El Apocalipsis Necesita de un Profesional Novela - Capítulo 49
Capítulo 49
Discurso de graduación
«Maldita sea. ¿Quién demonios organiza una preceremonia de una hora entera».
Bones se dejó caer en el centro exacto de la primera fila de sillas en el instante en que cruzó el umbral del salón de graduación, todavía refunfuñando a causa de la preceremonia. El traje al que lo habían forzado para la ocasión claramente no le sentaba bien; su rostro había permanecido contraído en una expresión de ceño fruncido durante todo el evento.
«Ja. Por fin nos graduamos de esta escuela maldita».
«¿A quién diablos se le ocurrió que imponernos el uso de trajes para la graduación era una buena idea».
Lucas, igualmente ataviado con traje y evidenciando un profundo agotamiento, se desplomó en el asiento contiguo.
«Tan solo afloja un poco la corbata».
«No puedo. El general Max está observando».
«Sabes, jamás logro discernir si eres un delincuente o un estudiante modelo».
«Deberías dirigirle ese comentario a él, no a mí».
Bones inclinó la cabeza hacia una dirección específica, y Lucas secundó su mirada con los ojos. Allí se encontraba Platón, impecablemente ataviado con un traje, escrutando el recinto como si tratara de localizar a alguien. Lucas frunció el ceño.
«¿En qué universo ese sujeto asemeja a un delincuente».
Platón los divisó un segundo más tarde, con el rostro iluminado por un deleite puro mientras se ponía en marcha hacia ellos. Tanto Bones como Lucas emitieron de forma simultánea idéntica vocalización involuntaria de temor. El recuerdo de Platón, en un pasado reciente, reprendiéndolos por intentar exponer la lesión de Haydam y exhortándoles a demostrar un ápice de decencia aún se mantenía dolorosamente nítido.
Continuaban experimentando incomodidad en su presencia tras aquel incidente. Platón, el fanático de mirada brillante, se aproximó desprovisto de la menor aprehensión y articuló palabra.
«¿Alguna de sus mercedes ha avistado al lord Haydam».
Bones, quien todavía se convulsionaba ante la mera invocación de Haydam desde los acontecimientos de la simulación de entrenamiento, estuvo a punto de saltar de su asiento.
«¿Estás demente? ¡¿Por qué motivo nos preguntarías semejante cosa?!».
«Afirmó que sin falta acudiría el día de hoy, empero, no logro divisarlo».
«De qué estás hablando. Ni siquiera ostenta la condición de graduado. ¿Por qué razón habría de concurrir el lord Haydam a este sitio».
«Expresó que su propósito era asistir en calidad de observador».
«¿Es acaso el lord Haydam tu progenitor o alguna figura análoga».
«¿Ha arribado ya el capitán Anton? No lo visualicé durante el transcurso de la preceremonia».
Lucas serenó a Bones antes de que la disputa pudiera exacerbarse y planteó la interrogante por cuenta propia. Platón inclinó levemente la cabeza y emitió una contestación breve y displicente.
«Ahora que lo mencionas, tampoco lo he advertido».
La faz de Bones adoptó una expresión de absoluta incomprensión.
«¿Estás inquiriendo por el paradero del lord Haydam antes que por el de tu propio padre».
«Tienes razón. El padre sabría con exactitud la ubicación del lord Haydam, ¿no es así».
«Qué anomalía patológica presenta este individuo».
Bones desistió del intercambio verbal con un semblante de extenuación absoluta. Lucas asumió la directriz.
«En cualquier circunstancia, no hemos visualizado al lord Haydam. De producirse su concurrencia, ¿no arribaría acaso en compañía del Comandante».
«Esa deducción resulta lógica».
«Pero, hablando con rigor, ¿con qué fin se desplaza el lord Haydam hasta este lugar».
«A presenciar mi discurso de graduación».
«Tú qué…»
Las palabras *quién te crees que eres* afloraron en el umbral de los labios de Lucas antes de que lograra tragarlas. Continuaba incapacitado para comprender la motivación por la cual el lord Haydam se desplazaría semejante distancia exclusivamente para presenciar la disertación de este individuo. Por otra parte, habían compartido la ejecución de dos simulaciones de entrenamiento de manera conjunta. Quizá habían consolidado un vínculo estrecho, semejante al de la hermandad.
…No obstante, al ponderar la conducta de Platón, la categoría de «hermanos» se tornaba menos ajustada que la de «un can aguardando a su amo».
Él posee conocimiento certero de que Platón es el descendiente del capitán Anton… ¿Implica esto que las facciones carecen de trascendencia para su persona?
