Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 171
Capítulo 171. ¿Y yo qué?
Ocurrió en medio de la cruzada para someter a las bestias. Los jóvenes nobles se habían marchado al campo de batalla, mientras que las doncellas y sus guardias personales se quedaron resguardados en el Castillo Valdrova.
¿A qué se dedicarían estas señoritas? Aquellas mujeres, que jamás habían realizado trabajos pesados, no tenían más opción que agruparse en sus aposentos.
Las que poseían mayor habilidad manual aprovechaban para plasmar sus emociones tejiendo prendas para los muchachos que habían capturado su interés. Al final de cuentas, con la ausencia de los varones, el ambiente se volvió tenso y plagado de soledad.
Por más que mantuvieran la fe en la victoria, el fantasma de la derrota les murmuraba al oído, estremeciendo sus almas. Era el escenario ideal para que ciertas entidades se colaran en las fisuras de esa vulnerabilidad.
Para su suerte, una de esas criaturas residía dentro de la fortaleza.
«Qué tedio», susurró Penélope con la mirada perdida. «Logré alcanzar mi mayor anhelo en el mundo de los mortales, entonces, ¿por qué no experimento ninguna satisfacción?»
Ese gran anhelo era crear su propio ‘jardín’. A pesar de haberlo construido usando a damas puras y valiosas, el vacío persistía. Era inevitable. La acción de Penélope equivalía a pescar en un estanque cerrado donde las presas no tenían escapatoria, o simplemente servirse comida directamente a la boca.
«Es verdad», reflexionó Penélope, como si una epifanía la hubiera golpeado. «¡Para convertirse en un demonio de élite, una debe conseguir las cosas por mérito propio!»
Apretando sus manos con determinación, hizo un juramento. «¡Para la próxima, me colaré en el palacio imperial y construiré un jardín allí!» Poseía una seguridad inquebrantable que ni por asomo contemplaba la opción de ser descubierta.
Motivada por esa decisión, comenzó a caminar por los pasillos de la fortaleza.
«A todo esto… ¿en qué lugar me encuentro?» Al vagar sin rumbo como una holgazana, había perdido el sentido de la orientación. El Castillo Valdrova era inmenso. Pasear distraídamente conllevaba el riesgo constante de extraviarse. Sin embargo, gracias a esa misma desorientación, terminó descubriendo un sitio que jamás habría visitado en condiciones normales.
«¿Acaso es el salón del trono?» El recinto oficial donde el monarca de un país atiende a sus vasallos. Tratándose de la corte de un dragón, y no de un gobernante común, su grandeza rivalizaba con la del mismísimo Emperador.
«Ahora que lo pienso, jamás he presenciado este lugar en funcionamiento». Era el asiento de poder que le correspondía a Valdrova, pero Ferda, con su título de regente, no podía ocuparlo. Aunque Ferda podría haber inventado una excusa válida, prefirió rechazar la idea y usar salas de invitados o su propio despacho para recibir visitas. En consecuencia, muy pocos conocían el aspecto de esta cámara por dentro.
«Mmm…», murmuró Penélope mientras achinaba los ojos, en los cuales destelló una chispa de curiosidad. «¿Y si echo un vistazo?»
Sin ninguna pizca de temor, empujó las inmensas puertas cerradas y se adentró en el lugar.
«¡Uau…!», fue lo único que pudo soltar. Esperaba encontrarse con muebles cubiertos por mantas y capas espesas de suciedad, debido al desuso. Pero, a pesar de no albergar a un rey, el espacio recibía un mantenimiento impecable. Si se encendieran todos los faroles, la luz iluminaría la estancia como si fuera el mediodía. Un imponente fresco de un dragón carmesí decoraba la pared tras el trono, diseñado para infundir temor y respeto en los asistentes.
«¡Era de esperarse de un dragón, todo es pura ostentación! ¿Cómo es posible que esto llevara tanto tiempo abandonado?» La vista de Penélope recorrió el majestuoso salón hasta detenerse en el trono real. Empezó a divagar. Estar sentada en esa silla debía ser la mejor sensación del mundo.
«Mmm…»
Cuando tienes ganas de sentarte, luego quieres reclinarte; y si te reclinas, terminas queriendo dormir. Sus piernas comenzaron a moverse con inquietud hacia adelante.
«Ah, qué más da». Al final, decidió ceder a su capricho.
Trepó al imponente trono sin ningún pudor y tomó asiento rápidamente.
«¡Oh, cielos!» Apenas su cuerpo entró en contacto con el asiento, Penélope sintió un escalofrío. «¡¿Así se siente respirar el aire de un monarca…?!» No había punto de comparación con la breve satisfacción que tuvo al construir su jardín. Sentía que todos los anhelos vacíos en su interior se estaban completando.
