Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 109
Capítulo 109: Lo que no pudo ser abandonado
Ferda se quedó completamente atónito, sin que le saliera ni una sola palabra de la boca.
«Eremvalt Rosnova.»
El patriarca de la Casa Rosnova.
El propio padre de Ferda.
Aquel individuo cuyo desprecio había encendido en su interior la chispa del rencor, impulsándolo a convertirse en mago.
—¿Qué piensas hacer? —le consultó Ruri.
La solución era bastante obvia.
Bastaba con echarlo sin miramientos.
Ferda había sido desterrado de la Casa Rosnova y ya ni siquiera portaba ese apellido; a todos los efectos, ahora no eran más que dos desconocidos.
No había motivo alguno para prestarle oído a lo que tuviera que decir.
Al fin y al cabo, atender sus palabras solo serviría para remover viejas heridas e ilusiones amargas que jamás llegarían a nada.
En cualquier otra circunstancia, esa habría sido la elección lógica.
—Hazlo pasar. Me prepararé —indicó Ferda.
—Como desees.
Ferda optó por plantarle cara.
Aunque pudiera tratarse de un desatino, requería comprobar por sí mismo si aquella aversión seguía latiendo en su interior.
Tras tomarse unos veinte minutos para componerse, Ferda recorrió el corredor rumbo a la estancia de visitas.
Al cruzar ese umbral, se encontraría frente al sujeto que lo había expulsado de su hogar.
Sus piernas parecían pesarle una tonelada.
—Ruri —le dijo a la joven que aguardaba tras sus pasos.
—Dime.
—Iré yo solo.
—De acuerdo.
—Y encárgate de que nadie, ni siquiera tú, escuche o vea lo que suceda adentro.
—¿Qué estás tramando? —inquirió ella, creyendo que la petición cruzaba la línea de lo prudente.
—Te lo estoy suplicando.
Aquella súplica cargaba un peso mucho mayor que el de cualquier mandato formal, lo que aumentó la inquietud de Ruri.
—Está bien.
Sin emitir ruido, Ruri desplegó una barrera mágica que aisló por completo el recinto.
Al notar el aislamiento absoluto del entorno, Ferda ingresó.
Ahí se encontraba.
Aquel sujeto miserable que lo maltrató sin piedad antes de desterrarlo.
El mismo que había pagado su devoción abriéndole heridas todavía más profundas.
En cuanto el hombre divisó a Ferda, fingió un arrebato de dicha.
—¡Oh, hijo mío, mi querido hijo! ¡Al fin has venido!
No se trataba más que de una burda pantomima de regocijo.
Su actuación resultaba tan torpe y falsa que hasta un infante la habría detectado al instante.
Quizá por eso mismo su semblante transmitía tanta lástima.
Ferda sintió cierto alivio al experimentar ese desdén.
Gracias a esa decepción, en lugar de que la furia se desbordara como temía, una extraña serenidad se apoderó de él.
—Sea bienvenido, Patriarca de la Casa Rosnova-nim.
Ferda mantuvo una cortesía distante, trazando una clara barrera entre ambos.
Eremvalt exhibió una mueca de desconcierto.
Fuera lo que fuese que hubiera imaginado, ciertamente no esperaba un trato tan gélido y formal.
Ferda tomó asiento frente a él y le clavó la mirada en el rostro.
Eremvalt esquivó sus ojos y deslizó un recipiente sobre la mesa.
—Se trata de miel pura, recolectada en los panales de las tierras de la familia Rosnova. Como bien sabrá, Regente-nim…
—En efecto, la miel producida por los Rosnova suele ser de gran calidad.
—Así es, por supuesto.
—Sin embargo, hace mucho que dejó de gustarme.
—Ah, me lo imagino. Ahora que está a punto de cumplir diecinueve años…
—No es por eso. Estuve a punto de morir por culpa de ella.
La expresión de Ferda se tornó gélida al mirarlo fijamente.