El propio Lucas contaba con el patrocinio de un oficial moderado ajeno tanto a la facción pro-Daphne como a la pro-Haydam, motivo por el cual carecía de un interés determinante respecto a las alianzas que estableciera Haydam. Pese a ello, la premisa de que incluso Haydam albergara una valoración favorable de Platón —el único cadete al que Lucas no había logrado derrotar ni una sola vez a lo largo de su trayectoria académica— le infligía un desgaste anímico superior al que estaba dispuesto a confesar.
«Si el lord Haydam concurre en calidad de espectador, ¿no deberías encaminarte sin más demora hacia la sala de espera? Resultaría inoportuno que malograses la disertación».
Una formulación cortés para expresar *apártate de mi campo visual*. Platón consultó el cronómetro e inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
Con un agradecimiento formulado, emprendió la marcha. Bones prorrumpió en murmullos de descontento tan pronto como aquel se hubo ausentado.
«¿Te percatas? Ese infeliz de Platón detenta una duplicidad superior a la mía. No titubearía en sacrificar a su propio progenitor a cambio de un ascenso».
«Evita expresarte en esos términos. Mantienen cercanía. Concurrir a presenciar una alocución de graduación no entraña semejante grado de extravagancia».
Bones bufó en respuesta a la postura rigurosamente imparcial adoptada por Lucas.
«Ja. Dicho argumento resulta igualmente risible. ¿Quién se desplaza con el propósito de observar un discurso de graduación? Precisamente el mismo infante que ejecutó una simulación de entrenamiento con proporción de uno contra ocho motivado por su aversión a matricularse en la academia».
«A qué acontecimiento te refieres».
Los globos oculares de Lucas se dilataron de manera ostensible ante el relato desconocido. Bones percutió tardíamente la palma de su propia mano contra su boca.
«Mierda. Esa información no debía ser divulgada…»
«¿Pretendes aseverar que el lord Haydam materializó la simulación de entrenamiento fundamentado en su negativa a matricularse».
«Carezco de una constatación directa».
Bones escrutó el entorno con extremada cautela y, a continuación, aproximó su rostro al pabellón auricular de Lucas.
«Abstente de replicar esta versión en cualquier instancia. La obtuve de fuentes del general Max. El Comandante instruyó al lord Haydam para que formalizara su matrícula, ante lo cual este último sentenció que constituiría una disipación temporal y que se encargaría de evidenciar su superioridad frente a cualquier cadete de la academia».
«¿Y dicho propósito cristalizó en la simulación de entrenamiento».
«Afirmativo. Y ratificó su aseveración. Por partida doble».
El semblante de Lucas se contrajo en un mutismo rígido. Bones se reclinó ligeramente hacia atrás.
«A decir verdad, experimentas una sensación sumamente lacerante al ser objeto de semejante menosprecio. Empero, tras atestiguar personalmente cómo ese joven nos arrasaba… Carezco de fundamentos para conservar una animadversión legítima».
Analizó la expresión gestual de Lucas y exhaló una risilla contenida.
«Tú, en contraparte, proyectas un aspecto considerablemente maltrecho».
«Me encuentro distante de la euforia, desde luego. Aunque, tras haber sido aniquilado de manera absoluta por su intervención, dispongo de un margen exiguo para la recriminación».
«…Esta apreciación excede mis competencias».
Bones verbalizó la premisa desprovisto de solemnidad manifiesta, no obstante, flotaba una inusual vacilación en su tono fonético.
«Nos hallamos en el umbral de la graduación. Quizá haya arribado el momento oportuno de depedir este orgullo carente de utilidad».
Lucas sopesaba con absoluta precisión el derrotero de aquella argumentación, empero, optó por adoptar una actitud de ignorancia deliberada.
«¿Orgullo carente de utilidad».
«Solicitar la simulación de entrenamiento en esta coyuntura. Dicha conducta obedeció al orgullo, ¿o acaso lo niegas».
«Esta circunstancia no circunscribía exclusivamente mi persona…»
«Ahorrame los argumentos. Cualquier observador dotado de visión percibe que arrastras un complejo de inferioridad respecto a Platón».
Lucas omitió tanto la ratificación como la refutación. Bones prosiguió desprovisto de miramientos.
«El lord Haydam encarna el relevo institucional de esta demarcación territorial íntegra. Aun ese espécimen anómalo de Platón cuenta con el respaldo operativo del capitán Anton… Carecemos de prebendas equivalentes».
