Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 172
Capítulo 172. La buena voluntad engendra calamidad
Penélope se quedó de piedra en el segundo en que apreció su rostro. Aquella era la viva imagen del Fuego y la Autoridad. Al contemplar la silueta del dragón en la distancia, había percibido un aura salvaje y abrumadora. Esa misma presencia imponente se mantenía firme incluso cuando portaba la máscara.
Sin embargo, al verla al descubierto, no le quedó más remedio que aceptar su craso error de juicio. Poseía unos ojos de mirada dulce, cargados de inocencia y candor. Sus labios desprendían el encanto puro de una doncella. Además, la rodeaba un aura apacible que infundía calma en quienes la observaban.
¿Sería por ese motivo? La mirada gélida de Penélope se suavizó sin querer, y la abrumadora feminidad de la dragona capturó toda su atención. Si tuviera que describirlo poéticamente, era como la primera nevada acariciando la tierra virgen. Penélope sintió un impulso perverso de pisotear con botas enlodadas aquella blancura inmaculada.
Aquello bordeaba el cataclismo. Tragó saliva casi sin darse cuenta.
«Dime, ¿acaso no soy bonita?»
«¿Eh? ¡Ah! ¡Para nada! ¡Me refiero a que no es eso!» Penélope guardó sus oscuros instintos y reanudó su faceta de aduladora. «¡Posee una belleza tan inmensa que esta humilde sierva se quedó pasmada contemplándola, jajaja!»
«¿Belleza?»
«¡Indudablemente!» Los ojos de la demonio destellaban mientras lanzaba halagos desmedidos. «Cuando sentí su inmenso poder de dragón, temblé de pánico, pero al observar su hermoso rostro, ¡fue suficiente para calmar mis temblores! ¡Por fin entendí lo que experimentan las mariposas al arrojarse a las llamas!»
«¿No es eso de arrojarse a las llamas algo… absurdo y tonto?»
«¡¿Tonto?! ¡Esa apariencia que irradia un perfume tan fresco e inocente de doncella es exactamente lo que vuelve dementes a los hombres!»
«Ah, ya veo. Comprendo». Aunque el tono y las palabras usadas por la pelirosa rozaban lo vulgar, Valdrova prefirió asimilarlo desde un enfoque positivo. «Entiendo. Sin embargo, hay alguien a quien le desagrada que ponga esta expresión…»
«¡¿Q-qué dice?! ¿Qué arpía venenosa se atrevió a soltar semejante barbaridad? Si existe alguien esparciendo difamaciones sobre la grandiosa e inmortal Dragona Roja, Lady Valdrova, ¡esta Penélope no dudará en dejar caer el martillo de la justicia sobre su cabeza!»
«Se trata de Ruri…»
«¡Ruri! Esa vil sabandija de lo peor… Ruri es la asistente personal de Lady Valdrova, ¿verdad?»
«Sí, así es».
«…» El supuesto martillo justiciero de Penélope se desinfló hasta desaparecer. Ante tal reacción, Valdrova constató que la demonio ya tenía historia con su leal sirvienta.
«¿Conoces a Ruri?»
«Ah, claro… Guardo algunos incidentes no muy agradables relacionados con ella».
«¿De verdad?»
«Andaba yo explorando el palacio por mi cuenta, y ella se aparecía cada tanto para lanzarme advertencias».
«¿Qué clase de advertencias?»
«Me soltaba cosas como: ‘No vagabundees sin permiso solo por ser una criatura demoníaca. ¿Acaso crees que este es tu cuarto?’. Con ese tono altanero».
«Ya veo».
«No, en serio, ¿no le resulta cómico? Solo por dar unos pasos en este gigantesco lugar, me amenaza con partirme la espalda en dos, o barbaridades similares».
«Sus comentarios sí suenan un tanto severos».
«¡Y lo peor es que literalmente me partió la espalda!»
«…¿De verdad?»
«¡En tres ocasiones distintas, para ser exactos!»
«¿Eh? Ah, claro, eso es pasarse de la raya…»
«¿Verdad que usted también lo considera así, Archiduquesa? Por todos los cielos, hasta yo pienso que es realmente…»
Penélope soltó la lengua y comenzó a cotillear sin freno. A pesar de saber que la demonio tenía gran parte de la culpa, Valdrova escuchó sus quejas sin interrumpir. En medio de esa charla, la dragona empezó a percibir una atmósfera peculiar.
«¿Qué significa esta sensación…?»
Ese preciso instante se sentía sumamente reconfortante. Para ella, entablar diálogos siempre había sido una montaña rusa de tensión. Los caballeros que conoció en su época de armadura, Ruri, quien la había acompañado más que nadie, e incluso Ferda, el único capaz de hacerle latir el corazón de esa manera… todos representaban un enorme reto a la hora de conversar.
