El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 10
Capítulo 10
Capítulo 10: El interludio
En esa misma época, en la metrópoli principal del Noveno Imperio.
Un soberano tomaba asiento en una silla real tan sombría como la noche más profunda. Él ostentaba la autoridad del «Señor de las Sombras» en la presente era, en medio de las perpetuas batallas ancestrales que enfrentaban al oro con la oscuridad.
No obstante, en estos momentos la estabilidad del monarca pendía de un hilo, semejante a una flama titilante ante una corriente de aire. Y el vendaval que ponía en riesgo su existencia poseía el matiz del oro.
El devenir histórico se desarrollaba eternamente bajo esa tónica. La oscuridad dominaba, posteriormente el oro tomaba el relevo, y luego la oscuridad retornaba al poder…
En épocas remotas, únicamente un individuo consiguió clausurar este extenuante bucle.
El Emperador Mago del desaparecido Cuarto Imperio.
Un ser que consiguió dominar tanto la fuerza del oro como la de la oscuridad, razón por la cual se le conoció bajo el título del Señor del Oro y la Oscuridad.
Sin embargo, tras la extinción de su figura y la de su dinastía en los anales del tiempo, la realidad del mundo no experimentó mutación alguna.
El oro y la oscuridad volvieron a bifurcarse, y la pugna incesante de su rivalidad prosiguió su marcha, tal como acostumbraba.
Hubo un tiempo en que la oscuridad se alzó victoriosa, pero en la actualidad se hallaba próxima a la sumisión ante el avance del oro.
El reino había cedido más de la mitad de sus extensiones territoriales, y las únicas novedades provenientes de la línea de combate se reducían a fracaso, fracaso y más fracaso.
Por si fuera poco, en este entorno donde las artes místicas se iban extinguiendo, ni el vigor de los mandatarios conservaba la magnitud de antaño.
Fue precisamente en esa coyuntura cuando llegó a sus oídos la información concerniente a aquel individuo.
Un enigmático místico tenebroso que, de manera individual, desmanteló a los combatientes mágicos blindados pertenecientes a la Brigada de Hierro, aniquiló a las tropas provistas de los armamentos más vanguardistas y transformó los dominios del grupo insurgente en un escenario bélico.
«¿Dicha información es verídica?».
«En efecto, soberano. No obstante, el elemento que nos infunde desconfianza es que la facultad que despliega este místico tenebroso evoca, indudablemente, la identidad del «Señor de las Sombras»…».
El marqués Rosenheim aportó este dato con un semblante de inquietud, consiguiendo que las facciones del monarca se contrajeran con disgusto.
«¿Acaso existe algún insensato con la audacia de adjudicarse el título de «Señor de las Sombras» aparte de mi persona?».
«A pesar de ello, soberano, sus intervenciones resultan provechosas para nuestra nación en las circunstancias actuales. Adicionalmente, da la impresión de no poseer ambiciones hacia el reino ni hacia vuestra silla real…».
«¡De ningún modo!».
Antes de que el marqués Rosenheim consiguiera concluir su planteamiento, el Señor de las Sombras elevó el tono de su voz.
«¿Es posible que permitieran la retirada, sin aplicar represalia alguna, de alguien que posee la osadía de imitar mi autoridad y emplear de forma imprudente el poderío oscuro?».
«No obstante, soberano, de igual forma nos suministró datos valiosos respecto a los pertrechos del grupo insurgente. Aunado a esto, semeja ser un individuo aislado, ajeno a las dinámicas de la nación…».
Exclamó con fuerza el Señor de las Sombras, el soberano.
«¿Acaso lo pusiste en camino hacia esos insurgentes por un motivo tan insignificante?».
«… Mis disculpas».
«¡Qué ridiculez, qué falta de juicio! ¿Por qué motivo me rodeo exclusivamente de incompetentes?».
Manifestó a gritos el Señor de las Sombras, el soberano.
Sin prestar la menor atención a la silueta oscura proyectada junto a las extremidades del marqués Rosenheim, prosiguió con su discurso, asemejándose a un infante sumido en un arrebato de ira.
«¡Yo, Guillermo de Brandeburgo, soberano de la nación, te lo dictamino! ¡Concentra de inmediato a los batallones más capacitados e inicia su búsqueda! ¡No permitas la existencia de aquel que se atreve a adueñarse de la identidad de la oscuridad!».
Al escuchar tales directrices, el marqués Rosenheim apenas pudo contener una mueca de desprecio en su fuero interno. ¿No permitir su existencia? ¿Qué habitante de este planeta poseía la capacidad de hacer frente a semejante místico?
