El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 18
Capítulo 18
Capítulo 18: El interludio
—¿Qué… qué se supone que es eso…?—
El soberano de las falsas personas y el monarca de las bestias permanecían inmóviles en el lugar.
—¡Es una abominación! ¡Un auténtico monstruo!—.
—¿Me llamas monstruo?—.
Una mueca de desdén se dibujó en el rostro de Dale al escuchar el grito. Numerosas extremidades oscuras y filamentosas como el carbón envolvían su anatomía, mientras una infinidad de globos oculares se agitaban entre las penumbras; se trataba de una entidad aberrante desprovista de cualquier rasgo humano.
—¿Acaso te causa tanto horror este aspecto?—.
Desestimando los apéndices sombríos que se entrelazaban a su alrededor, una silueta con rasgos de un infante se abrió paso y avanzó.
Se trataba de la versión infantil de Dale.
Aquel señor de los impostores humanos y soberano auténtico de las criaturas de pesadilla irradiaba desvarío y desplegaba infinidad de tentáculos.
—Observen en qué se han convertido, semejantes míos—.
Bajo su calzado, millares de pupilas parpadeantes vigilaban atentamente a través de las tinieblas. Cada una de sus faltas, perversiones y crímenes aberrantes fueron expuestos a la luz.
—No existe distinción entre nosotros; la monstruosidad nos define a todos—.
Aquellos presentes no lograban asimilar el discurso de Dale.
Ante sus ojos, únicamente cobraba vida la masa de apéndices más pavorosa que la tierra hubiese visto, custodiando a un pequeño infante en su centro.
—¿Será posible que los mitos dijeran la verdad?—.
—¡Se trata del mismísimo Emperador Mago del Cuarto Imperio!—.
—¿Acaso contemplamos al Señor del Oro Negro…?—.
—¡Es imposible, una locura!—.
El pánico se apoderó de los guerreros armados. No obstante, sus lamentos eran irrelevantes.
Actuando como una deidad perversa que se divierte a costa de los mortales, dio inicio a una ruina absoluta cargada de desolación.
Emergieron prolongaciones oscuras tanto del suelo que pisaba Dale como del firmamento nocturno que parecía quebrarse.
La demencia se propagó velozmente como una epidemia, impulsando a varios soldados a caballo a arremeter con frenesí.
¡Crac!
Las negras extremidades se proyectaron con fuerza, atrapando tanto a las monturas como a quienes las guiaban. Rompieron las protecciones de acero, provocando un final tan cruento que el deceso, acompañado de restos óseos y órganos que brotaban del metal deformado, se antojaba como una bendición piadosa.
A través de la fisura del firmamento, entidades provistas de innumerables ojos fijos contemplaban la superficie terrestre.
Aquellos globos oculares titilaron y delgadas extensiones descendieron de golpe sobre los soldados montados.
¡Croc!
Las protecciones de la cabeza cedieron, las estructuras óseas se fracturaron y las fibras oscuras atravesaron la masa encefálica. Estos finos haces entrelazados se retorcieron en el interior de sus cabezas, provocando que un fluido oscuro y denso, semejante a la brea, emergiera por sus fosas nasales y labios.
Carcajadas desquiciadas empezaron a retumbar en medio del caos. Al verse sobrepasados por una angustia insostenible, la lucidez de muchos colapsó, dando paso a risas descontroladas y constantes.
Otros tantos rompieron en llantos infantiles.
Rodeado por una desolación tan inmensa que destruía cualquier rastro de juicio, Dale continuó su avance con total serenidad.
No obstante, un grupo de combatientes retuvo la lucidez hasta el último momento, moviendo sus armas con desesperación. Plantaron cara a los filamentos cósmicos que caían del cielo y a las oscuras raíces que brotaban de las penumbras de la tierra, resistiendo con terquedad.
—¡Escuden al marqués Maximil! ¡Mantengan la línea hasta el último aliento!—.
—¡Incluso con semejante fuerza, su energía mística debe tener un límite! ¡Resistan hasta que agote sus reservas!—.
Se colgaron con uñas y dientes de una mínima ilusión de salvación.
Aquella escena resultaba absurda para él, motivo por el cual no los aniquiló de inmediato.
La oleada de extremidades que acosaba a los guerreros, quienes ya habían bajado de sus caballos para agruparse en formación de combate, empezó a menguar.
—¡Contemplen! ¡Sus artes mágicas están perdiendo fuerza!—.
—¡No dejen de combatir! ¡Empuñen con firmeza sus hojas!—.
