El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 21
Capítulo 21
Capítulo 21: La historia paralela
En la vecindad de aquel individuo, cualquier noción de coherencia se desvanecía.
Su sola presencia inspiraba una irrelevancia absoluta.
Aquello no podía catalogarse como un combate; se trataba de una aniquilación unilateral. Frente a aquella entidad, los sistemas de la coraza Tipo 2 de última generación, los legados tecnológicos del antiguo imperio y los ideales que impulsaban la insurrección perdieron todo su valor. Nada quedó en pie. El movimiento libertador, el conflicto armado, los principios de rectitud y cualquier concepto provisto de valor se desintegraron como estructuras de arena fina, incapaces siquiera de articularse en una expresión lógica.
El soberano de la futilidad gobernaba el espacio.
«¡Eres… un engendro…!»
Ante su figura, los esfuerzos agónicos de los mortales resultaban, en el sentido más estricto, vacíos de cualquier propósito.
«¿Me consideras un engendro?».
Inquirió el sujeto, dirigiéndose a los combatientes que portaban la armadura Tipo 2, quienes permanecían petrificados por el pánico.
«¡Ah!»
Las vestiduras del cuervo nocturno cobraron un movimiento propio, desplegando los bordes de su capa en múltiples ramificaciones. Evocando las leyendas ancestrales de Shub-Niggurath, las prolongaciones oscuras se agitaron por debajo del tejido, hostigando a sus rivales.
Con la fría distracción de un infante que manipula insectos, aquellas extensiones de penumbra avanzaron hacia la sofisticada armadura Tipo 2, apresándola sin ninguna complicación.
«Una tentativa sumamente burda».
Aquella protección imbuida en magia jamás fue concebida para servir a las facciones sublevadas. Había sido una pieza de ingeniería creada por los hechiceros del Cuarto Imperio para dotar a la infantería pesada imperial, la agrupación que en épocas pasadas se conoció bajo el nombre de la «Compañía de la Armadura Negra».
Representaba el núcleo del conocimiento místico consolidado por el esplendor de aquel imperio mágico, nada más y nada menos. Debido a esto, Dale exteriorizó un gesto de desdén.
«¿De verdad supusieron que lograrían desafiarme empleando simples baratijas fabricadas para mis propias tropas?».
El monarca de las huestes demoníacas continuó su avance, trazando un sendero cubierto de penumbras.
Los soldados atrapados en sus armazones metálicos se vieron inmovilizados por completo. Dale transitó entre las filas con absoluta parsimonia.
Por debajo de su ropaje de tonalidad azabache, se mecía un océano inabarcable compuesto de oscuridad y prolongaciones sombrías.
«¡Perece, maldito engendro…!»
Uno de los combatientes retenidos extendió una de sus extremidades con desesperación. Su brazo, recubierto por el metal oscuro, se transformó mediante un mecanismo que emulaba las piezas de artillería blindada del siglo XXI, dando forma a una boca de fuego.
¡Boom!
El estruendo de una detonación sacudió el entorno. Pese al disturbio, Dale no alteró la cadencia de su marcha. Como resultaba previsible, la acción careció de efecto alguno.
«Inútil».
«¡Tú… tú no eres más que un engendro…!»
Justo en frente de su posición.
El integrante de la tropa que había accionado el arma pronunció aquellas palabras con desconcierto, motivando que Dale ladease la cabeza, intrigado.
«¿Te provoco la impresión de ser un engendro?».
«¡Contémplate! ¿Acaso estimas que un semejante te calificaría como humano tras presenciar semejante naturaleza?»
«Indudablemente, un ser humano».
Las ramificaciones oscuras de Dale se enroscaron en torno a las articulaciones y la garganta del combatiente. Simultáneamente, el habitante de las sombras percibió la realidad subyacente en el entorno. No se trataba de un secreto que las facciones intentaran resguardar. Aquella matanza se ejecutaba bajo la bandera de la insurrección.
«Bajo mi condición de humano y de innegable engendro, he recorrido los páramos baldíos de este mundo persiguiendo un propósito durante toda mi existencia».
Manifestó el soberano de la futilidad.
«Expresen su verdad, mortales. ¿Goza su insurrección de algún propósito real? ¿Consideran que el periodo posterior se transformará en el sentido de sus vidas?».
¡Zas!
Las extensiones de sombra desprendieron con violencia los componentes de la armadura junto a los miembros del combatiente, aferrándose finalmente en torno a su conducto respiratorio.
El desenlace fatal que aguardaba a la totalidad de las fuerzas acorazadas.
Ni las doctrinas ni el coraje de la insurrección conservaban validez frente a la demostración de vacío absoluto que propagaba este soberano de la futilidad.
A raíz de esto, el pánico dominó a los presentes.
«Conservo el recuerdo de aquellos individuos que en el pasado persiguieron genuinamente el conocimiento y el propósito, logrando cada uno hallar sus propias certezas».
