Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 102
Capítulo 102: Sentado Erguido
Una vez concluida su interacción con el Caballero de Armadura, Erica acudió al encuentro de Ferda. Sus facciones resultaban familiares, aunque ciertos rasgos diferían visiblemente: se presentaba bajo una transformación humana impecable, sin rastro de astas, alas ni extremidades dracónicas. Formalmente, se trataba de la visita oficial de ‘Eri’, la aventurera de rango Platino.
—¿Su estado físico ha mejorado? —En efecto. Los espasmos cesaron y he recuperado la capacidad de canalizar maná luminoso.
A un ser humano corriente le habría demandado tres años de riguroso entrenamiento regenerar semejante flujo, pero él se restableció en un lapso de apenas tres horas. Propio de los dragones consagrados al estudio perenne de las artes arcanas, incluso las contusiones internas más severas cicatrizaban con la celeridad de rasguños superficiales.
—Tengo entendido que el gremio de aventureros apenas aportó apoyo durante la crisis.
Erica abordó directamente el tema espinoso.
—Así fue, por desgracia. —Esos hipócritas desvergonzados ya están viendo sus credenciales revocadas a medida que se filtra el registro de bajas y omisiones, así que no se inquiete por ello.
Una expresión vulgar se deslizó con naturalidad a través de su tono formal. Por lo demás, Ferda no albergaba ninguna preocupación al respecto: jamás esperó nada de ellos, por lo que tampoco cabía hablar de traición. Aquellos que solo buscaban el beneficio inmediato compartían la misma calaña.
«Aun así, resulta absurdo edificar un asentamiento destinado a acoger aventureros si lo único que atrae son parásitos».
De seguir por ese rumbo, el proyecto perdería todo su propósito. Anular licencias era un paso lógico, pero urgía implementar soluciones defensivas reales.
—Nosotros asumiremos la responsabilidad de las medidas preventivas. Solo requerimos que nos facilite su investidura, Regente-nim. —¿Mi respaldo resultará de utilidad? —Teniendo de nuestro lado la influencia del Maestro de la Torre del Ojo Azul y a la consorte de Valdrova aunando voluntades, rodar la cabeza del mismísimo Presidente de la Asociación sería pan comido.
¿Qué simple mortal osaría desafiar la furia combinada de dos dragones? Era un conflicto de magnitudes colosales que no se solventaría mediante influencias diplomáticas.
—En cualquier caso, este asunto solo engendra disgustos, así que es preferible dejarlo a un lado. Hay una amenaza mucho más acuciante que debemos encarar de inmediato.
El blanco de la advertencia de Erica era evidente.
—¿Alude a Gokma? —Precisamente. Ese infeliz a quien dábamos por erradicado dado su prolongado letargo.
Gokma.
Formaba parte de las Siete Estrellas Azote de Godwin, la guardia selecta del Rey Demonio: seres catastróficos cuya sola presencia alteró el destino del continente entero. Curiosamente, Gokma solía ser considerado el eslabón menos temible dentro de aquel círculo. Aquella percepción obedecía a que sucumbió frente al utensilio de cocina de un Héroe que recién despertaba sus dones, lo que impidió recopilar información fidedigna sobre su verdadero potencial. Aquella baja prematura fue la chispa que encendió la paranoia demoníaca hacia la humanidad, motivándolos a erradicar implacablemente a cualquier aspirante heroico.
—Jamás imaginé que Gokma albergara semejante poder. —¿Acaso rivaliza con las seis Estrellas Azote restantes? —Está a un nivel incomparable. A juzgar por el choque reciente…
Bien podría compararse con el mismísimo Rey Demonio. No obstante, Erica prefirió guardar silencio sobre ese punto, pues carecía de certezas absolutas y temía que tal juicio fuera solo una justificación nacida de la vergüenza y el pavor tras su propia derrota.
Ferda, por su parte, rememoró la silueta del enemigo que presenció en persona: un ser enteramente oculto bajo una capa oscura, dueño de una complexión estilizada similar a la suya y unos ojos teñidos de carmesí.
