El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 76
Capítulo 76
Capítulo 76
Un destello áureo avanzó con ímpetu, desplazándose a una celeridad que parecía la encarnación misma de la velocidad de la luz. Era la primera ocasión desde su existencia previa en que encaraba la máxima expresión de la destreza de un caballero, una auténtica manifestación del poder absoluto.
No obstante, este escenario correspondía al «mundo de Dale». Un dominio de desolación que evocaba de manera idéntica aquella sombría y nívea velada invernal, caracterizada por su gélido viento y sus penumbras. Un territorio arenoso que mantenía cautivos a ambos contendientes.
Para cualquier practicante de las artes místicas, plasmar el plano de los pensamientos en el plano físico equivalía a edificar una «fortaleza mágica».
Para los hechiceros comunes pertenecientes al sexto círculo, quienes tal vez no asimilaban por completo este precepto, dicha acción únicamente implicaba perfeccionar las invocaciones, intensificar las representaciones mentales, robustecer los axiomas y depurar la naturaleza de su energía interna. Sin embargo, el enfoque de Dale resultaba totalmente distinto.
Él asimilaba el auténtico trasfondo del dominio mental —la «fortaleza del mago»— y comprendía a la perfección el modo de manifestar su supremacía.
Los eruditos de las artes místicas no reciben adiestramiento enfocado en el conflicto bélico. Pese a que su capacidad resulte descomunal y sin importar la elevación de su círculo, no orientan sus procesos cognitivos hacia el combate.
A diferencia de aquellos veteranos del sexto círculo que perecieron bajo el yugo de Dale en su encarnación anterior, tales individuos constituían meramente «intelectuales» dotados de un vigor ligeramente superior al del promedio.
Por muy pavorosos o despiadados que fuesen los fundamentos de sus investigaciones, o por muy descomunal que resultara la fuerza que manifestaran, un intelectual jamás conseguiría subyugar a un combatiente nato.
Pese a ello, Dale guardaba en su memoria el «cosmos» que le habían exhibido los más excelsos hechiceros de combate que en algún momento sucumbieron ante la espada de un paladín. Eran magos que no vacilaron en adoptar la senda de los guerreros, alcanzando las cúspides del sexto círculo y horizontes aún más lejanos.
Rememoró la configuración de un entorno edificado con el único propósito de la confrontación, el legítimo esplendor de la ciudadela de un hechicero.
Un entorno de hostilidad absoluta, una estructura defensiva insuperable en sí misma.
Y existía una combatiente que avanzaba a toda velocidad con la firme intención de demoler dicha estructura.
La Santa Doncella Aurelia, la guerrera áurea.
El enfrentamiento entre un paladín y un místico de semejante envergadura constituía un auténtico sitio militar en cada movimiento.
Las ráfagas heladas y las tinieblas giraban con violencia, entorpeciendo el avance de la doncella sagrada Aurelia mientras arremetía con decisión.
En ese preciso instante…
¡Zas!
─ ¡Jajaja!
Una ramificación oscura como la penumbra se lanzó de forma intempestiva en su dirección.
A los oídos de Dale, aquel sonido evocó la genuina carcajada de una pequeña infante.
«■■■■──!»
Sin embargo, para la Santa Doncella Aurelia, aquello representaba únicamente el horroroso alarido de una aberración ajena a este plano.
«¡…!»
La guerrera áurea describió una parábola con su acero. Un fulgor resplandeciente emanó de la hoja, disipando la deformidad, rasgando las tinieblas y simulando la llegada del alba.
Su arma cortó las extremidades de «Shub», provocando que un fluido denso y oscuro salpicara frente a su posición.
Pese a ello, la Santa Doncella Aurelia desafió los principios fundamentales del movimiento, interrumpiendo su marcha de golpe y dando un salto en retirada para incrementar el espacio entre ambos.
Consiguió eludir de este modo la emanación de podredumbre y perversión que ni siquiera su armadura áurea habría sido capaz de resistir.
«Este territorio me pertenece».
Inmediatamente después, el «manto de penumbras» que replicaba la vestidura oscura de Dale comenzó a agitarse de manera turbulenta.
Desde lo más profundo de aquella noche teñida de blanco, comenzó a expandirse una extensión líquida de total oscuridad. Simultáneamente, los 《Acechadores de las Sombras》 ocultos entre los pliegues oscuros proyectaron sus punzantes extremidades.
Cerca de Dale, una jovencita que portaba cornamentas de cabra negra alzó el borde de su atuendo. Las extremidades impactaron de manera coordinada.
Una vorágine de ramificaciones oscuras.
Un entorno colmado de hostilidad, que liberaba su malevolencia sin ningún tipo de contención. Pese a todo, la Santa Doncella Aurelia se mantuvo inalterable.
Haciendo caso omiso a la perturbadora percepción de contemplar el origen de la perversión en el infante que se hallaba ante ella, manejó su acero resplandeciente con una callada persistencia.