Sin embargo, la palabrería incesante de Penélope era distinta. Decía lo que le venía en gana sin trabarse, y lo mejor de todo era que los temas resultaban tan intrascendentes que el conjunto de la charla se volvía encantador. Fue entonces cuando Valdrova descubrió por qué había retenido a la joven.
«Oye…»
«¡Sí, dígame!»
«¿Te gustaría que fuéramos amigas?»
«…¿Eh?» Penélope parpadeó perpleja. ¿Qué acababan de articular esos labios? ¿»Que fuéramos amigas»? ¿En qué clase de trampa mortal la estaban acorralando? Seguro que si aceptaba la propuesta, la dragona diría «¡Caíste en la trampa!» y la ejecutaría, ¿acaso era una prueba de lealtad?
Mientras la pelirosa mantenía un rostro lleno de pánico, Valdrova insistió con prudencia. «Ser amigas… ¿no te apetece?»
Definitivamente no era un engaño. Bastaba con mirar su rostro; lucía tan avergonzada como una recién casada. Tomarlo a broma sería una tremenda falta de respeto.
«A-amigas… ¿u-usted desea que seamos amigas?» contestó forzadamente, tragándose sus miedos.
Los ojos de Valdrova se iluminaron. «¿L-lo dices en serio?»
«¿Su Alteza fue quien lo propuso…?» Penélope sintió que caminaba sobre un campo minado.
«¡Ah, claro! ¡Es verdad que yo lo sugerí! ¡¡Sí!!» Una sonrisa pura y deslumbrante floreció en el rostro de la dragona, borrando cualquier rastro de inseguridad. Apretó los puños con entusiasmo y alzó los hombros en señal de victoria. «¡¿Eso quiere decir que a partir de hoy somos amigas?!»
«S-sí, claro…»
Penélope no daba crédito a la efusividad de Valdrova. ¿Acaso pronunciar «seamos amigas» ameritaba tanta celebración? Y encima, dirigiéndose a una criatura demoníaca de tan bajo estatus.
«Convertirme en la confidente de un dragón… ninguna persona en su sano juicio aceptaría semejante locura… aguarda un segundo…». Penélope decidió darle un giro a su perspectiva.
«¡¿Acaso esto no es muchísimo más épico de lo que imaginaba?!» Amiga íntima de un dragón. ¿Qué otro ser demoníaco poseía un vínculo así con la deidad del Continente Serdes? Acababa de conseguir lo que ni siquiera los Siete Grandes Demonios pudieron rozar. Ella, una marginada tratada como escoria en su propia dimensión, haciéndose colega de un dragón en su propia fortaleza.
«¡Tal vez!», los ojos de Penélope relampaguearon. «¡Puede que realmente logre derrocar a mi madre y ascender como un Gran Demonio!»
Existe el dicho de que ambicionar cosas más allá de tu lugar trae consigo la ruina. Ella misma ignoraba que ese destello en sus pupilas era el augurio de una estrella desastrosa que anunciaba la tragedia.
«Y así fue como sucedieron las cosas…»
«…»
«Por la petición de una compañera, ella buscaba animar al Señor Ferda. Al no atreverse a hacerlo personalmente y preocuparse por los rumores, me suplicó que se lo modelara…»
El malentendido de Ferda tenía una explicación lógica. El vestido pertenecía a Valdrova, y la tela había sido hilada triturando escamas infundidas con su poder. Aquello bastaba para ocultar la esencia demoníaca de Penélope, propiciando que la confundieran fácilmente con la dueña del castillo.
«…» Miles de reflexiones bombardeaban la mente de Ferda. Su cerebro, al borde del colapso, había quedado prácticamente en blanco.
Tras un largo mutismo, pronunció: «…Ya entiendo».
De pronto, Ferda ató cabos. «¿Fuiste tú quien le metió en la cabeza esa asquerosa frase?»
«¿E-eh? ¿A q-qué se refiere?»
«El término ‘me pone duro’. ¿Acaso tú se lo enseñaste?»
«¿Ah? Yo diciendo semejante…»
«Como era de esperarse, el mayor halago para un hombre es escuchar ‘me pones duro'».
«Ya veo. Pero, ¿qué significa ‘me pones duro’?»
«¡¿De verdad ignoras algo tan básico?! ¡Evidentemente es el máximo elogio que una dama puede dedicarle a un caballero!»
«…Fuiste tú», sentenció él.
Penélope se rascó la cabeza, presa de la vergüenza. Al confirmar sus sospechas, lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Ferda. Sin embargo, no eran gotas cristalinas, sino de un preocupante tono escarlata. Ferda lloraba sangre.
