El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 77
Capítulo 77
Capítulo 77
Los lazos de las tinieblas aprisionaron su pecho con fuerza, provocando que el «Libro de la Cabra Negra» se sacudiera de forma violenta, cobrando una espeluznante vitalidad.
«¡…!»
Zafándose por completo de las riendas de Dale, el artefacto se descontroló, absorbiendo con un hambre voraz la energía oscura que brotaba de aquel pozo de penumbra. Con ese renovado vigor…
─ ¡Maldito engendro de Sistina, jamás te perdonaré…!
El siervo de Sistina.
«¡……!»
Cargado de un rencor inimaginable, Shub exclamó el apelativo de la «diosa».
Las deidades gemelas de Sistina. Hasta ese instante, él había asumido que aquellas figuras no eran más que leyendas inventadas por los habitantes de este plano.
«¿Acaso no eran solo un mito…?»
Al tiempo que clamaba el nombre divino, Shub alzó la parte inferior de su atuendo.
¡Flas!
Desde las profundidades de sus ropas, emergieron retorcidos apéndices oscuros. Dale no vaciló. Apartando la mirada del núcleo y del anillo mágico que daban la impresión de ir a estallar en cualquier momento, incrementó su velocidad recurriendo al overclocking.
Los guerreros espectrales de la hoja oscura arremetieron en un ataque conjunto.
Se dirigieron directo hacia la «Santa Doncella», quien permanecía protegida por seis extremidades aladas de pura claridad.
El serafín de oro.
La manifestación auténtica de la proyección de la Santa Doncella Aurelia.
El entorno mental edificado por un hechicero no era más que un espejo de su propio psiquismo, y los conceptos que Aurelia plasmaba en su hoja, su protección corporal y su propio ser reflejaban la esencia de su espíritu.
La ejecutora de la divinidad. La heralda del misticismo radical.
«Es sumamente peligroso».
Dale lo presintió por pura intuición. El escenario se tornaba completamente adverso.
Representaba el auténtico primer «obstáculo insalvable» en la trayectoria de Dale.
No guardaba similitud con aquella ocasión en que atisbó los dones de la esfera de penumbra. Aquello pertenecía a su progenitor, y alcanzarlo correspondía a un horizonte sumamente distante y difuso.
No obstante, la vibración que despedía la Santa Doncella en ese instante era real. Pese a tratarse supuestamente de un «combate de entrenamiento», cualquier parpadeo erróneo significaría el fin de sus días.
Es más, el instinto de muerte que ella proyectaba como réplica al reto de Dale superaba con creces los límites de una simple práctica.
«¿Sería prudente ceder y dar por terminado este enfrentamiento ahora?».
Dale sopesó la alternativa por un instante. Su «meta primordial» jamás consistió en derrotar a la Santa Doncella en este terreno. Si bien el triunfo representaba el escenario ideal, había estructurado un plan de contingencia para la derrota. Ese era el diseño inicial desde el principio.
«… De ningún modo».
Sin embargo, lo que verdaderamente encendió el alma de Dale en medio del asedio fue su orgullo competitivo.
Esto no correspondía a un guion preestablecido en una farsa. La rival que se alzaba frente a él no era una pieza de sacrificio destinada únicamente a ensalzar los dotes de Dale.
Se trataba de la oportunidad perfecta para contrastar sus capacidades ante semejante «fuerza descomunal».
En este preciso instante, Dale caminaba por la delgada línea que separa la existencia de la muerte. Un paso mal calculado lo arrojaría al vacío absoluto, despojándolo de todo.
«Exacto, de este modo debe ser».
Sosteniéndose en esa cuerda floja, Dale esbozó una mueca severa.
Mientras su prenda de sombras flotaba en el aire, se distanció de Shub, quien manifestaba su hostilidad sin reparos. Al frente del ejército de «guerreros espectrales de la hoja oscura» que abarrotaban los confines del vacío.
La Santa Doncella se lanzó al ataque desplegando sus seis extremidades aladas. Dale imitó el movimiento resguardado por los pliegues de su prenda, dando forma a «hojas de penumbra».
¡Clang!
Una única colisión estalló en el espacio.
