logró volver del umbral de la muerte y cobró su venganza.
—Por lo tanto…
Ferdá agarró el rostro de Acad. Sus dos ojos, ardiendo con una mirada feroz, apuntaron hacia arriba. Acad comprendió de inmediato lo que pretendía hacer y comenzó a forcejear desesperadamente.
Sin embargo, por más que luchó, fue incapaz de evitar que le abrieran la boca a la fuerza. Aquella penumbra estaba bajo el control total de Ferdá.
—Te devolveré tu regalo.
Ferdá abrió su propia boca, y Acad pudo observar su interior. Dentro de ella residía una oscuridad aún más profunda y densa. Aquella penumbra se abrió como si fuera una bolsa frágil, dejando salir lo que guardaba en su interior.
Era el mismo té que había ingerido.
—¡Mmph! ¡Mmph!
El líquido entró a la fuerza en la garganta de Acad. Él se retorció con todas sus fuerzas, tratando de escupirlo. Pero en el instante en que la sustancia rozó su lengua, el destino quedó sellado. Su cuerpo fue perdiendo sensibilidad poco a poco, hasta sumergirse en un profundo letargo.
Con el chirrido metálico de las bisagras, la luz se coló en el salón. Quien ingresó sosteniendo una vela llevaba el uniforme de una criada. La sirvienta no evidenció ningún rastro de asombro o terror ante la escena. Avanzó con pasos silenciosos y observó detenidamente tanto a Ferdá como a Acad.
Aquella mujer de tez oscura no era una empleada que formara parte del personal de la casa. Era Garnet.
—¿Ya despejaste la zona? —le consultó Ferdá.
—Sí.
—¿Y el túnel oculto?
—Lo hallé. Tal como lo mencionó.
—Buen trabajo. Carga con este sujeto.
—Comprendido.
A pesar de la corpulencia del hombre, Garnet lo acomodó en su espalda sin ningún inconveniente y empezó a caminar. El destino al que lo condujo fue el taller de alquimia personal de Acad. Para ingresar, era necesario emplear una magia de desbloqueo que únicamente conocía el propietario.
Eso no representó un obstáculo, ya que la llave requerida era el propio ser de Acad Debelung. La mujer atravesó el umbral mientras lo seguía cargando.
Se trataba de una cámara clandestina, aunque poseía múltiples vías de ventilación que evitaban la acumulación de malos olores. A simple vista, lucía como un laboratorio de alquimia normal y seguro. No obstante, Ferdá tenía claro que ahí no terminaba todo. Una de las estanterías repletas de frascos medicinales estaba desplazada, revelando una abertura que descendía hacia un nivel subterráneo.
—¿Procedemos a bajar? —inquirió Garnet.
Ferdá ya tenía noción de lo que ella había presenciado abajo. Por esa razón le planteaba la duda.
—Bajemos.
Y así fue como se adentraron. Al abrirse la compuerta, se liberaron diversos aromas que flotaban como neblina. Una repulsión instintiva, emanada de aquel olor penetrante, hizo que Ferdá arrugara el rostro de manera inconsciente. Él ya estaba acostumbrado a ese tipo de vibración. Era la misma repulsión que había experimentado al observar su cuadro abstracto hace unos momentos.
—Ambu-jang.
—Dígame.
—Sienta a este sujeto y toma distancia.
—…De acuerdo.
Garnet se apartó de su lugar tal como se le ordenó. Ferdá se aproximó al mueble de medicinas que el propio alquimista había ordenado. Haciendo honor a su minuciosa labor, había colocado rótulos y apuntes detallados según la utilidad de cada compuesto. Esto le permitió seleccionar los frascos con facilidad.
Pasó el rato y los dedos de Acad comenzaron a temblar. La mirada perdida recuperó su enfoque, y sus cuerdas vocales recobraron la capacidad de vibrar. Pero eso fue todo. Tenía la boca obstruida y cada uno de sus dedos había sido atado individualmente a los apoyabrazos de la silla. Ferdá no planeaba otorgarle ni la más mínima ventana de oportunidad para conjurar hechizos.
