El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 8
Capítulo 8
Capítulo 8: Historia paralela
Un clamor desgarrador surcó la atmósfera, marcando apenas el inicio de la contienda.
«¡Enemigo de la revolución!».
«¡Fuego! ¡A la carga!»
Bajo la consigna de «enemigo de la revolución», una oleada interminable de combatientes insurrectos interceptó el avance de Dale.
Barreras de picas y armas de fuego se alinearon en formación, mientras guerreros blindados con protecciones místicas se sumaban progresivamente a la defensa.
Al tratarse de una plaza fuerte en los confines con el Imperio, los contingentes de la rebelión se concentraban masivamente, inundando el terreno con sus tropas.
A pesar de la magnitud, Dale no mostró la más mínima turbación.
«Sigo sin hallar sentido a esta revuelta».
«¡Abran fuego! ¡Ejecuten al traidor de la revolución!».
¡Pum! ¡Pum!
La humareda oscura proveniente de los mosquetes de chispa nubló el ambiente, pero el panorama permaneció inalterable.
¡Fisura!
Una sólida barrera de escarcha emergió bruscamente desde el suelo bajo Dale, conteniendo el impacto de la pólvora mientras él abría los brazos.
¡Quiebra!
La estructura helada se pulverizó en mil pedazos, proyectándose como metralla en todas las direcciones. El blindaje y la organización del contingente sublevado resultaron inútiles ante semejante arremetida.
Los lamentos se multiplicaron y el pavimento se tiñó de rojo.
«¿Qué elemento tan glorioso e impoluto posee este movimiento para que lo adoren con tal fervor?», inquirió Dale, verdaderamente intrigado.
Tras lanzar la interrogante, prosiguió su marcha con paso firme, transitando en medio de los insurrectos heridos que se retorcían en el suelo.
«¡Libertad, equidad, hermandad…!»
Justo ahí, uno de los combatientes moribundos intentó defender su causa. Dale emitió una leve carcajada irónica al escucharlo.
«¿A eso pretenden llamar revolución?».
«Nuestra meta es… disolver la tiranía del soberano y la aristocracia… para que exista una paridad absoluta entre nosotros…».
El discurso del miliciano se ahogó en el fluido vital que brotó de sus labios, sellando sus últimas palabras en este mundo.
Dale alzó la vista para evaluar el entorno.
El acceso principal a la fortaleza permanecía clausurado, la estructura del puente se encontraba elevada y los defensores apostados en los parapetos apuntaban con proyectiles y armas de fuego hacia su posición.
«Ni libertad, ni equidad, ni hermandad», sentenció Dale con desprecio absoluto.
—
La plaza de Troie, una fortificación vital para los insurgentes en la demarcación fronteriza con el Imperio, constituía un enclave de valor supremo que no pretendían ceder bajo ninguna circunstancia.
Por ende, el volumen y la destreza del ejército estacionado en dicho punto superaban los estándares comunes.
La noción de que un combatiente solitario pudiese diezmar a un centenar de oponentes pertenecía al terreno de los mitos. Al menos, esa era la lógica establecida.
No obstante, cuando la guardia de avanzada apostada a las afueras de la urbe fue pulverizada por un individuo solitario, desatando la resistencia desesperada del casco urbano y su guarnición, la escaramuza mutó velozmente en una conflagración absoluta.
El sujeto extendió su extremidad y los restos de los caídos de la revolución empezaron a reanimarse.
Aquel ejército de cadáveres, que debió permanecer inmóvil, atravesó las aguas del foso fortificado y comenzó el ascenso por las murallas exteriores.
Caía una tormenta de pólvora, proyectiles pétreos y aleaciones incandescentes, pero el avance resultaba imperturbable.
Sin importar los daños sufridos, las fracturas expuestas o los tejidos destrozados, los espectros andantes no aminoraron el paso. Incluso cuando sus cuerpos se disolvían en el metal hirviente, persistían en su marcha.
Para los defensores que custodiaban Troie, aquello representaba un espanto indescifrable para la mente humana.
El pánico y el desconcierto se propagaron velozmente, pero la situación no varió.
No se trataba de invocaciones complejas que demandaran un ritual exhaustivo para cobrar vida. Bastaba con infundirles una chispa motriz para obligarlos a marchar.
Con eso era suficiente.
Alcanzaron la cima de los muros, devoraron a los tiradores apostados en las alturas y los integraron a las filas de la hueste espectral, aniquilando a todo aquel que se interpusiera.
Los adversarios del soberano.
Los entes marchitos coronaron las defensas y desataron una carnicería implacable, anulando la efectividad de las espadas y las armas de fuego.
