El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 74
Capítulo 74
Capítulo 74
Durante aquel periodo, un emisario de la facción rebelde británica que se había adentrado en los dominios imperiales se presentó con el fin de pactar la entrega de Philip. Pese a ello, la compensación solicitada para su puesta en libertad no consistía en metales preciosos ni fortuna.
Requerían provisiones y armamento, recursos indispensables para sostener las hostilidades.
—Vaya, qué infortunio, conde.
Lady Scarlet se expresó con ironía al enterarse de las condiciones que el bando de la independencia británica imponía para devolver a Philip.
Pertrechos de guerra.
Ceder ante tales peticiones implicaría reconocer el fracaso en el conflicto. Significaba dotar al bando contrario, cuyo ímpetu bélico ya flaqueaba, de los elementos requeridos para prolongar el combate.
No obstante, si optaban por abandonar a Philip, considerado la deshonra de los de Brandeburgo, el distinguido linaje de los condes de Brandeburgo hallaría su fin en ese mismo instante.
Por añadidura, aun si consiguieran apresar a la Santa Doncella, carecían de certezas de que el fruto que planeaban sembrar en su interior lograra prosperar. Por dicha razón Philip, aun siendo un necio carente de dotes, permanecía con vida, y no por algún lazo de cariño paterno que persistiera.
Si resolvían proteger la descendencia familiar renunciando a los recursos bélicos para recobrar a Philip, la total responsabilidad del fracaso en la campaña recaería sobre el Caballero Sagrado. La totalidad del Imperio lo culparía abiertamente.
Representaba la peor de las encrucijadas.
—……
El Caballero Sagrado presionó sus labios con tal intensidad que la sangre brotó. En ese preciso instante…
—Entreguen el pago y recuperen a lord Philip.
Dale intervino en la conversación, provocando que el Caballero Sagrado dudara por un instante de sus propios oídos.
—¿Qué has expresado?
—Parece que sopesas la continuidad de tu estirpe contra la carga de la derrota.
Las palabras de Dale calaron hondo, demostrando una total comprensión de los pensamientos del Caballero Sagrado.
—Sin embargo, existe una alternativa para rescatar a lord Philip sin perder este conflicto.
—¿Qué… a qué te refieres?
Las capacidades estratégicas que Dale había exhibido previamente eran indiscutibles, incluso a ojos del Caballero Sagrado.
—Habla de una vez.
De este modo, el Caballero Sagrado demandó una explicación.
—Oh, me temo que no haré eso.
Dale, en cambio, emitió una carcajada cargada de frialdad.
—Después de todo, me hiciste a un lado para adjudicarte la totalidad del triunfo.
—¡…!
—¿No te parece una actitud sumamente descarada?
El semblante del Caballero Sagrado se tornó severo.
—Establece tus demandas.
La situación no permitía minucias. Pese a tratarse únicamente de un infante de doce años, el Caballero Sagrado se vio forzado a atender las exigencias del Príncipe Negro.
—Concédeme dos compromisos.
—¿Cuáles son esas promesas que requieres?
—En primer lugar, en cada confrontación y maniobra venidera, acatarás mis directrices de forma incuestionable.
En otras palabras, designar formalmente a Dale como la máxima autoridad militar en esta campaña.
—En segundo lugar, el destino de los prisioneros que caigan en nuestras manos durante esta campaña quedará por completo bajo mi criterio.
—¡Ja!
El Caballero Sagrado soltó una carcajada llena de incredulidad. ¿Cómo pretendía un tierno infante proponer semejante osadía a un veterano de los combates?
—¡Cómo te atreves, un simple muchacho, a rebasar tus atribuciones…!
Todo poseía un límite. Por más dotado que fuese el descendiente mayor de los de Saxon, pretensiones tan desmedidas resultaban inadmisibles.
—¿Acaso no experimentas temor?
Dale prosiguió con su discurso, mostrando una total entereza.
—¿No te asusta la posibilidad de que la casa de Brandeburgo se extinga en el olvido, cargando con la autoría exclusiva de la caída?
Demostrando nuevamente que leía las motivaciones profundas del Caballero Sagrado.
—Ah, los miembros de la nobleza resultan ser seres sumamente calculadores y mezquinos.
—……
—Incluso quienes hoy te aclaman como el máximo paladín del Imperio te darán la espalda con mofas ante el menor traspié.
Fue una estocada certera.
—No obstante, no hay motivo para la inquietud.
—¿Por qué razón no deba preocuparme?