Recordó entonces su historia. ¿Por qué se había atrevido a robar el Vaso Vital de su creadora, Sitri? Su objetivo era destronar al Archidemonio y erigirse como la nueva gobernante del Inframundo. No obstante, como su brillante estrategia consistía solo en ‘qué pasaría si tomo el Vaso Vital’, acabó huyendo desesperadamente de su propia madre. Lo crucial era que sus ansias de poder seguían intactas.
Absorbida en su fantasía de majestad, Penélope no pudo contenerse y alzó la voz. «¡Jo, jo, jo! ¡Tú, súbdito! ¿Hay alguien ahí?» Su eco resonó con potencia en las paredes del enorme salón. «¡Desde este imponente asiento, proclamo el nacimiento del Reino Harén de Penélope! ¿Qué doncella desea ser la primera consorte de la inigualable Gran Demonio, la ilustre Penélope?»
Se regodeó imaginando a jóvenes deslumbrantes postrándose a sus pies.
«¿Serás tú? ¿O tal vez tú? Cualquiera me sirve, vengan hacia mí…»
Pero sus palabras se ahogaron de pronto.
«…¿Eh?»
La ilusión de las jóvenes hermosas se esfumó como niebla, devolviéndola de golpe al mundo real. Sin embargo, la figura que permanecía corpórea estaba a un palmo de distancia. Era una dama de figura aparentemente normal y cabellera roja, aunque lucía un par de cuernos que la distanciaban de cualquier estándar humano, además de unos penetrantes ojos dorados con pupilas rasgadas.
Aunque jamás la había visto de frente, hasta un niño distraído sabría identificarla de inmediato. Era la señora de aquella sala, la figura plasmada en el mural a sus espaldas: Valdrova.
En ese preciso instante, Penélope no solo había allanado el salón principal del palacio, sino que había usurpado el trono real y, para colmo, había señalado directamente a su dueña con insolencia.
«Ah, eh…», titubeó. Sus finos dedos se encogieron como pequeñas hojas y su postura se volvió instantáneamente sumisa.
«¡Ah, jaja!», soltó una carcajada nerviosa, pretendiendo que todo era un simple malentendido. «Vaya, qué situación… ¡he sido muy maleducada! Simplemente estaba paseando, curioseando por aquí y por allá, y acabé en este sitio hablando con la pared».
Penélope intentó rodear a Valdrova para escapar sigilosamente. «¡B-bueno, me retiro!»
Justo cuando iba a pasar a toda prisa por el lado de la dueña del castillo, una voz la detuvo.
«Aguarde un instante».
Incapaz de siquiera rozar la puerta, Penélope quedó inmovilizada. La dragona solo había articulado unas pocas palabras, pero el cuerpo de la demonio se negó a avanzar un milímetro. Sintió como si el mismísimo flujo de su magia y el latir de su corazón hubieran quedado bajo el dominio absoluto de esa voz. Fue en ese momento cuando Penélope comprendió la verdadera magnitud de estar frente a un dragón.
Valdrova se dirigió a la temblorosa Penélope, quien parecía un pequeño roedor acorralado.
«Un momento… ¿podemos conversar un rato?»
La demonio anticipó el oscuro destino que se avecinaba.
«Jed… me voy al otro barrio antes que tú», pensó formulando sus últimas voluntades en silencio. «Hiciste una excelente inversión con tu dinero. Gracias a ti hice contactos antes de partir. Será imposible pagarte en esta vida, pero te saldaré la deuda cuando nos veamos en el infierno. Aunque ahora que lo medito, si ya me mandan al inframundo, seguramente me aniquilarán también allá».
Penélope se ahogaba en arrepentimiento. «Maldita sea, de haber previsto este final, me habría patinado todo ese dinero».
Diez minutos antes, en el Castillo Valdrova.
«Todo está muy silencioso».
Valdrova paseaba por las instalaciones de la fortaleza. En circunstancias normales, habría estado equipada con su pesada armadura, pero en esa ocasión portaba un elegante traje femenino. A partir del Festival de Primavera, desprenderse del metal y caminar libremente por el lugar le parecía una posibilidad real.
«Aun así, toparme con otras personas sigue siendo complicado…». Paradójicamente, la persona que más nervios le causaba era Ferda. Temía que su genuino interés por escucharla y su excesiva consideración terminaran siendo una molestia. Por ello, solía merodear por zonas poco transitadas, y esa ruta incluía la sala del trono.
