El Apocalipsis Necesita de un Profesional Novela - Capítulo 52
Capítulo 52
**Capítulo 52: Salvación**
A decir verdad, no me había preocupado de manera especial que se expusieran mis orígenes. No constituía el tipo de circunstancia capaz de arruinarme en caso de revelarse.
Sin embargo, el Comandante había llegado al extremo de abatir a tiros al teniente general Batom durante una reunión del Estado Mayor únicamente para desviar la atención de mis antecedentes. Incluso había emitido una advertencia estricta para evitar que se involucrara a mi madre, Luna Moon, en la conversación. Como consecuencia de ello, la gran mayoría de los cadetes —con la excepción de aquellos descendientes de oficiales de alto rango como Platón— carecía de todo conocimiento respecto a mi procedencia.
Incluso los hijos de los oficiales superiores habían extremado las precauciones para no abordar el asunto, de modo que, a lo largo de mi estancia en la academia y bajo las directrices del Comandante, la generalidad de los presentes asumió de forma tácita que mi excepcional desempeño derivaba de haber recibido un entrenamiento de heredero desde la infancia. Yo me había limitado a secundar dichas expectativas sin cuestionarlas en profundidad.
Jamás preveí que Platón llegaría tan lejos en este asunto.
Pues bien, desvelar en este preciso instante que nunca había cursado una formación académica formal habría jugado, en la práctica, a mi favor, no obstante…
Este individuo carece por completo de premeditación respecto a las consecuencias.
Su proceder no respondía a un acto de confianza hacia mi persona. Había actuado de ese modo porque priorizaba la ejecución estricta de la tarea que le había encomendado, por encima de cualquier otra consideración. Esa constituía la única explicación lógica.
Mientras tanto, la expresión del Comandante había trascendido la mera frialdad. La temperatura ambiental en su entorno había descendido hasta aproximarse a las condiciones imperantes durante el Segundo Apocalipsis. Si alguien le hubiera inquirido acerca de sus pensamientos en ese momento, su respuesta probable habría girado en torno a la eliminación física de aquel muchacho; sin embargo, dado que no mostraba intenciones de obrar en consecuencia de manera inmediata, opté por omitir el asunto y proseguir con la alocución de Platón.
«Han transcurrido apenas tres meses desde que lord Haydam, quien en el pasado se ausentara por motivos determinados, retornó a nuestras filas. Ello implica que su acceso a una alimentación adecuada, por no mencionar el inicio de su instrucción como heredero, es de fecha muy reciente. No obstante, dicho lord Haydam se enfrentó a nuestros cadetes en las simulaciones tácticas y obtuvo dos victorias contundentes. De no haber localizado a lord Haydam hasta el día de hoy, le habría resultado materialmente imposible participar en tales simulaciones. Y esto a pesar de que ya detenta la capacidad de superar a los graduados contando con tan solo diez años de edad».
Solo en ese instante Platón apartó la vista de mi posición para dirigirse al auditorio.
«Hasta el presente, es probable que hayamos permitido que innumerables «Haydams» pasen inadvertidos. El volumen demográfico de nuestra zona continúa expandiéndose de forma sostenida, mientras que la crisis alimentaria destinada a su sostén no vislumbra solución alguna. Todos los aquí presentes poseen una condición física y mental óptima; no obstante, dicha vitalidad es transitoria. Llegará el momento en que la fatiga y la senectud alcancen a esta generación, correspondiendo a las nuevas cohortes asumir nuestro respaldo. Por consiguiente, solicito formalmente que se otorgue el derecho de admisión a la academia militar a la totalidad de los infantes de once años en esta demarcación. Elevo esta súplica ante los graduados…»
Al concluir el discurso, un profundo silencio se adentró en el recinto de actos.
Incluso después de que Platón reocupara su asiento contiguo a mí exhibiendo un aire de serena altivez, la quietud persistió. Acto seguido correspondía el turno al discurso conmemorativo del Comandante; sin embargo, el director del centro se abstuvo de avanzar, limitándose a permanecer estático mientras supuraba un evidente nerviosismo.