—Su segundo vástago, Huren Rosnova, me la vertió a la fuerza por la garganta hasta asfixiarme.
La cara del hombre se descompuso al instante.
Ferda prosiguió con un tono imperturbable.
—De no haberme metido los dedos hasta el fondo de la garganta para extraerla, habría muerto ahogado ese mismo día. A partir de ese momento, el simple hecho de ver un tarro de miel me provoca escalofríos.
—Yo… yo no tenía la menor idea de eso…
El hombre intentó excusarse asegurando ignorar lo sucedido.
—Aquel día había presentes cinco sirvientes que lo vieron todo. Mas parece ser que ninguno de ellos se tomó la molestia de reportárselo al Patriarca.
—Le ruego me disculpe. Aunque tuviera diez bocas, no me alcanzarían para justificarme. Si exige un escarmiento físico, lo impartiré con mis propias manos. Es más, si eso calma su furia, traeré a esos criados aquí mismo para castigarlos frente a usted…
—No hace falta. Déjelo estar y hablemos de lo que realmente importa.
Ferda se acomodó contra el respaldo de su asiento.
No pensaba seguir perdiendo el tiempo en cortesías vacías.
—Vengo porque… hace poco, la Hermana Mayor se presentó intempestivamente en la Casa Rosnova.
La Hermana Mayor.
Aquel era el apodo de Erdes Roton, un título que inspiraba respeto pero que a la vez cargaba un tinte despectivo.
—Vino a buscar información sobre mí, ¿verdad?
—En efecto. Preguntó específicamente por usted, Regente-nim.
—Y supongo que usted le reveló cada detalle.
—No fue tan así… no hasta ese extremo…
—Le aconsejo no mentirme, Patriarca de la Casa Rosnova.
Ferda soltó la advertencia en un tono bajo y firme.
—Erdes ya está al tanto de que empleo magia negra. Quienes practican magia negra sufren, como mínimo, la aniquilación completa de su linaje. Si ustedes siguen con vida, es porque se deslindaron por completo de mi persona y confesaron todo lo que sabían, ¿acaso me equivoco?
Eremvalt se estremeció, visiblemente impactado.
Sus labios resecos temblaban abriéndose y cerrándose sin emitir voz.
—¿Estoy en lo cierto o no? —insistió Ferda, obligándolo a dar la cara.
Un sudor gélido cubrió la frente de Eremvalt, quien terminó inclinando la cabeza.
—Así… así fue.
Ferda ya lo tenía claro.
Desde el instante en que lo echó a la calle, supo que jamás lo consideró un auténtico hijo.
«Es una verdad que ya conocía de sobra.»
Los recuerdos sombríos amenazaron con resurgir sin permiso.
Una marea de amargura intentó inundarlo, provocándole una punzada aguda en la cabeza.
—¿Y viajó hasta aquí únicamente para admitir eso?
Ferda seguía sin entender el motivo real tras su presencia.
—Hubo un detalle que no le mencioné a ella, y he venido personalmente para comunicárselo.
—Dígalo.
—Regente-nim… ¿guarda algún recuerdo de Anna Rosnova?
¿Qué pretendía decir con eso?
Esa simple pregunta bastó para alterar a Ferda.
Eremvalt, al notar la crispación en el rostro del joven, reformuló sus palabras con cautela:
—Es decir… lo que deseo consultar es si de verdad conserva una memoria clara de su madre, Anna Rosnova.
Ni siquiera aquel intento de matizar la frase logró calmar el disgusto que brotaba en Ferda.
—Es una obviedad. Ella es mi madre, y además fue la legítima esposa del líder del clan.
—En teoría debería ser así, sin embargo… —Eremvalt titubeó visiblemente antes de continuar—: Ese recuerdo en particular me resulta… completamente ajeno y extraño.
Aquellas palabras golpearon con dureza el pecho de Ferda, como si fueran una broma de pésimo gusto.
