El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 99
Capítulo 99
Capítulo 99
La urbe que albergaba al gremio de la lana. Las dependencias del ayuntamiento de Arte della Lana.
Dentro de un salón engalanado con suntuosos tapices laneros que reflejaban la identidad de la organización, se hallaba Dale.
«Tengo constancia de que Ray Eurys, quien actúa en nombre del Duque Carmesí, sostuvo un encuentro con el líder del Gremio Lana».
Haciendo uso del entramado informativo de la Corte de las Sombras, el joven ya había recabado datos precisos sobre qué emisario de la nobleza se había aproximado a los distintos dirigentes gremiales.
«¡……!»
«Asumo que no os es ajeno el atentado contra la vida del dirigente del Gremio Calimala».
«Al menos, poseo la certeza de que la Corte de las Sombras respalda la total inculpabilidad del duque».
Ante las palabras del máximo responsable del Gremio Lana, Dale asintió guardando compostura.
«¿Acaso el dirigente del Gremio Lana pretende alzarse como la máxima autoridad civil de la urbe, contando con el soporte del Imperio y la Torre Roja?».
«La designación del alcalde se efectuará por las vías legales establecidas, respetando las costumbres institucionales de los siete grandes gremios».
Dale optó por no emitir palabra, limitándose a examinar el esfuerzo del funcionario por no perder los papeles.
«Si el registro contable del maestro de la ciudad llega a caer bajo el dominio del Imperio…».
Tras un breve instante de reflexión, Dale retomó la palabra.
«¿Por cuánto tiempo estimáis que subsistirán esas «costumbres institucionales» que tanto enorgullecen a Guild City?».
«……»
«La República de las Siete Ciudades, que otrora se erigió como el núcleo del Imperio Dorado, se desmoronó hasta quedar reducida a un mero conglomerado de ciudades-estado».
Trajo a su memoria el colapso de la República de las Siete Ciudades, un acontecimiento que él mismo propició en tiempos lejanos. Aquella opulencia de la que tanto alardeaban careció de valor alguno frente a la hoja del héroe.
«¿Consideráis que el Imperio respetará la soberanía republicana de los siete grandes gremios?».
Dale prosiguió con su argumentación.
«Oponerse a las ambiciones del Imperio y la Torre Roja demanda una valentía encomiable».
«……»
«Sin embargo, rechazar el pacto que os ofrece nuestra alianza negra demandará un coraje en absoluto menor».
Se trataba de una intimidación directa y evidente, no obstante, comprendía que sin una postura tan temeraria, los dirigentes de las corporaciones jamás cederían. El líder del Gremio Lana optó por mantener el mutismo hasta el desenlace de la conversación.
La conocida máxima que reza «cuando las ballenas pelean, los camarones se rompen la espalda» cobraba total sentido en ese escenario.
Transcurrido un intervalo de tiempo.
Previo a la inauguración de las actividades del Mercado Negro, se convocó a una sesión de emergencia a los siete grandes maestros del gremio con el propósito de mitigar las agitaciones sociales que se propagaban en el interior de Guild City.
Con el fin de garantizar su integridad física, los combatientes más formidables de la localidad, los ejecutores de élite pertenecientes a la Corte de las Sombras, custodiaban el recinto.
Acatando las directrices del «Señor de las Sombras», la entidad a la que debían obediencia, la totalidad de los diálogos mantenidos eran retransmitidos de forma directa a Dale.
Dado que la Corte de las Sombras proveía la seguridad de los líderes gremiales, ninguna expresión, por tenue que fuese, lograba escapar de sus registros auditivos.
Un tiempo después, las siete grandes corporaciones concluyeron sus deliberaciones financieras, provocando que Guild City quedara fragmentada en dos facciones de gran envergadura.
Por un lado, el bando imperial, cuyos integrantes pretendían consolidar un pacto con el Imperio y la Torre Roja.
Por el otro, el bando Negro, compuesto por aquellos que respaldaban el tratado de cooperación planteado por Dale.
En el transcurso de estas deliberaciones clandestinas, la Corte de las Sombras asumió la responsabilidad de velar por su integridad.
Sin que los involucrados lo percibieran, los verdugos designados para la protección de Guild City se habían transformado en componentes operativos bajo las directrices de Dale.
Dale habría tenido la alternativa de confrontar de inmediato al maestro de la ciudad, confiscar el registro contable y purgar cualquier vestigio de disidencia empleando las fuerzas de la Corte de las Sombras.
No obstante, la razón por la cual ni Dale ni las fuerzas del Imperio optaron por una resolución violenta obedecía a un factor crucial.
La auténtica relevancia del registro contable del maestro de la ciudad no radicaba en los datos que custodiaba en el presente, sino en las anotaciones que recopilaría en los tiempos venideros.
Haciendo uso de la infraestructura de comunicaciones de Guild City, resultaba viable supervisar los movimientos comerciales a lo largo y ancho del Imperio. El tránsito de capitales, el flujo de armamento y protecciones, las obligaciones financieras de la aristocracia…
Un compendio del porvenir de la región, no de sus crónicas pasadas.