«Mano Blanca».
Los demonios registrados por Ferda poseían tez renegrida.
—¿Acaso la casta noble presenta pigmentación clara? —Negativo. Incluso el Rey Demonio y sus secuaces más cercanos lucían piel azabache. —Gokma no encajaba en esa descripción. —En efecto, eso fue lo que captó mi atención también.
Tanto Ferda como Erica guardaban el recuerdo nítido de aquellas manos que asomaban por las mangas de la túnica: eran de una blancura incuestionable.
—Quizás allí radique el secreto de su poderío anormal. Si manipuló los vestigios legados por Godwin, sometiéndose a mutaciones constantes para potenciar su fuerza… —Es una alternativa plausible.
Aunque la verdad seguía oculta, Ferda coincidía con el razonamiento. Después de todo, la Elfa Oscura Linne se dedicaba a fabricar sustancias capaces de engendrar demonios de clase Caballero en cuestión de instantes. Los enemigos aprendían de sus errores pasados y planificaban meticulosamente el porvenir, decididos a no brindar segundas oportunidades a la humanidad.
—Se me escapa el motivo por el cual esos engendros atacaron la Aldea Hestia. No parecían decididos a erradicarla solo por considerarla un estorbo…
Las bestias lobunas desplegadas inicialmente sumaban quince, mientras que la oleada liberada para cubrir la retirada cuadruplicaba con creces ese número. De haber arrojado todo ese contingente desde el comienzo, las muertes se habrían contado por decenas y los heridos por centenares. Semejante contención apuntaba indudablemente a un reconocimiento de terreno.
Pero, ¿con qué finalidad? Resultaba desconcertante que seres consagrados a la aniquilación sistemática se dedicaran a tantear el terreno.
—Por lo pronto, la prioridad absoluta debería ser erigir una muralla —planteó Erica. —¿Presume que regresarán? —Desde su lógica operativa no habría motivo para hacerlo de inmediato, pero la percepción de los pobladores es un asunto aparte. —Tiene toda la razón.
En coyunturas como esta, convenía mirar el panorama desde la perspectiva de los habitantes y no solo desde la cúpula directiva. La tragedia ya se había cobrado vidas, y cualquiera de los aldeanos pudo haber terminado como uno de los cuerpos tendidos en las calles. La semilla del temor estaba sembrada; la idea de que ese destino fatal podía alcanzarlos antes de la primavera, al día siguiente o incluso esa misma noche los carcomía por dentro. Aunque solo fuera un gesto simbólico, necesitaban constatar que se les brindaba resguardo.
«La mano de obra escasea constantemente…»
Destinar cuadrillas a la construcción del muro implicaría desatender la planificación urbana que Isabella coordinaba arduamente, representando un contratiempo para el desarrollo de la ciudad.
—Zanjemos ese tema por el momento y pasemos a revisar el artefacto que traje conmigo —dijo Erica mientras extraía un objeto de sus ropas y lo posaba en la mesa.
Se trataba de un relicario engarzado con una gema anaranjada.
—Es el Amuleto Anti-Demonios.
Aquel prototipo conceptual que ella había mencionado previo a sellar el pacto. Ferda, sabiendo que el proyecto apenas iniciaba su fase experimental, se asombró por la rapidez de su desarrollo.
—Resta verificar en el epicentro de la Tierra Demoniaca cuánta miasma logra neutralizar, pero calculo que repelerá alrededor del noventa y cinco por ciento de la contaminación externa. —Significa que un cinco por ciento logra infiltrarse. —Aun con ese margen de filtración, constituye un avance prodigioso considerando la hostilidad de las profundidades demoníacas. Permitirá a los humanos adentrarse en territorios antes vedados para su constitución física. —¿Cuál sería el límite de permanencia? —En condiciones extremas, hasta tres jornadas; sin embargo, el margen prudencial ronda un solo día.
Un solo día.
