El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 104
Capítulo 104
Capítulo 104
El almirante ahogado, Francis Barbarossa, permanecía inmóvil en el lugar.
Su aspecto actual evocaba la imagen de un roedor empapado.
Francis, quien en sus inicios fue un simple corsario y en la actualidad ejercía como almirante de la escuadra más poderosa de todo el continente, jamás perteneció a la aristocracia. Era un hombre de mar desprovisto de un linaje, originario de las islas navegantes de los Cuatro Mares. Apoyado en un magnetismo personal fuera de lo común, incrementó su poderío, distinguiéndose con fuerza en las artes de la piratería al asaltar a sus rivales en las extensiones del océano.
En un periodo breve, Francis se transformó en un proscrito célebre que infundía temor en todas las potencias, una auténtica pesadilla de las aguas.
Al momento en que el Imperio dio inicio a sus campañas de unificación, le otorgaron el apellido Barbarroja al bucanero Francis, confiriéndole además el rango de almirante para poner bajo su tutela la totalidad de la armada imperial. Junto a este nombramiento, se le otorgó una patente de corso, la cual le facultaba para desvalijar legalmente las embarcaciones enemigas.
En su rol de almirante, Barbarroja guio a las fuerzas navales imperiales hacia el triunfo definitivo frente a la denominada flota invencible del desaparecido Reino de Britannia. Aquel descalabro significó el impacto fulminante que propició la ruina de dicha nación y, debido a sus méritos, el antiguo corsario Barbarroja fue ascendido a la condición de uno de los tres grandes duques del Imperio, asumiendo el control de los Cuatro Mares.
Sajonia, Lancaster, Barbarroja.
Incluso después de que el Imperio consiguiera unificar el territorio continental, Barbarroja se resistió a abandonar su verdadera pasión. Actuando en paralelo como gran duque imperial y como un pirata al margen de la ley, prosiguió con sus saqueos. Teniendo su fortaleza en un territorio insular, ni el mismísimo Imperio poseía el valor de confrontarlo en el dominio de la superficie marina. Por tales motivos, se le conoció popularmente con el sobrenombre del duque pirata.
Tiempo después, el duque pirata Francisco Barbarroja emprendió un viaje inesperado al mando de cinco navíos, adentrándose más allá de los confines orientales del continente.
Su propósito era contemplar el supuesto «límite del mundo» que las leyendas ubicaban al otro lado del océano.
Nadie albergaba la esperanza de volver a verlo con vida. Las altas esferas del Imperio dieron por sentado que el Duque Pirata había perecido, despeñándose por el borde de la tierra.
No obstante, Francisco Barbarroja logró retornar del viaje.
De las cinco embarcaciones originales, cuatro se habían ido a pique, manteniéndose a flote únicamente el navío que capitaneaba en persona.
Consiguió hallar la masa continental oriental tras cruzar el mar de la muerte e incluso fue más allá, completando de este modo la primera circunnavegación del globo. Sus proezas se vieron rodeadas de incontables mitos, entre ellos la historia de cómo pactó con una entidad demoníaca marina para recibir el don de la inmortalidad mientras su flotilla se hundía en las aguas del Triángulo del Diablo.
Y en esos instantes, Dale se topaba cara a cara con el mito viviente.
El almirante ahogado, Francis Barbarossa.
Tal como señalaban los rumores, se presentaba perennemente empapado, semejante a un roedor sorprendido por un aguacero.
—¿De qué manera localizaste mi corazón?
El Almirante Ahogado se expresó utilizando un tono profundo y cargado de opresión, transmitiendo la sensación de que podía sumergirse en lo más hondo del océano en cualquier instante.
—Tal como le señalé previamente, aquello corresponde a un secreto de mi oficio.
El Maestro de la Ciudad, oculto tras la máscara del Hombre Sonriente, replicó exhibiendo un gesto pícaro.
De forma simultánea, el entorno entero del mercado negro dio la impresión de hundirse.
Hacia las profundidades insondables de las aguas, en la penumbra del fondo marino.
Aquello no constituía una simple forma de hablar. Se experimentaba de un modo tan real como si verdaderamente estuvieran bajo el agua, privados de aire.
—¿¡El reino de las ideas…!?
Sin embargo, resultaba insólito que el Almirante Ahogado poseyera destreza alguna en las artes mágicas. Menos aún que empleara dicho espacio en calidad de arma. No existían certezas, pero la intuición dictaba que se trataba de algo sumamente distinto.
No correspondía a la magia convencional que Dale dominaba, sino a un fenómeno más extravagante y ajeno.
—… Tendría la capacidad de ahogarlos a todos en la fosa del lecho marino.