La rabia comenzó a mezclarse con una risa amarga e incrédula.
Sentía que la cordura se le escapaba por momentos, pero hizo un esfuerzo supremo por mantener la compostura y responder con lógica:
—Mi madre, Anna Rosnova, poseía una cabellera rubia y ojos tan azules como el cielo. Usted mismo solía elogiarla diciendo que su belleza era un exceso para alguien como usted.
En la memoria de Ferda, cada escena del pasado pasaba como una linterna mágica: las comidas compartidas, las sonrisas cómplices, el calor de sus manos entrelazadas y los tiernos susurros de afecto. Lo recordaba todo a la perfección.
Incluso los gestos de cariño entre ellos, que de niño le provocaban cosquilleos de vergüenza, estaban grabados con nitidez. Que el hombre que los protagonizó pretendiera haberlos borrado carecía de cualquier sentido.
—Lo único que mi mente retiene con absoluta claridad es una sola escena: una vagabunda entrando a la mansión con un niño en brazos —soltó Eremvalt.
Más que hablar, parecía haberlo escupido con desdén.
Para Ferda, la ofensa se sintió exactamente igual a un escupitajo en el rostro.
—Pensándolo bien… yo no tenía ningún motivo para acoger a esa mujer. Aunque había perdido a mi señora, ya contaba con dos herederos y no padecía de soledad alguna. Solo volví a ser consciente de esa realidad tras la muerte de ella. Por esa razón…
—¿A qué punto quiere llegar con todo esto? —lo interrumpió Ferda.
Eremvalt lo miró con el pánico reflejado en los ojos y confesó:
—Vine a decirle que, desde un principio, usted y yo jamás compartimos la misma sangre. Así que, se lo suplico…
El anciano inclinó la cabeza en señal de ruego:
—Le pido que corte de manera definitiva cualquier lazo que lo una a la Casa Rosnova a partir de este momento.
Ferda se quedó sin habla.
Buscaba palabras en su mente, pero era incapaz de formular una sola frase coherente.
El desconcierto era absoluto.
¿Por qué tenía que soportar semejante basura?
¿Venía este hombre a reabrir una herida que creía cicatrizada, justo frente a alguien que había luchado por dejarlo todo atrás y seguir con su vida?
Después de haber renunciado a todo para marcharse, ¿por qué volvía a desenterrar el pasado para arrojárselo en la cara?
Y sobre todo, ¿por qué la persona que más aborrecía en el mundo le hacía pasar por esto una vez más?
Ferda notó cómo su consciencia comenzaba a nublarse mientras las emociones amenazaban con arrasar su autocontrol.
Cerró los ojos con fuerza, tratando desesperadamente de apaciguar los latidos de su corazón.
Sin embargo, lo que percibió fue la violenta agitación de sus circuitos internos y un dulce murmullo en su mente.
Ferda reconoció de inmediato aquella voz siniestra; era el mismo susurro que había resonado en su cabeza cuando la vida de Ruri estuvo en peligro.
«Mátalo.
Acaba con él.
Si en el pasado ya lo redujiste a un cascarón vacío, ahora estrangúlalo hasta que deje de respirar.
Tienes que devolverle cada una de las heridas que te provocó.
¿Por qué titubeas?
Arrebatar una vida por primera vez es difícil, pero hacerlo una segunda vez resulta sumamente sencillo, ¿no te parece?»
Al escuchar aquellas palabras, Ferda recuperó bruscamente la sensatez.
Los circuitos en su pecho giraban con un frenesí descontrolado, al punto de que parecía que alcanzarían el Sexto Círculo de un momento a otro.
Pero no quedó solo en eso.
Al abrir nuevamente los párpados, se topó con una escena perturbadora: a espaldas del aterrorizado Eremvalt Rosnova se alzaban dos extremidades oscuras y sombrías.
¿Acaso Eremvalt dominaba las Artes Sombrías?
Aquello era imposible.