Si no se lograba asegurar la obtención ininterrumpida de dicha documentación, cualquier esfuerzo carecía de utilidad. Por esta causa, tanto Dale como las fuerzas del Imperio competían con tanto ahínco por ejercer el dominio sobre el individuo que asumiera el cargo de próximo maestro de la ciudad.
Bienes basados en información pura.
Este elemento constituía el motivo medular por el cual Guild City sufría afrentas constantes, pero jamás era despojada de sus propiedades materiales.
Dejando de lado los incidentes vinculados a los siete grandes gremios, la fecha para la disputa por la corona en las instalaciones del Fight Club se encontraba ya próxima.
«¡Uaaaaah!».
Rodeado por el clamor ensordecedor de la concurrencia, Dale desvió la mirada. En el interior del estanque de penumbras, una inmensa cantidad de Acechadores de las Sombras hicieron acto de presencia.
Engendros nacidos de la oscuridad.
Provistos de fisonomías similares a las de serpientes y apéndices que emulaban guadañas, infundían terror mediante sus filamentos provistos de espinas.
«¡Detén esto…!»
Antes de que el contendiente que enfrentaba a Dale lograra articular palabra alguna.
¡Plaf!
Los filamentos espinosos le atravesaron el tejido corporal de lado a lado. El fluido vital emanó profusamente mientras un alarido de desespero rompía el ambiente.
Una acción destinada a evidenciar la falta de compasión propia del «Príncipe Negro», quien no mostraba clemencia ante sus rivales. Una maniobra planificada al detalle para desplazar a un competidor directo en las dinámicas del mercado negro.
El denominado «Príncipe Negro» de la estirpe sajona ratificó su propensión a la severidad, dando paso al siguiente combate de la jornada.
«¡Contemplamos un evento verdaderamente excepcional!».
«¡Mikhail de Lancaster! ¡El vástago menor del duque de Lancaster, el aristócrata Mikhail!».
«… ¿La estirpe de Lancaster?».
Dicha mención despertó el interés de Dale, quien de inmediato enfocó su atención en el cuadrilátero. En ese espacio se presentaba un sujeto de rasgos atractivos y cabellera dorada.
──La estirpe Lancaster.
Una de las llamadas «Tres Grandes Casas Ducales» que integraban la estructura imperial, compartiendo dicha distinción con Saxon y Barbarossa.
Resultaba previsible que las Tres Grandes Casas Ducales comisionaran a sus agentes hacia las actividades del Mercado Negro.
«Con todo, que el vástago menor del duque de Lancaster se involucrara por cuenta propia en el club de lucha…».
Dejando de lado por un instante su condición de primogénito de la estirpe sajona, Dale ladeó el rostro con extrañeza. Mikhail Lancaster debió haber tenido su participación durante la fase de treintaidosavos de final, no obstante, Dale no había presenciado la totalidad de los encuentros. A pesar de ello, poseía referencias previas acerca de «Mikhail Lancaster».
Dichos datos no provenían de sus vivencias previas, sino que los adquirió tras asumir el rol de primogénito de la familia Saxon.
Un dotado en las artes del combate con espada, catalogado por la opinión general como el individuo más próximo a ingresar al selecto grupo de las Siete Espadas del Continente. No constituía ninguna rareza que los herederos de los linajes ducales recibieran elogios como prodigios en el manejo de las hojas o en las artes místicas.
En cualquier entorno, provenir de un entorno privilegiado representa un salvoconducto para la existencia.
El entorno se caracteriza por la inequidad y el sinsentido, quedando la posición social definida desde el alumbramiento. Las Tres Grandes Casas Ducales del Imperio constituían la máxima expresión de dicha inequidad.
Bajo cierta óptica, el descarado descendiente de la estirpe del conde, Felipe, representaba un elemento anómalo que confrontaba los dictámenes de la fortuna.
Al dar por concluidas sus reflexiones, Dale orientó la mirada. Mikhail Lancaster procedió a retirar de la vaina el arma que portaba fijada a su flanco. Una hoja propia de la caballería, cuya superficie metálica exhibía un tono encarnado.
«La Espada Flor de Sangre…».
No se trataba de un implemento común, sino de una pieza maestra equiparable a una reliquia de la más alta categoría.
Su contraparte en la arena era asimismo un combatiente perteneciente a un linaje condal de renombre, lo que planteaba un escenario idóneo para valorar sus capacidades de manera directa. O al menos ese era el desarrollo esperado.
Sin embargo, en el instante preciso en que se dio la orden de inicio para la contienda, la extremidad cefálica de su oponente ya se desplazaba por la superficie del suelo.
Sin margen para comunicar una capitulación, desprovisto incluso del despliegue de una espada de aura.
«…!»
Un único movimiento.
Incluso Dale, recurriendo a la proyección de las facultades de un paladín y dinamizando su estructura mística, experimentó dificultades para percibir la acción sin una concentración absoluta. La práctica totalidad de los asistentes congregados en el recinto se vieron incapaces de captar el suceso, sumiéndose en un mutismo generalizado.
