El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 103
Capítulo 103
Capítulo 103
En los límites de Guild City, el océano nocturno resplandecía bajo el tenue destello estelar, mientras el oleaje golpeaba suavemente la costa.
Aquel sitio correspondía a la localidad costera de Cambio, reconocida como el epicentro mercantil más colosal de todo el imperio, asentada en las aguas meridionales de la masa continental.
Arte del Cambio.
Esta poderosa agrupación, encargada del control monetario y financiero, albergaba al denominado «Maestro de la Ciudad», individuo que controlaba las siete metrópolis junto a sus respectivos gremios. Bajo la fachada de esta urbe, las ambiciones más oscuras se entrelazaban en lo profundo.
El Desfile de las Bestias.
No se trataba de un sentido figurado, sino de una congregación real de individuos ocultos tras disfraces de porcinos, aves, equinos y bovinos. Emulando una festividad de carnaval, vestían caretas sumamente sofisticadas y se regocijaban en una opulenta celebración que competía directamente con el esplendor de la mismísima corte imperial.
Dale formaba parte de aquel escenario.
Se protegía el rostro con una pieza blanca que evocaba al Fantasma de la Ópera, portando además un ropaje oscuro que asemejaba una túnica de tono negro con el fin de resguardar su anonimato.
Aquella era la jornada en que abría sus puertas el comercio ilegal más vasto de la región.
Caminando entre aquella muchedumbre disfrazada de criaturas, Dale desvió la mirada.
Haciendo honor a su reputación, aquel sitio clandestino exhibía una cantidad desbordante de mercancías.
Similares a los mostradores acristalados de los establecimientos más exclusivos.
Eran piezas cuyo valor no alcanzaba para una puja de alta categoría, pero resultaban idóneas para avivar el comercio encubierto. Se exhibían desde criaturas vivientes hasta reliquias exóticas que diversos exploradores habían extraído de los laberintos exponiendo sus propias vidas. Riquezas que superarían el patrimonio completo de un aristócrata de bajo rango se trataban en este sitio como simples baratijas.
Un auténtico territorio de combate financiero donde incluso los aristócratas más influyentes del reino no osaban ingresar sin arriesgar su propio capital.
«Respetables concurrentes…».
Pronunció un individuo.
«Y distinguidas marionetas del alta sociedad».
Sus labios dibujaron un gesto arqueado que emulaba una media luna.
Iba ataviado con la careta del «Hombre que ríe».
Aquel sujeto era uno de los siete líderes gremiales, actuando en representación de las restantes seis cofradías y de las siete urbes.
«Sean bienvenidos a la máxima joya de nuestra metrópoli gremial, el «Mercado Negro»».
La cúspide de la estructura urbana se hacía presente. El líder supremo finalmente daba la cara.
«Daremos inicio a las ofertas partiendo de tres divisas oscuras».
«Ofrezco cuatro».
«Subo a cinco».
«¡Ofrecen siete!».
«¡Excelente, contamos con siete, siete divisas en la mesa!».
El Maestro de la Ciudad exclamó con júbilo, mientras su gesto se curveaba en esa peculiar mueca de media luna tras la protección del «Hombre que ríe».
Tratándose del espacio de contrabando más imponente del continente, las cantidades mencionadas podían percibirse ridículamente bajas. No obstante, cada una de las divisas entregadas poseía el valor equivalente a una inmensa fortuna.
Visto de cierto modo, guardaba gran similitud con los elementos de apuesta en un salón de juego.
Se presentaban los objetos, se les fijaba un costo y se adjudicaba la posesión. No había más misterio.
Un artículo era entregado y de inmediato se exhibía el subsecuente. Los asistentes participaban con gran fervor utilizando sus fichas, y la pieza subsiguiente era obtenida por quien ponía sobre la mesa siete de estas divisas.
Ninguno de aquellos objetos logró captar la atención de Dale.
La velada apenas comenzaba.
Sintiendo la presencia de las «cientos de fichas negras» resguardadas entre los pliegues de su vestimenta, optó por dar la vuelta.
Apartándose de los vigilantes reales que acechaban en la penumbra, se integró de forma inadvertida entre la multitud disfrazada de seres animales.
«Cien».