Sentía como si una legión de jinetes apocalípticos pisoteara sus pensamientos. Por un lado, le aliviaba que Valdrova hubiera hallado a alguien con quien sincerarse. Pero, con la misma furia que le provocaba ese consuelo, le hervía la sangre al constatar que dicha amistad era con semejante parásito.
El Círculo de Sombras vibró con fiereza.
Los labios de Ferda se separaron.
«Habla…»
«¿H-hablar?»
«¡Voy a despedazarte, escoria engendrada por Sitri, Penélope!»
«¡Ah!» Ferda, superado por la ira, agarró a la demonio por el cuello. Penélope se vio totalmente incapaz de defenderse del ataque.
«Señor Ferda, le ruego que se detenga», intervino Ruri ante aquella escena irracional. «¡Si tiene pensado ejecutarla, respete la jerarquía! ¡Antes de que usted acabe con ella, la destriparé yo misma!» Su diminuta mano también se abalanzó contra la garganta de Penélope.
Ruri también derramaba lágrimas teñidas de carmesí. Desde el instante en que la pelirosa fue presentada bajo el título de «amiga», Ruri se había mordido el labio con tanta rabia que le sangraba.
El instinto de supervivencia de Penélope se encendió. «¡Si no me defiendo ahora, no saldré viva de esta!» Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se zafó del agarre de ambos y vociferó a todo pulmón.
«¡Tiempo, tiempo! ¡Paren las máquinas! ¡Señor Regente, ¿puede escucharme?!»
«Si entregas tu cuello por las buenas, te garantizaré un final rápido».
«¡Ni de broma! ¡No haga locuras, atiéndame! A usted no le perjudica en absoluto que yo sea su amiga, ¿verdad?»
«Solo por haber dicho eso, tu muerte será cien veces más agónica».
La situación iba en picada, pero Penélope no claudicó.
«Dígame algo, ¿en este momento Lady Valdrova me valora como a una amiga, cierto?»
«La voy a aniquilar». El aura asesina de Ferda solo se hizo más densa.
«Lady Valdrova se esfuerza constantemente por lucir deslumbrante frente al Señor Ferda, ¿lo sabía?»
El brazo de Ferda titubeó un segundo. Penélope se aferró a esa breve pausa.
«Aprovechando esa posición, puedo brindarle la oportunidad de oro para que ambos descubran los sentimientos del otro. ¡Le aseguro que le fascinará!»
«…¿Por ejemplo?»
«P-por ejemplo…» susurró sugestivamente al oído del regente. «¿Se imagina a esa deslumbrante peliroja enfundada en un traje revelador que destaque sus imponentes curvas sin ningún tipo de censura?»
«…»
«¿O tal vez portando una lencería transparente de tela fina que deje entrever delicadamente su silueta?»
«…»
«Si me permite conservar mi título de amiga, ¿no cree que podría contemplar la sensualidad oculta de Lady Valdrova con sus propios ojos?»
Frente a tales argumentos, Ferda quedó mudo. Antes de que su mente pudiera volar con las alas de esa fantasía, una voz lo cortó.
«¿Qué le preocupa tanto?» Ruri, asqueada por el sepulcral silencio del regente, lo fulminó con la mirada.
Ferda pegó un brinco. «No estoy preocupado por nada».
«Para alguien que afirma eso, da la impresión de que su mente acaba de proyectar una imagen sumamente obscena de Lady Valdrova».
«…Nada de eso». Si la asistente se hubiera demorado un segundo más en preguntar, seguramente él habría respondido afirmativamente. El propio Ferda estaba atónito. Aquella seducción que el Gran Demonio Sitri jamás pudo efectuar, la estaba logrando esta inepta de tercera categoría. Sin duda alguna, era obra del Vaso Vital. Un poder verdaderamente aterrador.
«En el preciso instante en que vea a Lady Valdrova vistiendo las indecencias que sugiere este engendro, no solo acabaré con la vida de este demonio, sino que le arrancaré los globos oculares al Señor Ferda».
«Si ella decide ponérselo por voluntad propia, tú careces de autoridad para impedir…»
«¡¿Qué se atrevió a decir?!» Ferda selló sus labios de inmediato. Los dedos índices de la sirvienta apuntaban amenazadoramente a sus pupilas.
Durante el resto del viaje en la carroza, los ojos asesinos de Ruri no se apartaron de Ferda, y Penélope pudo dar gracias de seguir con vida.
Entretanto, la capital del imperio continuaba sumida en el caos tras la partida del regente. El rumor de que los dos puestos más altos del gobierno eran devotos encubiertos de los demonios generó un revuelo colosal. Se convirtieron en el objetivo soñado de los agitadores políticos ansiosos por ganar influencia, arrebatándoles la paz a los nobles. La Sede de la Guardia Imperial atravesaba días de locura absoluta.