Incluso este monarca, un incompetente falto de méritos para su cargo, ¿con qué legitimidad se atrevía a alzar la voz?
El devenir de los tiempos se duplica y las transformaciones son inexistentes.
La realidad permanece inalterable, reiterando una y otra vez los mismos desatinos.
El oro y la oscuridad carecían por completo de relevancia para Dale en estos momentos. No se movilizaba por un ideal, ni en busca de la honestidad, ni motivado por el desquite.
Se trataba de un tránsito personal.
Un sendero para reencontrar las vivencias de su memoria, a los seres por los que sintió afecto, a las experiencias que resguardaba en su mente. Para constatar qué destino aguardaba en el desenlace.
Rumbo a una realidad que ni el propio Señor de la Verdad lograría tolerar con ligereza.
Y finalmente, su andar lo aproximó a un indicio.
Los vestigios del Cuarto Imperio, contemplados mediante el reflejo oscuro de Eurys, se encontraban bajo la custodia de múltiples insurgentes.
Daba la impresión de que preveían la llegada de Dale desde un principio. Sin embargo, no constituía un suceso imprevisto.
Combatientes, piezas de artillería, armas de fuego y la máxima distinción de la agrupación insurgente, los combatientes mágicos blindados, se daban cita en aquel sitio.
Pese a todo, Dale no mostró perturbación alguna. Y a su espalda, Yufi tampoco encontraba motivos para experimentar temor.
Nadie en este planeta poseía el potencial para contenerlo, ni el propio batallón que se extendía frente a ellos.
«¿La monarquía o la insurgencia?»
En ese instante, Dale se expresó con serenidad. Sus palabras no iban dirigidas a un receptor evidente. Fue en ese momento cuando Yufi comprendió que la interrogante estaba destinada a ella.
Por consiguiente, ella emitió su juicio.
«Ninguna de las alternativas».
«El oro y la oscuridad constituían la misma entidad».
Replicó Dale con un deje de amargura. Yufi ladeó la cabeza, mostrando desconcierto, no obstante Dale optó por guardar silencio.
Tras un breve lapso de quietud, Dale retomó la palabra.
«Este entorno continuamente reclama una postura. Sin embargo, desde el inicio, ninguna de las facciones representaba la opción correcta».
«……»
«La sociedad deposita su fe en una única opción, no debido a que represente la auténtica opción correcta, sino porque de no proclamarla como tal, la permanencia en este mundo resulta inviable».
Expuso Dale. Yufi se vio incapaz de estructurar una réplica.
Su planteamiento era certero.
Cuando se les interrogó inicialmente acerca del monarca y la insurgencia, no existía una opción idónea. Constituía una disyuntiva donde la permanencia dependía de señalar una de ellas como la opción correcta.
Los consanguíneos de Yufi y los habitantes del poblado hallaron la muerte únicamente por señalar al «monarca». Sin embargo, la insurgencia no constituía la opción correcta, del mismo modo que tampoco lo representaba el monarca.
Se trató simplemente de una imposición dictada por el entorno.
Los desvalidos únicamente contaban con la opción de acatar las imposiciones del entorno.
A pesar de no constituir la opción correcta, se veían obligados a doblegarse y proclamar que sí lo era.
Al asimilar este panorama, una leve gesticulación de gracia brotó de sus labios.
«¿Te es posible rechazar la opción en la que ellos depositan su fe?».
«……»
Bajo esa premisa, Yufi planteó la interrogante.
No se originaba en un mero afán de desquite ni motivaciones afines. Se trataba de una genuina interrogante. Más bien, se debía a que comprendía que la opción en la que ellos creían no constituía la opción correcta real.
Anhelaba evidenciarlo.
«Dicha determinación no recae en mi persona».
Al percibir estas palabras, el individuo movió la cabeza en señal de negación con serenidad.
«Constituye una determinación que les atañe de forma exclusiva a ellos».
Tras realizar la negación con la cabeza, se expresó.
«Desistan de su posición».
Su tono de voz, magnificado mediante artes místicas, retumbó con intensidad.
«Mi único propósito consiste en inspeccionar los vestigios del Cuarto Imperio».
Aseveró Dale. Sus palabras no encerraban falsedad. No obstante, el batallón insurgente no estaba dispuesto a desvelar con facilidad el enigma que custodiaban.
Incluso si aquello conllevaba pérdidas humanas.
De forma simultánea, a la distancia, se prendió la mecha y la pieza de artillería emitió su estruendo.
¡Boom!
Con el objetivo de hacer frente a un único individuo, múltiples piezas de artillería y tiradores orientaron sus armamentos.