La hoja dorada de Aurelia impactó contra el filo sombrío de Dale. Él apenas consiguió apartar el ataque empleando la acción coordinada de doce «filos de sombra».
No fue capaz de más. Desde la perspectiva de un combatiente regular, intentar un choque directo era una locura.
No obstante, evocando las enseñanzas de Sir Helmut, el instructor que le guio en las artes de la espada… bastaba con contener un único embate.
El tiempo justo para que un místico que había perdido la posición ante un guerrero pudiera reordenar sus defensas.
Acto seguido, las hojas oscuras de los guerreros espectrales cayeron desde todos los flancos. En paralelo, los apéndices de Shub y la oscuridad que acechaba se arrojaron sobre la posición.
La Santa Doncella tampoco dispuso de margen para propinar una segunda estocada. Efectuó un giro ágil, emulando el vuelo de una golondrina gracias a sus seis alas, tomando distancia. Los interminables apéndices de penumbra cayeron como una tormenta sobre la Santa Doncella mientras retrocedía.
Por debajo de las vestiduras de Shub, los latigazos de oscuridad brotaban sin interrupción, agitándose y golpeando el aire.
A cada instante, el suplicio se asemejaba a una dolorosa presión en su miocardio, provocando el desplome de sus reservas de energía. Para producir el caudal místico indispensable para resistir, forzó la marcha de sus tres anillos una y otra vez.
La lucidez de su mente comenzó a tambalearse debido al tormento. Pese a ello, lo comprendió con claridad. El «Libro de la Cabra Negra» no operaba de forma errática. Simplemente funcionaba como un castigo riguroso.
Cuyo fin era propulsar el núcleo de Dale, ceñido por tres anillos, hacia el escalón inmediato superior.
El cuarto anillo.
Las ataduras de penumbra se ajustaron con mayor severidad en torno a las tres estructuras circulares que incrementaban su revolución.
Los tres anillos de Dale jamás guardaron parangón con los de un hechicero promedio de ese mismo nivel. Si se evaluaba el «volumen neto de energía» producido, rivalizaban perfectamente con las capacidades de un místico de seis anillos.
Aun así, pese a contar con un flujo energético de semejante concentración, las estructuras de Dale se mostraban incapaces de canalizar la plenitud del poder del «Libro de la Cabra Negra».
─ ¡Es insuficiente, es insuficiente, es totalmente insuficiente, no basta en absoluto!
Ni la inmensa cantidad de energía producida por el magnífico Dale conseguía aplacar las exigencias de Shub. Por tal motivo, lo forzaba a quebrar la barrera hacia el «siguiente nivel» recurriendo a cualquier método disponible.
«De acuerdo, observemos en qué culmina todo esto».
Para las aspiraciones de Dale, este escenario representaba el desenlace más idóneo.
El cuarto anillo. Un umbral que situaba a un místico muy por encima del estándar de un «individuo promedio». Al acceder a ese estrato, Dale visualizaba los misterios profundos del arte que lograría dominar.
Considerando su naturaleza actual, su evolución jamás se estancaría en los límites de un «cuarto anillo convencional».
Por ende, Dale no titubeó.
Con el firme propósito de derribar las dos vallas que obstruían su avance: la Santa Doncella Aurelia y la barrera del cuarto anillo.
«Punto Focal del Resplandor».
Sucedió súbitamente. Aurelia desplegó sus seis alas.
Las extremidades de luz incrementaron su brillo de forma exponencial, emulando la potencia del astro rey. Incluso el frío helado y las sombras que bullían en el entorno de Dale daban la impresión de extinguirse ante aquella claridad.
Tal como la primera luz del alba disipa la penumbra previa al nuevo día.
Él descifró la naturaleza de aquel fenómeno con una sola mirada.
«Amplificación de luz mediante emisión estimulada de radiación».
──Un haz emisor.
«¡…!»
Al instante, Dale tomó impulso firmemente y arremetió hacia el frente.
A partir de las seis alas, los haces emisores se proyectaron en todas las direcciones emulando una ráfaga de proyectiles.
Destello de muerte. Fuego concentrado.
Las columnas de claridad, evocando escenas de una obra de ciencia ficción, desmoronaban el entorno de Dale.
