Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 170
Capítulo 170. La Visita del Archiduque
Su expresión se retorció de disgusto, aunque mantuvo las formas.
—Déjate de juegos. La Princesa no hubiera sido capaz de conseguir semejante hazaña por cuenta propia.
—En efecto. Me presenté en la residencia de ese infeliz.
—¿Entonces?
—Pretendió intoxicarme con té negro alterado, pero logré que lo bebiera él. Durante el altercado, perdí la paciencia y ordené que inspeccionaran la propiedad; de esa manera descubrí aquel repugnante agujero.
—Vaya, ¿conque así fueron las cosas?
Valdemar dejó escapar un sonido de genuina curiosidad. Tratándose de alguien que acababa de perder a su principal aliado, su actitud era inquietantemente serena.
—¿Conseguiste activar la trampa de ese desgraciado? Aquello no debió ser tarea sencilla…
—Estoy muy familiarizado con la forma de operar de esos retorcidos conspiradores.
Existe una conducta recurrente entre los practicantes de magia. En el momento en que logran superar los niveles de Círculo, empiezan a mirar por encima del hombro a quienes poseen Círculos menores. Están absolutamente convencidos de que nadie puede igualar su destreza, lo que genera una marcada estratificación. Ese sentimiento de grandeza invariablemente desemboca en un exceso de confianza.
Ferda había aprovechado esa debilidad en innumerables ocasiones.
—Una verdadera lástima.
Valdemar masculló mientras se pasaba los dedos por la barbilla.
—Sabía que tarde o temprano tendría que deshacerme de él, pero de momento, me seguía resultando útil.
Me resultó sumamente extraño lo calmado que se veía tras perder a su lugarteniente, pero todo tenía un motivo.
—¿Te intriga saber qué tenía pensado hacer?
—La verdad es que no me interesa en absoluto.
—Mi idea inicial era trasladar a ese especialista en magitecnología desde tu jurisdicción.
A pesar de que Ferda ya estaba al tanto de esto, volver a escucharlo le provocó gran molestia. Sintió un deseo irrefrenable de quitarle a golpes esa mueca de suficiencia.
—Tenía planeado facilitarle laboratorios, fondos ilimitados y el acceso a recursos vitales como el agua. Y no pararía ahí. Los nobles de todo el país le implorarían que desposara a sus herederas. Le organizaría una boda, formaría una familia. ¿Acaso no es una propuesta excelente?
—Simplemente estarías dándole cosas que luego le dolería perder.
—Precisamente. Esa es la manera correcta de ponerles una correa. Le cargas en la espalda vínculos de los que ninguna persona en su sano juicio se atrevería a desprenderse. En un primer momento, tomará todo con mucha alegría, pero cuando menos lo espere, el peso terminará asfixiándolo y rompiéndolo por dentro.
Los sentimientos se imponen, la lógica se nubla y tomar decisiones sensatas se vuelve una tarea titánica. Que sea tan abierto al respecto solo demuestra que ya asimiló que incorporar a Vernel a sus filas es una causa perdida.
—Así es como lo iba a convertir en mi nuevo lugarteniente. Ese era el objetivo.
—¿Y la recompensa a la fidelidad del Marqués de Belung es acabar desechado como carne de matadero?
Valdemar emitió una pequeña risa.
—Ser leal a mi persona es irrelevante. Lo único que cuenta es lo que cada individuo le aporta a este país. De Belung ya había dado todo de sí, mientras que Vernel es alguien que aún tiene un potencial inmenso por explotar.
Sin lugar a dudas era una escoria que se había ganado la muerte, pero eso era únicamente bajo la óptica de Ferda. El progenitor de Acad fue quien frenó los oscuros propósitos del Tercer Príncipe. Y el propio Acad se desvivió gestionando la cuarentena para beneficio de este imperio.
—Aprovechando que tocamos el punto, déjame hacerte una consulta. ¿En serio te consideras distinto?