La gélida expresión no había retornado al semblante del Comandante, si bien la carga homicida que lo dominaba instantes antes se había atenuado. Su actitud reflejaba la de un individuo sopesando minuciosamente las alternativas antes de emitir una resolución.
Fue entonces cuando, de manera imprevista, Lucas rompió el silencio.
*Aplauso. Aplauso. Aplauso…*
Posicionado en la primera fila, Lucas procedió a aplaudir. En medio de la atmósfera contenida, la percusión de sus manos resonó con nitidez, acaparando la atención general. Se incorporó con lentitud de su escaño, suspendió el gesto y tomó la palabra.
«Yo también suscribo esta solicitud».
A su lado, el rostro de Bones reflejó un desconcierto absoluto, apreciándosele musitar expresiones equivalentes a un cuestionamiento sobre su salud mental. Lucas ignoró por completo la reacción y, dirigiendo su mirada hacia el Comandante, prosiguió:
«Para ser absolutamente sincero, hasta este momento albergaba la convicción de que la superioridad de lord Haydam obedecía a su crianza en condiciones ostensiblemente superiores a las mías. Incluso al enterarme de su negativa a ingresar en la academia —calificándola de estéril pérdida de tiempo—, asumí que un joven patricio beneficiario de una instrucción privilegiada simplemente despreciaba al resto de nosotros».
Jamás había ocultado mi negativa a formalizar la matrícula, pero para muchos cadetes la información constituía una revelación, desatando un murmullo generalizado en el auditorio. Lucas aguardó a que la tensión acústica decreciera antes de retomar su intervención.
«Empero, al reflexionar retrospectivamente, emergió otra perspectiva. ¿Qué mérito albergaba esta institución —circunscrita exclusivamente a la descendencia de altos mandos o a los apadrinados por estos— para que yo abrigara resentimiento ante la negativa de lord Haydam a integrarse en ella? ¿Acaso no se trataba primordialmente de una manifestación de mi propio complejo de inferioridad? Y, consecuentemente, surgió una nueva incógnita: de no haber hallado a lord Haydam, de no encontrarse presente en este recinto… habríamos privado a nuestras filas de un eminente comandante capaz de granjearse el respeto de innumerables cadetes».
En un momento determinado, Lucas giró el rostro hacia mi posición, prolongando su alocución:
«Me atrevo a plantear esto ante Su Excelencia el Comandante: para hallar a un único Haydam, es menester educar a un centenar de niños. Desde mi condición de cadete, de vástago adoptivo de esta demarcación, formulo esta petición».
Inmediatamente después, se orientó hacia las filas posteriores ocupadas por el alumnado.
«Insto asimismo a los demás cadetes a respaldar la alocución de graduación del cadete Platón mediante una rotunda ovación».
Lucas concluyó su intervención. Tras un intervalo de silencio efímero, Bones, ubicado en las inmediaciones, profirió una exclamación desaprobatoria y se irguió bruscamente. Despojóse con violencia de la corbata, prenda que jamás se ajustó a su personalidad, y comenzó a aplaudir con intensidad. En el instante en que la sutil sonrisa de Lucas afloró, el resto de los graduados secundó la iniciativa, desatando una oleada masiva de aplausos que recorrió el salón con fuerza imponente.
Jamás imaginé que llegarían a tales extremos…
Mis expectativas se limitaban a una representación escénica convincente por parte de Platón y el Comandante. En ningún momento contemplé la posibilidad de que Lucas interviniera en calidad de colaborador, ni que el conjunto de los presentes brindara semejante respaldo a la propuesta de Platón.
Semejante curso de acontecimientos carecía de precedentes en la dinámica del videojuego.
Al considerarlos meros PNJs, jamás me detuve a analizar las percepciones que albergaban respecto a mi persona. Mis orígenes y mi rechazo al sistema académico obedecían exclusivamente a la consecución de los objetivos del juego. Ausente toda motivación altruista de la índole descrita por Lucas, la totalidad de los cadetes —individuos cuyo único propósito, al igual que el mío, consistía en evacuar la zona ante la inminencia del Segundo Apocalipsis— me contemplaban ahora como el futuro comandante destinado a liderarlos.
