El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 9
Capítulo 9: Las secuelas
En medio de un asentamiento destrozado por el conflicto civil, Dale adquirió un pequeño establecimiento comercial.
«Permaneceremos ocultos en este sitio hasta el instante idóneo», comentó él.
«¿En este lugar… precisamente aquí?», tartamudeó Yufi, asombrada e incapaz de asimilar su lógica.
Dale asintió con firmeza. «Así es».
Yufi tragó saliva, esforzándose por hallar sentido a la situación. El entorno urbano era un caos absoluto, y resultaba evidente que era cuestión de tiempo para que arribaran más contingentes rebeldes.
«No obstante, los revolucionarios…».
—Nos encontramos esperándolos —la interrumpió Dale. Él comprendía a la perfección que, al propagarse los rumores sobre los disturbios en la localidad, los insurgentes despacharían contingentes de apoyo, y sus números no serían reducidos.
Representaba una estrategia sumamente arriesgada, pero resultaba, al mismo tiempo, la vía más expedita para entablar contacto con las altas esferas de la insurrección.
«¿No resulta sumamente peligroso? ¿Qué pasará si caemos en una trampa?», inquirió Yufi, reflejando una profunda inquietud en su tono de voz.
«Mantengo una vigilancia constante sobre sus traslados mediante la Red Azul. Cualquier intento de emboscada resultará completamente estéril. No posees motivo alguno para angustiarte», declaró Dale para infundirle calma.
Yufi no alcanzó a comprender la totalidad de sus palabras, pero optó por asentir calladamente.
—Contamos con provisiones suficientes para un par de jornadas —mencionó Dale.
«Es verdad…».
«Tendríamos la oportunidad de alimentarnos mejor en un sitio distinto», propuso él.
«¡De ninguna manera, no hace falta!», replicó Yufi de inmediato, agitando las manos para restarle trascendencia al asunto. Dale soltó una leve carcajada y procedió a darse la vuelta.
Examinó los estantes del comercio y recolectó algo de pan tierno, embutidos y un caldo. Mediante un leve ademán de sus dedos, unas llamaradas surgieron en el espacio, incrementando la temperatura de la comida hasta que comenzó a evaporarse.
«Toma, alinfórmate», le indicó al extendérselo.
«Te lo agradezco, tío Dale», contestó Yufi mostrando gratitud.
Tras ejecutar su conocimiento místico, Dale dio un mordisco a una pieza de pan oscuro y rígido, la cual constituía su propia porción.
Transcurrido un lapso, el misticismo que Dale poseía en sus tiempos como Maestro de la Torre Azul comenzó a expandirse por todo el recinto. A pesar de haber transferido una porción considerable de su energía a Lize, la naturaleza fundamental de sus artes mágicas se mantenía intacta.
Sin percatarse de la existencia de aquella trampa invisible, diversas siluetas se desplazaban en medio de la penumbra. La Telaraña Azul emitió un leve eco hacia Dale, previniéndolo sobre la proximidad de los intrusos.
Unos pasos sumamente sutiles resonaron contra las maderas del suelo del local. Se trataba de combatientes de primera línea, equipados con las mismas protecciones metálicas que portaron en el transcurso de la agresión contra el marqués de Rosenheim.
Mientras los recién llegados escudriñaban la oscuridad del establecimiento, un individuo ataviado con vestiduras sagradas o místicas brotó de las sombras.
«¿De verdad persisten en creer que este combate posee algún valor?», interrogó el sujeto, provocando que los guerreros contuvieran el aliento por la sorpresa.
«Tuve un encuentro con individuos de su misma calaña en los dominios de Rosenheim. ¿Están al tanto del destino que sufrieron?».
«¡Tú… no es posible que seas…!»
«La única razón por la cual aún respiras es debido a que no hallo utilidad en arrebatarte la vida», pronunció el hombre con total serenidad, asemejándose a la mismísima muerte personificada. Uno de los combatientes armó su voluntad para proferir palabra.
«¿Por qué motivo exterminaste a nuestros aliados en esta localidad?».
«Buscaron acabar conmigo», replicó el individuo.
«¿Te presentas aquí con la intención de liquidarme a mí también? Imagino que esa es tu meta».
Ante tales afirmaciones, la penumbra del comercio comenzó a agitarse con violencia.
«Esta constituye tu última opción. Conduce a tu oficial al mando ante mi presencia de inmediato».
«¡Cómo te atreves a…!»
