El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 131
Capítulo 131
Capítulo 131
Una ráfaga de poder espiritual sacudió el entorno, momento en el cual Dale desvió sutilmente la mirada.
El control de la mente, las visiones ficticias, la neutralización de los conjuros… Aquellas eran las artes de engaño y astucia que inflaban el orgullo de la Torre de los Magos Azules.
No obstante, las ataduras místicas que mantenían subyugada a Sepia acabaron por fragmentarse bajo la inquebrantable determinación de Dale.
«¡……!»
La elfa perdió la estabilidad por un instante, balanceándose en su sitio. Dale reaccionó con presteza para sostenerla, percibiendo cómo su cuerpo era recorrido por una sutil vibración.
—Ah, ah…
Sepia apretó los costados de su cabeza, abrumada por una migraña que amenazaba con partirla en dos. Mientras tanto, las damas pertenecientes a Titania y York contemplaban la escena con rostros completamente ajenos a cualquier compasión.
El impulso primordial de él era estrecharla entre sus brazos para mitigar aquel sufrimiento; desdichadamente, carecía de los medios para revertir el daño infligido.
Habían transcurrido seis años desde el instante en que ella asumió el rol de protectora de Dale, habiendo compartido una infinidad de vivencias. Se consolidó como una guía incondicional, la elfa de noble corazón que cobijó al joven frente a la hostilidad climática y el desamparo de aquel lejano día.
«¿Por qué?».
La señora Titania acortó la distancia hacia Sepia, quien continuaba presionándose el cráneo.
«Señorita Sepia, habéis ejecutado con distinción las directrices asignadas por el Consejo de Hechiceras».
«¿Directrices…?»
«Evócalo con precisión. Examina cuáles fueron los mandatos que os conferimos y de qué manera los llevasteis a cabo».
«Desde el mismísimo inicio…».
Las palabras se ahogaron en la garganta de Sepia, sumiéndose en el mutismo. Tras un breve lapso, enfocó sus ojos directamente en Dale.
«Dale».
Articuló su nombre de manera pausada, tal como si anduviera desenterrando fragmentos de su memoria, con una tonalidad sutilmente trémula.
«Os ruego que os expreséis, señorita Sepia».
«No, carece de relevancia».
Sepia forzó una ligera mueca que pretendía simular serenidad. Aquella sonrisa delataba un evidente desconcierto interno; aun así, conservaba la ternura y el cobijo emocional que siempre la habían caracterizado. Pese a ello, un distanciamiento innegable se había instaurado de pronto entre ambos.
Aun cuando el influjo mental se había disipado, las vivencias compartidas por Dale y Sepia a lo largo de las estaciones no se borrarían de la realidad.
No obstante, el tormento de Sepia radicaba en una paradoja atroz: percatarse de que los impulsos de su propio pecho respondían a voluntades ajenas, a pesar de que el afecto manifestado jamás había sido una farsa.
«¿Me concederíais un instante de solemnidad a solas?».
Inquirió la elfa con un hilo de voz. Dale asintió de forma silenciosa.
«Es solo que…».
En ese fragmento de segundo, Sepia amagó con añadir algo más, pero optó por sellar sus labios. Dale, por su parte, tampoco halló el valor para emitir palabra.
Al percatarse de la situación, un sentimiento ignoto invadió el pecho de Dale. Se resistía a permitir que el vínculo se desvaneciera de tal forma. Habría tenido la opción de disfrutar de su calidez artificial sin necesidad de desbaratar el encantamiento.
Sin embargo, prefirió romperlo. ¿Cuál fue el motivo? No lograba descifrarlo con certeza, y no consideraba que fuera el momento idóneo para desgastarse en conjeturas.
«Señora Titania, admito que los estratagemas concebidos por la Torre de los Magos Azules gozan de una sofisticación notable».
«Vaya».
«Bajo esa premisa, asumo que os abstendréis de emplear más artimañas de baja estofa en contra de ella».
Aquel comentario constituía una abierta intimidación.
«No existe motivo para que os perturbéis por dicho asunto».
«Asimismo, providenciad lo necesario para que la señorita Sepia goce de todo el reposo que requiera su estado».
«Todo indica que la ilustrada elfa ha materializado sus obligatoriedades de una forma mucho más espléndida de lo que llegamos a conjeturar».
«…… Concedido».
La señora Titania gesticuló una mueca divertida, como si la situación le causara gracia.
«Tal como me comprometí, conduciré esta campaña bélica hacia el triunfo absoluto. A partir de este preciso instante, la dirección estratégica de la totalidad de las huestes de York recaerá bajo mi entera tutela».
Dale se expresó con una determinación absoluta, desprovista de cualquier titubeo. Titania junto a los integrantes del linaje de York asintieron pausadamente con la cabeza, ratificando su sumisión.
«Disponed de nuestras vidas según vuestro criterio, mi venerado señor… Príncipe Felipe».
Catalina, la segunda de las hijas, exhibió una sonrisa que denotaba fascinación. El joven prefirió llamarse al silencio.