En ese instante, la voz sordinas y pausada del Comandante alcanzó mis sentidos.
«Ciertamente… tus actos superan de forma sistemática mis previsiones».
La rigidez de su semblante se había disipado. Me dedicó una sonrisa, abandonó su asiento y se desplazó hacia el atril del micrófono. Apenas entró en contacto con el dispositivo, las manifestaciones de aprobación cesaron.
En medio del tenso silencio sobrevenido, el Comandante intervino con tono neutro y mesurado:
«Con que «para hallar a un único Haydam es menester educar a un centenar de niños», ¿eh…?»
Los cadetes que se habían puesto en pie para respaldar a Platón sufrieron una inmediata contractura muscular al escuchar sus primeras palabras, haciéndose audible la deglución nerviosa en diversos puntos de la sala. Consciente de la reacción, el Comandante atemperó su actitud y agregó:
«¿Cómo podría yo, progenitor de Haydam, denegar semejante solicitud? Con mucho agrado asumiré el rol paternal de un centenar de infantes».
Tras dirigirse a los alumnos, focalizó su atención en los oficiales ubicados tras los graduados —cuya apariencia denotaba un estado de profunda alteración— y formuló su resolución:
«A partir del próximo periodo primaveral, una vez concluida la campaña de pacificación, el acceso a la academia militar se regirá mediante procesos selectivos y no por designación directa. La elegibilidad se extenderá a la totalidad de los infantes de once años en esta demarcación. Si alguien alberga objeciones, expóngalas en este momento».
Ningún oficial poseía la temeridad requerida para contrariar una disposición en tales circunstancias y, ante la ausencia de Antón, carecían de la iniciativa necesaria para manifestar reparos. El sector posterior del auditorio permaneció inalterable en su mutismo, circunstancia que dotó a las siguientes palabras del Comandante de una resonancia inusual.
«Eso es todo. Mis mejores parabienes por vuestra graduación».
…Y de ese modo concluyó el evento.
Apenas Antón tomó conocimiento del contenido del discurso de graduación, su rostro palideció y abandonó raudamente el refugio subterráneo, dejándome a solas con Yeobo el Recluso. Dado que Meursault se ocupaba de las labores logísticas en la superficie, una vez que hube transmitido a Yeobo un resumen general de lo acaecido con Antón, emprendimos el ascenso sin premura.
—¡Eh, un momento!
Yeobo el Recluso se aproximó exhibiendo un gesto de estupefacción.
—¿Cómo logras sincronizar tus apariciones de manera tan impecable? ¡Es absurdo!
Le dirigí una mirada oblicua.
—¿Te consideras un jugador abducido por un PNJ y pretendías salir indemne tras seguirle hasta estas profundidades?
—Dijiste que no creías en las amenazas que denunciaba, ¿lo recuerdas? Además, a efectos prácticos, no sucedió nada.
Contemplen a este sujeto.
—Modera tu imprudencia. De no haber mediado mi gestión previa ante Platón para designarte como mi ayudante, es probable que hoy hubieras sido sometido a torturas.
No se trataba de una advertencia infundada. Sin una vía de escape previamente pactada para Antón, la integridad física de Yeobo el Recluso se habría visto seriamente comprometida. Al fin y al cabo, aquel enclave constituía el centro especializado en métodos coercitivos de la Zona Segura.
Sin embargo, la advertencia careció del efecto deseado. Su reacción emocional se focalizó en otro aspecto de la conversación, soslayando por completo la gravedad de la amenaza de tortura.
—Espera… ¿pretendes realmente designar a Platón como tu ayudante?
—Afirmativo.
—¿Y qué hay de mí?
Asombroso. El individuo se hallaba genuinamente ofendido.
—Carezco de fundamentos para suponer que consideraríase candidato a una posición semejante… pero aun si lo deseara, tus capacidades…
—…entonces, en cuanto alcance la mayoría de edad, ¿me transferirás ese cargo?
Mmm… en fin. Era libre de conjeturar a su arbitrio.