«Este… solía ser mi asiento, ¿verdad?» Cuando se acordó su compromiso con el Tercer Príncipe, solo se mandó a fabricar un trono. Ella nunca planeó ejercer como monarca desde el principio. Esa silla estaba destinada para el príncipe. Valdrova consideraba que él sería un mejor líder, ya que ella había heredado el estatus de Duque Rey, pero no ejercía funciones administrativas. Soñaba con la idea de respaldar desde las sombras a su amado príncipe mientras él gobernaba.
«Pero…» Las circunstancias tomaron un rumbo opuesto. Aquel Tercer Príncipe que llegó al territorio del Duque Rey le dedicó unas palabras crueles aquella noche.
«Te la pasas hablando de estupideces como el romance. Como era de esperar, los rumores de que no eres más que el mastín de esta familia son ciertos». Su dulce semblante matutino se había esfumado; torció el gesto y escupió veneno. «Mi única intención era utilizarte. Planeaba mimarte un rato para luego atarte una correa. ¿De verdad pensaste que iba a amarte? A ti, la carnicera de la Guerra Dragón-Demoníaca. Un perro debe saber cuál es su lugar».
Lanzó aquellas espinas sin titubear. Si bien era evidente que actuaba bajo el influjo de un conjuro, no dejaba de ser cierto que esos eran sus deseos más profundos y su oscura verdad.
Al oír aquellas atrocidades, la sangre de la dragona ardió en cólera. Valdrova perdió el dominio sobre sus sentimientos y desató una furia tempestuosa. El resultado fue que ella misma asesinó al Tercer Príncipe con sus manos. Incapaz de refrenarse, había vuelto a arrebatar una vida. Sintió un profundo asco por su propia pérdida de control y se castigó mentalmente, convenciéndose de que no era digna de alcanzar la felicidad.
Sin embargo, muy en el fondo, su egoísmo anhelaba una última y pequeña oportunidad para ser dichosa. Se había prometido que, si fallaba una vez más, renunciaría para siempre a la esperanza de la alegría, por el bienestar del resto. Pero el hombre que apareció al final del camino fue él.
«Es un placer conocerte, corazón mío». Ferda era la antítesis del Tercer Príncipe. Desde el primer cruce de miradas, sus ojos la contemplaron con total nitidez. Transmitía la solidez de alguien que lidera para poder unirse a la persona que ama, y no alguien que busca nupcias solo para obtener poder. ¿Por qué el destino no la había cruzado con un sujeto así desde el inicio?
«Si hubiera coincidido con Ferda un poco antes… no habría desarrollado este pavor a interactuar con la gente… habría tenido la valentía para apoyarlo más y alcanzar grandes cosas…», reflexionaba. «Deseo borrar este miedo de mi interior para ser de ayuda a Ferda». Ese era el profundo anhelo de Valdrova.
«¡Jo, jo, jo!»
De improviso, una estruendosa carcajada interrumpió sus pensamientos. El ruido provenía indudablemente del otro lado de las pesadas puertas.
«¿Qué está pasando?» Valdrova ingresó sigilosamente a la sala principal. Allí descubrió a una demonio de cabello rosado sentada cómodamente en el trono real, completamente metida en un juego imaginario.
«Esa chica… fue la que trajo Ferda, ¿verdad?» Recordaba que era una demonio llamada Penélope. Ruri le había comentado que ignoraba cuál era el papel de la joven, pero que Ferda la consideraba indispensable y por eso estaba allí.
«…¿De verdad es ella?» Por más que la observaba, no parecía alguien de utilidad; más bien daba la impresión de ser una muchacha carente de sentido común.
«¿Serás tú? ¿O tal vez tú? Cualquiera me sirve, vengan hacia mí…» clamaba la intrusa señalándose a sí misma, hasta que notó su presencia.
«…Eh». La chica quedó petrificada. Trató de huir disimuladamente, pero Valdrova la detuvo en seco.
«Aguarde un instante». Bajo otras circunstancias, la habría ignorado y mandado a sacar del recinto, pero había algo inexplicable que le impedía dejarla marchar así sin más. Sin comprender ella misma la razón, soltó: «Un momento… ¿podemos conversar un rato?»
Penélope y Valdrova terminaron sentadas codo a codo en un asiento de madera bañado por la tenue luz azul de la luna. Ambas adoptaron una postura rígida y prudente. El silencio reinaba en la estancia.
«Deseo salir corriendo de aquí». Penélope sentía que estaba sentada sobre un lecho de púas. Aunque solía guiarse por sus impulsos animales, el pánico la paralizaba. Tratando de escapar de la tensión, habló con la garganta seca.