—Si consientes mi planteamiento, asumo también el pago del coste correspondiente.
El coste.
—Incluso si se ratifica mi propuesta y esta campaña concluye en un fracaso.
Las declaraciones subsecuentes no daban margen a la ligereza, ni siquiera para el Caballero Sagrado.
—Ofrezco mi corazón como garantía.
Su propio órgano vital. Un silencio sepulcral dominó el espacio.
—Oh, y eso no es todo.
—…
—A la par de mi corazón, cargaré con la total culpabilidad por el fracaso en esta contienda.
La deshonra de la caída no pertenecería al Caballero Sagrado, sino que Dale la tomaría para sí. Ponía en juego su propia vida y su reputación. Ni siquiera Lady Scarlet halló motivo de burla en los planteamientos de Dale.
—……
Por vez primera, su gesto burlón se desvaneció frente a Dale.
—Los eruditos de la Torre Blanca se encuentran en las proximidades, ¿es correcto?
—No me digas que pretendes…
Se trataba justamente de eso. El conjuro de restricción mística propio de la Torre Blanca, conocido como Geass (el Vínculo de los Juramentos).
—¿Cuál es tu resolución?
De no alcanzar el triunfo, Dale de Sajonia cargaría con el peso del fracaso, entregando su propio corazón.
—¿Cuál es el motivo para llevar las cosas a tal extremo?
—Debido a que poseo la certeza de vencer.
Se manifestaba plenamente convencido, sin sombra de vacilación.
—¿Y qué retribución obtienes de todo esto?
—Me adjudicaré la gloria de la victoria de manera exclusiva.
Declaró Dale.
—No figurará como el triunfo del conde de Brandeburgo, sino como la gesta del Príncipe Negro.
—……
Una parte de la realidad.
—No obstante, sin importar el desenlace, el conde obtendrá un beneficio.
Añadió Dale.
—Si salimos victoriosos, asegurarás el retorno de lord Philip ileso y quedarás exento de los reproches por la caída.
Incluso ante una derrota, el panorama no empeoraba para él. Conseguirían la devolución del primogénito del conde sin daños, y Dale cargaría con el peso del desenlace adverso. Un despliegue de audacia descomunal.
—¿Realmente posees la capacidad de vencer?
La mitad de sus huestes ya se había perdido debido a los errores de Philip. Pese a que el Imperio contara con combatientes formidables de la talla del Caballero Sagrado o de Lady Scarlet.
La facción opuesta poseía igualmente sus propias figuras de inmenso poder.
La Santa Doncella Aurelia y las huestes combativas del antiguo Reino Británico que la respaldaban. Dichos guerreros se habían rehusado a someterse ante la opresión imperial, integrándose a las filas de la resistencia.
Dentro de ese grupo destacaba Thomas Becket, arzobispo de las Islas Británicas y miembro de alto rango perteneciente al Séptimo Círculo de la Torre Blanca.
Bajo dicho panorama, aun logrando el rescate de Philip y proveyendo una cuantiosa cantidad de pertrechos, ni el Caballero Sagrado lograba asegurar el triunfo.
—¿De verdad consideras factible obtener el triunfo en estas circunstancias?
—No existe impedimento para conseguirlo.
Frente a ese mismo escenario, Dale entregó su corazón y la entera culpa del fracaso como ofrenda para el Geass. Mantenía una fe ciega en el triunfo.
Un individuo destinado a transformarse en el peligro más grande para el Imperio en los tiempos venideros se encontraba comprometiendo su propia existencia.
Seguro de concretar lo que se antojaba irrealizable.
Tal como Dale expuso, constituía un pacto donde tanto el éxito como el fracaso reportaban utilidades al noble.
—Acepto tus condiciones.
Para el conde de Brandeburgo, no existían fundamentos para desestimar la oferta.
Si Dale de verdad consolidaba esa victoria casi inalcanzable, aun si el reconocimiento de la victoria correspondía únicamente al Príncipe Negro.
Dejó de lado las consecuencias futuras que dicha acción pudiese desencadenar.
Momentos después.
Con el propósito de liberar al retenido Philip y efectuar la entrega de lo demandado, la nueva máxima autoridad militar del Imperio se encaminó hacia el sitio de mediación dispuesto por los insurgentes.
Hacia el núcleo de las fuerzas rivales, donde aguardaba la redentora del pueblo, la Santa Doncella Aurelia.
—El príncipe Dale de Sajonia.
Se presentaba como una guerrera de gran distinción y nobleza.