—¿No requerirán un lapso de purificación tras haber estado expuestos al miasma? —Los especialistas de la Torre del Ojo Azul aconsejan guardar descanso durante medio mes aproximadamente. —De modo que tras una jornada de exploración siguen quince de reposo. —Así es, un intervalo excesivamente prolongado.
Las expediciones siempre exigían períodos extensos de preparación, pero dos semanas completas resultaban desmedidas para obtener resultados prácticos en terrenos ignotos. Además, el exceso de inactividad daba margen a pensamientos nocivos.
«Pensar en demasía durante una travesía resulta letal».
Frente al peligro inminente, el exceso de reflexión engendra titubeo; las dudas dan paso al temor y el miedo sume al individuo en un abatimiento letal que marchita la vida de cualquier explorador.
—Aunque la eficacia no lo sea todo en este oficio, la proporción sigue siendo desventajosa. Si pudiéramos comprimir esa convalecencia a una sola semana, el avance sería extraordinario… —Una semana…
Ferda sopesó alternativas para solventar la traba, pero pronto desistió al percatarse de que escapaba a sus conocimientos.
—Le encomendaré el dilema a Vernel. —¿Al prodigio intelectual que recientemente brilló en Halim? —inquirió Erica con ojos llenos de expectativa, siendo la primera ocasión en que mostraba tal entusiasmo ante la sola mención de un mortal—. ¿Cree que logrará dar con la solución? —Tengo la certeza de que lo conseguirá.
Ferda carecía de detalles técnicos sobre el proceso, pero la dragona no dudó de sus palabras.
«Tratándose de un allegado del Regente Ferda, no me extrañaría que dé con la clave».
A juicio de Erica, Ferda poseía una capacidad sobresaliente, no solo entre sus congéneres, sino entre todos los hombres que había conocido. Tratar de desentrañar su mente solo le hacía temer que su propia torpeza quedara al descubierto, asumiendo que el mandatario operaba bajo una sabiduría inalcanzable.
En la práctica, Ferda tampoco tenía un plan concreto, limitándose a pensar:
«Vernel hallará la forma de resolverlo».
Al fin y al cabo, Ferda desconocía el funcionamiento interno de la magitech. Si incluso los eruditos bajo su mando apenas comprendían un puñado de conceptos, ¿cómo pretendía entenderlo él? Si Vernel lograría o no la hazaña era una incógnita total, pero al ser un erudito brillante, algo se le ocurriría. Una vez más, el pobre Vernel cargaba con el peso de semejantes expectativas desmesuradas.
Bien entrada la noche, tras concluir las faenas de la jornada, Ruri descendió a los aposentos de Valdrova. Portaba, como de costumbre, los informes de la situación, aunque su expresión difería de la habitual; parecía la de un carcelero disponiéndose a confrontar a un prisionero subterráneo.
—Maestra-nim, soy Ruri. Solicito permiso para entrar.
Cruzó el pequeño portal lateral hacia el interior.
—Maestra-nim, los reportes de hoy son…
Las palabras de la asistente murieron en sus labios. En lugar del imponente dragón de escamas carmesí reposando en su forma habitual, una figura menuda se hallaba arrodillada en postura de seiza, desprovista de armadura.
—¿Por qué se encuentra sentada en seiza? —preguntó Ruri, perpleja ante el cuadro. —E-esto… —balbuceó Valdrova con evidente turbación—. ¿Acaso no es porque Ruri se enfadará…? —No estoy enfadada. —¿De verdad? —Solo… profundamente desilusionada.
Valdrova entrelazó sus dedos y bajó la cabeza hasta casi tocar el suelo. Aquella respuesta le dolió infinitamente más que un grito de ira.
—Pero… Ruri… —Dígame. —¿De qué manera lo descubriste? —…Su propia actitud me alertó, Maestra-nim. Sus gestos me hicieron recordar de inmediato las propiedades que posee esa armadura. —¿Era tan evidente? —No para el resto, al parecer. Ferda-nim sigue en la ignorancia, ¿no es así? —Menos mal…
Valdrova soltó un largo suspiro de alivio. Al presenciar su reacción, el ceño de Ruri se frunció con severidad.