No se trataba de un arma bendita, sino del acero común de un combatiente anónimo. Pese a esto, frente al fulgor dorado que revestía dicho acero, incluso el brillo de un arma mística legítima habría parecido opaco.
Similar a la claridad matutina que se abre paso en medio del crepúsculo sombrío.
La guerrera áurea, la dama de la batalla, plantó cara a la acometida de las extremidades mediante un torbellino lumínico.
«…!»
No subsistió absolutamente nada.
Una erradicación total.
Ni siquiera la extensión líquida de penumbras consiguió salvarse. Fue tal como si un caudal hídrico se hubiese evaporado por completo, exhibiendo su superficie reseca.
«Esto representará un auténtico desafío».
Un rival frente al cual el triunfo resultaba dudoso, aun empleando la totalidad de sus recursos. Por lo tanto, el «hechicero del tercer círculo» incrementó las revoluciones del núcleo de su pecho una vez más. Tres esferas y los filamentos de penumbra que las vinculaban entre sí… 『El libro de la cabra negra』.
La energía proveniente de ambos focos oscuros se propagó a través de la totalidad del dominio de Dale.
Con el fin de reconvertir la fisonomía de aquella velada invernal, blanca y sombría, en su bastión personal.
Los combatientes aguzan sus armas y limpian sus protecciones con la única meta de mantenerse en pie en el área de conflicto. Debido a ello, lo que proyectan sobre sus implementos bélicos es la «doctrina del combate» que han estructurado internamente. Aunque la facultad que manifiesten derive de la manifestación de una deidad, la naturaleza del acto es idéntica.
Un combatiente.
Un simple erudito jamás logrará imponerse ante un combatiente. No obstante, Dale distaba mucho de ser un simple erudito.
«…!»
Por un breve instante, un rictus de recelo se dibujó en las facciones de la Santa Doncella Aurelia. Pivotó con rapidez y la guerrera áurea descargó un tajo con su acero.
¡Clang!
El acero anónimo de la Doncella Sagrada impactó con fuerza. ¿Contra qué elemento?
Un Acero Oscuro.
El arma imbuida de un aura de tonalidad azabache que representa el emblema de la Casa de Sajonia. El arma de un guerrero de la desolación, revestido con las protecciones oscuras del caballero cuervo, poseedor de una pericia idónea para contener la acometida de la doncella sagrada.
Ese idéntico combatiente de hoja sombría arremetió de inmediato, propinando un impacto a la Doncella Sagrada.
No se trataba de un resto humano devuelto a la vida mediante los componentes del Caballero Cuervo. En este entorno, tales restricciones carecían de validez.
Este constituía un dominio donde los místicos manifestaban sus procesos mentales, y Dale se erigía como la deidad suprema de este espacio.
Él contaba con la facultad para transformarlo en realidad.
Un nivel que se situaba muy por encima de las aspiraciones de los comunes veteranos del sexto círculo.
──Una velada invernal, blanca y sombría.
Las partículas de nieve descendían suspendidas y, en medio de la atmósfera gélida y las tinieblas, el ejército de combatientes espectrales comenzó a materializarse de forma sucesiva.
Guerreros de la desolación sosteniendo las hojas oscuras de Sachsen, custodiando a su mandatario y al «regente de este dominio».
Combatientes espectrales originados mediante la facultad del pensamiento conceptual. Cada uno de ellos manifestaba la pericia de un paladín que en su momento portó tal distinción.
Posterior a materializar a los guerreros de la desolación, Dale había recopilado un volumen inconmensurable de conocimientos prácticos en su rol de líder de la Facción de la Armadura Negra. La quintaesencia del manejo del acero, depurada mediante incontables ensayos y correcciones junto a la virtuosa de la espada, Charlotte.
El «axioma» que imbuía dicha quintaesencia se acoplaba perfectamente sobre los guerreros de la desolación.
«Axioma automatizado».
Pese a encontrarse todavía en un periodo experimental, demostró constituir un contrincante respetable para su evaluación inicial en una situación de combate real.
«¿Cuál es el límite de sus capacidades?».
Al medirse por vez primera con un rival de condiciones extraordinarias empleando todo su potencial, Dale ponía en juego más de la totalidad de su energía sin guardarse nada.
En la condición de máxima aceleración de los núcleos de su pecho, cada esfera incrementaba su rotación superando las miles de revoluciones por minuto. Las extremidades de la penumbra, tomando posesión de otro «foco oscuro», inyectaban vitalidad en su pecho y en sus esferas.
En este instante, Dale era el regente y la deidad de este espacio.
A pesar de ello, no gozaba de omnisciencia ni de omnipotencia absoluta. Para manifestar su dominio, requería consumir la cantidad de energía mística equivalente.
Materializar guerreros de la desolación en semejante proporción y transferir la pericia del paladín a cada unidad mediante un axioma automatizado demandaba un alto costo.