«Me enteré de que visitaste la Mansión de Debleung».
«Así es».
«¿Cuál es el reporte?»
La Mansión de Debleung gozaba de renombre por sus enormes proporciones, desentonando con el estatus real de la familia. Había sido un monumento a la tradición y el orgullo, despertando la envidia de todos. Sin embargo, eso ya era historia. Aquel bastión de riqueza y autoridad se había metamorfoseado en una propiedad maldita, teñida por las sombras de vicios retorcidos.
«Apestaba desde la misma entrada, algo típico de un nido habitado por un mocoso endemoniado. Hasta la selección de cuadros era repugnante».
«¿Es cierto que quemaste todo el lugar hasta los cimientos?»
«¿Había otra opción? El Archiduque Golt determinó que era la única forma de purificar la patria. Ordenó calcinar la propiedad entera y construir edificaciones nuevas».
«Alegando que ya no se puede confiar en nadie…»
«El Archiduque debe de estar destrozado por la traición».
Valdemar Golt, el Héroe del Pueblo. Un aristócrata de tal prestigio que atreverse a ofender su nombre en la taberna más vulgar garantizaba recibir una golpiza. Todos compadecían a Valdemar mientras escupían maldiciones contra Debleung, el títere del demonio.
«¿Hay novedades sobre la rehén liberada de las garras de la hija de ese monstruo?»
«Sigue en reposo en el hospital público. Su cuerpo estaba tan contaminado con narcóticos que cinco clérigos a duras penas lograron revertir su parálisis total».
«¿De verdad?»
«Los informes médicos indican que aguantó tres años bajo encierro absoluto».
«¿Y eso resulta asombroso?»
«Por supuesto. Entre las víctimas se hallaba un miembro de la Élite de Caballeros Imperiales. Ese guerrero no aguantó ni noventa días antes de perecer; en cambio, ella sobrevivió un trienio completo».
En el proceso de selección de los Caballeros Imperiales, se evalúa absolutamente todo con lupa, pero la fortaleza psicológica es el pilar innegociable. Por más que un soldado domine el acero a la perfección, una mente frágil equivale a un despido inmediato.
«¿Acaso Debleung tuvo compasión por tratarse de una doncella?»
«Para nada. Ella toleró un infierno que quebró a guerreros entrenados en menos de un mes, y aun así logró salir con vida».
«Tres años soportando eso…»
«Suena como si estuvieran forjando a un mercenario de una logia clandestina. ¿No existe una táctica similar, donde torturan a los reclutas y solo retienen a los que no se rinden?»
«Déjate de estupideces…» Las palabras del oficial quedaron suspendidas en el aire. De pronto, un destello en lo profundo de su memoria comenzó a conectarse con esa frase.
«¿Hicieron un retrato de esa mujer?»
«Ordenamos que un artista dibujara su perfil para archivarla».
El subordinado le entregó el pergamino recién entintado a su jefe. El semblante del capitán, normalmente sereno, fue perdiendo color rápidamente.
«Aguarde…» Rebuscó frenéticamente entre los cajones de su escritorio. No buscaba en los archivos de civiles perdidos, sino en la carpeta roja de los criminales más buscados. Sus manos, temblando ligeramente, extrajeron un viejo documento del fondo.
«…Maldición». Su rostro adquirió un tono cadavérico.
«¿Qué sucede, jefe?»
«¡Ese maldito puerco asqueroso mantuvo oculta a un objetivo de extrema importancia todo este tiempo!» bramó.
Los presentes se sobresaltaron ante el repentino ataque de ira.
«¡Saquen Anuladores de Magia de Grado 1 y vuelen al hospital! ¡Tenemos que asegurar a esa mujer cueste lo que cueste!»
«¿Pero qué demonios…?»
«¡Cierren la boca y obedezcan!»
«¡S-sí, señor!»
El escuadrón corrió a las espaldas de su líder, sin detenerse a respirar, pero al irrumpir en la clínica, solo hallaron las sábanas vacías.
«¡Decrete la Alerta de Nivel 1 de inmediato!»
«¿Alerta de Nivel 1, comandante?»
«¡Desplieguen a la guarnición completa y ordenen al ejército que selle las fronteras del imperio!»
«Comandante, para emitir esa clase de emergencia, requerimos un motivo justificado».
El jefe tragó saliva, tratando de recuperar el aire, y sentenció:
«Sierra…»
«¿Sierra?»
Sierra. Esa simple palabra bastó para que todos dimensionaran la magnitud de la catástrofe inminente.
«Informen a la comandancia que el Lobo de Sierra ha sido liberado».
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