Su resplandeciente armadura de tono níveo brillaba con intensidad, mientras su sedosa cabellera rubia se mecía ligeramente con el aire. Una espada se resguardaba en una cubierta adornada con bordados de oro, dispuesta a su costado.
Su belleza y distinción eran tales que costaba asociarla con un origen humilde, superando en prestancia a las descendientes de las casas aristocráticas. ¿La heredera de una corona? ¿Una soberana de un imperio? Nada de eso resultaba preciso.
Existía un único término idóneo para definirla.
—La Doncella Santa (La Pucelle)…
Pronunció Dale en un susurro apenas audible. Sin embargo, la sensación de hallarse en un letargo, subyugado por su porte, resultó efímera.
Recuperó la compostura con presteza y realizó una reverencia.
—Mis respetos a la Santa Doncella Aurelia.
—Resulta llamativo percibir que un miembro del Imperio me confiera el título de Santa Doncella.
Expresó Aurelia, mostrando cierta extrañeza.
—Es un hecho imprevisto.
—Debido a que esta confrontación busca validar tus aseveraciones, Lady Aurelia.
Replicó Dale con tono distante.
—Hasta que se determine qué facción vierte su última gota de sangre, no existen motivos para desacreditar tus palabras.
Atribuyéndole la total autoría por los enfrentamientos sangrientos acontecidos en la isla.
—……
Por un breve lapso, la Santa Doncella Aurelia guardó silencio.
—¿Se encuentran dispuestos a satisfacer nuestras demandas?
—¿Tienen la determinación de avanzar con rumbo a Reims?
Inquirió Dale en respuesta.
—Por desgracia, me es imposible dar contestación a esa pregunta, príncipe.
—Tomar nuevamente Reims, llevar a cabo allí la investidura de Carlos VII como monarca…
Añadió Dale.
—¿Cuáles son sus planes posteriores?
Manteniendo el control del diálogo.
—Dicha resolución compete estrictamente a los designios de Su Majestad.
Sostuvo Aurelia.
—No soy más que una servidora encargada de ejecutar los mensajes sagrados de las Hermanas Sixtinas.
—Dado que aseguras actuar bajo mandatos celestiales, poseo una interrogante para ti.
—Te escucho, prosigue.
Dale inclinó levemente el rostro, exhibiendo desconcierto.
—¿Por qué motivo la deidad suprema mostraría interés en los conflictos menores de los reinos de este mundo?
—……
—Incluso ante la caída del dominio perteneciente a su propia consanguínea, optó por el silencio.
Tras una pausa momentánea, prosiguió de forma serena.
—¿Qué elemento vuelve tan singular al Reino de Britannia?
El semblante de Aurelia se tornó sumamente severo.
—¿Acaso un imperio no constituye simplemente otra soberanía que experimenta su auge y posterior decadencia como tantas otras?
Sin embargo, el atrevimiento de Dale no representaba únicamente un agravio hacia la devoción de Aurelia. Constituía un serio cuestionamiento a los dogmas compartidos tanto por el imperio como por la resistencia.
—Una vez que completes la consagración de Carlos VII conforme a los designios divinos, ¿a las órdenes de quién te someterás, señora Aurelia? —inquirió Dale de forma tajante—. ¿Adoptarás los mandatos del flamante soberano de Britannia, Carlos VII, como si fuesen directrices divinas?
—La reflexión no entra en mis atribuciones —repuso ella, definiéndose meramente como el instrumento de la divinidad y la redentora de su pueblo, cuya cualidad estribaba exclusivamente en el cumplimiento de su deber.
—Se equivoca, señora Aurelia, le corresponde reflexionar.
—Demos por concluido este diálogo estéril —cortó Aurelia de forma tajante. El propósito de este encuentro se limitaba a pactar la devolución del príncipe Philip. No pretendía enredarse en las provocaciones de Dale.
—Oh, pierda cuidado, los elementos del rescate se encuentran listos —declaró Dale exhibiendo una mueca de complicidad.
—A estas alturas, representa un asunto menor.
—¿A qué te refieres con que es algo menor? —demandó saber Aurelia.
Dale manifestó: —La histórica sede de Britannia, el sitio donde tradicionalmente recibían la corona los monarcas…
Reims. La meta definitiva de las huestes de la independencia británica. Al mencionar la denominación de la urbe, Dale esbozó una sonrisa.
—Tengo el propósito de entregarte Reims, santa doncella, Lady Aurelia.
—¡…!
A pesar de llevar el Geass sellado en su propio pecho, testimonio de su total responsabilidad sobre los reveses previos.
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