El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 83
Capítulo 83
Capítulo 83
«Aurelia recibió cargos por fingir ser la «Santa Doncella» y terminó condenada como una hechicera herética», comunicó Dale.
«En los gélidos dominios de Saxon, su cuerpo se volvió cenizas tras arder en la pira».
Aquel representó el desenlace oficial que se le dio a la «Santa Doncella Aurelia».
«De modo que para el mundo exterior ya no existo», mencionó Aurelia esbozando un gesto amargo.
«Un destino concordante para quien se proclamaba un títere de las alturas», replicó Dale.
La expresión de Aurelia cargaba un marcado misticismo irónico. Su faceta como marioneta del firmamento había concluido. Posándose sobre sus rodillas, enterró su hoja metálica en la tierra.
«Conduce mi filo hacia el objetivo correcto desde la penumbra», pronunció en un murmullo.
Aquel armamento ya no representaba la pulcra herramienta de un paladín honorable. Había dejado de reprimir sus anhelos sombríos y sus facetas ocultas.
Con el fin de saciar su sed de revancha y experimentar el deleite del combate mortal, empuñó la hoja de los ejecutores ocultos, resguardada en la negrura por orden directa del «Príncipe Negro».
La Doncella Negra.
Oculto en los rincones oscuros de Saxon, un verdugo anónimo mostró una mueca gélida.
Relatar con claridad las vivencias acontecidas en los terrenos de la isla de Britannia y detallar la realidad de la Santa Doncella Aurelia distaba de ser un asunto sencillo, particularmente al presentarse frente al duque de Saxon.
Por tal motivo, Dale optó por desvelar los hechos de manera transparente y absoluta.
Relató desde cómo obtuvo el «Libro de la Cabra Negra» luego de salir victorioso en el conflicto entre las facciones blanca y negra dentro de los Estados Pontificios de la Sixtina, pasando por la caída del cardenal Nicolai en la Biblioteca del Infierno, hasta llegar al momento en que el Geass de la Obediencia Absoluta quedó grabado firmemente en su propio pecho.
El duque de Sajonia ya no representaba una figura a la que se pudiera mantener al margen con engaños.
Más allá del lazo filial que los unía, se consolidaban como aliados en pos de un fin idéntico. Así como el Duque Negro le había revelado previamente detalles sobre el «Mundo de la Verdad», Dale requería mostrar su propia realidad sin reservas.
—¿Te refieres al «Libro de la Cabra Negra»? —Las facciones del duque se tornaron rígidas al escuchar dicha revelación.
«Jamás pretendí ocultarte la realidad, padre», contestó Dale manteniendo una actitud prudente.
«Únicamente me causaba recelo el impacto que acarrea el nombre de semejante texto prohibido y los temores que aquello pudiera provocarte».
De forma contradictoria, se había resguardado usando como fachada la imagen de un infante de doce años.
«Sentía temor de mostrarme completamente transparente», reconoció, asemejándose a un infante que expone una falta ante sus progenitores.
El Duque Negro guardó un silencio reflexivo, evaluando la relevancia del patrimonio perteneciente al pionero de Saxon, el duque inmortal Frederick, cuyo influjo oscuro envolvía activamente el corazón de Dale con filamentos oscuros.
«¿Aún conservas ese objeto contigo?», inquirió el líder de la casa.
«En efecto», aseveró Dale.
«Bajo esa perspectiva, las piezas encajan», declaró el duque, permitiendo que una mueca de extrañeza se dibujara en sus labios.
«Por fin encuentro una justificación para tus asombrosas victorias».
Siendo un heredero de la estirpe de Saxon y poseyendo las capacidades tan singulares de Dale, resultaba completamente lógico que hubiese establecido un pacto con el «Libro de la Cabra Negra».
El reclamo por el proceder arriesgado de Dale podía pasar a segundo plano por el momento. De hecho, esa misma osadía constituía una confirmación irrefutable de los rasgos propios de la estirpe de Saxon.
Una dinastía vinculada a las tinieblas, resuelta a sumergirse en lo más hondo del vacío con tal de aferrar la certeza absoluta.
«Es evidente que los rasgos de la estirpe no se pueden borrar», caviló el gobernante.
Al momento en que Dale abordó la sección de sus vivencias vinculada a la isla de Britannia y la intervención de la Santa Doncella Aurelia, añadió: «Al margen de si sus dones provienen de una auténtica «proclamación celestial», su capacidad combativa en una escala de avatar posee un valor incalculable».
«Decidiste ejecutar una jugada sumamente peligrosa», observó el duque mostrando un gesto de sutil ironía. No obstante, evaluando la audacia mostrada por Dale, se sintió incapaz de reprenderlo.
En su lugar, una especie de estima brotó en el interior del mandatario.
Durante los eventos en la isla de Britannia, Dale dio pruebas de su destreza para dirigir las fuerzas en el terreno de combate como si controlara cada pieza a su antojo. Las proezas realizadas por el «Príncipe Negro» se esparcieron con fuerza por todo el Imperio, trascendiendo las fronteras del territorio de la familia sajona.
