Me Case con la Dragona que Maté Novela - Capítulo 94
Capítulo 94: La caída
El poder que le había permitido gobernar la mansión a su antojo se había esfumado. Desde el exterior del pasillo, las voces de los hombres comenzaron a escucharse con claridad, dejando de lado la persecución del intruso.
—¿Qué fue eso?
—Siento la mente mucho más despejada… como si me hubiese quitado un peso de encima.
—Es verdad. ¿En qué estábamos pensando?
—Un momento… ¿acaso esa ladrona no acusó a Tilda de ser una bruja?
—¿Habrá usado magia con nosotros?
—Es muy probable.
Al escuchar los pasos que se aproximaban con prisa a su puerta, el pánico se apoderó de Tilda. Corrió a trancar la entrada justo cuando comenzaron a golpear con violencia.
—¡Abra de inmediato, señorita Tilda!
—¡Diga algo si está ahí dentro!
Al no recibir respuesta, los gritos se tornaron hostiles debido al efecto rebote de la magia rota.
—¡Realmente nos estaba manipulando!
—¡Esa maldita usó hechicería! ¡Echen la puerta abajo!
Tilda sabía que estaba acorralada. Sin perder un segundo, corrió hacia el baño, arrojó por la ventana una soga que tenía reservada para emergencias y descendió con rapidez. Tras recoger la cuerda para no dejar rastros de su escape, huyó a toda prisa hacia el exterior.
A sus espaldas, un último grito resonó en el caos de la mansión:
—¡El líder de la familia ha muerto!
—¡Esa bruja asesinó a Lord Rico!
Sin importar el cómo ni el porqué, para todos ella era la culpable absoluta. Con la vida pendiendo de un hilo, Tilda corrió desesperadamente a través de la espesura del bosque, tratando de hallar una salida a su ruina. Sin embargo, no había futuro para alguien que, como dijo Yor, carecía del talento para retener el poder que había codiciado.
Aun en su desesperación, intentaba aferrarse a la supervivencia, pero pronto las sombras de la noche cobraron vida. Varios hombres cubiertos con máscaras negras emergieron del follaje, interceptando su paso. Tilda intentó forcejear en vano y la oscuridad la envolvió por completo al perder el sentido.
En un camino cercano a la propiedad Dandolo, aguardaban tres carretas que simulaban pertenecer a una caravana de comerciantes. Jed subió a una de ellas y soltó un prolongado suspiro de agotamiento.
—Uf, fue bastante más complicado de lo previsto.
—¿Hacía falta montar semejante espectáculo? —cuestionó Garnet con escepticismo.
—Por supuesto. De otro modo, jamás habríamos concluido todo en una sola jornada.
—¿Sin dejar ningún rastro suelto?
—Ninguno.
—¿»Barnie Swallow»? —inquirió Garnet arqueando una ceja.
—Tiene estilo, ¿a que sí?
Garnet negó con la cabeza, resignada.
—Sabía que tenías labia de sobra, pero desconocía esa faceta tuya.
—Es una técnica tradicional de mi clan. Nos hacíamos pasar por artistas de circo para estudiar a quienes íbamos a embaucar. Gajes del oficio cuando tu propio padre dirige la compañía.
Jed miró hacia afuera y vio a los hombres enmascarados subir un bulto de gran tamaño a otro de los carruajes.
—¿Qué pasará con la dama?
—Será trasladada al castillo, tal como estipula el acuerdo.
—Entonces compartimos destino. Todo en orden, ¿cierto?
—No del todo…
Una voz chillona y desafinada interrumpió la charla. Frente a Garnet, la mujer de cabello rosado aún vestida con el atuendo de conejita se reía sin parar, con el semblante de alguien completamente ebrio.
—¿Qué ocurre, Pepe? —preguntó Jed.
—Jejeje… estuve fantástica, ¿a que sí? Para haberlo ensayado solo un día, me salió perfecto. ¿Quién más podría ser una ladrona tan atractiva como yo? Mírenme, soy despampanante…
Jed frunció el ceño.
—¿Se dio un golpe en la cabeza?
Garnet asintió con seriedad. Al revisar detrás de la nuca de la joven, Jed descubrió la punta de una flecha incrustada.
—¡Ahahaha! Esas flechas iban demasiado rápido, no alcancé a esquivarlas todas… ¡quién diría que una terminaría clavada en mi cabeza!
—Oye, no te muevas tanto —le advirtió Jed sosteniéndola.
—Lo más seguro es que se trate de una conmoción pasajera —comentó Garnet sin inmutarse—. En cuanto nos encontremos con un sanador en el camino, podrán extraerle la punta.
—Hola, preciosa… eres lista y bonita, ¿quieres pasar la noche conmigo? Te trataré muy bien —balbuceó Penelope, dirigiéndose a Garnet con tono pícaro.
—El impacto parece haber alterado gravemente su juicio —sentenció Garnet con frialdad—. Requerirá atención pronta.
Tilda despertó en medio de una densa penumbra, con la respiración entrecortada y la certeza de que su destino estaba sellado. El chirrido de una puerta anunció la llegada de alguien.
A la tenue luz de una solitaria vela, unos impecables zapatos oscuros marcaron el paso.
—Nos volvemos a ver, Tilda Pascal.
La voz pertenecía a un hombre joven, pero cargaba una solemnidad imponente. Tilda reconoció de inmediato el tono de quien la había humillado con anterioridad.
—¿Lord… Lord Ferda Regent…?
El joven de cabellera grisácea y ojos azules tomó asiento frente a ella, mirándola con una frialdad cortante.