La palabra de un asistente provocó que un mutismo absoluto cubriera el recinto. Los aplausos provenientes del líder de la urbe rompieron la quietud.
«Una determinación formidable».
La cantidad de postores autorizados se reducía con gran velocidad.
Tras realizar sus ofertas con las divisas correspondientes, procedían a saldar los montos por medio de las dependencias del «Gremio Cambio» que operaban a lo largo y ancho del territorio continental.
Documentos de cobro.
Dicho de otra forma, las pertenencias no se entregaban en ese preciso instante, sino una vez que la transacción monetaria quedaba plenamente ratificada. La urbe de los gremios poseía la astucia suficiente para no congregar reliquias y fortunas de tal calibre en una sola locación.
Al quedarse sin fichas disponibles, los emisarios de la aristocracia empezaron a retirarse del establecimiento de manera paulatina. No obstante, ciertos individuos permanecieron completamente estáticos.
Encabezando el grupo se hallaba el «Príncipe Negro» perteneciente al linaje Sachsen, escoltado por el emisario del reino Ray Yuris, junto a Mikhail, el duque de Lancaster, además de otros sujetos cuyas facciones se ocultaban tras diversas máscaras.
Pese al constante desfile de objetos preciosos, el grupo de asistentes se reducía progresivamente y ningún elemento conseguía despertar la ambición de Dale o del Duque Negro.
¿Pretendían acaso resguardar sus mejores opciones para el desenlace? Aquello carecía de relevancia. Experimentando una punzada dolorosa, Dale extendió su oscura extremidad artificial mientras reflexionaba.
«El momento ha llegado».
Justo en ese instante, el Maestro de la Ciudad prosiguió con su intervención, empleando un tono cargado de misticismo y en voz baja.
La pieza de cierre.
«…!»
El semblante de Dale, y en realidad el rostro de cada uno de los presentes, se tornó rígido debido al asombro.
En ese mismo instante.
El océano nocturno manifestaba un fuerte oleaje bajo una intensa penumbra. Distanciándose del silencio abrumador, múltiples navíos surcaron las aguas hasta aproximarse a la orilla. Diversas siluetas se desplazaban con extrema agilidad.
En las estructuras defensivas de la urbe costera de Cambio, los ganchos empleados para los asedios se afianzaron de manera silenciosa. Las figuras oscuras treparon velozmente por las estructuras de piedra.
¡Zas!
Un filo descendió de forma violenta sobre un centinela que se encontraba en una de las posiciones de vigilancia.
«¡Gah, urgh…!»
El líquido vital emanó con fuerza desde la garganta herida, interrumpiendo cualquier intento de emitir una voz inteligible. Los custodios destinados a la protección de dicha torre perecieron sin la menor oportunidad de defenderse.
Momentos después.
Más allá de la línea del horizonte sumida en la total oscuridad, monumentales siluetas comenzaron a recortarse una tras otra. Las estructuras delanteras de los barcos cortaban el agua, exhibiendo su imponente volumen mientras el viento de la noche inflaba sus lienzos.
En dichos lienzos se distinguía con claridad la insignia de una osamenta craneal montada sobre dos restos óseos cruzados.
El Jolly Roger.
En este plano, el mencionado emblema poseía una única interpretación. Correspondía a la heráldica del linaje Barbarossa, considerada una de las «Tres Grandes Casas Ducales» de la nación, compartiendo estatus con las estirpes Sachsen y Lancaster.
Amos absolutos de las islas que conformaban el Mar de la Muerte, poseedores del control de una armada imbatible.
¡Clank!
Las embarcaciones extendieron sus amarras y las pesadas estructuras de hierro descendieron al fondo marino. Aquella portentosa escuadra marítima se encontraba bajo el mando directo del «Duque Ahogado», Francisco Barbarroja.
Semejantes a criaturas místicas emergiendo del fondo del mar, la silenciosa armada redujo su marcha hasta quedar estática junto a la costa.
Sin embargo, no restaba ningún centinela con vida para dar aviso sobre el arribo o para encender las señales de advertencia.
«¡Maestro de la ciudad!»