Un auténtico baluarte militar del Imperio.
«Evaluaremos sus capacidades poniéndola frente a los «Guardias de la Tumba» pertenecientes a la fortaleza ducal, y con base en ello resolveremos su rol definitivo», planteó el duque.
«Agradezco que se proceda de esa forma», asintió Dale.
«¿Sientes algún tipo de pesar por su destino actual?», quiso saber el duque.
Luego de una breve pausa reflexiva, Dale afirmó con un movimiento de cabeza.
«Ella no pasaba de ser un simple instrumento manejado por las fuerzas celestiales», manifestó.
Una pieza que ejecutaba movimientos sin plena consciencia de su realidad.
«Por esa razón decidí mostrarle una alternativa que pudiera tomar haciendo uso de su libre albedrío», detalló Dale.
«¿Valiéndote del influjo de «eso»?», cuestionó el duque.
«Le permití visualizar la oscuridad que habita en su propio interior», replicó Dale.
«Ella confrontó sus zonas oscuras junto a sus anhelos más ocultos, y fue la propia Aurelia quien determinó su rumbo».
«Ciertamente», concedió el duque manifestando su concordancia mediante un ademán.
«Dado que has presenciado ese aspecto, la comprensión de los hechos se vuelve más directa».
Evocando el trato establecido previamente entre Dale y su progenitor, este último procedió con su explicación.
En el instante en que el Imperio intentara nuevamente aproximarse al Mundo de la Verdad, con el propósito de no incurrir en las fallas del pasado, el duque asumió el compromiso de instruir a Dale en el manejo de la energía que había extraído del Mundo de la Verdad.
Justo en ese fragmento de tiempo, el entorno sufrió una mutación.
De un momento a otro, abandonaron la estancia privada localizada en el fortín ducal sajón para encontrarse inmersos en el «Mundo del Pensamiento», un plano moldeado por la voluntad del hechicero tenebroso de mayor renombre en las tierras continentales.
¡Flap!
Múltiples aves de plumaje oscuro emprendieron el vuelo partiendo desde la posición trasera del duque.
Fijaron su rumbo hacia un territorio cubierto por las tonalidades de una luz crepuscular.
El «Mundo del Pensamiento» dominado por un místico de gran jerarquía carece de una apariencia estática. Posee la cualidad de modificar su entorno y funcionalidad de acuerdo a las necesidades del creador.
—Manifiesta el texto prohibido —indicó el duque.
—De acuerdo —asintió Dale, respondiendo al percatarse de la presión que los filamentos ejercían sobre su zona cardíaca.
«Shub».
─ Aquí estoy.
Una fémina que portaba cornamentas de cabra negra se hizo presente a un costado de Dale.
Por debajo del límite de su prenda oscura se movían de forma constante una infinidad de ramificaciones.
Desde la perspectiva del duque, aquello correspondía a una aberración distorsionada proveniente de una dimensión ajena. Una entidad constituida por un conjunto de ramificaciones que se agitaban emulando el movimiento de miles de larvas.
Pese a ello, esta apariencia externa representaba meramente una fracción de la entidad real reflejada en este plano.
«Iä Shub-Niggurath», pronunció el duque empleando un tono de profunda solemnidad.
«Nuestra primigenia progenitora de las sombras».
Su tono reflejaba una familiaridad previa con dicha entidad.
─ Ah, se presenta ante mí la descendencia de Saxon.
Shub emitió su respuesta, dejando de lado aquella actitud ingenua y el gesto alegre que solía manifestar habitualmente.
«…!»
Una figura femenina de porte maduro y distinguido permanecía en el sitio, con su cabellera oscura cayendo alrededor de las cornamentas características de una cabra negra. Mostró un gesto provisto de la distinción propia de una aristócrata, mientras su vestidura oscura se movía suavemente con el viento.
«Muerte», pronunció el duque convocando la presencia.
Al instante, la iluminación del crepúsculo se extinguió por completo. No se trataba de la simple penumbra nocturna. Era una negrura de una densidad incalculable, cargada de peligro y misterio absoluto.
En medio de aquel vacío desprovisto de luz, emergió el texto sagrado del duque, conocido como las «Balanza del corazón».
Hizo su aparición una figura masculina que vestía prendas de etiqueta.
Mostraba el porte de un aristócrata de la Inglaterra decimonónica, portando un bombín y un atuendo completamente oscuro. Sostenía firmemente un bastón cuyo remate exhibía la forma de un cráneo.
Pese a ello, sus rasgos faciales se percibían tan difusos que resultaba imposible retener su imagen en la mente. Por más que alguien fijara su atención en él, la memoria fallaba al intentar evocarlo.
¡Plaf!
Nuevamente, un grupo de aves oscuras alzó el vuelo desde la parte posterior de su posición.
«Muerte».
─ Tu llamado se ha producido de manera anticipada, descendiente mío.
El individuo de atuendo oscuro se expresó con total serenidad.
—Ruego que disculpes mi atrevimiento —declaró el duque, realizando una reverencia con su cabeza.
