El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 11
Capítulo 11
Capítulo 11
Capítulo 11: Historia paralela
Yufi lidiaba con sentimientos que no alcanzaba a comprender por completo. La penumbra que rodeaba a aquel individuo resultaba pavorosa, pero a la vez, extrañamente reconfortante. ¿Reconfortante? Ni ella misma lograba descifrar la raíz de semejante pensamiento.
«Me agradas, tío Dale».
«… Señorita Yufi».
Las deidades de otra dimensión parpadearon, y de inmediato sus apéndices destrozaron a los mortales que se hallaban abajo. Los alaridos brotaron, seguidos de carcajadas. Los ruegos a los dioses, los juramentos de furia y los lamentos de demencia colmaron la atmósfera.
Pese a ello, en medio de aquel caos, los ruidos se percibían distantes y efímeros.
Incluso las titilantes miradas de las deidades mostraban una total apatía.
El entorno permanecía sumido en un mutismo inquietante, y en esa quietud, únicamente la cercanía de Dale se hacía notar.
Yufi era incapaz de procesarlo. No asimilaba que Dale la resguardaba de la insensatez de aquellas divinidades, preservando su propia cordura.
No obstante, esta acción simultáneamente despertaba en Dale sensaciones que jamás llegó a anticipar.
No se trataba de un afecto fingido. El amparo que Dale brindaba a su consciencia simplemente sirvió como el detonante.
Conforme avanzaban en su travesía, el apego de Yufi hacia Dale se intensificaba con cada jornada.
«Este sitio no es el idóneo para una declaración, señorita Yufi».
«… ¡Perdón! Tío Dale, es solo que…».
«No es necesario que agregues nada más».
Dale pronunció aquello con un gesto de ironía sutil, haciendo que Yufi volteara desconcertada y con el rostro encendido. Fue en ese instante cuando comprendió cuán desatinado había sido su comentario.
El firmamento resquebrajado comenzaba a unirse, clausurándose por su cuenta.
La enajenación había concluido y Dale desvió la mirada.
La penumbra bajo su vestidura permanecía tan densa y misteriosa como de costumbre.
Había llegado el momento de desvelar el ayer, sepultado tras la pila de cuerpos de los revolucionarios y el océano de sangre.
Era una fortaleza erigida épocas atrás por un subordinado de la antigua monarquía. Dale recordaba perfectamente cómo se llamaba.
La Fortaleza de Yurith. En otros tiempos controlada por el Señor de la Torre Roja.
Aun en el presente, los miembros de la familia Yurith continuaban combatiendo en las sombras contra los subversivos, aunque ya no poseían el esplendor de los mandatarios del imperio de antaño.
Dale, portando el título de Señor del Oro Negro, se había enfrentado al Tercer Imperio, provocando que los Caballeros Dorados resultaran derrotados o se rindieran. Los integrantes de la familia Yurith corrieron la misma suerte.
La Fortaleza Yurith terminó desmoronándose tras la caída del Tercer Imperio.
Un viejo baluarte de vampiros que debió haber quedado sepultado en el olvido.
Pese a todo, la estirpe de vampiros, a la que muchos daban por extinguida, logró prevalecer y mantener su descendencia. ¿Estarían acaso vinculados con los enigmas del extinto Cuarto Imperio?
Era una incógnita.
Nadie poseía la fuerza para detener el avance de Dale. El firmamento se había quebrado, las deidades habían consumado su caótico festejo y las huestes revolucionarias habían sido masacradas.
Dale avanzó un paso y los subversivos escaparon despavoridos en la vía opuesta. Los ignoró por completo mientras recorría los pasillos de la vieja edificación.
En la superficie de la pared se encontraba un lienzo desgastado por el tiempo.
Las figuras más prominentes del imperio, el marqués Yurith junto a su hermana, Lady Scarlet.
«…»
Dale se expresó mientras contemplaba la pintura.
«¿Sabes quiénes son?».
«……»
«Fueron contrincantes que jamás podré borrar de mi memoria».
«¿Acaso eres tú…?»
Repentinamente, una voz resonó desde la parte posterior, sin haber anunciado su llegada. Yufi volteó sobresaltada, mientras Dale mantenía la vista fija en la pintura.
Frente a ellos se encontraba un sujeto de cabellera rojiza. Albert Yurith, sucesor del linaje Yurith, se había presentado en el umbral de la fortaleza.