Una exclamación estrepitosa interrumpió la quietud del comercio clandestino, un sitio que supuestamente gozaba de una seguridad infranqueable. Un combatiente, visiblemente alterado por la sorpresa, ingresó apresuradamente al recinto y se dirigió con vehemencia al líder de la urbe y a los directivos gremiales.
«¡La armada perteneciente al duque ahogado Barbarroja se encuentra realizando un despliegue en los alrededores de la urbe!».
«…»
Perpetrar un asalto contra el mercado negro constituía una acción de una gravedad inmensurable que nadie podía pasar por alto.
Aquello no solo implicaba enemistarse de manera directa con Guild City. Significaba plantarle cara a la dinastía real, al soberano, a la Torre Roja que fungía como pilar de la nación, a las dos estirpes ducales y a una cantidad considerable de la alta aristocracia.
Representaba, de forma literal, ponerse en contra de todo el entorno conocido.
A pesar de ello, ninguno de los presentes en la subasta clandestina se dejó perturbar por la noticia.
Ni los siete dirigentes de las cofradías, ni los emisarios que se encontraban en el lugar.
«Por lo tanto, ¿bajo qué cantidad fijaremos el inicio de la puja para esta pieza?».
Interrogó el líder de la urbe.
Sin denotar el menor titubeo, clavó su mirada fijamente en Dale.
La aseveración de que la urbe de los gremios custodiaba un objeto sumamente anhelado por el Duque Negro resultó ser completamente verídica.
Es más, no se limitaba únicamente al Duque Negro. ¿Existía acaso alguien en el reino que no codiciara semejante artículo? No había espacio para lamentarse por la extremidad que había perdido en el recinto de combates. Incluso si debiera prescindir de dicho brazo de forma permanente, tal situación no alteraría los hechos actuales.
«Me resulta imposible calcular un precio aproximado para esto».
«… ¿Cuáles son tus pretensiones?».
Finalmente, tras una prolongada pausa, Dale pronunció palabra.
«¿De qué manera cayó en tus manos?».
Acto seguido, arrojó al suelo la protección facial inspirada en El fantasma de la ópera.
«Información reservada del oficio».
El dirigente urbano esbozó una mueca maliciosa tras la protección del «Hombre que ríe».
«¿Cuál es la razón para no conservarlo tú mismo en lugar de ponerlo a nuestra disposición?».
«Debido a que carece de utilidad para mí».
Replicó el líder de la urbe.
«Preservarlo no me aporta beneficio alguno».
«¿Consideras que eso aclara mi duda?».
«Permíteme entonces plantearlo de otro modo».
El dirigente prosiguió.
«¿Qué relevancia tendría si permaneciera bajo la custodia de nuestra Ciudad Gremial?».
Mostrando una actitud de desconcierto.
«Con Dale coaccionando al dirigente de Calimala para asumir el dominio de la Corte de las Sombras… Ray presionando al líder de Lana y Mikhail sumando a Santiago a sus filas…».
«…!»
Enumerando de forma precisa las conspiraciones que tomaban forma en Guild City.
Los seis dirigentes de las cofradías se vieron incapaces de disimular su asombro, e incluso el propio Dale perdió su expresión imperturbable al escuchar la mención directa sobre la Corte de las Sombras.
«Maldita sea».
Ni el propio líder Baro ni los individuos con caretas de aves que resguardaban el recinto clandestino pudieron contener su agitación.
«¿Qué impacto real genera esto en el porvenir de una urbe cuyos pactos se disuelven al transformarse en el escenario de disputa para los más poderosos?».
En ese preciso instante ocurrió.
¡Boom!
En el acceso principal del mercado negro, un espacio que requería una total confidencialidad, se desató un gran alboroto. Al frente de la defensa se posicionó el líder Baro, acompañado por los combatientes más destacados de la «Corte de las Sombras», quienes empuñaron sus herramientas de combate.
Ellos representaban a los custodios de mayor renombre en la urbe, con la tarea específica de velar por la integridad del comercio ilegal al que asistían las personalidades más exclusivas del Reino.
Se percibió el eco de unas pisadas en la lejanía.
«Les pido que no se alteren, no hay motivo para el temor».
Una frase resonó al compás de los pasos que acortaban la distancia.
«Bajo ninguna circunstancia cometería la imprudencia de cederle «eso» a las fuerzas del Reino».