Su mirada se volvió punzante. El ambiente se volvió denso, dando la sensación de que las espadas chocarían en cuestión de segundos.
—¿Cuánta gente está de tu lado? Por ahora, supongo que es una cantidad fácil de controlar. Sin embargo, analizando tus antecedentes, tu influencia irá en aumento. Llegará un momento en que tus aliados serán demasiados para poder protegerlos a todos.
—…
—A la larga, te verás forzado a sacrificar algo. Ya sea para regir como un verdadero líder, o para subsistir como un simple ser humano guiado por emociones.
—¿Te consideras a ti mismo un gobernante?
—Desde luego.
—Para tratarse de un gobernante, desde luego no logras disimular tu faceta más patética.
Ferda lo aguijoneó dedicándole un gesto burlón.
—El verdadero motivo de tu irritación no es haber fracasado en obtener a Olivia, ¿me equivoco?
Las facciones de Valdemar se contrajeron de nuevo. En ese instante, quedó reducido a un hombre desbordado por sus propios sentimientos.
—Efectivamente, si no se tratara de ella… no habría perdido los estribos de esta manera.
Valdemar lo reconoció sin andarse por las ramas.
—Me has causado tantos problemas; si te permito marcharte libremente, mi prestigio quedará destruido.
—¿Cuál será tu próximo movimiento entonces?
Ferda se mantuvo firme, sin ceder un centímetro. Estaba ansioso por descubrir qué clase de conspiración había maquinado y de qué forma planeaba ejecutarla. Que lo intentara. Tal y como sucedió con Acad, utilizaría sus mismos métodos para ahogarlo.
Fue justo cuando Valdemar se preparaba para contestar. Un alboroto repentino estalló en el exterior. Se oían pisadas apresuradas yendo hacia alguna parte.
Al notarlo, Valdemar pausó el diálogo y le hizo un gesto al ayudante que tenía a sus espaldas.
—¿Cuál es el motivo de tanto escándalo?
—Iré a investigarlo.
Tras decir esto, el sirviente abandonó la sala.
—Aguardemos unos instantes.
—Por supuesto. ¿Le apetece que le sirva té?
—…
Valdemar mantuvo el silencio. Unos minutos más tarde, el ayudante reapareció. Volvió para murmurarle algo en voz muy baja. Ferda afinó discretamente su sentido del oído para captar los detalles del informe.
—Da la impresión de que… el único que pecó de soberbio he sido yo.
La intensidad en los ojos de Valdemar resultaba abrumadora. Se podía percibir el ansia de un joyero admirando un diamante incalculable, mezclada con el pesar de asumir que jamás llegaría a poseerlo.
—Vigila tus pasos en el viaje de vuelta.
—Puede darlo por hecho.
Valdemar se incorporó de su silla, dándole permiso para retirarse. Instantes después, fue el colaborador de Ferda quien irrumpió en la sala.
—Regente-nim. Le sugiero que se aliste de inmediato.
Ferda cortó las palabras que su asistente iba a pronunciar.
—¿Acaso Su Alteza el Archiduque está en camino hacia acá?
—En efecto, así es… ¿De qué manera se enteró?
Era obvio que lo sabría. Sus propios oídos acababan de confirmárselo.
Mientras tanto, en el Archiducado de Valdrova, en lo más profundo del dominio del Dragón Rojo.
—Ferda-nim… Comprendido.
Ruri, quien acababa de ser notificada por los espíritus. Valdrova lanzó la pregunta.
—¿Traes información favorable?
—Afirmativo. Asegura que la estrategia fluye de maravilla en cada uno de sus puntos.
—Mmm, entiendo.
Jugueteando nerviosamente con sus manos, el rostro de Valdrova adoptó un tono carmesí. A Ruri le fastidiaba profundamente verla tan desesperada. El que tendría que estar consumiéndose de los nervios e intentando conquistarla era Ferda, y sin embargo, era la propia Emperatriz quien se encontraba paralizada; una escena lamentable.
