El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 56
Capítulo 56
Capítulo 56
Walter de la Llama Sangrienta no representaba más que una pieza sacrificable en los planes del marqués Eurys. El mismo Walter permanecía en la ignorancia, sin percatarse de que actuaba como una marioneta destinada al desecho definitivo.
«El líder que encabeza la Sexta División perteneciente a la Orden de la Llama Negra…».
Las palabras de Dale surgieron en un murmullo tenue, provocando que Sepia lo observara con evidente desconcierto.
«¿De qué forma conoces esa denominación?».
Le resultaba imposible revelar que aquel recuerdo provenía de una existencia previa.
«En la presente jornada, el mismísimo Duque Sangriento se presentó en las instalaciones de la academia».
«…».
De este modo, Dale procedió a detallar la situación. Expuso los pormenores que el Duque Sangriento había destapado respecto a la Orden de la Llama Negra, así como la determinación del soberano imperial por silenciar a cualquiera que poseyera dicha información.
No obstante, optó por omitir los detalles sobre la perspectiva existencial del Duque Sangriento y el ofrecimiento que le había hecho para forjar una «nueva alianza de la Llama Negra».
«Ciertamente, representa un conocimiento que causaría gran incomodidad en las esferas del Imperio», dictaminó Sepia con total serenidad.
«Planearon utilizarnos para ejecutar una maniobra de eliminación indirecta… Una acción verdaderamente vil».
«Considerando que te encuentras a mi lado, Sepia, daban por sentado que poseíamos la capacidad para subyugar a Walter de la Llama Sangrienta».
Aquel hombre jamás habría podido superar el poder de Sepia. Simplemente caminó directo hacia la emboscada tendida por el Duque Sangriento, lo que significaba que, indirectamente, tanto Dale como Sepia terminaron actuando conforme a las previsiones de este último.
«Ese individuo posee una peligrosidad indiscutible», manifestó Sepia.
«Coincido por completo», secundó Dale, mientras recorría el entorno con la mirada.
El Yermo de Cristal. El dominio místico de Sepia, la experta en magia perteneciente a la estirpe de los elfos de las nieves.
La manifestación territorial de un hechicero actúa como una zona restrictiva impenetrable ante cualquier perturbación externa. Es la proyección corpórea de su propio plano mental. Por ende, la activación deliberada de este entorno por parte de un mago responde únicamente a dos escenarios específicos:
El primero, encontrarse ante un adversario que exige el despliegue de todo su potencial para ser erradicado.
El segundo, hallarse en compañía de un individuo ante el cual se permite desvelar su esencia más íntima.
En esta ocasión particular, confluían ambas motivaciones.
«Te agradezco el haberme resguardado, Sepia», expresó Dale.
Dentro de aquel paraje confinado donde únicamente se hallaban Dale y Sepia, la elfa postergó su réplica por un instante. Se limitó a ofrecer una expresión de calidez y dulzura, fiel a su costumbre.
«Este sitio posee una belleza sublime», declaró Dale, contemplando la inmaculada superficie que daba forma al Yermo de Cristal.
«En mi rol de tutora y colega en las artes mágicas, el día que logré percibir los destellos de tu propio entorno interno, comprendí la profunda sensación de aislamiento y vacuidad que te acompaña…».
Hablaba con la benevolencia y empatía que siempre la habían caracterizado.
«Hallé inmensas similitudes con mi propia vivencia».
Dale contuvo el aliento ante la aseveración de Sepia. Sus palabras guardaban una precisión absoluta. El espacio místico de Sepia se reducía a una llanura infinita constituida puramente de cristal. Una estructura mental forjada por un ser que abandonó su hogar natal en condición de desterrada, obligada a transitar por los reinos mundanos portando la herencia de los elfos de las nieves.
Fue en ese preciso instante cuando Dale alcanzó la total comprensión. Ella compartía su misma condición.
Dos almas vinculadas por un desolador y gélido aislamiento. Frente a esa realidad, la corta edad de Dale y la longevidad propia de la naturaleza élfica de Sepia perdían cualquier relevancia como impedimento.