«Ignoraste mis palabras de advertencia, tierno vampiro».
Albert expresó aquello con incredulidad, a lo que Dale replicó utilizando un tono carente de calidez.
«Tú no eres la cabeza de la estirpe sobreviviente. Como tampoco eres quien comanda a los insurrectos».
«……»
«¿Se encuentra aquí el cabecilla de la rebelión, el flamante Señor Dorado? ¿Acaso el jefe de tu estirpe es el Señor Dorado que guía a estos rebeldes?».
«… Así es, Señor del Oro Negro».
Albert agachó la mirada, denotando un leve temblor en su hablar. Al fin todo cobraba sentido.
«¿El Señor del Oro Negro…?»
Yufi contuvo el aliento por un instante. Evocó la denominación que le había mencionado el marqués Rosenheim, soberano del Cuarto Imperio.
El soberano hechicero de mayor relevancia en las crónicas de la región.
Aquel que concluyó la disputa entre el oro y la sombra, dominador de ambas disciplinas, se exhibía delante de sus ojos.
Por tal motivo, le resultó imposible intentar oponerse.
Dar fin a la rivalidad entre el oro y la sombra, deshacer la insurrección como si se tratara de papel y someter al monarca autoproclamado no representaba dificultad alguna para aquel individuo.
«Carece de relevancia. La disputa entre el oro y la sombra ha dejado de tener valor para mí».
No obstante, tras un breve instante de hermetismo, Dale se manifestó, dejando a sus espaldas los incontables restos de los insurrectos fuera de la fortaleza derruida.
«Guíame hacia las riquezas de la antigua monarquía que se ocultan en este bastión».
Albert Yurith mostró indecisión por un momento ante la orden de Dale. Sin embargo, su titubeo se esfumó con presteza.
Nadie era capaz de plantarle cara a este sujeto.
Albert Yurith escoltó a Dale hacia las profundidades del bastión, un corredor que descendía al subsuelo.
Grilletes y conjuros bloqueaban el ingreso; incluso en estos tiempos donde el misticismo decaía, el bloqueo mantenía una fuerza descomunal.
Sin embargo, Dale alzó su extremidad y la helada penumbra que emanaba de ella lo destruyó sin mayor contratiempo.
¡Crash!
Los eslabones reforzados con magia se rompieron cual cristales. Los rasgos de Albert se entumecieron al presenciar la escena.
Dale se adentró en el sector resguardado por el misticismo.
Splash.
Apenas cruzó el umbral, su calzado hizo contacto con un depósito de fluido. Al inclinar la mirada, descubrió que se trataba de sangre.
«¡¿Ahh?!».
Yufi soltó un exclamación, y Dale alzó la mano demandando silencio.
«Pasando este tramo el entorno se vuelve sumamente hostil. Le pido que permanezca en este sitio, señorita Yufi».
«Pero aun con eso…».
«No la dejaré desamparada».
Dale esbozó un gesto irónico y volvió a producir un sonido con sus dedos.
De inmediato, la penumbra cobró vida, moldeando un aspecto humanoide. No poseía materia orgánica. Era una silueta, un guerrero constituido puramente de sombras.
Un Caballero del Abismo, un encantamiento de necromancia sumamente complejo incluso para la época de Dale.
Albert se estremeció debido a la energía que proyectaba la aparición. Yufi experimentó una sensación idéntica.
«Esta entidad velará por usted, señorita Yufi».
Dale dio la instrucción, y el guerrero oscuro hincó la rodilla ante Yufi, apoyando su filo en el suelo. Tal como un combatiente rindiendo pleitesía a una dama.
Yufi mostró una sutil sonrisa y asintió con la cabeza. Dale retomó su camino.
Splash, splash.
Dale avanzó entre el fluido vital, encaminándose hacia el aposento más resguardado que resguardaba la edificación.
En ese preciso instante aconteció.
El fluido vital bajo el calzado de Dale empezó a agitarse emulando marejadas.
Simultáneamente, el «Frío del Fin» que residía en el interior de Dale comenzó a manifestar agitación.
La impronta de Shub que rodeaba su órgano vital, un anillo activo de filamentos oscuros, comenzó a latir con fuerza.
«…»
Dale alzó la mirada.