Acto seguido, Ferdá encendió la esfera mágica de grabación que reposaba sobre el escritorio.
—Acad Debelung.
Ese era el nombre del individuo que tenía enfrente.
—El Alquimista Milagroso responsable de curar la Peste Negra que devastaba el Imperio.
Ese era el gran hito forjado por Acad Debelung. En apenas un lustro, una plaga sombría había acabado con la vida de diez millones de almas.
—Pero, ¿quién se habría imaginado que todo fue una farsa elaborada y orquestada en secreto por la élite del Imperio?
Los ojos de Acad se desorbitaron al escuchar aquellas palabras, preguntándose en silencio cómo era posible que estuviera al tanto de semejante secreto.
—Aún es muy pronto para el asombro. También tengo conocimiento de que todo se hizo bajo las órdenes de Valdemar Golt.
Quien había diseminado la enfermedad había sido Acad, pero el autor intelectual detrás de todo era Valdemar. Sorprendentemente, había liberado la plaga en beneficio del Imperio. Valdemar anhelaba que el régimen perdurara en el tiempo. Para lograr que un Imperio tan putrefacto y corrupto se mantuviera a flote, era necesario inyectar constantemente nuevos engranajes, y el noventa por ciento de la clase trabajadora servía precisamente para ese propósito.
Eran engranajes valiosos, pero a la vez representaban un problema. Al existir un exceso poblacional, terminaban convirtiéndose en parásitos que devoraban los cimientos de la nación. Por lo tanto, era imperativo reducir la cantidad de habitantes, así que propagó la epidemia enfocándose en las zonas más marginadas, asesinando a personas que jamás comprenderían el motivo de su muerte.
A ese genocidio, Valdemar lo denominó con orgullo como una medida de cuarentena.
—Eso no es algo que me interese.
Fuera como fuera, era un evento del pasado, y Ferdá no había acudido allí a debatir cuestiones de moralidad.
—Sin embargo, existe un elixir muy peculiar que se ha heredado de generación en generación en tu familia.
Ferdá tomó uno de los recipientes que había separado previamente. La etiqueta indicaba que se trataba de la ‘Droga de la Verdad’.
—Quiero que bebas esto.
—¡Mmph! ¡Mmmph!
Acad, que hasta ese momento había permanecido inerte, comenzó a sacudirse con desesperación. Al ser consciente de los efectos del brebaje, se negaba rotundamente a consumirlo. Pero al encontrarse completamente inmovilizado, carecía de cualquier recurso para oponerse a Ferdá.
Un líquido oscuro y turbio fue derramado dentro de la garganta de Acad. Los resultados no se hicieron esperar.
—Keueuk…
Acad soltó un quejido agónico. Se retorció de dolor y sacudió la cabeza, como si su cráneo estuviera a punto de estallar. Ferdá contempló la escena y comenzó a hablar.
—Intenta pronunciar algo.
Su intención era extraer la historia oculta que envolvía aquel compuesto.
—¿Quién fue el creador de esta poción?
Acad logró articular palabras.
—Mi padre… Jakal Debelung…
—Explícame qué es lo que hace.
—Es de acción rápida… nubla el raciocinio y provoca una migraña infernal si intentas decir una mentira… es un elixir que obliga a decir únicamente la verdad…
—¿Y qué pasa si te niegas a hablar?
—Ocurre exactamente lo mismo. El dolor es tan intenso que ruegas por la muerte.
—Comprendido.
Tras asimilar la información con calma, Ferdá le formuló una pregunta en tono severo.
—¿A quién le entregó tu padre esta sustancia?
—Eso fue… eueuk… ¡keueueueuk…!
Acad hizo el esfuerzo de mantener los labios sellados. Sin embargo, al no poder resistir la tortura, terminó cediendo.
—…Al Tercer Príncipe del Imperio Arken… Million Arken…
Aunque era un dato que ya manejaba, prosiguió con el interrogatorio. Necesitaba confirmar los hechos en ese mismo instante.
—¿Quién era ese sujeto?
Él contestó:
—El hombre comprometido con la Archiduquesa Valdrova…
El mismo hombre al que Valdrova había aniquilado.
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