Sus palabras poseían un matiz incuestionable, desprovisto de temores o vacilaciones. Semejante osadía golpeó el amor propio de los combatientes, sin embargo… ¡CRACK!
Un alarido rasgó el silencio de la oscuridad. Una extremidad sombría con forma de tentáculo emergió de las tinieblas y se enroscó en torno a uno de los guerreros, triturándolo sin hacer ruido.
«Este es el apercibimiento final. Den marcha atrás y traigan ante mí a su oficial superior».
La coraza protectora de los rebeldes no demostró ser rival para aquella ancestral penumbra. Quedó completamente aplastada como si fuera un trozo de papel, exponiendo los espeluznantes remanentes en su interior.
Las tinieblas corruptas presentes en el espacio empezaron a ondular con hostilidad manifiesta.
«Consentimos a tus peticiones», balbuceó uno de los combatientes, entendiendo lo estéril que resultaba oponer resistencia.
La penumbra se contrajo, dejando expuesto únicamente al sujeto de la capucha, quien se encontraba asentado sobre un tablón como si se tratase de un trono tallado para su persona.
Completamente aislado en medio de las tinieblas.
«¡Semejante acción es sumamente arriesgada!», exclamaron los planificadores de la insurgencia, interponiéndose en el sendero de su cabecilla. A pesar de no ostentar el cargo máximo de la rebelión, representaba uno de los sostenimientos fundamentales de su ideal.
«Aquel individuo persigue entablar un diálogo, y no contamos con la capacidad de contenerlo mediante los recursos bélicos actuales. ¿No comparte esa visión, coronel Bourbon?», expuso el líder, empleando un tono sumamente pacífico y templado.
«Ni siquiera nuestras tropas dotadas de blindaje consiguieron frenar su avance, y los pobladores locales aseguran que ha convocado a una legión de difuntos», intervino otro de los estrategas.
«Una legión de difuntos… evoca el retorno del Emperador Oscuro», sopesó el cabecilla para sus adentros.
«Tal como he señalado, manifestar hostilidad hacia un mago de semejante calibre no constituye una decisión inteligente», prosiguió el jefe.
«¡No obstante, sus artes místicas son sumamente tenebrosas y perversas! Aun si esto conlleva un conflicto sangriento, tendríamos que agrupar a todos nuestros hombres e iniciar una ofensiva masiva…».
«¿Pretendes que despleguemos a todo un regimiento por causa de un único individuo? Si posee la facultad de alzar a los fallecidos, ¿qué evitará que nuestros propios combatientes terminen integrando sus filas de no-muertos?».
El coronel Bourbon optó por mantener un mutismo absoluto, permitiendo que el líder reanudara su discurso.
«Es momento de partir. Sostendré un encuentro con él cara a cara».
—Entendido, lord Eurys.
Al despuntar el día posterior, los contingentes de la revolución tomaron posiciones rodeando el comercio de Dale.
Yufi escudriñaba el exterior a través del ventanal, manteniendo una respiración agitada por los nervios.
«No existe motivo para el pánico», pronunció Dale empleando una tonalidad sumamente apacible, restándole toda gravedad a la situación.
«Además, la primera comida del día aguarda por nosotros», complementó.
«¿Bajo qué lógica logras concentrarte en la alimentación en una coyuntura de este calibre?», demandó Yufi con total asombro.
«¿Y por qué habría de evitarlo?», contestó Dale demostrando indiferencia, provocando que Yufi se quedara sin argumentos por unos instantes.
Justo en ese fragmento de tiempo, el eco de unos pasos se aproximó hacia el local, sin realizar el menor esfuerzo por disimular su avance.
«Mis disculpas, mago de las tinieblas carente de identidad», expresó una voz desde la entrada.
Dale giró su cuerpo mostrando un gesto lleno de ironía en las facciones de su rostro.
Frente a él se hallaba un sujeto dotado de una llamativa cabellera rojiza y una mueca que resultaba familiar.
A pesar de ello, Dale no logró identificarlo en sus recuerdos.
«Mi identidad es Albert Eurys», manifestó el recién llegado a modo de presentación.
Dale prosiguió con sus labores culinarias, incrementando el calor del caldo y distribuyendo las piezas de pan sin emitir sonido alguno.
—Me provoca curiosidad la protección metálica que visten tus subordinados —expresó Dale tras un momento de silencio.
Albert Eurys dibujó una mueca de agrado. «¿Me concederías el honor de conocer tu identidad, practicante de la magia?».