Su nivel de agitación era tal, que los trazos que hasta hacía un momento dibujaba con total elegancia terminaron deformándose como garabatos infantiles. A pesar de todo, Ruri procedió a informar lo que le habían comunicado.
—Considerando que el Lejano Oriente se ve sometido a constantes eventos inusuales, su grado de independencia ha aumentado. Además, no existe base legal para inmiscuirse en sus desarrollos magitecnológicos, por lo que la Aldea Hestia no sufrirá ninguna represalia.
—¿Significa que en el pasado sí tenían la potestad de entrometerse?
—Si se hubiera dignado a tomar cartas en el asunto personalmente, Milord, todo esto se habría solucionado en un parpadeo.
—¡Mmm…! O-o sea que…
Valdrova ladeó el rostro, claramente ruborizada.
—Claro que, si Milord hubiera actuado, el conflicto se habría escalado mucho más.
—Carezco del don de la palabra y reacciono fatal ante los reclamos, así que tal vez sea por ese motivo…
—No van por ahí los tiros. El liderazgo de Ferda-nim habría quedado en entredicho.
—¿Ferda-ssi? ¿Y eso a qué se debe?
Ruri le explicó pacientemente.
—Ferda-nim no deja de ser un Regente inexperto que lleva apenas un año en el cargo. Aunque ha acumulado grandes victorias en este periodo, para ciertos sectores no es más que buena suerte. Si Milord hubiera saltado al rescate, la influencia de Ferda-nim se habría desmoronado por completo.
—Mmm… Entonces, resumiendo, ¿el hecho de no hacer absolutamente nada resultó en un éxito a medias?
—De ninguna manera. Lo que implica es que Ferda-nim optó por la ruta más compleja y, gracias a esa decisión, logró salvaguardar tanto su propio prestigio como el de Milord.
Ferda figuraba como su futuro esposo, pero en la práctica continuaba siendo un vasallo de Valdrova. Que el siervo haya sido capaz de zanjar el conflicto sin acudir a su líder, dejaba en evidencia que dicho líder contaba con una excelente visión. Esa era la forma en la que operaba la jerarquía de los dragones.
—Ha sido un golpe de gran suerte que Ferda-nim se haya desenvuelto de manera tan impecable.
—Así es, totalmente de acuerdo. Ferda-ssi se ha ganado el aprecio de muchísima gente, y ahora Ruri también le tiene cariño a Ferda-ssi.
—¿Q-qué… está diciendo?
Creyendo que sus oídos la habían engañado, solicitó que repitiera. Un par de puros ojos ambarinos se fijaron en Ruri, acompañados de una sonrisa resplandeciente.
—A Ruri también le gusta Ferda-ssi últimamente, ¿me equivoco?
Sintió un vuelco brusco en el estómago. Ruri entrecerró con desesperación sus inmensos ojos de luna llena intentando disimular su turbación.
—¿A qué se refiere exactamente con eso?
—¿Cómo? Lo digo porque… cuando me avisaste de las buenas nuevas de Ferda-ssi, tu cara se iluminó por completo…
—¿Acaso no es lo lógico alegrarse al recibir reportes positivos?
—A pesar de todo, tu nivel de emoción me pareció un tanto exagerado.
Ruri detestaba profundamente a la raza humana. Y tras el incidente con el Tercer Príncipe, su desconfianza hacia cualquier heredero noble se había vuelto absoluta.
—El hecho de que Ruri fuera tan recelosa de Ferda-ssi en un principio me tenía algo inquieta. Viendo que ahora estás evaluando a Ferda-ssi con justicia y permitiéndote apreciarlo, me siento mucho más aliviada.
—Agh…
Sus mejillas ardían y su semblante se contrajo en una mueca. En primer lugar, existía la terrible confusión de que sus palabras implicaran un interés romántico. Y, por si fuera poco, no había rastro de malicia en su comentario. Ese era exactamente el motivo por el que aborrecía todo aquello. Esa sonrisa radiante.