Esas sombras no eran más que brazos moldeados por el propio subconsciente de Ferda, y se encontraban a escasos centímetros del cuello del anciano, listos para estrangularlo en cualquier instante.
Ferda retiró las manos oscuras de inmediato.
Haciendo un titánico esfuerzo por sofocar el vendaval de emociones, habló con un tono frío y controlado:
—Retírese ahora mismo, Patriarca de la Casa Rosnova.
Pese a sus palabras, una densa y amenazante atmósfera permanecía suspendida en el aire.
Eremvalt se puso de pie a toda prisa y, al alcanzar la puerta, vaciló unos segundos antes de mirar hacia atrás.
—Agradezco profundamente su benevolencia, Regente-nim.
Tras pronunciar esas palabras, huyó del lugar.
Ferda no supo determinar si aquella despedida era un intento desesperado por purgar el rencor restante o una simple adulación cobarde para evitar represalias futuras.
Su mente continuaba sumida en el caos.
—Ferda-nim —llamó Ruri entrando a la sala tras la marcha del visitante—. ¿Qué ocurrió durante la charla para que ese hombre se fuera con semejante cara…?
La joven guardó silencio al notar la postura de Ferda.
Él permanecía cabizbajo, clavando la mirada en la nada con un gesto abatido que ella jamás le había visto en todo el tiempo que lo conocía.
—Ruri —pronunció él con un hilo de voz apenas audible.
—Dígame, por favor.
Con un temblor inocultable en sus palabras, Ferda le pidió:
—Quiero… necesito visitar a mi madre.
—Comprendido. Indíqueme el sitio exacto y lo transportaré allí de inmediato.
—Basta con que vayamos a las cercanías de la Casa Rosnova.
—Entendido.
En el balcón, Ruri tomó a Ferda entre sus brazos firmemente; no como si cargara un fardo, sino envolviéndolo en un abrazo protector.
Surcó los cielos con la velocidad de una estrella fugaz, aterrizando en cuestión de instantes ante los portones principales de la residencia de la familia Rosnova.
—¿Hacia dónde queda el sepulcro? —inquirió Ruri.
Ferda no emitió respuesta.
En lugar de eso, dio media vuelta y empezó a caminar en otra dirección, alejándose de los terrenos de la mansión.
Ruri, quien daba por sentado que la tumba reposaría dentro del cementerio nobiliario, lo siguió paso a paso en completo silencio.
Ferda avanzaba sin articular palabra alguna.
Ruri era plenamente consciente de la precaria condición física que él poseía; no tardó en percibir cómo el jadeo de su respiración y el golpeteo apresurado de su corazón se volvían más intensos.
—Ferda-nim… —intervino ella con suavidad—. Su respiración se oye muy agitada. ¿No prefiere que hagamos una pausa para descansar?
Ferda no se detuvo ni contestó.
Continuó moviendo las piernas de manera autómata, como guiado por un trance.
Ruri bien habría podido cruzarse en su camino para obligarlo a parar, pero sintió que carecía del valor para hacerlo al ver la inmensa carga que pesaba sobre sus hombros y la desolación dibujada en su rostro.
Se limitó a seguirlo en silencio.
Empapado en sudor y casi sin aliento, Ferda finalmente se detuvo.
Se hallaban en medio de una llanura yerma y solitaria, donde lo único que destacaba era el tocón de un árbol talado.
Era evidente que no se había detenido solo por el agotamiento físico.
—¿Es aquí? —preguntó Ruri.
Ferda asintió levemente.
—¿Y dónde se encuentra la tumba? —indagó ella, examinando el terreno circundante sin hallar indicio alguno de que allí reposaran restos mortales.
—No existe tumba alguna —respondió Ferda, extendiendo una mano hacia la nada—. Fue en este sitio… donde le di el último adiós a mi madre.
—¿Acaso… decidió incinerarla?