Y a las espaldas de estos, los combatientes mágicos provistos de corazas se mantuvieron en posición.
«¡Den muerte al adversario de la insurgencia!».
«¡Abran fuego!»
Clamó el batallón insurgente. Dar muerte al adversario de la insurgencia constituía, indudablemente, la opción correcta para su causa.
Por lo tanto, aquellos que ponían en entredicho su opción correcta se hacían acreedores a perecer bajo la etiqueta de «adversarios de la insurgencia».
El contrasentido de toda la situación resultaba irrisorio.
En una realidad carente de opciones correctas auténticas, guardaban la certeza de haber hallado la opción correcta.
«Yo también guardé la convicción en el pasado de que mis intervenciones constituían la «opción correcta». Ningún ser poseía la osadía de cuestionar «mi opción correcta»».
Las piezas de artillería abrían fuego de manera ininterrumpida y la ofensiva, evocadora de un asedio militar, proseguía con vehemencia.
Frente al embate de los proyectiles ferrosos y los residuos de combustión, se erigió una barrera de oscuridad. Los residuos de combustión resultaron absorbidos por la oscuridad, diluyéndose sin dejar rastro alguno.
«Aquel suceso marcó el inicio de la calamidad».
De forma simultánea, el firmamento experimentó una apertura.
Mediante la fisura en el firmamento, múltiples «miradas» observaban en dirección al batallón insurgente.
Desde la fisura proveniente de una realidad alternativa, las deidades parpadeaban mientras observaban la superficie terrestre.
Deidades que no profesaban afecto hacia la especie humana.
«La población frecuenta confundir el poderío con la opción correcta. Es una conducta presente entre progenitores e infantes, instructores y alumnos, monarcas y vasallos. Del mismo modo que acontecía entre mi consanguínea y mi persona».
«¿Consanguínea…?»
Yufi experimentó una conmoción ante la mención de dicho vocablo imprevisto. ¿Consanguínea? Constituía un concepto que se percibía sumamente distante de la naturaleza de aquel individuo.
Y en ese preciso instante, mediante la fisura en el firmamento, hicieron su arribo las «herramientas de combate» de las deidades.
En dirección al batallón insurgente que colmaba la superficie.
Deidades que no profesaban afecto hacia la especie humana. No obstante, aquello no implicaba que les guardaran aversión.
En realidad, estas deidades experimentaban cierta simpatía hacia la especie humana.
Múltiples filamentos hicieron su arribo hacia la superficie terrestre, interactuando con cada ser humano que localizaban.
Sin embargo, el hecho de que les propinaran un trato meticuloso conforme a sus propios parámetros no conllevaba que resultara delicado desde la óptica de la especie humana.
Crack, crack.
Al ejercer presión un filamento, las estructuras óseas humanas sufrieron fracturas y una deidad, consternada, replegó su filamento. No obstante, el daño ya estaba causado. Semejante a un infante que estropea de forma involuntaria un elemento de juego.
Y tras efectuar varios parpadeos, la deidad orientó nuevamente su filamento.
Debido a que aún permanecían múltiples seres humanos en la parte inferior.
Del mismo modo que una mínima fuerza ejercida por un individuo posee el potencial de triturar a un insecto, las deidades que observaban mediante la fisura en el firmamento no constituían una anomalía a dicha regla.
«El poderío constituye únicamente poderío. Jamás poseerá la capacidad de representar la opción correcta».
El individuo se expresó con serenidad.
«A pesar de ello, yo guardaba la convicción de que un poderío desmedido, uno al que ningún ser consiguiera oponerse, representaría la «opción correcta». Mi opción correcta no guardaba gran distancia de la insurgencia que ellos reclamaban a gritos».
«……»
Yufi permaneció en un estado de mudez. No conseguía asimilar en su totalidad el mensaje que él pretendía transmitirle.
El único conocimiento que poseía era que la inmensidad sombría que residía en el interior de aquel individuo le infundía un pavor que calaba hasta lo más profundo de su ser.
No obstante, de forma peculiar, una vez que el pavor encontró acomodo, se vio incapaz de eludir un sentimiento de profunda compasión hacia su figura.
Se trataba de un afecto que no alcanzaba a desentrañar por completo.
«Tío Dale…».
Sin emitir palabra alguna, ella dispuso sus extremidades superiores alrededor de la zona cervical de él desde la parte posterior.
Dale interrumpió su respiración por un breve espacio de tiempo y posteriormente extendió sus extremidades para sostener las de Yufi.
En medio de los lamentos incesantes que se propagaban producto de la interacción despiadada de las deidades, se mantuvieron unidos.
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