Tras esa fachada amable, ella era capaz de desnudar su alma, logrando resquebrajar por completo la máscara de compostura que Ruri se esforzaba tanto en sostener.
«Milord siempre ha sido de esta manera».
Similar a una aguja oculta entre las ropas que termina pinchando, así de incisiva resultaba la Emperatriz. Aquella mirada encerraba una agudeza que no tenía nada que envidiarle a la de Silverwind, el ser a quien ella honraba como su progenitor. El detalle era que ella solía guardar silencio y dejar ir las cosas con rapidez, lo que daba la falsa impresión de que era una cabeza hueca y torpe viviendo en su propio mundo de fantasía.
«Milord ha dado en el clavo».
Siendo franca, no podía negar que sentía cierto grado de aprecio por Ferda. No obstante, no se trataba de una atracción de pareja. Si alguien le cuestionara si estaba enamorada de Ferda, lo rechazaría categóricamente. Si tuviera que clasificar dicho afecto, lo definiría como un vínculo fraterno.
«Un lazo familiar…».
Ferda se sentía como un miembro de su clan. Al tenerlo cerca, sus ojos siempre buscaban su figura, y en los momentos de angustia, él era la primera persona que acudía a sus pensamientos. Si él le aseguraba que las cosas mejorarían, por algún extraño motivo ella le creía ciegamente, experimentando un enorme alivio. La única criatura en el mundo capaz de infundirle ese sentimiento era Silverwind, a quien ella veneraba como figura paterna.
«La misma conexión que tengo con Silverwind-nim…».
Ruri consideraba que esta revelación era de una vergüenza insoportable. Percibía como alguien sensato a un humano bastante menor que ella, le profesaba respeto, su compañía le resultaba agradable e incluso había comenzado a desear apoyarse en él. Semejante situación le exigía mantener una postura mucho más severa en su papel de asistente de Valdrova, pero le estaba costando horrores.
«Esta realidad…».
Valdrova jamás debía enterarse de esto. ¡Se trataba de una debilidad tan humillante que merecía ser enterrada, una que haría añicos el aura de profesionalismo que se había labrado con tanto esmero!
—Pasaré a revisar los ejercicios de caligrafía que ha realizado.
Fue así como desvió la conversación bruscamente y procedió a evaluar los trazos de Valdrova. Frente a ella se desplegaban letras sumamente sofisticadas, dignas de una dama de la alta sociedad. Los últimos trazos lucían un tanto desordenados, pero considerando que fue a causa de la emoción que le provocaron las noticias de Ferda, decidió hacer la vista gorda.
—El dominio que ha conseguido en esta área ya es notable.
—¿A que sí?
—Se da cuenta de que es capaz de lograrlo si realmente le pone empeño.
—Supongo que tienes razón…
Ni siquiera la propia Valdrova logró disimular su asombro.
—El proceso de aprendizaje resulta sumamente entretenido.
Valdrova observó los pergaminos frente a ella y una sonrisa de triunfo se asomó a sus labios.
—Muero de ganas de mostrarle mi nueva letra a Ferda-ssi. Ojalá esté de vuelta muy pronto.
—Cualquier cosa que usted haga sería motivo de elogios por parte de mi señor, ¿no cree?
—¿Tú lo crees? Mmm… En ese caso, ¿valdría la pena tratar de que me elogie por ser la Caballero de Armadura?
En contraste con Valdrova, Ruri analizaba la situación desde un punto de vista puramente imparcial, de modo que la iniciativa le parecía estupenda. No obstante, existía un inconveniente.
—Si mi señor así lo quiere, no voy a ser yo quien se lo impida, pero las consecuencias no serán positivas.
—¿Por qué motivo?
—Analícelo. ¿Se imagina el escándalo si mi señor y aquel tipejo, el Caballero de Armadura, empezaran a redactar exactamente con los mismos trazos?
—Mmm… Supongo que nadie se daría cuenta, ¿o sí?