La maniobra de Lancaster, orientada a incomunicar el bastión de vanguardia de York mediante una incursión encubierta por la retaguardia, se había desmoronado por completo. Anticipar la subsiguiente acción militar de los contrarios no representaba un desafío complejo.
El conflicto definitivo entre las facciones de las Rosas Negras y las Rosas Rojas se vislumbraba en el horizonte. No obstante, las condiciones óptimas aún no se daban, y antes de que estallara ese choque colosal, la intervención real de Dale apenas vislumbraba su génesis.
Transcurrido un periodo de tiempo.
Conforme las líneas de combate coetáneas se extendían y las escaramuzas se volvían crónicas, una novedosa crónica de proezas marciales emergió desde el flanco de York, quebrando el letargo militar.
Hablaba del aristócrata maldito del imperio, catalogado comúnmente como el «genio de la derrota»: las glorias de Felipe.
La táctica consistía en apostar contingentes de resguardo mínimos en la posición fortificada de vanguardia, transformando al grueso de las tropas en regimientos de reserva destinados a neutralizar las facciones de caballería ligera de Lancaster; una doctrina basada en la defensa dinámica.
Comandando un contingente de respuesta ágil integrado por los Caballeros de Santa Magdalena y los Caballeros de la Rosa Azul, irrumpía en múltiples fortificaciones de avanzada para hacer resonar los clamores del triunfo. Cada ocasión en que Felipe se hacía presente, portando el emblema de la estirpe condal al viento, ninguna de las dos facciones beligerantes, ya fuera York o Lancaster, se atrevía a etiquetarlo nuevamente bajo el alias del «Genio de la Derrota».
Sin valerse de proezas sobrenaturales ni de las artes oscuras que caracterizaban al «Príncipe Negro de Sajonia», las conquistas militares se obtenían puramente mediante la lectura analítica del terreno de batalla y desplazamientos efectuados con una precisión cronométrica.
La notoriedad en expansión de Felipe dentro del teatro de operaciones no tardó en alcanzar el conocimiento de Miguel Lancaster.
«Hemos perdido todo enlace con el escuadrón de infiltración profunda y con el Purificador. Ante la total ausencia de despachos, todo apunta a que han desertado para unirse a las filas de York…».
«Los estragos infligidos a nuestras divisiones por parte de la fuerza de respuesta ágil mandada por Philip son de una gravedad extrema. Da la impresión de que descifran cada uno de nuestros desplazamientos, interceptándonos y desmantelándonos de forma sistemática, lo cual vuelve inviable la preservación de múltiples frentes de combate…».
«Las informaciones de inteligencia señalan que, en cada oportunidad que Felipe hace acto de presencia en el campo de batalla, Catalina de York se mantiene permanentemente a su costado. Es muy factible que la brillantez militar atribuida a Felipe sea, en realidad, obra de la genialidad táctica y estratégica de las mentes de York».
Rodeado por una marea interminable de reportes desalentadores, Michael Lancaster permaneció inmóvil, presionando sus dientes contra su labio inferior bajo la protección de su yelmo.
Él estaba al tanto de que la astucia de las hechiceras de York trascendía las simples conspiraciones cortesanas. Solían escoltar a los guerreros en el teatro de operaciones, emitiendo directrices con una efectividad pasmosa.
No obstante, por muy dotadas de intelecto y sagacidad que resultaran, un grado de genialidad tan desmesurado escapaba a sus capacidades reales.
Por consiguiente, Michael Lancaster solo vislumbró una alternativa viable ante sí.
«Se trata del Príncipe Negro».
Jamás existió un necio de la estirpe de Felipe. El individuo que en la actualidad provocaba tal conmoción en la línea de combate era, con total certeza, el mismo artífice que había consolidado la gloria de los Lancaster durante la Primera Guerra de las Rosas.
«En el instante preciso en que se detecte la ubicación de la división de defensa dinámica de Felipe, movilizaremos un contingente de reserva con el fin de cerrarle el paso».
«…!»
«Convocad a los Caballeros de la Cruz Rosa, nuestro estandarte militar más formidable, y seré yo en persona quien guíe a los refuerzos».
De ese modo decretó Michael Lancaster su curso de acción.
La ofensiva masiva por parte de Lancaster cobró un nuevo impulso y, como si hubieran anticipado dicha maniobra, la «fuerza de ataque móvil de Philip» se desplazó con la intención de emboscar a los destacamentos dispersos de Lancaster.
La división encargada del espionaje de Lancaster, que vigilaba atentamente sus pasos, notificó la novedad, por lo que las huestes comandadas por Michael iniciaron la persecución sin el menor asomo de duda.
El bando rival disponía de varios centenares de jinetes. Un grupo de semejantes proporciones desplazándose en perfecta sincronía representaba, indiscutiblemente, la columna vertebral de la «defensa móvil». Desbaratarlos equivaldría a un impacto fulminante, dado que erradicaría el componente primordial del ejército adversario.
Bajo esa lógica debieron suceder los acontecimientos.
«¡Arremeted! ¡Exterminad a los siervos de York!».