Lucas asimilaba con absoluta lucidez el fondo de las aseveraciones de Bones. Al interior de los recintos de la academia, conservaban la prerrogativa de disputar la primacía. En el momento preciso en que cruzaran los límites institucionales para integrarse al servicio militar activo, una muralla infranqueable de jerarquía se alzaría delimitando la distancia entre su posición y la de Platón. A diferencia de este último, ellos se reducían a un par de cadetes subvencionados más dentro de una vasta congregación.
Al provenir de Bones —quien compartía idéntica condición y decodificaba sus afectos con mayor precisión que cualquier tercero—, las alusiones carecieron de efecto lacerante.
Lucas exhaló un suspiro dotado de leve hilaridad.
«Al ponderar tu incapacidad para desatar tu propia corbata condicionado por la tutela de tu padre adoptivo, es factible que poseas una cuota de razón».
«¡Oye! El general Max omitió toda manifestación de escrutinio hacia mi persona; mi único propósito radica en proyectar una ejecutoria irreprochable…»
«Silencio. Da inicio el acto».
En el instante preciso en que Lucas interrumpió su alocución, destellos lumínicos barrieron la penumbra del salón y el director ascendió a la plataforma del estrado. En su retaguardia irrumpieron el Comandante, Haydam y Platón, desfilando ordenadamente para ocupar sus respectivos escaños. Lucas contrajo los dedos en un puño con fuerza, para luego paralizarse al sobrevenirle una conjetura súbita.
¿Cómo? ¿Por qué motivo el lord Haydam efectúa el ascenso al estrado?
«¡Lord Haydam!»
Logré consumar el trayecto con milimétrica antelación al inicio ceremonial. En el segundo exacto en que puse un pie en el recinto de espera, Platón ya se encontraba apostado para dispensarme recibimiento.
«¡Tenía la certeza de su concurrencia!»
«Mis parabienes por tu graduación, Platón».
«¿Ha comparecido con el propósito de brindarme estímulo?»
«Eh… afirmativo».
Desde una perspectiva técnica, mi cometido consistía en constatar la ejecución cabal de las directrices que le había impartido. No obstante, la incursión hasta el recinto de espera obedecía primordialmente a la necesidad de cumplimentar al Comandante, cuya ausencia persistía pese a la inminencia del protocolo inaugural.
«¿Y respecto a mi progenitor?»
«Jaja. Si Su Excelencia hiciera acto de presencia en este espacio, ¿no se generaría una incomodidad generalizada en los asistentes?»
Argumento irrebatible. Había alcanzado un grado tal de familiaridad con su figura que ocasionalmente omitía su condición de dictador investido de prerrogativas absolutas. La disposición de Platón para exteriorizar semejante aserto sin reservas suscitaba asimismo ciertas reservas en el plano de su perfil psicológico.
«Es altamente probable que Su Excelencia se materialice de manera previa e inmediata al requerimiento de su presencia sobre la plataforma».
«Comprendo… ¿Acaso el capitán Anton tampoco se halla presente?»
«Efectivamente».
¿Efectivamente?
Para tratarse de un sujeto que me había dispensado un saludo equiparable al dispensa a un deudo extraviado tras mi ingreso, su manifestación denotaba una indiferencia absoluta respecto a su progenitor biológico.
«¿Se abstuvo de concurrir? Constituye la graduación de su primogénito».
«Lo ignoro por completo. Debe hallarse absorbido por sus obligaciones. A mayor abundamiento, lord Haydam, este es el texto discursivo que estructuré. Si su merced tuviera la gentileza de examinarlo…»
Mmm. Progenitor glacial, descendiente glacial. De tal estirpe, tal proyección, según estimo.
Empero…
Por consiguiente, recayó en Anton la emisión de la convocatoria dirigida a Homebody Honey con posterioridad.
Platón debió notificar a Anton acerca de mi inminente concurrencia a la disertación de graduación durante la presente jornada. Probablemente Anton dedujo que dicha coyuntura constituía la ventana óptima para concretar un encuentro con Homebody Honey mientras mi persona se hallaba ausente.
Albergaba el pálpito de que su movilización se produciría de manera ineludible, a partir del momento en que este último comenzó a jactarse ante los oficiales de alta graduación sobre su presunta relación de amistad conmigo.
Yo propiciaba que su descendiente asumiera la función de mi ayudante. Resultaba impensable que convocara a un sujeto joven con el exclusivo propósito de infligirle daño por el mero hecho de ostentar el vínculo de amistad con mi persona.
Y Homebody Honey operaba como un jugador; sabría sortear la contingencia con suficiencia.
«¿Se abstiene de emprender el ascenso? El desarrollo formal está a punto de inaugurarse».