—¿Que no lo notarían?
—¿V-verdad que no?
—¿Se refiere al mismo individuo que lleva un registro minucioso de cada criatura que mi señor ha exterminado desde que fue asignado como su prometido?
—¿H-hablas en serio?
A Ruri, semejante nivel de obsesión le resultaba francamente aterrador. Valdrova, por el contrario, esbozó una sonrisa tímida al descubrir que él le prestaba tanta atención, en contraste con su propia distracción. Ruri fue incapaz de procesar esa reacción tan absurda, pero prefirió no indagar más.
—Por otra parte, el estilo de escritura que ha estado ensayando es el tradicional entre las damas de la nobleza. Si un guerrero fornido emplea trazos femeninos, resultará enormemente sospechoso. Lo más inteligente será que ensaye una caligrafía masculina de forma independiente.
—Mmm… Siendo así, conservaré este estilo y me pondré a ensayar un segundo método.
Le irritaba profundamente la idea de volver a iniciar desde cero un proceso que ya daba por superado, sin embargo, la perspectiva de acumular mayores alabanzas le devolvió la sonrisa.
«Sumado a ello, parece que Ferda también ha tenido un buen día, ¿sería apropiado tocar ese tema?».
Su intuición le decía que podrían tener una charla íntima y profunda entre ellos. Una vez que retorne, organizarían una velada con té. Y se dedicarían a intercambiar toda clase de relatos.
—Mmm…
Valdrova cerró los párpados, reflexionó unos segundos y finalmente rompió el silencio.
—Ruri.
—La escucho.
—¿Crees que Ferda-ssi… se siente complacido?
Ruri inclinó el rostro, algo confundida.
—¿Complacido… bajo qué contexto?
—A fin de cuentas, te has mantenido apartada de él durante toda esta temporada, ¿no?
—Al final del día, seguimos siendo solo prometidos; desde la óptica humana, su posición es básicamente la de un futuro esposo que reside bajo el mismo techo. Incluso si compartiéramos dormitorio, no entablar contacto físico es algo completamente habitual.
—¿E-en serio las cosas funcionan de esa manera?
—Evidentemente, mi señor Valdrova no está atada a cumplir normas tan estrictas. Si existe algo que realmente anhela, le ruego que me lo exprese sin reservas.
Frente al comentario de Ruri, Valdrova comenzó a mostrarse nerviosa y articuló con dificultad.
—Entonces… respecto a ese punto…
Lanzó su pregunta.
—¿Qué opinarías si viajo a la capital para recibir a Ferda-ssi en persona?
La inmensa avenida principal que une los muros fronterizos de la capital del Imperio Arken con la sede del Palacio Imperial posee el título de ser la más extensa de todo el continente. Tenía la capacidad de albergar ocho diligencias marchando en paralelo con holgura, y desde los primeros rayos de luz hasta el ocaso, era un hervidero de almas.
Funciona como el acceso principal a la residencia del Emperador, pero al mismo tiempo actúa como la arteria principal que ramifica hacia las demás rutas. El único escenario en el que se paraliza el tránsito de aquella avenida es durante los desplazamientos de los miembros de la dinastía Arken, la casa gobernante; y ni siquiera una figura como Valdemar cuenta con el poder para bloquear dicho paso.
Y, sin embargo, esa misma avenida había sido completamente evacuada por un individuo que no pertenecía a la familia imperial. A lo largo de todo el Continente Serdes, únicamente un ser poseía un estatus por encima de la corona.
—¡Abran paso al Dragón Rojo, Su Alteza Valdrova, quien se encuentra de visita oficial!
—¿Acaso no se suponía que ese ser residía en el Lejano Oriente? ¿Cuál es el motivo de su visita al Imperio…?
El clima ya estaba lo suficientemente tenso debido al asunto de los sectarios. Que el Tirano Rojo del Lejano Oriente, una entidad de la que apenas conocían leyendas, pisara tierras imperiales en medio de tal crisis, era un suceso de proporciones bíblicas.