El Maestro de la Ciudad continuó con su discurso.
«Desde el inicio, únicamente existían dos individuos con los méritos suficientes para reclamar este elemento».
Dos sujetos.
«Jaxen y Lancaster».
Hizo alusión a dos de las tres principales figuras ducales de la nación.
«Y mantengo la certeza de que el príncipe Dale reúne las mejores condiciones para ser el poseedor de este artículo».
«……»
«Tras observar tu desempeño en el terreno de combates, finalmente disipé mis dudas».
«¿Qué es lo que has corroborado?».
«Que posees una genialidad única, siendo catalogado como el talento más deslumbrante de la nación tanto en las artes de la espada como en las disciplinas místicas».
El líder de la urbe declaró.
«Sumado a ello, de cara a escenarios sumamente adversos, demuestras la valentía y la agudeza necesarias para descifrar las intenciones ajenas y afrontar peligros previamente evaluados».
«……»
«Príncipe Dale, usted cuenta con las «aptitudes»».
«¿A qué clase de aptitudes haces referencia?».
«Las condiciones indispensables para ejercer el dominio sobre este entorno».
«…!»
Desde su concepción, este evento jamás se planificó como una puja tradicional. Se trataba de una evaluación.
Una prueba diseñada para constatar quién poseía el derecho de obtenerlo mediante el triunfo en el espacio de combates.
Identificar a aquel que se alzaría con la victoria por encima de los prodigios más dotados del Reino.
«El balance de fuerzas que da soporte a la nación sufrirá una alteración, las estructuras colapsarán y ocurrirán transformaciones profundas».
Pese a todo, una interrogante permanecía suspendida en el aire. ¿Cuál era el propósito final del Maestro de la Ciudad?
Las pisadas se hallaban cada vez más próximas.
¡Bang!
Finalmente, la compuerta reforzada del recinto clandestino se quebró en pedazos, dejando a la vista a un sujeto.
Un individuo que presentaba el aspecto desaliñado de un roedor empapado.
Tan pronto como uno de los ejecutores de mayor rango pertenecientes a la «Corte de las Sombras» lo divisó, se lanzó al ataque modificando la postura de su filo.
«¡Insensato, detén tu avance de inmediato!».
De manera simultánea, el líder Baro lanzó un grito cargado de consternación.
El avance del ejecutor se interrumpió abruptamente, quedando rígido en su posición.
Un crujido similar al hervor de un líquido denso se propagó por el espacio.
El combatiente, que debió haber arremetido contra el intruso, se vio atrapado sin la posibilidad de realizar el menor movimiento.
«¡Gah, gah… gah!».
Al mismo tiempo, empezó a experimentar una sensación de hundimiento, tal como si lo sumergieran en una masa de agua, debatiéndose en el espacio suspendido. La superficie de mármol bajo sus pies daba la impresión de transformarse en el mismísimo océano.
«A continuación, procederé a exhibir el artículo ante ustedes».
Resguardado por la careta del «Hombre Sonriente» a sus espaldas, el líder de la urbe tomó la palabra.
Ante la mirada atenta de Jaxen, Lancaster y Barbarroja.
«Uno de los tres grandes duques de la nación, el duque ahogado Francisco Barbarroja».
«……»
«Daremos inicio a las ofertas partiendo de una divisa oscura junto al cofre que resguarda el órgano vital del Duque Ahogado».
El cofre que resguarda el corazón del Duque Ahogado.
Un relato místico proveniente de la época en que Barbarroja era identificado como el Duque Pirata, individuo que pactó con una entidad demoníaca de las profundidades marinas para conseguir la eternidad, ocultando su órgano vital dentro de un recipiente de obsidiana en lo más profundo del mar.
Y el suceso de que el mismísimo Duque Ahogado hubiera movilizado a la totalidad de su armada hasta este punto específico.
Aquel acontecimiento constituía por sí mismo el testimonio irrefutable de las afirmaciones vertidas por el Maestro de la Ciudad.
Dicho en otras palabras, la última pieza sometida a puja en el comercio ilegal representaba una sola realidad.
Aquel que consiguiera adjudicársela tomaría el control absoluto sobre la existencia de una de las tres máximas figuras ducales del Reino… el Duque Ahogado.
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