En medio de la penumbra, un destello resplandecía con una vistosidad inefable.
Se trataba de una tonalidad ajena a este plano. Cuando parecía tratarse de un mineral cristalino, mutaba a jade; al percibirse como jade, tomaba un matiz purpúreo; y al suponerse purpúreo, regresaba a la tonalidad de jade.
«La Puerta…».
Dale identificó el destello.
«Me refiero al rencor, y expreso lo siguiente».
En ese microsegundo, resonó una declaración.
«El hielo posee la capacidad de devastar el entorno con igual certeza que el elemento ígneo».
Una figura brotó por detrás del resplandor.
«Aguardé el momento indicado para toparme contigo otra vez, Príncipe Negro».
Una denominación de antaño, sepultada por el tiempo, fue pronunciada por la aparición acompañada de una sonrisa. Incluso Dale fue incapaz de disimular su asombro ante el suceso.
Albert Yurith se postró de inmediato.
«… ¿Rei Yurith?».
«Me conservas en tu memoria».
«¿De qué forma consigues seguir con vida?».
«¿Bajo qué concepto determinas la existencia?»
interrogó Rei.
«La memoria».
«…»
«Incluso si dicha evocación equivale a un espejismo».
«Un espejismo del que no se despierta resulta idéntico a la desolación de la dicha».
De forma imprevista, los dichos de Lize se presentaron en sus pensamientos. Al mismo tiempo, unos símbolos del color de la sangre comenzaron a esculpirse en su anatomía como marcas de cortes.
«El Libro de la Sangre…».
«Rei Yurith pereció bajo el poder del Príncipe Negro. No obstante, al poseer reminiscencias que no se diferencian de los recuerdos de aquella infanta, represento, en cierta forma, una réplica de Rei Yurith».
«Bajo esa premisa, ¿cuál es tu identidad verdadera?».
«Yo también he dejado en el olvido lo que fui en el ayer. El único elemento que me define en el presente es el Libro de la Sangre».
Tras pronunciar aquello, Dale se colocó frente a la figura de Rei Yurith.
«A pesar de que mi ser constituya una falsedad desde el origen, mi progenitor brindó su vida con agrado para traer de vuelta a mi copia apócrifa. Ese constituye el recuerdo primordial que poseo».
«Te refieres al Marqués Sangriento».
«Para tu persona, y en mayor medida para mí, representa un ayer tan distante que aparenta ser inalcanzable».
En medio de la penumbra residía la certeza, camuflada pero latente. Una certeza que no se distinguía de los engaños, y entre aquellas falsedades se hallaba Ray Eurys, el descendiente de la mentira.
El flamante regente de la etapa dorada.
Existían señales concernientes a su identidad real. Los consanguíneos Eurys no representaban la totalidad de su estirpe, e incluso se contemplaba la opción de que Scarlett albergara en su interior al «demonio de la evolución».
A pesar de todo, el entorno no mostraba variantes.
A estas alturas, carecía de valor. La certeza o la mentira, el oro o la sombra, ningún aspecto de aquello poseía relevancia.
«No obstante, para alcanzarte, te encuentras en una posición demasiado elevada», expresó Ray Eurys dibujando una mueca de amargura.
«Únicamente busco un elemento. Carezco de intenciones de arrebatarte la vida o entablar una batalla».
«¿Qué es lo que estás rastreando?».
«¿Acaso el Libro de la Sangre contiene el desenlace de aquel infante y del Cuarto Imperio?».
«Por desgracia, ninguna entidad en este plano conserva el relato de esa vivencia».
Ray Eurys, el regente del oro y de la falsedad, negó con la cabeza de forma calmada.
«Sin embargo, es probable que del otro lado de esto se halle la resolución».
Al percibir tales palabras, Dale desvió el rostro.
Observó las tonalidades cósmicas que centelleaban entre su posición y la de Ray, el vacío que se manifestaba más allá.
«El invierno del universo…».
La pavorosa energía de la devastación final se movía en el interior de Dale, el mismísimo don proporcionado por la entidad que aguardaba por él.
Invierno.
En una ocasión previa, pretendió sepultar este plano bajo el hielo, y Dale había resultado victorioso frente a él.
Y ahora, esa idéntica entidad podría resguardar las aclaraciones que Dale requería de forma apremiante.
Por tal razón, no había espacio para la vacilación.
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