El Almirante Ahogado emitió sus palabras desde la hondura, igual que si sostuviera una charla en suelo firme pese a encontrarse sumergido. Por más que las artes místicas se acoplaran a la fuerza de las ideas, tal hazaña resultaba inconcebible.
Con el fluido salino penetrando en su garganta, el simple hecho de conservar el conocimiento representaba una auténtica proeza.
De pronto.
¡Zas!
El entorno dio un vuelco y la opresión por la falta de aire se desvaneció. La totalidad de los presentes, incluyendo a Dale, se hallaron nuevamente sobre las baldosas de mármol pertenecientes al mercado negro.
—¡Gah, tos!
El líquido brotó expulsado de su garganta, quedando completamente empapado igual que un roedor desvalido.
Ni el propio Maestro de la Ciudad, portador de la máscara del Hombre Sonriente, consiguió librarse de aquello. La protección de su rostro se movió, dejando expuesta la identidad que ocultaba.
Carecía de cicatrices o rasgos de relevancia. Se trataba de un individuo de facciones comunes y difíciles de recordar.
El Almirante Ahogado, con las solapas de su abrigo mojado moviéndose con la corriente de aire, sujetó firmemente al Maestro de la Ciudad por la zona del cuello.
—¡Gah, ugh…!
La opresión del ahogo se asemejaba a percibir cómo el líquido se introducía a la fuerza por su conducto respiratorio.
—Te lo interrogaré una vez más.
El Almirante Ahogado prosiguió.
—¿De qué forma diste con esa caja y en qué sitio la mantienes oculta?
Bajo esas circunstancias, resultaba imposible obtener una réplica. Tras unos instantes de pura coacción, el Almirante Ahogado lo soltó arrojándolo a un lado, permitiendo que el Maestro de la Ciudad tomara aire de nuevo mientras esbozaba una mueca alegre.
—¡Ja, ja! Esto resulta ciertamente… En estos momentos me encuentro desconcertado respecto a quién posee realmente el órgano vital del duque.
Acomodándose las prendas, abandonó la protección del Hombre Riendo en la superficie del suelo a sus espaldas.
—Como ya he especificado, el cofre de obsidiana que resguarda el órgano vital del duque será objeto de transacción siguiendo estrictamente los protocolos establecidos por el mercado negro.
Mostrándose cual intérprete en un proscenio, con un gesto indescifrable en el rostro.
—Y en cuanto el trato se dé por concluido, por más que decidas asfixiarme, no conseguirás aclaración alguna.
—… ¿Acaso pretendes amedrentarme?
—Únicamente me encuentro efectuando los deberes que me corresponden en mi rol de mediador de la subasta.
El regente de la urbe estiró su extremidad en dirección a Dale y añadió.
—Tal como acabo de declarar, la oferta de inicio para el proceso de subasta equivale a una ficha negra.
Dale no figuraba como el único contendiente en este proceso de puja.
Ray Eurys y Mikhail Lancaster también estaban presentes. No obstante, el individuo que se alzó con el triunfo en el Club de la Lucha por encima de ellos fue el Príncipe Negro de Sajonia, lo que le otorgaba a Dale la prerrogativa de adquirir de manera inmediata cualquiera de las mercancías del mercado negro.
Y el valor de salida se reducía a una sola pieza de intercambio.
—¿Es tu deseo hacer valer el derecho que obtuviste como triunfador del Club de la Lucha?
—……
Tras un lapso de quietud, Dale dirigió la mirada de reojo. El Almirante Ahogado, quien irradiaba una energía verdaderamente imponente, lo observaba con marcada furia.
—Haré uso del derecho del triunfador.
Manifestó Dale.
La oferta de salida equivale a una ficha negra.
—Ah, una resolución verdaderamente magnífica.
El regente de la urbe esbozó una sonrisa, mostrándose visiblemente satisfecho.
—Por lo tanto, a cambio de una pieza, el órgano vital del duque pasará a manos del príncipe Dale…
—No.
En ese preciso instante, Dale cortó las palabras del regente de la urbe. Extrajo un pesado saco que guardaba bajo los pliegues de su vestimenta oscura.
Estableció el valor del artículo que pretendía adquirir en ese mismo momento.
—Ochocientos treinta y nueve.
—Ah.
Por el corazón del almirante ahogado, cuyo valor inicial era de una sola pieza, Dale decidió poner en juego la totalidad de sus recursos. El regente de la urbe contuvo el aliento mostrando gran fascinación.
Entre Dale, el regente de la urbe y el almirante ahogado, la hostilidad se volvió sumamente densa, al límite de quebrar en cualquier segundo.
Ray Eurys, Mikhail Lancaster junto a los ejecutores pertenecientes a la Corte de las Sombras pasaron a ser simples espectadores secundarios en aquel escenario.