Los ciudadanos no tardaron en dejar de lado sus obligaciones para congregarse en los márgenes del bulevar. Dragón. A raíz del conflicto histórico conocido como la Guerra Dragón-Demonio, cualquier contacto con la raza draconiana se volvió casi nulo; se trataba de toda una era que jamás había presenciado a una de estas criaturas.
Por muy terrorífica que resultara la bestia, la intensa curiosidad por presenciar tal espectáculo con sus propios ojos era incontrolable. Nunca se sabe; tal vez relatar la hazaña de haber presenciado a un dragón podría ganarles unas cuantas cervezas gratis en las tabernas. Varias decenas de miles de personas se aglomeraron para vigilar la desolada avenida.
—¡Muestren el debido respeto!
El potente grito de Ruri hizo eco en las alturas. Cada uno de los habitantes del Imperio clavó sus rodillas, apoyó las palmas en la calle y bajó la cabeza hasta rozar la tierra. Se trataba del protocolo reservado exclusivamente para los desplazamientos del Monarca. Ya que un ente con mayor jerarquía que el propio Emperador acababa de ingresar a la ciudad capital.
Lejos de la visión de una lujosa carroza empujada por media docena de corceles puros, lo que recorría la vía pública eran dos piernas finas y delicadas. Llevaba puesto un satgat de bordes amplios del cual descendía un vaporoso velo escarlata. Los escasos rayos de sol que lograban atravesar la tela dibujaban la figura de una fémina. La dama, vestida de rojo, avanzaba con paso imponente.
Los espectadores que acudieron con la idea de buscar un simple chisme, fueron incapaces de despegar sus frentes del suelo; ni una sola persona se atrevió a hacerlo. Fue como si sus propios instintos hubieran tomado el control absoluto de sus anatomías, experimentando la misma presión que si una pesada bota les estuviera destrozando el cráneo. El Archiduque desfiló a lo largo del centro de la monumental avenida escoltado por una única figura.
El objetivo de su recorrido no tardó en asomarse a lo lejos. Era el Regente y su futuro esposo, Ferda. Se encontraba aguardando, flanqueado por sus caballeros y carruajes. Ferda se irguió adoptando una compostura impecable, más rígida que de costumbre.
Oculta bajo aquel velo rojo marchaba el Dragón Rojo, Valdrova. El ser responsable de que los latidos de su corazón se volvieran incontrolables. Pero, a pesar de que la lógica dictaba que estaría temblando de nervios, su cuerpo permaneció absolutamente imperturbable. A medida que ella acortaba la distancia, Ferda posó una rodilla en el suelo y le rindió reverencia con profunda caballerosidad.
—Mis más humildes respetos al Gran Archiduque.
Valdrova correspondió a la bienvenida de Ferda.
—Alce el rostro.
El ambiente se tornó extrañamente solemne. La majestuosidad de un monarca impregnaba el lugar.
—Tú eres el hombre destinado a ser mi consorte.
—…Así es.
—Me llegó la noticia de que volverías portando excelentes reportes.
—No es nada digno de mención.
Deslizando el brazo bajo el tejido carmesí, le ofreció la mano a Ferda.
—Acércate, emprendamos el viaje de vuelta.
Ferda escudriñó la mano de la dama durante unos instantes, para luego entrelazar sus dedos con suma delicadeza.
—A sus órdenes, mi Rey.
Con la guía de su tacto, se reincorporó y comenzó a escoltarla. Valdrova dio unos pasos rebosantes de clase hasta ingresar al transporte. Los cronistas del Imperio garabatearon frenéticamente bocetos de Ferda y Valdrova, obsesionados con capturar hasta el último detalle de aquella estampa monumental.