—No cante victoria tan rápido.
Ruri desplegó el Rumor de la Calamidad ante sus ojos.
—A juzgar por los anales, ha estado operando bajo el alias de Caballero Armadura. —B-bueno, sí… —Y lleva desempeñando esa labor durante varios meses seguidos en el pueblo. —En efecto…
Los hombros de Valdrova decayeron bajo el peso del reproche.
—Un Voto de Silencio… Qué jugada tan hábil. De haber mediado palabra alguna, Ferda-nim la habría descubierto al instante. —Fue algo que se dio por casualidad, te lo aseguro… —Evidentemente. Jamás creí que Valdrova-nim planeara algo con semejante nivel de meticulosidad.
Ruri dejó escapar un hondo suspiro.
—¿Acaso esto califica como un nuevo pasatiempo humano? —No se trata de un simple pasatiempo… E-esto era únicamente para brindar ayuda a las personas. —…
Tenía razón. Difícilmente podía catalogarse como una afición. Las ocupaciones recreativas de un dragón solían consistir en hazañas inalcanzables para los mortales: dejar proezas legendarias o infamias imborrables antes de esfumarse repentinamente, perpetuando su grandeza ante las generaciones venideras.
Sin embargo, ¿qué dragón en su sano juicio adoptaría la apariencia de un humano ordinario para realizar trabajos pesados de construcción? No constituía una proeza gloriosa ni un entretenimiento refinado; era un oficio que rozaba lo ridículo para su estirpe. Como guardiana y sirvienta del dragón, a Ruri le indignaba semejante faena; anhelaba que Valdrova valorara su propio estatus y poderío con mayor dignidad.
—Pese a todo…
Sin percatarse del malestar de su asistente, Valdrova sonrió ampliamente y extendió un objeto hacia ella:
—¿Sabías que trabajé muy duro y logré reunir todo este dinero?
Con evidente orgullo, le mostró un saquito repleto de monedas de cobre y plata mezcladas.
A Ruri se le revolvieron las entrañas. Semejante suma podía conseguirse pateando cualquier fardo del almacén y arrastrándolo unos metros. Le exasperaba verla hallar satisfacción en unas cuantas monedas insignificantes; era una situación que justificaba todo su enfado.
—¿Tan gratificante le resulta? —Muchísimo. De verdad me hace feliz. —¿Y qué tiene de maravilloso exactamente? —Comprobé… que puedo lograr algo útil sin romper las cosas a mi alrededor. —…
Al escuchar aquella confesión, el enojo de Ruri se disipó como por arte de magia. Ruri conocía la verdad: sabía que detrás de aquel autodesprecio expuesto con tanta ingenuidad y risas inocentes se escondía un abismo de dolor insondable. Solo alguien que hubiera contemplado las profundidades de su ser podía permitirse el derecho de reprenderla y, al mismo tiempo, compadecerse de ella.
Aquella pequeña dicha duró un suspiro. Valdrova volvió a inclinar la frente hacia el suelo.
—Sin embargo… terminé destruyendo todo otra vez. ¿Acaso romper cosas es lo único que sé hacer?
Valdrova se rascó la mejilla con una sonrisa amarga y torpe.
—De ninguna manera. Usted encarna la Fase del Poder, Valdrova-nim; está destinada a proezas infinitamente más grandiosas.
Ruri la tomó de los hombros en un gesto protector, permitiendo que Valdrova recostara suavemente la cabeza contra ella.
—Aun así, la gente se aterrorizó… Porque volví a destruirlo todo… —Fue solo el impacto del momento. ¿Acaso lo olvida? Los mortales son criaturas volubles; temen lo que tienen frente a sus narices, pero al meditarlo con calma, no tardarán en reconocer las hazañas de Maestra-nim y entonar alabanzas en su honor.
Valdrova alzó la mirada hacia ella con los ojos dorados empañados en lágrimas.
—¿Tú crees que lo harán? —¿Por qué no va a comprobarlo personalmente portando esa misma armadura?