La dimensión mental constituye, en última instancia, el fiel reflejo de la sensibilidad interna, y en ese momento ambos lograron descifrar el sentir del otro.
Por tal motivo, Dale acortó la distancia y estrechó entre sus brazos a la consumada hechicera del sexto círculo. Ya no se encontraba desamparado frente a la rigurosa desolación que evocaba el Yermo de Cristal.
«Te profeso un gran afecto, maestra», pronunció Dale.
«Por consiguiente, te solicito que aguardes un lapso adicional».
Elevándose ligeramente sobre la planta de sus pies, depositó un sutil beso sobre la mejilla de la elfa.
«…!»
«Hasta el momento en que me consolide como un varón a tu altura».
Tras aquel gesto, sostuvo la mirada hacia el semblante de Sepia.
«A-así será…».
Sepia, con las orejas en alerta y las mejillas encendidas, pareció perder la noción de que el infante frente a ella apenas contaba con once años de edad.
Concluido el contacto, Dale procedió a tomar una distancia prudencial.
«Tal vez», cuestionó tras establecer la separación entre ambos.
«¿No existía requerimiento alguno para dicha espera?».
El rubor cobró mayor intensidad en las facciones de Sepia, extendiéndose incluso hasta los extremos de sus puntiagudas orejas élficas.
—G-guarda silencio —consiguió articular con evidente turbación.
Dale le dedicó una sonrisa afable al percibir el estado de agitación en el que se encontraba.
«Sepia», enunció para sus adentros, como si analizara la conducta de un tercero.
«Posees un umbral de vulnerabilidad emocional sumamente amplio».
La pareja de hechiceros, uno representando el matiz carmesí y la otra el espectro azul, se mantuvieron frente a frente mientras daban forma a sus respectivas dimensiones mentales. El entorno conceptual proyectado por magos de un estatus tan elevado y jerarquía de anciano poseía la cualidad de operar como un confinamiento absoluto.
Una superficie de combate improvisada y resguardada ante factores exógenos.
Dicho de otro modo, a menos que el creador de dicha dimensión decidiera disolverla de manera voluntaria, resultaba impracticable acceder a ella desde el exterior.
Para quebrantar dicha barrera por la fuerza, se volvía indispensable la acción de un místico que ostentara un dominio igual o superior.
Y el número de individuos con semejante capacidad no superaba el centenar en la totalidad del territorio continental.
Debido a esto, durante el lapso en que Walter de la Llama Sangrienta y Sepia, ambos exponentes del sexto círculo, sostuvieron su disputa, a Sir Bale de Baskerville no le quedó más opción que permanecer a la expectativa.
Al poco tiempo, Dale y Sepia hicieron su aparición en el sitio. Por fortuna, se encontraban sin daño alguno.
Walter, el portador de la Llama Sangrienta, había perecido bajo el accionar del Acechador de las Sombras, extinguiéndose cualquier vestigio material de su existencia.
«Mi joven señor Dale, ¿se encuentra libre de heridas?».
«No he sufrido daño alguno, señor Bale», dictaminó Dale, mientras Sepia permanecía rezagada con el rostro aún encendido.
«¿Cuál es la condición de nuestra escolta de caballeros?».
«Registramos algunos miembros con contusiones y heridas, pero afortunadamente nadie perdió la vida».
«Es una excelente noticia», corroboró Dale de manera serena.
«Es inaudito que un miembro de alta jerarquía perteneciente a la Torre Roja perpetrara semejante agresión…».
Atraer al sucesor de la Torre Negra hacia los dominios de la Academia Imperial con el único propósito de emboscarlo.
Se había consumado un hecho de extrema gravedad, con el potencial de desestabilizar las relaciones entre las diversas edificaciones místicas y sembrar el caos en la totalidad del Imperio. De no haber contado con la intervención de Sepia, el propio Dale carecería de herramientas para prevalecer ante un místico de rango anciano. Esa era, al menos, la apreciación que sostenía Sir Bale.