«E-este…»
«…»
«He cometido un pecado imperdonable».
«…»
«Aunque, si lo analizo, no es para tanto. Solamente me acomodé en la silla, ¿cierto? ¿O me equivoco?»
«…»
«Ah, olvídalo. Pensándolo bien, sí es una ofensa gravísima. ¡Especialmente por la forma en que estoy hablando!»
«…»
«Uy, ya me fui de boca, ¿verdad? Guardaré silencio».
El refrán que dicta que por la boca muere el pez le sentaba a la perfección a Penélope. El mutismo volvió a adueñarse del lugar, y con cada segundo que pasaba, el corazón de la demonio parecía estar a punto de detenerse.
«Ejem…», intervino Valdrova.
«¡S-sí! ¡Adelante, tiene la palabra!» respondió la pelirosa rápidamente.
«Bueno… la verdad es que no te pedí que te quedaras para reprenderte».
«¿A-ah, no? ¡Fiu! ¡Era evidente que la bondadosa y compasiva señora Valdrova poseía la grandeza de perdonar la insolencia de esta insignificante sierva!»
«Hmm… yo también tenía un poco de intriga».
«¡¿Intriga, dice usted?!» Al encontrar una vía de salvación, el rostro de Penélope se iluminó y se dio golpecitos en el pecho. «¡Esta fiel Penélope contestará cualquier duda que esté dentro de su conocimiento!»
«En ese caso… ¿qué significa exactamente un reino harén?»
«Eh…» Penélope se chocó de frente con un muro gigantesco. Era una cuestión sumamente incómoda para explicársela a otra mujer. Para empeorar las cosas, ¿no la había apuntado con el dedo hace unos minutos proponiéndole ser su concubina?
«E-el harén consiste… bueno… se podría definir como la poligamia».
«¿Poligamia? ¿A qué te refieres?»
«Es cuando un varón posee varias esposas, supongo que es la clase de paraíso con el que cualquier sujeto soñaría, ¿verdad?»
«¿Ah? ¿Tú eras un hombre?»
«No, por supuesto que soy mujer».
«Entonces, ¿cuál es la lógica detrás de eso?»
Tenía un buen punto.
«¡Ay, a lo que me refería era a forjar un imperio harén exclusivamente para usted, señora Valdrova!»
«¿Pero no soy yo también una mujer?»
«¡Pues en ese caso sería un harén donde una dama lidera a otras damas!»
«Mmm… mujeres, eh…». Valdrova visualizó la escena de estar acompañada por decenas de chicas. Trató de imaginar qué actividades hacían las damas al juntarse. «¿Una reunión para beber té, tal vez?» Se vio a sí misma deleitándose al observarlas charlar animadamente. Su interior se estremeció de emoción, sintiendo que por fin se acercaba a la vida de noble que tanto anhelaba.
«Entonces, ¿un reino harén es algo positivo?»
«¿Eh? ¡Ah, c-claro que sí!» Seguramente la dragona había malinterpretado todo el concepto, pero a Penélope no le importaba corregirla. Soltó una risa nerviosa y siguió la corriente.
«Mencionaste que desciendes de Sitri… por lo tanto, eres un Demonio de la Lujuria, ¿me equivoco?» indagó Valdrova.
«¿E-está en lo correcto?»
«Siendo así… supongo que debes comprender muy bien a los varones».
«Uh…» Para Penélope, el género masculino era comparable a los guijarros del camino. Entidades irrelevantes que solo resultaban fastidiosas si uno se tropezaba con ellos, salvo contadas excepciones de hombres sumamente atractivos como Jed.
«¡Lo que sí sé con exactitud es qué clase de mujer resulta cautivadora!», evadió hábilmente.
«Una mujer cautivadora…» La táctica de Penélope funcionó a la perfección, pues Valdrova pareció muy interesada. Se frotó el mentón, el cual ya no estaba cubierto por su máscara de metal.
Mientras Penélope sudaba frío temiendo haber arruinado la charla, la dragona cuestionó: «¿De verdad entiendes a las mujeres?»
«Uy, desde luego. ¡Soy una experta reconociendo el tipo de encanto que vuelve locos a los chicos!»
«Ya veo…» Valdrova meditó unos instantes y finalmente asintió con un simple «Bien».
En contraste con su tono sereno, su siguiente movimiento fue monumental. Se despojó del velo que le ocultaba el rostro, exponiendo sus facciones al natural.
«¿Qué hay de mí… cómo me veo?» preguntó con profunda timidez.
Comments for chapter "Capítulo 171"
MANGA DISCUSSION
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