A menos que sus extremidades quedaran reducidas a fragmentos inutilizables, estas criaturas jamás interrumpían su cometido ni buscaban reposo.
«¿Qué… qué clase de pesadilla es esta?».
«¿De qué forma un individuo es capaz de manifestar nigromancia en proporciones tan descomunales…?»
Carcajadas llenas de desilusión resonaron en los alrededores, reflejando un escepticismo total.
El conocimiento de la nigromancia, la disciplina mística orientada a resucitar a los difuntos, no se había extinguido en la era contemporánea.
No obstante, la existencia de un místico oscuro capaz de reanimar a un solo fallecido ya constituía una rareza en este plano.
Al menos, así se consideraba comúnmente.
Sin embargo, cuando este sujeto devolvió la movilidad a incontables restos mediante un ademán perezoso, rompió los esquemas de la comprensión actual.
Incluso Yufi, al contemplar cómo los antiguos combatientes se alzaban para masacrar a sus propios aliados, no pudo evitar emitir un jadeo de consternación.
En contraste, Dale mantuvo una actitud de total indiferencia.
En medio de aquel escenario dantesco donde se borraba el límite entre la existencia y el vacío, y donde imperaban los alaridos, él continuaba su avance sin inmutarse.
El puente principal permanecía suspendido a gran altura, y la profunda fosa de agua que resguardaba la urbe no representaba obstáculo alguno para él.
Crujido, crujido.
Con cada paso impreso por Dale, el suelo se solidificaba en escarcha bajo sus plantas.
A medida que ganaba terreno, una nueva plataforma congelada se materializaba en el aire.
Paso tras paso.
Dale transitó por aquella rampa de escarcha, sin que alma alguna se atreviera a cerrarle el paso o presentarle batalla.
Al percatarse de la maniobra, Yufi apresuró el paso para seguirlo a través de la «escalera de hielo».
Pese a desplazarse sobre una superficie congelada, su calzado no experimentaba deslizamiento alguno. Ella ignoraba que la resistencia superficial del hielo había sido manipulada minuciosamente para garantizar su estabilidad.
Dale estructuró un sendero congelado suspendido en la atmósfera, el cual conectaba directamente con las almenas de la fortificación, un territorio donde ya nadie poseía la voluntad de hacerle frente.
Ese fue el desenlace.
Los entes bajo el yugo de Dale culminaron la eliminación de los insurgentes en los muros y posteriormente quedaron estáticos, sumidos en un silencio sepulcral.
Ignoraron por completo los lamentos despavoridos de los civiles que se cobijaban en la parte baja de la urbe.
Dale ejecutó otro movimiento con su extremidad y la hueste de caídos se desplomó al unísono, semejando marionetas a las cuales les hubiesen seccionado las ataduras.
«…!»
«Señorita Yufi».
En ese instante, Dale rompió el silencio. Inmersa en un pavor difícil de asimilar, Yufi agachó la cabeza de inmediato.
«¿Cuál fue el motivo por el que respondiste «revolución» ante mi interrogante?».
Frente a tal interpelación, Yufi experimentó una parálisis verbal.
«Yo… simplemente…».
«¿Buscabas mostrarte considerada hacia mi persona?».
«… S-sí».
«Agradezco tu deferencia».
No obstante, ella estaba consciente de la realidad. Aquel ser no requería las atenciones de Yufi. En todo caso, era ella quien se beneficiaba de su resguardo incondicional.
A pesar de todo, albergaba el anhelo de manifestarle cierta empatía, por más insignificante que resultara el intento.
«El movimiento revolucionario o el monarca».
En ese punto, el guerrero retomó la palabra.
«Mi elección sería «el emperador»».
«¿Se debe a que guarda fidelidad al regente de este Imperio, señor Dale…?»
Ante la duda planteada por Yufi, el individuo negó con un sutil movimiento de cabeza.
«No hago alusión al soberano de este dominio actual».
«Si es así, ¿a qué gobernante se refiere?».
«Al regente de una dinastía ancestral, cuyo rastro se ha desvanecido en las páginas del tiempo».
Yufi se vio incapaz de asimilar el trasfondo de dicha declaración al instante. Sin embargo, acudió a su memoria el relato compartido por el marqués Rosenheim.
El Gran Imperio Mágico y la figura del Emperador Oro Negro, quien gobernaba con autoridad absoluta.
«Aquel monarca asumió voluntariamente el estigma de la maldad para garantizar el bienestar común, convirtiéndose sin vacilar en un redentor que absorbió la totalidad de las penurias de la especie humana».
Explicó el hombre.