Girpe el cuerpo en respuesta al timbre vocal familiar localizado a mis espaldas. El Comandante se hallaba apostado allí, enfundado en un impecable uniforme níveo, escrutándonos mediante el auxilio de su único globo ocular remanente y un semblante impregnado de mesurado interés.
«Padre».
«Mis respetos, Su Excelencia».
Platón ejecutó una inclinación corporal formal y rigurosa. El Comandante esbozó una sonrisa de matices singularmente peculiares.
«Observa tu conducta, dispensando un protocolo de salutación adecuado. Has experimentado un desarrollo considerable».
…¿Cómo? ¿Implica esto que de manera ordinaria prescindía de saludar al Comandante?
Platón interpretó la manifestación como un elogio y replicó escoltado por una ligera sonrisa de suficiencia.
«Es atribuible al favor del lord Haydam».
¿De qué manera dicha circunstancia recae en mi responsabilidad?
«Mi descendiente detenta aptitud innata para esta vertiente. Domesticar con semejante exhaustividad al can propiedad de un tercero…»
«Padre».
«En marcha. Deberíamos efectuar el ascenso con anterioridad al agotamiento del margen temporal. Ostentas una alocución pendiente de pronunciamiento, ¿no es así?»
En el momento preciso en que Platón entreabría los labios con el propósito de refutar la alusión canina perpetrada en su presencia inmediata, el Comandante prorrumpió en una carcajada displicente y lo impulsó hacia la vanguardia mediante una presión dorsal. La gestualidad de Platón evidenciaba sin ambages que el inminente discurso de graduación detentaba una prelación infinitamente superior a la calificación despectiva de can formulada por el Comandante o a la constatación objetiva de si efectivamente lo era.
Bajo el conocimiento que poseo de Platón, le resulta por completo indiferente…
No obstante, la postura adoptada por el Comandante frente a un individuo que pugnaba tenazmente por conservarse en mi gracia respondía casi con seguridad a la condición filial que unía a Platón con Anton. Resultaba sumamente razonable conjeturar que Anton lo había direccionado deliberadamente hacia mi órbita.
Tenía certeza de que la fidelidad de Platón hacia mi persona revestía carácter genuino. Pese a lo anterior, al sobrevenir la disyuntiva decisiva, continuaba sujeto a su naturaleza humana. Le resultaba inviable desentenderse de sus lazos sanguíneos con tal ligereza.
Independientemente del curso de acción, la disipación de las suspicacias del Comandante constituía una problemática exclusiva de Platón…
«¿Hacia qué destino presupones tu desplazamiento?»
«¿Disculpa?»
Ambos sujetos enfilaban su trayectoria hacia la plataforma del estrado con el fin de intervenir en las alocuciones, motivo por el cual me disponía a orientar mis pasos hacia los escaños del auditorio cuando la emisión vocal del Comandante paralizó mi marcha de manera fulminante.
«Pues bien, mi intención se limitaba a…»
«Realiza el ascenso en nuestra compañía. A fin de cuentas, el requerimiento se manifestará de manera inexorable».
En dicho instante preciso sobrevino la comprensión.
Posee conocimiento pleno de las directrices que impartí a Platón.
Había ponderado previamente la eventualidad de que, una vez concluida la intervención discursiva de Platón, mi persona fuera convocada al estrado en calidad de artífice de toda la maniobra. La circunstancia de que el Comandante detentara dicho conocimiento y aun así insistiera en mi incorporación sugería la inexistencia de propósitos obstaculizadores por su parte —lo cual representaba un alivio incuestionable—.
Únicamente Platón manifestaba un júbilo exultante.
«¡Qué iniciativa tan sobresaliente! Lord Haydam, le ruego me acompañe en el ascenso. A tenor de lo constatado en el borrador de la alocución, resulta sumamente conveniente su posicionamiento en un área de absoluta visibilidad».
Mi posesión de dicho borrador se limitaba al soporte físico. Jamás procedí a su lectura efectiva.
En consecuencia, me vi confinado en un estado de tránsito semeforzado hacia la plataforma del estrado y un asiento designado. Tras la prolongada clausura de los interminables augurios de prosperidad por parte del director, se materializó el turno correspondiente a la alocución de graduación a cargo de Platón.
Se apostó frente al transductor acústico, barrió el auditorio mediante una mirada panorámica y separó los labios con lentitud. Mi aspiración primordial residía exclusivamente en la ejecución rigurosa de las instrucciones impartidas.
«Respetado lord Haydam… y el contingente restante de graduados».
…Esta secuencia denota indicios inequívocos de derivar hacia un escenario de naturaleza peligrosa.
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