«He llevado una gran cantidad de denominaciones a lo largo del tiempo, no obstante, ninguna de ellas posee relevancia en el presente».
«Esa afirmación no es del todo exacta», replicó Albert de inmediato.
«De la misma forma en que tú te mantienes inmutable en las penumbras de esta realidad que ha sido modificada».
«¿La descendencia de la familia Eurys todavía prevalece en estos tiempos?», inquirió Dale.
—¿Posees información sobre nuestro linaje? —interrogó Albert con intriga.
«He sido testigo de acontecimientos que sobrepasan tus límites de comprensión, muchacho vampiro», sentenció Dale.
La seguridad en las facciones de Albert se desmoronó, denotando un profundo desconcierto ante los conocimientos que el hechicero poseía acerca de su verdadera condición biológica. No resultaba extraño que un mago de semejante envergadura pudiese percatarse de ello, pero el hecho de que se refiriera a él como «muchacho vampiro» con tanta desenvoltura fue algo imprevisto.
«Incluso privados de facultades mágicas, los miembros de tu estirpe retienen una gran influencia. ¿Constituye esa la razón por la cual pretenden forjar una nueva era mediante esta insurrección?».
Las pupilas de Albert se dilataron a causa de la sorpresa.
«El monarca fue depuesto con la finalidad de otorgar legitimidad a la revuelta. Aquellos que permanecen en el exterior continúan batallando para despojar del trono al soberano en nombre de la causa. Resulta una situación bastante irónica».
Cada individuo carga con sus propias zonas ocultas, y este sujeto parecía escudriñar a través de los secretos de los insurgentes como si se tratase de sus propias vivencias.
«No poseo el más mínimo interés en esos asuntos. Mi búsqueda se reduce a un elemento en particular», aclaró Dale.
«Los objetos sagrados pertenecientes al Cuarto Imperio que tus fuerzas rebeldes se encuentran desenterrando. Es evidente que sus hallazgos no se limitan de forma exclusiva a las protecciones místicas».
«¿De qué forma te has enterado de tal secreto?», cuestionó Albert, profundamente consternado.
«Ningún ser tiene la capacidad de resguardar sus secretos ante mí», contestó Dale mientras procedía a incorporarse.
«No me queda más información que extraer de tu persona. Tus propios secretos ya me han revelado la realidad histórica».
El semblante de Albert Eurys se tornó completamente rígido al asimilar la trascendencia de aquella declaración.
«¿Acaso eres… el Señor de las Sombras…?»
«¿Aún persiste la disputa histórica entre la facción del oro y la facción de la sombra?», demandó saber Dale.
Albert Eurys articuló entre dientes: «Resulta una quimera. El auténtico Señor de las Sombras, el soberano del Imperio, permanece apostado en la urbe principal…».
No obstante, en ese preciso lugar se encontraba otro individuo exigiendo el reconocimiento del título y los atributos mágicos del Señor de las Sombras. Algo totalmente inconcebible.
«¿El territorio imperial se halla bajo el yugo de las tinieblas y en la actualidad el líder del oro encabeza la insurrección en su contra?».
Desde épocas muy remotas, el conflicto perpetuo entre el oro y la sombra ha tenido lugar. La corriente del oro obtenía la victoria, posteriormente la sombra se imponía, y de nuevo el oro retomaba el control, en tanto los ciclos de la nación se replicaban de forma constante.
A pesar de todo, la realidad no experimentaba alteración alguna.
«Tanto el oro como la sombra han dejado de tener significado para mí. Mis metas se enfocan únicamente en los remanentes del imperio de antaño».
Tras pronunciar aquellas palabras, el individuo se puso en marcha.
En medio del ancestral combate librado entre el oro y la sombra, existieron personas que heredaron capacidades y misiones trascendentales. Sin embargo, aquel sujeto se mostraba totalmente ajeno y se retiró del lugar desprovisto de preocupaciones.
«¿Emprendemos la retirada, joven Yufi?».
«¡Por supuesto!».
Habiendo extraído de manera exitosa cada fragmento de la información confidencial que se encontraba oculta en los secretos de Albert respecto a la organización de la revolución.
¿Cuál era la verdadera identidad de aquel sujeto? ¿Y qué metas perseguía en realidad?
Por ocasión inicial en su existencia, Albert Eurys, integrante del linaje que ejercía el control del planeta desde la penumbra, experimentó un estremecimiento provocado por un pánico totalmente desconocido para él.
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