Los ojos de Valdrova se iluminaron de asombro.
—¿De verdad… me permites seguir con esta labor? —Tiene mi autorización. —¿Incluso si a Ruri le desagrada? —¿Cómo podría una simple servidora oponerse a la voluntad de Maestra-nim?
Bajo ninguna circunstancia osaría interponerse. Si una actividad tan mundana conseguía aliviar en lo más mínimo sus heridas y traerle paz mental, ¿con qué derecho la tildaría de insensatez para prohibírsela? Aunque riñera con el orgullo inherente a los dragones, si aquello le concedía un ápice de felicidad, lo toleraría gustosa.
—Entonces… bueno… —Valdrova formuló una petición adicional con rostro desbordante de entusiasmo—. ¿Tendría permitido convertirme en la caballera oficial de Ferda-ssi?
Ruri sintió que la paciencia se le agotaba de inmediato.
—…¿Y por qué desearía algo semejante? —Pues… ¿no me permitiría estar cerca de Ferda-ssi con mayor frecuencia? —murmuró jugueteando nerviosamente con sus dedos. —¿Acaso no se frecuentan lo suficiente ya? —S-sí, nos vemos seguido, es verdad… pero… —Valdrova titubeó rascándose la mejilla—. Esto se siente… un tanto diferente a lo de siempre, muy imponente. —¿…Imponente? —Ferda-ssi suele ser sumamente dulce conmigo, así que siempre lo consideré alguien complaciente. Sin embargo… —¿Sin embargo…? —Ese porte severo y distante hizo que pareciera como si fuéramos dos desconocidos, y eso…
Las mejillas de Valdrova ardieron al rojo vivo, luciendo la expresión inconfundible de una doncella enamorada.
—Hizo que mi corazón latiera con muchísima fuerza, ¿entiendes? —…
Ante tal declaración, la serenidad de Ruri ardió en llamas instantáneamente. Una intensa chispa de responsabilidad brilló en sus pupilas.
—Maestra-nim. —¿Sí? —Manténgase en seiza. —¿Eh? ¿Por qué motivo? —Es hora de iniciar una rigurosa lección.
El Rumor de la Calamidad se abrió de par en par, haciendo que la piel de Valdrova perdiera el color. Sollozó acongojada mientras las lágrimas asomaban, mas incluso aquel llanto pasó a formar parte del material de estudio de su tutora.
Siguiendo las instrucciones de Ruri, Valdrova regresó más tarde a la Aldea Hestia. Vestía la misma indumentaria metálica y repetía las mismas rutinas: era, a todos los efectos, el Caballero Armadura, sin guardarse nada.
«Me están observando fijamente».
Las miradas ajenas se sentían como un peso tangible sobre sus hombros, acompañadas por el rumor sofocante de murmullos distantes.
«Regresó el monstruo». «Esa bestia que mata a la gente…» «¡Nooo!»
Aquellas ilusiones auditivas, nacidas de la incomodidad de las miradas fijas, martilleaban su mente.
«¿Debería dar media vuelta y marcharme?»
Sus piernas, firmes e inquebrantables ante cualquier ofensiva enemiga, vacilaron presa de la fragilidad de su corazón.
—Caballero-nim.
La bruma de sus dudas se disipó súbitamente al regresar a la realidad. Una pequeña niña se había aproximado con valentía hasta plantarse justo frente a ella.
Era la misma pequeña que había sido acorralada por aquellos mercenarios negligentes; la criatura que estuvo a punto de perecer entre los colmillos de las bestias y la misma que la había mirado con pavor.
—M-muchas gracias…
La niña articuló las palabras con timidez mientras extendía sus bracitos al frente:
—Muchas gracias por haberme salvado.
Entre sus manos sostenía un brote silvestre, una flor común y corriente de las que abundan a la orilla de los senderos boscosos. Sin embargo, Valdrova la recibió y la sostuvo como si se tratara del tesoro más invaluable sobre la tierra.
La sonrisa desdentada y pura de aquella criatura superaba en belleza a cualquier maravilla existente.
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