Percibía una punzada intensa que amenazaba con destrozar su pecho. Sin embargo, manteniéndose firme, Dale alzó la mirada.
En ese preciso momento…
─ Ah, mi señor…
La jovencita dotada de cornamentas de cabra negra se aferró a la zona del hombro de Dale, evidenciando una total incapacidad para refrenar su devoción.
Sus extremidades blanquecinas y estilizadas rozaron el rostro de Dale.
«…!»
No obstante, ante la mirada de la Santa Doncella Aurelia, la escena se percibía como si una aberrante concentración de ramificaciones oscuras estuviese aprisionando a Dale.
Una monstruosidad intolerable de otra dimensión, que vertía una sustancia viscosa y oscura parecida al alquitrán, aprisionándolo con sus extremidades.
Ignorando la grotesca escena, ella aferró su arma con extrema firmeza.
«──Tal parece que es así».
Ante los combatientes de hojas oscuras que se aproximaban desde todos los flancos, Aurelia pronunció unas palabras, mientras su arma emitía un fulgor áureo.
«Resultará complejo continuar tratándote con «benevolencia», mi señor».
«Esa cuestión no me inquieta».
«No es mi intención menospreciar el beneficio que me otorgaste al hacer de mi propiedad la lanza».
expresó la guerrera áurea.
«Si despliego el total de mis capacidades, no tendré forma de asegurar tu supervivencia».
«Contaba con esa posibilidad desde el primer instante».
replicó Dale.
«No obstante, previo a que eso suceda, requiero formular una interrogante».
«Te escucho, procede».
«¿Mantienes la certeza de que el individuo que asuma el control del Reino de Nueva Britannia ejercerá un mandato digno?».
«…!»
«Al contemplar el empeño tan ferviente que pones para transferir la corona a Carlos VII».
inquirió Dale de forma serena.
«Debe tratarse, sin duda, de un monarca virtuoso y libre de fallas».
«……»
«Alguien consternado por los ciudadanos que padecen los rigores de la opresión del régimen, conocedor de la equidad y verdaderamente afligido por el destino de la nación».
añadió Dale.
«¿De verdad posee tanto valor?».
Aurelia, la Santa Doncella, descifró la intención oculta detrás de la interrogante. En el fondo, no constituía una duda real. El joven sucesor del linaje sajón poseía de antemano la certeza de la situación.
La auténtica índole del individuo denominado Carlos VII.
«Únicamente por el hecho de poseer linaje monárquico en su ser…».
Como si ningún otro factor tuviese relevancia.
«¿Es tu propósito entregarle la totalidad de este territorio, Santa Doncella?».
«Analizar las circunstancias no forma parte de mis atribuciones».
«Se equivoca, Lady Aurelia, le corresponde reflexionar acerca de ello».
Nuevamente surgía el dilema.
«Acerca del trasfondo real cuando la consanguínea de Sistina expresa su anhelo de «redimir al Reino de Britannia»».
«Tal como manifesté con anterioridad».
Pese a todo, Aurelia, la Santa Doncella, no mostró el menor titubeo.
«Mi único propósito aquí es ejecutar los designios de la deidad».
Con el fin de liberar a la nación de la opresión del régimen y conceder la corona al individuo con mayores méritos. Y Carlos VII poseía tal prerrogativa. El principio sagrado del linaje monárquico.
«¿Estás optando por comportarte como un instrumento de las alturas?».
Un instrumento de las alturas.
Pese a que sus facciones permanecían resguardadas tras una protección cranial áurea, el ambiente circundante pareció tornarse rígido, incluso en este dominio ya dominado por un frío penetrante.
«Nuestro porvenir no se encuentra bajo nuestro control», enunció Aurelia.
«Ciertamente, expresas una realidad», concordó Dale. Constituía un pensamiento que previamente había compartido con Sir Yones.
No existe un porvenir que poseamos la capacidad de modificar mediante nuestro propio esfuerzo.
«No obstante, de la misma forma en que el porvenir no nos pertenece», prosiguió Dale, «tampoco es propiedad de las alturas».
Dando a entender de forma contundente que jamás aceptaría transformarse en un instrumento de las alturas.
«¿Es esa tu postura?»
Aurelia asintió de manera reservada ante sus afirmaciones, afianzando el control sobre su arma anónima.
«Bajo esa premisa, nuestro intercambio de palabras concluye en este punto».
Un remolino áureo se formó en torno a sus extremidades inferiores y seis extremidades aladas de pura claridad se extendieron de forma imponente.
Había dejado de ser meramente una guerrera áurea. Se consolidaba ahora como la ejecutora de los designios sagrados.
Un serafín.
«■■■■■■■■──!»
En ese mismo instante, la jovencita provista de cornamentas de cabra negra emitió el alarido más pavoroso que pudiera concebirse.
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