Mikhail Lancaster retornó el arma a su sitio y examinó el espacio circundante.
Dirigió sus ojos hacia Dale, el primogénito de la familia sajona.
Tras efectuar un ademán cargado de urbanidad, mostró una tenue expresión de simpatía. En su rol de vástago menor de una dinastía ducal, exhibía una corrección y distinción intachables.
Su pericia en el manejo de la hoja poseía un nivel equivalente. Una ejecución tan depurada y estética que provocaba asombro en el observador.
El Demonio de la Espada, Mikhail Lancaster.
Tal era el apelativo que portaba, y Dale lo comprendió de manera inmediata por mera intuición.
Las figuras predominantes de la época contemporánea, aquellas que consiguieron destacar en sus vivencias previas, concluirían por envejecer y extinguirse. No obstante, dicho vacío no perdurará por un tiempo prolongado.
La posteridad de las grandes personalidades asumirá el relevo correspondiente.
Dale formaba parte de ese grupo emergente, Ray Eurys constituía otro exponente y Mikhail Lancaster se sumaba a dicha lista.
Sin que Dale tuviera constancia de ello en sus vivencias previas, estos nuevos referentes harían su aparición, y él se vería en la necesidad de confrontar a múltiples de ellos en contiendas donde se disputaría la existencia.
Evaluando este panorama con serenidad, Dale procedió igualmente a realizar un saludo respetuoso con la cabeza.
Los enfrentamientos en el Fight Club se sucedían con extrema celeridad.
En aquel escenario hostil donde los rivales perecían antes de tener la opción de manifestar su rendición, aquellos individuos conscientes de sus propias restricciones optaban por asumir la capitulación de forma previa al combate. Tras múltiples fases de descarte, únicamente restaron cuatro competidores.
Las instancias semifinales.
Dale, Ray Eurys, Mikhail Lancaster y un enviado bajo las órdenes del marqués.
«… ¿Acaso la estirpe Barbarossa ha omitido enviar a un emisario?».
Aquel poderío naval poseedor de una armada imbatible asentada en las inmediaciones del Mar de la Muerte. Existía la opción de que participaran de modo reservado en las dinámicas del mercado negro sin hacer acto de presencia en el recinto de combate.
Por lo pronto, no representaba un factor que demandara atención inmediata.
En la superficie del cuadrilátero del Club de la Lucha, las exclamaciones del público alcanzaban niveles de intensidad sin precedentes. Los asistentes ansiaban experimentar la vehemencia y el desenfreno vinculados al fluido vital. Con el fin de colmar dichas demandas, Dale irguió el rostro.
«Al fin se produce nuestro encuentro de manera directa».
Ray Eurys, el descendiente por adopción del Duque Carmesí y sucesor indiscutible en la jerarquía de la Torre Roja, se hallaba en ese sitio, atrayendo las miradas de los presentes.
Las alocuciones de los relatores, que previamente habían resonado con fuerza en el recinto, pasaron a ocupar un plano secundario.
«Se trata de un rival al que de un modo u otro deberé confrontar en el porvenir», evaluó Dale internamente, percibiendo cómo se avivaba en su fuero interno un impulso de rivalidad.
Un remolino de fuerza mística en tonos azulados y sombríos comenzó a orbitar a su alrededor y, como réplica, Ray Eurys incrementó la velocidad de rotación de su propia estructura mágica.
«Emitid vuestro sonido», dictaminó Dale, agilizando el funcionamiento de sus cuatro círculos mágicos. Corpúsculos de tonalidad azul se dispersaron en múltiples direcciones, complementados por una tonada simétrica pero perturbadora.
«Barril azul».
Habiendo consolidado su posición en el rango de hechicero de cuatro círculos, procedió a imbuir la propiedad de la «Disonancia azul» —un saber que le fue transmitido por Sepia— en el armamento que portaba.
La zona de combate quedó sumergida bajo un manto de penumbras, y desde sus componentes más profundos surgió una entidad conformada por la oscuridad. En la retaguardia, un caballero de la Muerte afianzó su sujeción sobre el arma oscura propia de Saxon.
El planteamiento estratégico se presentaba nítido: anular las capacidades místicas de la contraparte, doblegarlo mediante el empleo de la potencia física y consolidar el triunfo. Con la planificación totalmente definida, Dale procedió a actuar sin registrar vacilación alguna.
Un chirrido de gran agudeza rasgó el ambiente en el instante en que los «Acechadores de las Sombras» extendieron sus filamentos provistos de espinas. Las criaturas de naturaleza umbría arremetieron en línea recta, motivando que Ray Eurys desplegara su extremidad superior en señal de respuesta.
Con el objetivo de neutralizar cualquier maniobra orientada a restringir sus capacidades mágicas, apartó la influencia de la «Disonancia Azul» que se proyectaba en su dirección.
En medio de aquel torbellino donde se amalgamaban los tonos encarnados y las oscuridades, Ray Eurys articuló palabra.
«──Oh, soberano de las Cenizas Frías».
Pronunció la denominación correspondiente a un tomo místico que jamás lograría borrar de sus recuerdos.
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