«La imponente presencia que nadie desea recibir, pero de la cual resulta imposible escapar».
Giró su atención hacia donde se ubicaban Dale y aquella aberración de origen dimensional situada a su espalda.
«¿Bajo qué concepto defines un grimorio?», interrogó el duque.
«Un receptáculo encargado de proyectar las concepciones mentales de un místico», contestó Dale.
«Bajo esa lógica, ¿cómo defines las concepciones mentales?», prosiguió el duque.
«Una estructura ordenada de la percepción interna fundamentada en las vivencias acumuladas», replicó Dale.
«Considerando eso, estas entidades que se posicionan a nuestras espaldas», remarcó el duque.
«¿Constituyen meramente derivaciones surgidas de nuestra propia percepción interior acumulada?».
«……»
Dale fijó su mirada en la entidad denominada «Muerte».
Muerte.
Por fin, una porción del enigma que envolvía al duque quedaba expuesta.
Giró su vista hacia la entidad que lo acompañaba por detrás. Shub, retornando a su faceta de muchacha ingenua y provista de una sonrisa habitual, permanecía en el lugar.
Dale expresó su negativa moviendo la cabeza. De forma interna, poseía la certeza de los hechos. Aquellos seres no correspondían a manifestaciones que pudieran ser creadas por la simple actividad mental de un hechicero común.
El eslabón definitivo del proceso mental que ni siquiera un objeto de la categoría del «Libro de la Masacre» lograba replicar.
«En el confín del proceso mental, la percepción interna de los seres humanos converge en un núcleo primordial».
El desenlace de la actividad mental, el punto de llegada final para la percepción interna.
El inconsciente colectivo.
En los estratos más profundos de la percepción interna, existen representaciones compartidas por la totalidad de los seres humanos.
Narrativas que toman formas análogas mediante relatos míticos o crónicas ancestrales, superando las barreras del tiempo y las divisiones geográficas, incluso conectando realidades distintas.
Figuras representativas como deidades, entidades malignas, divinidades maternales, figuras heroicas, engendros, redentores, la transición final…
Modelos primigenios que han subsistido desde eras remotas, previamente al registro de los acontecimientos históricos.
«Y existieron individuos que, movidos por el deseo de alcanzar la hechicería absoluta, consiguieron invocar dichas representaciones del pasado remoto».
En este preciso instante, aquellas representaciones del pasado remoto cobraban forma física detrás de ambas figuras.
En una época pasada, el duque inmortal Federico había consolidado dicho logro, y el actual duque había alcanzado igualmente el límite de su actividad mental.
La transición final y la antiquísima progenitora de las tinieblas.
«Bajo ese entendimiento, ¿cuál consideras que es la procedencia de estas representaciones compartidas por la especie humana?».
Inquirió el Orbe Negro, provocando que Dale finalmente contuviera el aliento.
«El mundo de la verdad…».
El entorno de la certeza absoluta no representaba un plano ajeno o externo. Finalmente logró comprender la razón por la cual esta realidad manifestaba corrientes de fe y corrientes de pensamiento análogas a las de la Tierra, así como el motivo de que sus acontecimientos históricos emularan los procesos de dicho planeta.
Correspondía al inconsciente colectivo que vinculaba a los habitantes de diversas realidades, y cruzando ese umbral se localizaba el mundo de la verdad.
La energía de la que se proveían los místicos emanaba de ese idéntico plano, y las entidades que les brindaban resguardo a ambos provenían del mismo sitio.
«¿Te encuentras en condiciones de medirte ante estas entidades del pasado remoto?».
El Orbe Negro tomó la palabra una vez más. Con insistencia, el progenitor de Dale había manifestado idéntica advertencia. Y frente a cada cuestionamiento, la determinación de Dale no mostraba variación alguna.
«Un componente vinculado al cuarto anillo se ha estructurado en mi zona cardíaca».
«…!»
«Esta coyuntura se presenta idónea».
Para la perspectiva de Dale, ningún sendero poseía mayor certeza que el recorrido propio de un místico.
«Con la finalidad de optimizar aún más el influjo proveniente de Shub».
Dale asintió con un movimiento de su cabeza.
—¿Te es posible asumir la guía formativa de mi descendiente?
El Orbe Negro formuló la petición dirigiéndose al individuo de vestidura formal que permanecía a su costado.
—Posees una gran determinación y audacia, jovencito.
El sujeto, ataviado con el estilo de un distinguido caballero de la época decimonónica inglesa, mostró un gesto risueño, pareciéndole llamativo el concepto asociado a la «muerte».
— No obstante, percibo ciertos rasgos en este infante que captan mi agrado.
Manifestó una clara complacencia.
—Particularmente debido a que mi «antiguo aliado» se halla en este sitio.
¡Con un fuerte batir de alas!
En ese preciso instante, múltiples aves de plumaje oscuro emprendieron el vuelo desde la sección trasera de la Muerte.
— Pese a ello, mantente alerta, jovencito.
Advirtió la Muerte.
— Debido a que no existe fuerza capaz de contener a la muerte.
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