Evocando aquellas memorias, Dale rememoró a un sujeto en específico.
El eterno Frederick y su progenitor, quien permanecía aguardando su retorno en la fortaleza de Saxon. Aquella entidad conocida como la araña azul, que depositó su entera confianza en Dale antes de desvanecerse en la nada.
Asimismo, Lize, quien le demostró a Dale la vacuidad que reside en el acto del desprendimiento al entregar su propia existencia.
Cada uno de ellos obtuvo una conclusión particular.
«Mi ancestro, el eterno Frederick, sostenía la premisa de que la vacuidad misma constituye nuestra única certeza y propósito».
Prosiguió Dale con su disertación.
«No obstante, mi progenitor argumentaba que aquellos elementos que permanecen inalterados por la vacuidad, incluso al confrontar el deceso, representan el auténtico propósito de esta existencia».
De la misma forma en que Dale saboteaba la relevancia de los hechos en el presente, lo había ejecutado previamente el eterno Frederick.
Sin embargo, las reflexiones emitidas por Dale no consiguieron ser asimiladas por las tropas protegidas por armaduras que se daban cita en el lugar. Esto propició que Dale mostrara una mueca de desencanto.
«Yo también conseguí una resolución propia respecto al propósito de las cosas y, debido a mi obstinación en esa búsqueda, infligí dolor a quienes me rodeaban».
Manifestó el individuo, acentuando su gesto de amargura.
«Esta travesía ha alcanzado un punto de absoluto agotamiento».
Dale realizó un ademán desinteresado con la extremidad superior, emulando la actitud de un infante que ha perdido el agrado por un objeto lúdico.
«Los recursos preciosos y las penumbras, la figura del soberano y los movimientos de insurrección, los propósitos que persiguen con tanto afán son tan vacíos y mundanos que ya no me es posible tolerarlos».
Dictaminó el soberano de la futilidad. Acto seguido, los portadores de los estandartes de la insurrección se desplomaron, alcanzados por el gélido ambiente que vaticinaba el desenlace de los tiempos.
Sus proclamas libertarias y sus agónicos intentos por defender su causa se disolvieron en el más puro vacío.
El Noveno Imperio, las facciones revolucionarias, las riquezas y las penumbras; la superficie terrestre continuaba saturada de toda clase de propósitos.
Para aquel individuo, aquello se traducía únicamente en el monótono y pesado curso de las eras.
La única lección que la especie humana extrae del estudio de los acontecimientos pasados es que los hombres jamás obtienen conocimiento alguno de sus propios precedentes.
Incluso tratándose de una crónica cimentada sobre el conflicto armado y el derramamiento de sangre, el panorama permanecía inalterable.
Bajo este escenario, las obligaciones de Dale se presentaban con total nitidez.
Tomaría el control absoluto del plano terrestre con el fin de heredarlo a su propia persona y a sus allegados.
No optaría por el autosacrificio en favor del mundo, ni requería resarcir las vicisitudes experimentadas por sus seres cercanos.
──Su única finalidad consistía en asegurar que tanto él como sus allegados gozaran de una existencia plena y dichosa por el resto de sus días.
Sin reparar en la naturaleza de los impedimentos que se interpusieran en su senda.
Dale dirigió sus pasos hacia el núcleo del Noveno Imperio, encontrando facciones decididas a obstruir su marcha.
En determinadas ocasiones se trataba de las huestes revolucionarias y, en otras circunstancias, correspondía a los habitantes del Noveno Imperio, quienes procuraban con desesperación resguardar la integridad de su gobernante. Cada grupo poseía sus motivaciones particulares para cruzar la línea del caminante.
En cada uno de esos encuentros, emergía la figura del soberano de la futilidad para privarlos de cualquier vestigio de propósito.
«¿Qué razones los impulsan a obstaculizar mi avance?».
Múltiples combatientes yacían sin vida en las inmediaciones. Se había gestado una campaña militar dirigida contra un único individuo y, al término de la misma, este se desplazaba entre los restos de sus contrincantes interrogándolos con serenidad.
«¡Nos resulta imposible permitir tu acceso al recinto donde se encuentra Su Majestad el Emperador…!»
«¿Es ese el motivo por el cual congregaron a este monumental contingente militar?».
Inquirió Dale, esbozando una mueca de desprecio ante un integrante de la nobleza que no logró sostener su firmeza hasta las últimas consecuencias.
«¿Supusieron que lograrían contener mi avance aglutinando de forma desesperada a miembros de la corte, oficiales de caballería, combatientes a sueldo e incluso trabajadores de la tierra?».
«¡Tú… no eres más que un engendro…!»
«Permíteme revelarte el destino y el uso que tendrán los actos que han realizado».
Tras pronunciar estas palabras, Dale produjo un chasquido helado con sus dedos.
Una penumbra absoluta emergió desde la superficie que pisaba, extinguiendo la luminosidad del firmamento.
En ese instante preciso, aconteció el suceso.