Le resultaba imposible siquiera sonreír. Semejante despliegue de fuerza reducía a los guerreros espectrales de Dale, portadores de un vigor heroico, a simples peones de combate. ¿Qué utilidad poseían los esquemas de combate o las maniobras frente a tal magnitud de destrucción?
Ninguna en absoluto.
Ni los apéndices oscuros que intentaban interceptarla, ni los fluidos oscuros que brotaban al destruirse dichos miembros, lograban aproximarse a la Santa Doncella en medio de la tormenta de claridad que ella misma generaba.
Esta constituía la auténtica manifestación de una fuerza fuera de serie.
Un poder destructivo colosal apto para revertir el rumbo de una guerra mediante la intervención de un único individuo. La base primordial de las «epopeyas de caballería» que incluso los habitantes de este plano calificarían como mitos imposibles.
Así se presentaba. Esa era la realidad de los formidables rivales a los que había derrotado y con los que debía medirse en su trayectoria previa.
«Aún me falta camino por recorrer».
Por consiguiente, con sus capacidades actuales, resultaba imposible alcanzar a un ser de ese calibre.
Los rayos concentrados de claridad descendían desde todos los flancos de manera implacable. Equivalía a medirse contra tecnología futurista empleando únicamente una hoja de metal.
Debía hallar la manera de llegar hasta su posición.
En un esfuerzo extremo, mientras las defensas de Shub servían de contención provisional frente a la claridad destructora, salvaguardando la integridad de Dale, y mientras los anillos de este último, evidenciando sus fallas latentes, daban señales de colapso inminente.
«¿De qué manera?».
Los haces emisores constituyen ondas luminosas, y las superficies pulidas poseen la cualidad de desviar dicha energía.
Desviación de la onda luminosa. Sin embargo, un simple cristal reflector colapsaría ante flujos de tanta intensidad.
En ese preciso instante, una noción cruzó el pensamiento de Dale.
«LDAL».
Mecanismo de lentes térmicas atmosféricas estructuradas por emisión lumínica.
Un dispositivo diseñado para contrarrestar haces de gran intensidad no correspondía únicamente a una teoría abstracta. Una herramienta de base óptica que generaba una sección de aire a alta temperatura para provocar la desviación de la claridad frente a armamento emisor.
«Es una opción ejecutable».
Un saber que Dale poseía y que la Santa Doncella ignoraba por completo. Ciencia proveniente de otra realidad.
Para las facultades de Dale, concentradas en las artes oscuras y celestes, producir fuego al estilo de los eruditos de la aguja carmesí era una tarea imposible.
No obstante, no se requería originar un incendio visible. El estado térmico elevado, a fin de cuentas, solo representaba una manifestación de la «velocidad en la agitación de los componentes moleculares».
Del mismo modo en que la baja temperatura reflejaba el «cese de dicha agitación molecular», el calor y el frío constituían, en esencia, manifestaciones opuestas de un mismo fenómeno.
Dale interrumpió su avance. La claridad proyectada por las extremidades de la Santa Doncella se enfocó directamente en el oponente estático.
La energía destructora apuntaba en dirección a Dale, quien procedió a unificar su mente manteniéndose inmóvil.
Calculó la dinámica del espacio circundante, proyectando su energía mística al tiempo que fijaba su atención en las alas luminosas de la Santa Doncella.
En este plano, ningún elemento superaba la velocidad de la claridad misma. Pese a ello, resultaba factible anticipar la trayectoria antes de que se liberara el disparo.
Las alas de claridad volvieron a incrementar su imponente fulgor…
«En este instante».
Dale recreó el principio científico fundamentado en sus profundos saberes de su existencia previa.
«──Claridad, desvíate».
Con el propósito de consolidar la proyección mental, recurrió a una fórmula ajena a este plano. Dicho proceso incrementó la agitación molecular en su entorno, elevando la temperatura del aire y estructurando una «barrera de claridad» apta para desviar los haces de alta intensidad.
Y fue justamente contra esta barrera de claridad que colisionó el flujo destructor.
«¡…!»
El choque entre el ataque definitivo y la defensa absoluta.