En un entorno desprovisto de testigos o escrutinio público, nadie poseía la certeza de los alcances reales que Dale podía demostrar al emplear la totalidad de sus facultades en combate.
«Dado que los guerreros bajo el mando de Saxon se encuentran a salvo, asumiré de forma personal la gestión de los eventos acontecidos hoy», determinó Dale.
«Hasta el momento en que emita directrices distintas, demando de usted y del resto de los caballeros el más estricto hermetismo respecto a lo sucedido».
«¡No obstante, mi joven señor!».
«Señor Bale. Se trata de un dictamen directo por parte del sucesor de la Casa Saxon».
«… Se ejecutará conforme a sus deseos».
Dale anuló de forma tajante cualquier intento de réplica por parte de Sir Bale.
«Mis descuidos bien pudieron arrastrar a los combatientes de Saxon hacia un destino fatal».
Dale mostró su descontento mediante un leve chasquido y desvió la mirada.
A pesar de todo, ni él mismo anticipaba una ofensiva perpetrada con semejante osadía, fundamentalmente en un periodo caracterizado por tanta inestabilidad.
«…»
Acudió a su memoria la representación de la «región terrenal» que en el pasado le fuera enseñada por el marqués Eurys. ¿Bajo qué lógica dicha manifestación geográfica cobraba forma en el entorno mental del Duque Sangriento? ¿Y qué curso tomaron los acontecimientos en dicho sitio tras su propia destitución?
Para cualquier místico, poner al descubierto su dimensión interna representaba un acto de extrema delicadeza.
Aquel entorno mental reflejaba la configuración del ser interno de un hechicero, su psique misma, equivaliendo a otorgar acceso directo para que un tercero inspeccionara las profundidades de su alma.
Bajo esa misma premisa se había conducido Sepia previamente ante Dale.
Una validación absoluta o un rechazo tajante hacia el semejante. Las posturas intermedias quedaban descartadas. Las concesiones no tenían lugar.
«¿Existirá la posibilidad de que conozca quién soy en realidad…?»
Evaluó internamente, para luego descartar la idea con un ademán de cabeza.
«Es del todo improbable».
Si el Duque Sangriento verdaderamente poseyera certeza sobre los orígenes de Dale, sus maniobras habrían tomado un rumbo mucho más drástico. Dale conservaba una memoria nítida sobre las interacciones que el Duque Sangriento mantuvo con él en su época previa.
Y en aquel ciclo temporal, jamás expuso su «dimensión mental» ante su entidad del pasado, como tampoco realizó alusión alguna al territorio de la Tierra.
¿Acaso el Duque Sangriento, quien se rehusó sistemáticamente a manifestar su fuero interno ante su ser de antaño, habría modificado su postura tras la consolidación de Dale como el continuador de la Casa Saxon?
«Resulta inconcebible».
El Duque Sangriento permanecía ajeno a la identidad auténtica de Dale. Mantenía una convicción plena sobre ese punto.
En términos claros, su intención genuina radicaba en consolidar un frente común junto al «Príncipe Negro».
Al evidenciar sus propósitos reales y validar plenamente la posición de Dale, quien eventualmente asumiría el control como Maestro de la Torre Negra, pretendía establecer un «vínculo inédito entre las facciones negra y roja».
Sin embargo, ¿cuál constituía el desenlace real que perseguía el Duque Sangriento al promover esta nueva coalición? ¿En qué consistía verdaderamente aquella «potencia y revelación primordiales» que mencionaba en sus discursos? ¿Y qué maniobras desarrollaba el soberano imperial de forma encubierta?
El panorama se presentaba como un complejo laberinto de interrogantes.
Tras un examen riguroso, optó por apartar aquellos dilemas de su mente. Ninguno de esos asuntos demandaba su atención inmediata en la coyuntura actual. Su prioridad indiscutible consistía en abandonar la opresiva urbe capitalina para emprender el retorno hacia las tierras del ducado sajón.
Su ciclo formativo en la academia había alcanzado su punto final.
De manera simultánea, en los dominios del ducado sajón.