Los portones del carruaje correspondiente al Archiducado se clausuraron y el vehículo empezó a rodar. En el instante exacto en que atravesaron las puertas del castillo, el aura asfixiante que dominaba el espacio se desvaneció. Los plebeyos que habían mantenido sus rostros pegados al piso volvieron a respirar con normalidad, incorporándose con torpeza de sus lugares. Todos compartían el mismo pensamiento. ¿Alguna persona sería capaz de creerles si intentaban relatar el terror absoluto que acababan de padecer?
Una vez que la diligencia del Archiducado cruzó más allá de la puerta del castillo. Ferda clavó sus ojos en las facciones de Valdrova. Ella ya se había despojado del sombrero de ala ancha, dejando su semblante completamente al descubierto. Al percatarse de que Ferda la estaba analizando, Valdrova soltó una pequeña risa.
—Jeje, ¿a qué se debe esa cara? ¡Parece como si quisieras—!
Las palabras de Valdrova fueron interrumpidas de forma abrupta. Ferda se lanzó violentamente hacia el extremo opuesto, sujetando a Valdrova directamente de la garganta.
—Cierre la boca.
El tono de Ferda evidenciaba un leve temblor. Un temblor nacido de la rabia pura.
—Responda. ¿Quién diablos es usted?
—Y-yo soy yo, tu prome…
—No voy a repetirlo una segunda vez.
Un destello azulado ardió en las pupilas de Ferda.
—Tengo sus facciones grabadas a fuego en mi memoria. Una perra como usted jamás logrará confundirme. Ella podrá ostentar el título de Emperador, pero está a años luz de comportarse como uno. Esa mirada penetrante y esa anatomía estilizada de la supuesta Valdrova que tengo delante… era completamente imposible.
Su apariencia podría hacer justicia a las palabras Dragón Emperador o Tirano, pero sin lugar a dudas no era Valdrova.
—¿Quién se oculta ahí? Si dice tonterías, realmente morirá.
La falsa Valdrova soltó un alarido de pánico.
—¡Hiiieek! ¡Soy yo, Penélope! ¡Sálveme!
Su roja cabellera se tornó de un vivo color rosa, y los dos conjuntos de cuernos regresaron a su habitual apariencia demoníaca. Efectivamente, se trataba de Penélope. Lejos de lo que cabría esperar, descubrir su verdadera identidad no logró apaciguar el enojo del humano; por el contrario, la indignación se disparó.
—Despreciable perra demonio.
Ferda rechinó los dientes con fuerza.
—¿Tiene la osadía de intentar hacerse pasar por ella, ignorando su posición?
El motivo de la furia de Ferda no se limitaba a la suplantación de identidad. Mientras aquella figura acortaba la distancia, Ferda había caído en el engaño, asumiendo que se trataba de la genuina Valdrova. Fue minutos después cuando los detalles de su aspecto empezaron a desentonar y, en última instancia, al escucharla abrir la boca, las sospechas de Ferda se convirtieron en certezas.
El hecho de haber tardado tanto en percatarse de la realidad le causaba una furia inmensa.
—¡E-e-es que…! ¡A mí prácticamente me obligaron a prestarme a esta farsa!
—¿Quién se lo ordenó? ¿Acaso insinúa que ella le pediría un favor a una perra como usted?
—¡Por más sorprendente que suene, así fue!
No podía dar crédito a sus palabras. Ferda clavó su mirada asesina en Penélope. Ella selló sus labios y dejó escapar un suspiro por la nariz. Ferda era incapaz de procesarlo.
—¿Por qué…?
Ferda formuló la pregunta como un hombre cuyo universo acababa de colapsar.
—¿Ella le pediría a un bastardo como tú que hiciera eso?
—Eh, mmm… Pues resulta que…
Penélope se frotó la mejilla con torpeza antes de contestar.
—¿Quizás tenga que ver con que el Archiduque y yo somos amigas?
¿Qué clase de disparate era este?
—S-solo diré… que es una larga historia, ¿de verdad tengo que contarla—?
—Cuénteme todo.
Llamas azules ardieron en los ojos de Ferda.
—Todo lo que pasó entre usted y ella. Sin omitir absolutamente nada.
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