—A propósito de este asunto: tú. Debes escolarizarte.
—Previamente me instaste a enrolarme en el ejército, y ahora modificas la directriz hacia el ámbito académico.
—Platón peticionó la apertura general de la academia en su alocución de graduación, y el Comandante accedió.
—¿Qué implicaciones conlleva dicha apertura?
—Tanto tú como Taejeong dispondrán de acceso a la academia militar el próximo periodo primaveral. El requisito normativo establece los once años, y los avatares que ocupamos cuentan actualmente con diez.
Emití la información con celeridad, incorporando una acotación inmediata para neutralizar cualquier recriminación subsiguiente en torno a la obligación escolar.
—Supongo que no manifestarás objeciones bajo el argumento de haber recibido salvamento en dos ocasiones para ser confinado a la instrucción académica, ¿verdad?
—¿Eh? No, carece de importancia. Asistiré a la escuela.
—…¿Hablas en serio?
Este muchacho… ya fuera ante mis directrices de incorporación militar o en la presente coyuntura, manifestaba un desapego personal sumamente llamativo.
—En consecuencia, ¿qué detalles revelaste a Antón?
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a los cuestionamientos planteados durante tu citación: si mi procedencia se situaba en los suburbios, si mi fiabilidad estaba garantizada… ese orden de materias.
—Vaya, ¿cómo has podido deducirlo? Posees una agudeza notable.
Dicha respuesta evidenciaba una ingenuidad supina… dejémoslo estar. Carecía de sentido continuar con el intercambio.
—Considerando tu perfil psicológico, dudo que hayas optado por el silencio o la simulación. ¿Hasta qué punto profundizaste?
—Le expuse la verdad sin ambages. Consideró que se trataba de una representación teatral.
Incapaz de hallar coherencia en la afirmación, le inquirí nuevamente:
—¿Cuáles fueron tus términos exactos?
—Le indiqué que nuestro conocimiento mutuo abarca únicamente tres meses y que carezco de registros mnémicos previos a la década de edad. Y además…
Resulta comprensible. Semejante versión habría generado escepticismo en cualquier interlocutor.
—¿Eso es todo?
—Afirmativo. Asimismo, Antón mencionó poseer una descendiente secreta.
—¿Una hija? No pretendas sugerir que se trata de Daphne.
—Debes moderar tu consumo de literatura de ficción.
¿A qué literatura se refería? ¡La hipótesis de que Daphne constituía la hija biológica de Antón operaba como un axioma entre la comunidad de jugadores!
—Afirmó que revelaría su secreto a cambio del mío, procediendo a exhibirme un retrato de su descendiente. Bueno, una representación pictórica, no una fotografía.
Un retrato… un momento.
—¿Se trataba acaso de una mujer de rasgos estasiáticos dotada de un lunar bajo la órbita ocular?
—¡Exacto! ¿Cómo lo has deducido?
De modo que los acontecimientos discurrieron por cauces previsibles.
Antón debió de exhibir el retrato de Luna Moon a Yeobo el Recluso con el propósito de verificar su reacción.
—Vaya… ¿con que ya poseías información al respecto?
—Antón carece de descendencia.
—¿En serio?
—Dicha representación corresponde a Luna Moon.
—¿Luna Moon…? ¿Esa misma?
Yeobo el Recluso adoptó una expresión de absoluta perplejidad.
—¿Con qué objeto me exhibiría la efigie de Luna Moon presentándola como su propia hija?
—Dado que manifestaste conocerte desde hace apenas tres meses, su objetivo consistía en evaluar tu reacción ante la imagen de Luna Moon. El mismo método empleó conmigo.
—¿También lo intentó contigo?
—Ante sus sospechas sobre la autenticidad de mi identidad, mandó elaborar un retrato de Luna Moon para entregármelo en calidad de «obsequio», evaluando mi capacidad de reconocimiento.
En el transcurso de la alocución, el semblante de Yeobo el Recluso experimentó una modificación al conectar los datos. Su mirada se fijó en mí.