Finalmente, los Caballeros de la Rosa Cruz cobijados bajo el liderato de Michael arremetieron con ferocidad contra la división de respuesta dinámica del bando opuesto. En el instante en que Michael se disponía a afrontar la inminente colisión liberando su «avatar»,
mediante una única arremetida, la caballería contraria se desmoronó de la misma forma que el follaje marchito ante el vendaval.
Las corazas que protegían sus cuerpos se partieron en pedazos, dejando al descubierto su auténtica condición.
«……»
Vistos desde una distancia considerable, resultaban idénticos a los seres humanos; no obstante, se trataba de «muertos vivientes».
Ni siquiera correspondían a caballeros de la muerte de un rango destacado. A pesar de ello, se encontraban imbuidos con encantamientos de alta escuela, lo que les habilitaba para acatar directrices emitidas desde ubicaciones remotas.
«¡Me rindo! ¡Clamo porclemencia!».
En medio de aquel ejército de reanimados, se hallaba un sujeto de carne y hueso.
«¡Ese individuo, ese infame «Príncipe Negro», me empleó como un simple escudo de carne! ¡Fui coaccionado, carecía de alternativas…!».
El denominado Genio de la Derrota se encontraba físicamente en el lugar.
Frente a la mirada de Miguel, mostrando una actitud servil y suplicante, permanecía el bufón al servicio del conde, el auténtico Felipe.
No correspondía a una suplantación física adoptada por el «Príncipe Negro». Era el verdadero Philip, y la tropa montada bajo su tutela no pasaba de ser un mero señuelo, una proyección mística concebida para burlar al oponente mediante la reanimación de los restos humanos acumulados a lo largo de este conflicto, transformados en «muertos vivientes de bajo nivel».
Tomando en consideración las aptitudes inherentes a Dale, coordinar de manera independiente a esa cantidad de espectros menores no representaba una tarea compleja.
Al asimilar dicha realidad, las facciones de Michael se tornaron rígidas como la piedra.
Michael Lancaster había conjeturado que el «Príncipe Negro» utilizaba la identidad de Philip como fachada y, en consecuencia, había estructurado un contraataque.
Sin embargo, el «Príncipe Negro» ya se había anticipado por un amplio margen a los movimientos de Michael, habiéndose desprendido previamente del disfraz de Felipe.
Adicionalmente, considerando que Michael junto a las divisiones principales de Lancaster se habían desplazado hasta ese punto con el único propósito de neutralizar a la unidad de contención dinámica… No requería mayor esfuerzo mental deducir las maniobras que el «Príncipe Negro» ejecutaría aprovechando el vacío dejado por el grueso del ejército.
En última instancia, lo comprendió todo.
Michael Lancaster había estado actuando conforme a los designios del rival desde el inicio.
—¡M-Michael, mi señor! ¡Mi pacto con York se originó estrictamente por razones de fuerza mayor…!
«Clausura esa boca de inmediato».
La réplica de Mikhail Lancaster sonó gélida y cortante, privando a Philip de cualquier capacidad de respuesta.
Escasos momentos antes de que Mikhail desentrañara «la verdad de Philip».
«El contingente central de Mikhail Lancaster junto a los Caballeros de la Rosa Cruz han culminado su despliegue táctico para neutralizar a la división señuelo de Philip».
Un espía de élite, que prestaba servicios en calidad de confidente, suministró la información. Al ser receptáculo de la noticia, Dale actuó de inmediato.
«Nos corresponde el turno de maniobrar».
Para ese momento, apenas permanecía un contingente mínimo custodiando la fortificación, en tanto que en el punto de reunión se había congregado una facción selecta, la flor y nata de la Orden de los Caballeros de la Rosa Azul.
La meta asignada consistía en fracturar el frente de Lancaster que avanzaba con dirección a York, desplazándose en sentido inverso a la trayectoria tomada por las huestes de Mikhail.
«Fracturaremos con celeridad sus formaciones y emplearemos una táctica de flanqueo por la retaguardia para desplomar el frente de batalla de Lancaster».
Aquel enfrentamiento militar quedaba delimitado por tres demarcaciones esenciales.
Asumiendo que el primer sector correspondía a los destacamentos de resguardo de York guarecidos en el interior del bastión,
el segundo sector lo constituían las legiones de Lancaster que embestían contra ellos.
Aprovechando la desprotección de las fuerzas de élite de Lancaster, las cuales habían sido atraídas por la trampa montada por Dale, ejecutarían una incursión de gran calado para tomar posesión de la retaguardia de Lancaster, correspondiente al tercer sector.
Al mantener York bajo su dominio tanto el primero como el tercer sector, conseguirían cercar e incomunicar la segunda demarcación perteneciente a Lancaster.
Exactamente de la misma forma en que los Caballeros de la Rosa Cruz junto a los Purificadores habían proyectado en su momento infiltrarse en las líneas traseras de York.
No obstante, el panorama estratégico entre ambas facciones se había trastocado de forma absoluta, y en ese instante, cada pieza se movía siguiendo el compás dictado por la mano de Dale.
Comments for chapter "Capítulo 131"
MANGA DISCUSSION
Madara Info
Madara stands as a beacon for those desiring to craft a captivating online comic and manga reading platform on WordPress
For custom work request, please send email to wpstylish(at)gmail(dot)com