En el preciso intervalo en que Dale, el continuador de la Torre Negra, se había trasladado a la urbe capitalina con motivo de la interacción entre las facciones negra y roja, el continuador de la Torre Roja… el vástago del marqués Eurys, conocido como el Duque Sangriento, hacía acto de presencia en el lugar.
Específicamente, en el despacho perteneciente al duque de Saxon.
Ray Eurys.
Para ser exactos, no compartía un lazo consanguíneo con el marqués Eurys. Ostentaba la condición de descendiente adoptivo, incorporado a la dinámica familiar debido a «motivaciones particulares». Y el Duque Negro figuraba entre el reducido grupo de individuos al tanto de dichos pormenores.
El Duque Sangriento se había dedicado a congregar a decenas de infantes que daban muestras de aptitudes para las artes místicas, siendo Ray el único elemento que consiguió preservar la existencia tras superar los desafíos mediante la eliminación de los demás aspirantes.
Habiendo prevalecido en aquella prueba de supervivencia, consiguió posicionarse ante la sociedad bajo el amparo de la Casa Eurys.
A pesar de no gozar de una notoriedad pública tan extendida en el imperio como la de Dale, ejecutaba tareas desde la clandestinidad, dando cumplimiento a los dictámenes del Duque Carmesí.
Debido a estos antecedentes, el semblante del Duque Negro al observar a Ray se mostraba completamente desprovisto de calidez o empatía.
Más allá de los confines que delimitan al imperio, cruzando la extensión del Mar de la Muerte, se encuentra un componente tóxico denominado «Gu» en las regiones del continente oriental.
Este elemento letal se confecciona confinando a múltiples seres ponzoñosos dentro de un recipiente, propiciando que se ataquen y devoren mutuamente hasta que únicamente sobreviva el espécimen de mayor resistencia, dando como resultado la sustancia de mayor letalidad conocida.
Ray Eurys guardaba una analogía perfecta con aquel remanente altamente ponzoñoso. Pese a tratarse de un menor cuyas edades coincidían con las de Dale, dicha circunstancia no alteraba la peligrosidad de su naturaleza.
—Vuestra Excelencia, el Duque Negro —dio inicio Ray.
«Es de su pleno conocimiento que tanto mi progenitor como Su Majestad el Emperador persiguen un fin idéntico al que usted sostiene».
Aquello que constituía su objetivo común.
—Expón tus puntos —dictaminó con frialdad el Duque Negro, empleando el tono característico del más prominente practicante de las artes oscuras en el continente.
«Dispongo del listado que identifica a los miembros de la facción radical de la Torre Negra que se encuentran ofreciendo soporte a nuestra Torre Roja».
«……»
Ante la revelación hecha por Ray, un rictus de tensión modificó las facciones del Duque Negro.
«¿Cuál es la compensación que requieres?».
Prolongar los intercambios verbales de forma estéril no correspondía con los métodos habituales del Duque Negro.
—La fuerza combativa demoníaca, la Brigada Roja Negra —sentenció Ray.
«El soberano demanda la supresión absoluta de todo registro referente a las maniobras de la Brigada Roja Negra durante el periodo del conflicto armado».
«……»
«Y, por azares del destino, diversos cabecillas pertenecientes a la Brigada Roja Negra se cuentan actualmente entre las filas de la facción radical de la Torre Negra».
«Procede con la entrega del listado correspondiente a los radicales que sostienen alianza con la Torre Roja».
«Es motivo de satisfacción constatar que logramos alcanzar una resolución con tal celeridad», manifestó Ray exhibiendo una sonrisa mientras realizaba una sutil reverencia con la cabeza.
Aquellos radicales que mostraban oposición de forma sistemática frente a la administración impuesta por el Duque Negro, al haber pactado con la Torre Roja, tenían su destino sellado hacia la desaparición. La circunstancia de que ciertos elementos del grupo custodiaran datos confidenciales relacionados con los antecedentes de la Brigada Negro-Roja no modificaba en absoluto el desenlace que les aguardaba.
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