—Infante atrevido.
El Almirante Ahogado reaccionó ante las declaraciones emitidas por Dale.
—¿Presumes que posees la capacidad de adquirir mi órgano vital mediante semejante artimaña?
Cada una de sus expresiones cargaba con la fuerza necesaria para sepultar a cualquiera en lo profundo de las aguas.
—Ciertamente, Su Excelencia el Almirante Ahogado comprende la situación a la perfección.
Pese a ello, Dale no se achicó de forma simple ante la opresión que ejercía el rival.
—No existe alma en esta tierra que desestime una negociación que le conceda el dominio sobre la existencia de un individuo de gran poder.
—¿Y de verdad supones que saldrás impune de esto, infante?
—¿Se encuentra usted fuera de peligro, Excelencia?
Inquirió Dale mostrando total serenidad.
—Con que pongas una sola falange sobre ese cofre…
El Almirante Ahogado declaró.
—Te aseguro que ni el ser más insignificante en los confines de esta urbe logrará sobrevivir.
Acompañando sus palabras con la advertencia de sumergir bajo el agua a la totalidad de los pobladores de la región.
Tal como indicaban sus afirmaciones, la armada invencible comandada por el Almirante Ahogado mantenía bloqueadas las vías fluviales de la Ciudad del Gremio y, a estas alturas, sus combatientes ya habrían tocado tierra firme para cercar el asentamiento.
—Todavía no ha brindado una réplica a mi interrogante.
Pese a la advertencia, Dale prosiguió sin mostrar perturbación alguna.
—Le estoy interrogando sobre si usted, Excelencia, se halla fuera de peligro.
—… ¿Acaso pretendes amedrentarme, infante?
Inquirió el Almirante Ahogado.
Por lo menos resultaba evidente que este individuo no compartía la cobardía del cardenal Nikolai, quien temblaba ante el riesgo de perder la vida.
Inició su camino siendo un pirata común, transformándose con el tiempo en el soberano de las rutas marítimas al frente de una armada de bucaneros, venciendo a la flota imbatible del Reino de Britannia en su condición de almirante imperial y culminando el viaje inicial alrededor del globo terráqueo tras sellar un trato con una entidad demoníaca del mar.
Un personaje de semejante envergadura jamás mostraría debilidad ante la posibilidad de su propio deceso.
—El duque optaría por desprenderse de su existencia antes que doblegarse ante coacciones de tal naturaleza, ¿no es verdad?
—En ese caso, debes tener claro que compartirás ese destino junto a él.
—Mi propósito aquí no es poner en riesgo la existencia del duque —replicó Dale manteniendo la calma.
—¿Es que todavía no has logrado comprenderlo?
—¿Comprender qué asunto?
—El duque ciertamente debió resguardar el cofre en un sitio recóndito e inaccesible para cualquiera, en lo más profundo de las masas de agua.
Dale añadió: —No obstante, en este instante se encuentra aquí, siendo objeto de puja por parte de este individuo —señaló con el dedo en dirección al regente. —Desconozco por completo el método que empleó para dar con su paradero.
—……
—Sin embargo, existe una certeza que puedo manifestar.
—¿Y cuál sería esa certeza?
—Independientemente del rincón del globo donde decida ocultarlo, este individuo conseguirá hallarlo, y el duque jamás hallará la paz.
—Estás en lo correcto —corroboró el duque con tono hostil. —Jamás permitiré que ese órgano vital escape de mi rango de visión nuevamente.
—Oh, ten por seguro que nada me complacería más que retornar el órgano vital a tus manos y retirarme sin generar disturbios.
—Bajo esa premisa, concédemelo.
Dale contestó mostrando una actitud desinteresada, como si el conflicto no fuera con él. —No obstante, de proceder de esa forma, la totalidad de las almas reunidas en este sitio terminarán convertidas en espectros sumergidos.
—Existe la posibilidad de que decida conservar tu vida.
—No —Dale expresó su negativa moviendo la cabeza, empleando una voz sumamente fría. —Dado que poseo el conocimiento de este misterio, el duque jamás me permitiría continuar respirando.
Sus palabras denotaban una convicción absoluta, carente de vacilaciones. —Y no entra en mis planes perecer sin presentar batalla.
Por un instante breve, un destello de curiosidad se reflejó en las facciones del duque.
—Por lo tanto, dispongo de una alternativa que plantear.
—Proceda a exponerla.
—La inmensidad del lecho marino fue incapaz de salvaguardar el órgano vital del duque.
—……
—Sin embargo, poseo el conocimiento de un sitio idóneo para resguardar tanto el órgano vital del duque como mi propia existencia.
—¿Y qué lugar posee tales características? —inquirió el duque.
Dale contestó: —El Abismo de Saxon.
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