Para un linaje de caballeros de alta alcurnia, la sepultura bajo tierra era la norma indiscutible. Por humilde que fuera su origen como concubina, si había formado parte del clan, merecía descansar en el mausoleo familiar.
—En cuanto mi madre exhaló su último suspiro, quemaron su cadáver a toda prisa. Incluso ordenaron a los sirvientes que desecharan las cenizas, tal como si se deshicieran de simples desperdicios.
—……
—Por eso me encargué de juntar todo yo mismo. Recogí cuidadosamente cada rastro de ceniza y las deposité en una vasija.
Ferda bajó la vista hacia sus palmas vacías; aun sin nada en ellas, sentía el recuerdo táctil de haber sostenido aquellos restos.
—Aquel día solo deseaba esparcirla en un lugar que mi padre jamás pudiera descubrir. Sabía que el viento se las llevaría, pero quería dejar un rincón al cual acudir para recordarla.
—……
—Caminé sin descanso, sintiendo que las fuerzas me abandonaban por completo, hasta que di con este punto. Justo donde estamos parados.
Ferda alzó la mirada hacia el cielo despejado y frío que cubría la planicie.
Luego, sus ojos se posaron sobre el tronco cortado.
—En ese entonces, aquí se alzaba un árbol solitario en medio de la nada. Se asemejaba tanto a mi propia soledad que decidí esparcir las cenizas en secreto bajo sus ramas.
—¿Y por qué solo queda el tocón…?
—Un criado me había seguido a escondidas. Y se encargó de derribarlo poco después.
—¿Cómo pudieron ser tan crueles con un muchacho que acababa de perder a su madre? —exclamó Ruri, llena de indignación. Conociendo el valor sagrado de los lazos familiares, la injusticia la enfurecía hasta el punto de apretar los puños con fuerza, lamentando no haber castigado debidamente a ese viejo antes de dejarlo ir.
—Durante mucho tiempo creí que todo había sido culpa mía —confesó Ferda con la voz quebrada—. Pensaba que si no hubiera sido tan débil, si hubiese poseído el talento necesario para destacar como un digno caballero del clan, habría sido capaz de salvaguardar el amor que sentía por mi madre… o al menos eso me decía a mí mismo.
Su propia fragilidad física siempre había sido su condena: un cuerpo débil que no respondía a los esfuerzos.
—Y por esa misma razón terminaron echándome de la casa.
Hasta ese punto, la historia era conocida por Ruri.
Lo que siguió después pertenecía únicamente a los secretos de Ferda.
—Comencé a instruirme en las artes mágicas y en poco tiempo sobrepasé a los hechiceros más dotados de la región, alcanzando el Tercer Círculo de golpe —relató él con franqueza—. En aquel entonces, mi corazón no estaba consumido por el rencor. Dentro de mí todavía habitaban un niño anhelante de afecto y un ángel que buscaba redención.
Aquel muchacho llegó a creer que tal vez, al ver sus nuevos logros, Eremvalt lo aceptaría.
Después de todo, Eremvalt solía mostrarse como un padre cariñoso y entregado con sus otros hijos; un hombre devoto a su difunta esposa y una figura a la que Ferda admiró profundamente en el pasado.
El único detalle era que ese afecto jamás se extendió hacia él.
El ángel en su interior le susurraba que el lazo de sangre aún tenía salvación, y el niño decidió creerle, deseando comprobar que el mundo no estaba hecho únicamente de crueldad. Esperaba ingenuamente una disculpa de su padre.
—¡¿Cómo te atreves a volver a pisar este lugar?! —fue el recibimiento que obtuvo al cruzar de nuevo las puertas de la mansión, como si fuera el peor de los enemigos—. ¡Tú ya no eres nada mío! ¿Crees que por aprender cuatro trucos de magia tienes derecho a mostrarte aquí? ¡Lárgate de inmediato!
Palabras más hirientes que el fuego y más cortantes que el hielo.