—Desde el primer día me causaste desagrado, pero has superado cualquier expectativa. ¿Creíste que podías atentar contra un mercader respaldado por el Gran Ducado y salir impune?
—¡Yo no fui! Todo fue obra de mi prometido…
Antes de que terminara la frase, Ferda arrojó al suelo un expediente con todos los registros y movimientos de Tilda, suministrado por el Pañuelo Negro.
—Continúa mintiendo.
Tilda enmudeció por un segundo, antes de que su rencor acumulado saliera a flote:
—¡No tuve otra salida! ¡Mi padre siempre tuvo la intención de entregárselo todo a Stefan! ¡Yo también llevo esa sangre y me esforcé por la Compañía Pascal! ¡¿Por qué solo él tenía derecho a recibirlo?!
Ferda comprendía aquel sentimiento de desprecio familiar por haber vivido bajo la sombra del rechazo en su propia infancia, pero su semblante no cambió.
—Eso no borra el daño que causaste a nuestro territorio.
—¡Me arrepiento de verdad! ¡Lo compensaré todo! —suplicó Tilda, arrojándose hacia adelante atada como estaba, golpeando su frente contra el piso—. A partir de hoy viviré con total humildad. ¡Por favor, tenga piedad de mí!
Ferda la contempló en silencio antes de hablar:
—Solo tengo una pregunta. Si respondes con la verdad, consideraré perdonarte la vida.
—¡Pregunte lo que sea, responderé a todo!
—Jed me comentó que el catalizador que escogiste para el Contrato del Jardín era una pintura de tu infancia, donde aparecía toda tu familia sonriendo. ¿Por qué alguien tan empeñada en destruir a su propia sangre elegiría un retrato familiar como medio?
Tilda alzó la mirada bañada en lágrimas y contestó:
—Porque… porque son mi querida familia, por supuesto.
Ferda suspiró levemente.
—Ya veo.
—¿Eso resuelve su duda? ¿Me permitirá vivir?
—Jamás tuve la intención de matarte. Vivirás.
Algo en el tono de Ferda provocó un escalofrío en Tilda.
—En el Valle de la Niebla del continente occidental habita una criatura llamada Fluriman —explicó él con voz pausada—. Este monstruo memoriza los últimos quejidos de las presas que devora, y cuando se ve acorralado, imita esas mismas voces. ¿Sabes por qué lo hace? Porque ha aprendido que de esa forma su agresor suele vacilar y perdonarle la vida. No comprende el significado de esas palabras, solo las repite para sobrevivir. Tus lágrimas y tus justificaciones son exactamente iguales: meras mentiras desesperadas para salvar el pellejo.
Ferda se puso de pie.
—Te agradezco por demostrar que no eres más que escoria indigna de compasión.
El regente dio media vuelta y salió de la celda, cerrando la puerta tras de sí.
Sin embargo, Tilda no quedó sola en la oscuridad. Desde las sombras más profundas, una silueta colosal comenzó a manifestarse, revelando escamas de brillo plateado y un par de imponentes cuernos que se alzaban con majestuosidad absoluta.
Un dragón auténtico se erguía ante ella.
Aunque su razón intentaba convencerla de que era imposible que semejante criatura entrara en una habitación cerrada, el calor abrasador de su respiración y la presión aplastante del Miedo Dragonil paralizaron por completo su juicio. El terror puro terminó por quebrar su mente, arrancándole un grito ensordecedor que nadie acudió a socorrer.
En el exterior del castillo, Garnet y los agentes del Pañuelo Negro aguardaban con impaciencia cuando las puertas se abrieron y Ferda apareció en el umbral.
—Saludos al Regente de Valdrova —dijo Garnet con respeto.
—He traído lo pactado.
Detrás emergió Tilda Pascal. De aquella mujer vanidosa y elogiada por su hermosura no quedaba nada: tenía la mirada completamente perdida, el cabello revuelto y un hilo de saliva cayendo por sus labios entreabiertos mientras caminaba como un autómata bajo la guía de Ruri. Su mente había sido destruida por el pavor.
—Agradecemos que haya cumplido su parte —expresó Garnet.
—Es demasiado pronto para agradecimientos —replicó Ferda, colocando de improvisto el filo de una daga sobre el cuello de Tilda.
Garnet se tensó al instante.
—¿Qué significa esto, Regente?
—Isabella me explicó los mecanismos de una adquisición empresarial. Según las leyes y precedentes del Imperio, una toma de control ordinaria en estas circunstancias es inviable, incluso con la intervención del Pañuelo Negro. Por lo tanto, uno de ustedes me mintió.
—Yo no he faltado a la verdad —aseguró Garnet con firmeza.
—¿Entonces Isabella lo hizo? Tienes una última oportunidad para darme una explicación convincente sobre quién es su cliente real y por qué deseaban destruirla mentalmente.
Garnet dudó, atada a su juramento de confidencialidad, pero antes de que pudiera responder, la voz serena de un hombre maduro emergió de entre las filas encapuchadas del Pañuelo Negro.
—Es totalmente factible —afirmó la voz mientras su dueño daba un paso al frente y se retiraba la capucha—. Si la junta ejecutiva determina que el gestor actual se encuentra incapacitado mentalmente, tiene la potestad de nombrar a un nuevo administrador de forma inmediata. Ese es el reglamento interno de la Compañía Dandolo.
Al descubrir su rostro, el hombre reveló su identidad y se inclinó formalmente ante Ferda:
—Henri Dandolo, legítimo sucesor de la Familia Dandolo, presenta sus respetos al Cónyuge del Gran Fuego.
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