Los incontables cuerpos inertes que poblaban el terreno de combate terminaron cubiertos por la penumbra y comenzaron un proceso de reanimación.
«¡A… ah… ah…!»
«¿Los convocaron con el fin de suministrarme un ejército personal? Al menos sus gestiones no resultaron enteramente estériles».
La acumulación de restos humanos que alcanzaba la línea del horizonte, junto al estancamiento de fluido vital, cobraron estructura y se pusieron en pie.
Incontables cuerpos reanimados, caballeros de la muerte, construcciones artificiales forjadas con fluidos vitales y múltiples seres exentos de muerte se postraron, rindiendo pleitesía a su conductor.
De manera simultánea, una energía imperceptible operó sobre los entes reanimados, induciendo la unificación de sus estructuras. Los tejidos, los fluidos, los elementos óseos, los protectores metálicos y las armas de corte se integraron como si fuesen atraídos por un colapso gravitacional.
Una criatura aberrante.
En aquel sitio cobró forma una entidad colosal e inmortal, dotada de un aspecto espeluznante e indescriptible.
El desenlace definitivo de aquellos sujetos que osaron desafiar con firmeza las determinaciones del soberano de la futilidad.
El miembro de la corte opuso una última y agónica resistencia, significando ese el punto final de sus acciones.
Dale alzó la vista con total tranquilidad. Aun considerando una separación espacial que lucía infranqueable, poseía la capacidad de percibirlo con total claridad.
El regente del Noveno Imperio, el cual ostentó su propia denominación en el pasado, el autoproclamado Señor de las Sombras. Junto al epicentro del dominio que administraba.
«Sea bienvenida a los dominios de la familia Saxon, señorita Yufi».
Lize desplegó sus extremidades superiores portando una expresión de regocijo. No obstante, Yufi experimentó indecisión y contuvo el impulso de responder al abrazo de manera inmediata.
«Vaya, ¿a qué se debe ese comportamiento?».
«… Presento mis disculpas».
Yufi contuvo el aliento, incapaz de descifrar los motivos de su propia conducta. Lize permaneció contemplándola con una expresión de calidez.
«Da la impresión de que no resulto del todo de su agrado, señorita Yufi».
«¡No es de esa manera!».
Lize manifestó una sonrisa cargada de sutileza, provocando que Yufi moviese la cabeza en señal de negación con premura.
—No existe motivo para manifestar inquietud. Ya constituyes un miembro formal de la familia Saxon y representas a un individuo por el cual mi hermano guarda un profundo aprecio.
«…».
Al escuchar las aseveraciones de Lize, las mejillas de Yufi adoptaron una coloración sumamente encendida.
Lize, la consanguínea de Dale. Cada ocasión en que Yufi traía su imagen a la memoria, evocaba el rictus de pesadumbre que solía reflejarse en las facciones de Dale.
De igual modo, rememoraba la fisonomía de Dale al momento de fijar su mirada en ella y cuando concretó el reencuentro con sus afectos cercanos.
Lize puntualizó en una oportunidad que el tío Dale constituía un individuo cuya naturaleza Yuffie se encontraba imposibilitada de concebir en su existencia previa. Había sido el desprendimiento y la agudeza mental de Lize lo que propició la metamorfosis de Dale en el sujeto que se manifestaba en la actualidad.
Por mediación de Lize, Yuffie entabló relación con Dale, logrando de forma conjunta avanzar hasta el presente escenario.
A pesar de ello, ¿por qué motivo persistía ese presentimiento incómodo al hallarse en su cercanía?
Se trataba de un indicio tan perturbador como el tránsito de un arácnido desplazándose sobre su propia piel.
En aquel espacio se erigía una «criatura aberrante», una amalgama monstruosa constituida por tejidos orgánicos, fluidos, estructuras óseas, armas de corte, elementos de resguardo y protecciones de metal.
¡Pum, pum!
Con cada avance que realizaba, la superficie terrestre experimentaba sacudidas, forzando a los combatientes a replegarse en múltiples direcciones. Incluso las fortificaciones de gran envergadura, los puntos de defensa fortificados y las piezas de artillería perdían toda su relevancia ante su paso.
Ningún individuo manifestaba el valor requerido para interponerse en la trayectoria de aquel coloso monstruoso. En términos fácticos, nadie poseía la facultad de conseguirlo.
Y ocupando una posición sobre la zona superior de aquel gigante se localizaba un sujeto.
Su ropaje oscuro, ornamentado con los trazos de un cuervo nocturno, se agitaba con el viento mientras este orientaba su atención hacia los puntos más distantes del horizonte.
Una entidad que reducía a la inexistencia cualquier clase de contratiempo. Un individuo desprovisto de afecto hacia la estirpe humana.
Firmemente resuelto a clausurar el retorno constante de los ciclos estériles que componían la crónica del mundo, prosiguió su marcha.
Con rumbo fijo hacia el Señor de las Sombras y el epicentro del Noveno Imperio que este conducía.
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