—Bajo esa premisa, si tu identidad no ha sido desacreditada, significa que superaste la prueba. Es increíble. ¿De qué manera fingiste identificar dicho retrato?
—Me las apañé de algún modo.
Una circunstancia de tal complejidad requería una explicación ambigua; Yeobo el Recluso no precisaba acceder a la veracidad total de los hechos. Conjeturé que una respuesta imprecisa resultaría suficiente para propiciar su aquiescencia, tal como sucedió cuando secundó el planteamiento con un gesto afirmativo.
—Con que ese era el motivo de sus recelos previos acerca de la existencia de dos menores con semejantes dotes interpretativas. Ahora adquiere sentido.
No obstante, persistía un interrogante sin resolver.
—A pesar de ello, ¿por qué razón fuiste incapaz de reconocer el rostro de Luna Moon? Has participado en el título otome. La visualización de dicho retrato debió propiciar tu reconocimiento y subsiguiente inculpación.
Había asumido de manera natural que la efigie de Luna Moon figuraba en el material del juego otome consumido por Yeobo el Recluso. Su falta de reconocimiento se atribuía a un fallo mnemotécnico respecto al diseño. La contestación obtenida distó por completo de mis previsiones.
—¿Jamás has interactuado con un título otome? Los avatares de los jugadores carecen de rostro en dichos formatos.
¿Los avatares carecen de rostro…?
—¿Te refieres a la ausencia de modelos tridimensionales?
—Exacto. Aun al representar su morfología, se recurre a ilustraciones dotadas de flequillos prominentes que ocultan la región facial. Constituye un convencionalismo de la industria orientado a favorecer la inmersión del usuario.
Tras formular la aseveración, Yeobo el Recluso prosiguió como si un nuevo pensamiento hubiera cruzado su mente.
—Consecuentemente, la citada representación pictórica debió corresponder al avatar real del usuario que operaba a Luna Moon.
La afirmación impactó con la fuerza de un golpe definitivo. Mi ritmo cardíaco experimentó un desplome.
La hipótesis implicaba una probabilidad real de que el usuario responsable de la posesión del cuerpo de Luna Moon fuera, en efecto, mi progenitora.
Sin embargo, procedí a descartarla de manera casi instantánea.
Negativo. Se trata de una mera especulación carente de fundamento.
La posibilidad de que el PNJ cuya filiación simulaba constituyera mi madre biológica excedía los límites de lo plausible. Y me negaba a concederle credibilidad hasta tanto no se me presentaran evidencias empíricas e incontrovertibles.
—Para los occidentales, la fisonomía de los individuos de origen estasiático exhibe una marcada uniformidad.
Respondí con la mayor firmeza posible, suprimiendo todo atisbo de alteración en mi tono vocal. Yeobo el Recluso ladeó la cabeza.
—¿Mmm? ¿Occidentales?
—Square Soft. Probablemente recurrieron a patrones fisonómicos genéricos de Extremo Oriente durante el desarrollo del software.
—Negativo.
—¿A qué te refieres con una negativa?
—Hago referencia a la desarrolladora responsable del título. No se trató de Square Soft.
Guardé silencio por espacio de unos segundos, para posteriormente inquirir con pausada cadencia:
—…¿Qué clase de afirmación es esa? ¿Quién ostentaba la autoría?
—*Apocalypse: Safety Zone 1* fue desarrollada por una compañía de origen coreano. La intervención de Square Soft se circunscribió a la adquisición posterior de los derechos y la gestión de las secuelas.
—¿Una entidad corporativa coreana?
—Afirmativo. Su denominación social era Salvation Project…
—…¿Cómo?
Salvation Project.
Reconocía perfectamente dicha entidad. Constituía la compañía fundada por mi madre.
¿Por qué motivo emergió semejante nomenclatura de los labios de Yeobo el Recluso en este preciso momento?
Un estado de disonancia cognitiva me privó de la facultad de emitir respuesta alguna. Acto seguido, su siguiente intervención se incrustó con la precisión de una hoja cortante.
—Se trataba de un estudio de desarrollo modesto donde prestaba servicios laborales mi hermana mayor.
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