«¿Un redentor que absorbió la totalidad de las penurias de la especie humana…?»
Yufi sintió un vuelco en el corazón ante la inmensidad de aquella afirmación.
No obstante, la solemnidad con la que el sujeto se expresaba descartaba la posibilidad de que fuese una simple fábula.
«Sin embargo, omitió prever que cargar con las aflicciones ajenas se transformaría, inevitablemente, en una condena para un tercero».
«…»
«Esa fue mi realidad, y la de aquel infante también».
Yufi no lograba descifrar por completo el mensaje de Dale. Pese a ello, percibía un vago entendimiento de la situación.
«La acción de tolerar el tormento y ofrecerse en sacrificio por el prójimo constituía, para ciertos individuos, meramente el preludio de un sufrimiento inédito».
Una entrega sumamente unilateral.
A la postre, aquella inmolación desequilibrada solo sembró las semillas de una nueva desdicha.
Del mismo modo en que el historial de Dale bajo la identidad del Emperador del Oro Negro había constituido una puesta en escena de villanía ante el mundo, Lize había seguido un patrón idéntico.
Cada uno reincidía en el mismo extravío.
«La entrega personal no representa un hecho tan sublime como suele idealizarse. Guarda similitud con la proclama revolucionaria que vociferan esos hombres».
Martirizarse con el fin de mitigar la agonía del ser querido, de forma contradictoria, solo multiplica el dolor existente.
Exactamente igual que la insurrección, la cual jura edificar un entorno ideal.
En el vértice de dicha paradoja, Dale terminó en este paraje.
Pese a la renuncia efectuada por Lize en su favor, él transitó por periodos considerablemente más amargos que de costumbre.
Es muy probable que Lize jamás lo hubiese deducido. Al igual que le ocurrió a Dale en su momento.
La soberbia de inmolarse unilateralmente por el objeto de afecto constituía, a final de cuentas, una manifestación de puro egoísmo.
Lize persistió en esa ignorancia hasta sus últimos momentos.
Tal como Dale había errado en épocas pretéritas.
La renuncia que Dale ejecutó en beneficio de Lize, por el bienestar del plano terrestre y por los seres que estimaba, representó para su ser una tortura sin parangón.
En el presente, lograba comprenderlo con claridad.
«Todo derivó de… mi propia necedad».
Manifestó Dale, esbozando una mueca cargada de desilusión.
Concluido su discurso, sus hombros evidenciaron un sutil temblor.
Yupi se halló desprovista de vocabulario. Carecía de las herramientas para dimensionar tal pesadumbre. ¿De qué forma una entidad dotada de una omnipotencia tan colosal podía verse tan fracturada y sumergida en la desolación?
¿Cabía la posibilidad de que, aun ostentando el poder para doblegar el orbe entero, existieran elementos ajenos a su dominio?
La disyuntiva entre el soberano o la sublevación.
La interrogante emergió nuevamente en el intelecto de Yupi, pero en esta ocasión no albergó más vacilaciones.
Ni la insurrección ni la figura del monarca representarían jamás la solución legítima a los males del plano terrenal.
El tintineo metálico de un timbre anunció el ingreso del sujeto al establecimiento, instaurando un mutismo denso, como si toda vibración acústica se hubiese extinguido del entorno.
El individuo acompañado por la menor cruzó las instalaciones, mostrando total indiferencia hacia las percepciones de terceros. Los comensales, al percatarse de su identidad, desalojaron sus ubicaciones de forma apresurada, batiéndose en retirada como si encarasen a una aparición del más allá.
El regente del local se limitó a contemplar al recién llegado con el rostro demudado por el pavor.
Un místico con la capacidad demostrada de disolver a la totalidad del contingente insurrecto acantonado en la urbe mediante una simple acción corporal.
Nadie que intentara oponerse lograría conservar la existencia.
No obstante, mostrar sumisión ante su figura implicaría una ejecución segura por parte de las huestes revolucionarias de cara al futuro.
Pese al riesgo, el comercio constituía su única fuente de sustento.
«No existe motivo para el temor».
Adivinando la encrucijada mental del comerciante, Dale introdujo su extremidad en los pliegues de su indumentaria y extrajo un objeto.
Un contenedor de piel.
Emitió un sonido metálico al ser depositado. En el instante en que el encargado inspeccionó el interior, retrocedió presa de la conmoción.
El recipiente se encontraba colmado de piezas de metal precioso.
«Mediante estos fondos tomo posesión de tu establecimiento y de la totalidad de las existencias».
Dictaminó el sujeto, dejando al administrador sin argumento alguno para manifestar objeción.
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