Sus propios medio hermanos, Ellen y Huren, se encargaron de golpearlo sin piedad hasta dejarlo tirado en la calle.
Aquel día caía una lluvia torrencial.
Bañado en su propia sangre y con el cuerpo destrozado, habría muerto en cualquier esquina de no haber sido por su obstinación en arrastrarse hasta un refugio sombrío.
Fue en esa fatídica jornada donde el muchacho comprendió la cruda realidad: la esperanza no era más que un engaño que prolongaba el tormento de una existencia miserable.
El niño terminó asesinando al ángel que habitaba en su pecho.
El vacío fue ocupado por un demonio que destilaba pura malicia.
Entendió que implorar compasión solo engendraba más sufrimiento y, al final de todo su rencor, optó por abrazar un odio todavía mayor.
Solo cuando tocó fondo y sintió el abismo de la nada, llegó a arrepentirse de sus actos.
—Creí… que con eso todo había quedado atrás —murmuró Ferda—. Me arrepentí de corazón y me tracé un objetivo claro para vivir. Estaba convencido de que ese demonio interno había muerto y que recuperaría la pureza de mi infancia.
—¿Y qué ocurrió entonces?
—El odio no había desaparecido. Ese pequeño monstruo que mi padre engendró en mí… el mismo que me transformó en una aberración y en un cascarón vacío… sigue latiendo en lo profundo de este pecho —dijo Ferda, aferrándose a su túnica a la altura del corazón.
Ruri, contemplándolo desde su posición, no supo qué responder.
—Ruri —rompió él la quietud de nuevo—. Cuando me vi cara a cara con mi padre hace un rato, intenté asesinarlo.
—Un hombre tan despreciable merecía ese destino.
—El problema es que no fue un acto consciente de mi voluntad.
Eso era precisamente lo que más aterrorizaba a Ferda: si sus instintos actuaban por cuenta propia para matar a su progenitor, temía que, de manera inconsciente, también estuviera tomando decisiones destinadas a provocar la muerte de Valdrova.
La sola idea de que esa posibilidad existiera representaba una carga insostenible.
Pero no podía revelarle semejante temor a Ruri; no quería abrumarla aún más.
—Basta de pronunciar palabras tan lastimeras —lo reprendió ella frunciendo el ceño—. Usted es el mismísimo Regente del Gran Ducado de Valdrova, señor de la Aldea Hestia y el Prometido del Gran Fuego. ¿Acaso no asumió esa responsabilidad sabiendo que se exponía a los mayores peligros? No tiene permitido mostrarse tan vulnerable. Enderece la postura, alce la mirada y ponga una expresión digna de su título. Es un despropósito que se permita estos tormentos; no puede malgastar su tiempo en un páramo como este. Regresemos de inmediato a cumplir con sus deberes.
Ruri acortó la distancia entre ambos.
—Si en algún momento Ferda-nim pierde la razón y se transforma en un verdadero monstruo…
La joven extendió sus pequeñas palmas y las apoyó con suavidad sobre el cuello de él.
El calor reconfortante de su piel contrastaba con la firmeza de su advertencia mientras obligaba a Ferda a levantar la mirada.
Ruri intentaba mantener una fachada de madurez y severidad, pero la tristeza que nublaba sus ojos delataba lo frágil de su postura.
—Seré yo misma quien acabe con su vida. Por eso… le pido que deje esa expresión de desconsuelo sepultada para siempre en este preciso instante.
Ferda notó cómo el dolor que él cargaba amenazaba con derrumbar también a Ruri.
Si ella se sentía así de afectada, ¿cuánto más sufriría Valdrova si lo viera en ese estado?
La mente de Ferda recuperó la claridad.
—Nuevamente has venido a salvarme —dijo él, esbozando una sutil sonrisa—. Te lo agradezco de corazón.
A escasa distancia de allí, oculta a la vista de ambos, una figura los observaba atentamente.
Se trataba de Olivia Arken.
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