El haz destructor concentrado experimentó un desvío, retornando con violencia hacia las alas de la doncella sagrada.
Ocurrió de inmediato.
¡Crack!
El crujido de una estructura quebrándose se propagó por el entorno.
El anillo mágico que incrementaba su velocidad en torno a su pecho interrumpió su marcha. Su órgano vital, que había estado experimentando un suplicio como si fuese a fragmentarse de un momento a otro, recobró la calma de forma repentina.
La estampa de Shub se disolvió en el aire, y el entorno de helada penumbra que los envolvía se desvaneció por completo.
Sin percatarse del cambio, Dale se descubrió de pie sobre la estructura de acceso de Reims.
El anillo que ceñía su pecho había padecido una sobrecarga masiva, interrumpiendo sus funciones.
«Resulta increíble que mi avance se interrumpa aquí…».
Al límite de una situación extrema, sus energías se habían disipado por completo. Ni siquiera consiguió acceder al cuarto anillo, el obstáculo que se erguía ante él. Representaba un desenlace sumamente irónico. Esbozando una mueca de desencanto, Dale alzó la mirada.
En ese punto permanecía el ser celestial de seis alas.
«¡…!»
Aquellas extremidades se encontraban maltrechas y cubiertas de perforaciones. La protección dorada yacía hecha pedazos, dejando a la vista la piel desprotegida que se resguardaba debajo. Una estampa verdaderamente deteriorada y vencida.
La doncella sagrada se desplomó de rodillas frente a Dale.
──El impacto de retorno ideado por Dale había conseguido su propósito.
«¡……! »
Pese a todo, la doncella sagrada, aun con sus heridas, logró ponerse en pie con dificultad, reuniendo el remanente de sus energías.
Evitó caer por completo.
Bajo la atención de los presentes, Aurelia acortó la distancia hacia Dale, quien tras agotar el potencial de su anillo ya no disponía de medios para oponerse. El filo de la hoja de un combatiente común apuntaba directo hacia su persona.
«Esta disputa carece de propósito a partir de ahora», manifestó la doncella sagrada. Dale mostró una leve mueca de ironía ante tan particular conclusión.
«Me doy por vencido».
«Eso no se ajusta a la realidad».
La doncella sagrada, manteniendo la hoja en posición de ataque, movió la cabeza en señal de desacuerdo con total serenidad. Acto seguido, adoptó una postura de sumisión frente a Dale.
Introdujo su hoja de forma vertical en la superficie del suelo.
«Este enfrentamiento concluye en una condición de igualdad», dictaminó. Un empate.
«Eso carece de lógica…».
Dale había invertido tal cantidad de vitalidad que se veía incapacitado para efectuar el más mínimo movimiento. En contraposición, aun habiendo asimilado un impacto de retorno severo, la proyección mística de la doncella sagrada no se había extinguido. Ella conservaba la capacidad de prolongar la disputa.
Con total certeza, Aurelia se encontraba al tanto de dicha realidad.
«Quedo sumamente admirada ante sus condiciones, caballero».
A pesar de las circunstancias, la santa doncella se postró ante Dale, manifestándole los honores propios de un guerrero de honor.
«Las crónicas de los relatores no faltaban a la verdad».
«Los relatos de los relatores no faltaban a la verdad».
De manera simultánea, idénticas expresiones brotaron de sus bocas.
Dale mostró un leve gesto de agrado en total reserva. La doncella sagrada le devolvió el gesto del mismo modo.
«Yo, Dale de Saxon».
Acto seguido, Dale elevó la potencia de su voz.
«Cumpliendo con la palabra empeñada, ratifico la entrega de esta plaza, Reims, la urbe principal del Reino de Britannia».
La declaración de Dale, proyectada gracias a los últimos vestigios de su energía mística, se expandió con gran intensidad.
Con el volumen indispensable para que los residentes de la urbe y las fuerzas del ejército independiente que contemplaban el desafío lograran captar cada término.
«Ratifico su entrega ante las deidades gemelas de Sistina y la santa doncella Aurelia».
No bajo la autoridad de Carlos VII, el sucesor legítimo del Reino de Britannia, sino bajo la investiduras de la «santa doncella Aurelia».
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