La fe del ser humano resultaba un enigma indescifrable, una fuerza sumamente extraña.
Esos mortales agrupados frente a él le parecían ajenos a toda lógica.
Inició en su mente el recuerdo del pacto acordado con Shub, donde se comprometía a conservar su esencia humana hasta sus últimos días. Aquel propósito seguía firme; el joven aún valoraba la faceta humana que tanto atesoraba en su interior.
No obstante, le resultaba imposible hallar empatía alguna con los soldados allí presentes.
Tal como una entidad cósmica observa a los simples mortales desde las alturas, o un individuo examina a los bichos, los percibía lejanos y sumamente frágiles.
Bajo esa premisa, Dale cuestionó:
—¿Acaso les aterroriza el fin de sus vidas?—.
—¡Maldito… tú…!—
El muchacho avanzó con paso firme hacia los guerreros atrapados en su última defensa, motivando a uno de ellos a arremeter directamente en su dirección.
—¡Mantengan las posiciones, no se dispersen!—, exclamó una voz desde la retaguardia, pero la advertencia fue en vano. ¡Crac! Los apéndices oscuros apresaron sus brazos y piernas, quebrándolos de forma brutal junto con las placas metálicas de su protección.
El fluido vital salpicó el entorno.
—¿De verdad asumes que si mis conjuros cesan y mis fuerzas flaquan tendrías una sola opción de salir con vida?—.
Dale les lanzó una sonrisa cargada de desprecio. Su actitud evocaba a una deidad despiadada carente de afecto por los mortales, que se regocija en el sufrimiento ajeno.
¡Ras!
El manto de la noche se rasgó por completo, revelando de forma sucesiva a divinidades perversas provenientes de dimensiones ajenas.
Esta vez no se trataba de meras extremidades flexibles; la hendidura del cielo nocturno se ensanchó y entidades provistas de extremidades articuladas comenzaron a descender hacia el suelo.
—¡Nooo…!—
—¿Cuál es la razón para infligir dolor y subyugar a los demás?—, inquirió Dale, atrapado en un dilema que no comprendía, formulando una interrogante sumamente sarcástica dado el escenario.
—¿Por qué arrebatan la existencia de aquellos que imploran piedad? ¿Acaso encuentran gozo en la agonía ajena? Es evidente que no. Siendo así, ¿por qué sembraron la desgracia sobre los habitantes de esta región?—.
—¡Ten… ten piedad de nosotros! ¡Le prometemos fidelidad absoluta a Su Majestad, el Soberano!—, exclamó un combatiente que, deponiendo las armas, comenzó a rogar.
—¡Declaramos nuestra obediencia al Cuarto Imperio, al Gran Imperio Mágico y al Emperador Mago! ¡Por lo que más quieras, concédenos el perdón!—.
—¡Mi Señor!—.
De forma gradual, todos comprendieron la cruda realidad. La expectativa de una salvación milagrosa o un triunfo fortuito si el poder del joven se desvanecía no era más que una fantasía descabellada.
El quiebre en las alturas se expandió, permitiendo el paso de alimañas monstruosas del exterior que comenzaron a despedazar a sus aliados. Frente a tales aberraciones, los aceros de la milicia y los principios de la realidad carecían de sentido.
Lo Inefable se manifestaba.
Frente a semejante horror, no quedaba más opción que postrarse e implorar.
Dale alzó el brazo y las deformes entidades congelaron sus movimientos. Los párpados de las deidades cósmicas que vigilaban desde arriba se sellaron, y las extremidades oscuras cesaron su actividad.
Habiendo doblegado a los entes innombrables del cosmos, el Señor del Oro Negro alzó la mirada.
—Hubo un tiempo en que dominé esta tierra valiéndome del terror y la fuerza absoluta. En esa época, individuos de su misma calaña también se postraban a mis pies prometiendo sumisión—.
—¡Le ofrecemos nuestra devoción, Excelencia! ¡Entregaremos nuestra existencia al servicio del Gran Imperio Mágico!—.
—Acepté las palabras de fidelidad y los pactos de vasallaje de hombres idénticos a ustedes. No obstante, tras la caída de mi dinastía y la subsecuente ascensión y ruina de otras nueve naciones soberanas, su conducta no experimentó modificación alguna—, manifestó Dale.
—Y caí en la cuenta de algo. Del mismo modo en que los sometí mediante la fuerza, ustedes pretendieron subyugar a los desvalidos apelando al mismo recurso. Lo que hago hoy en día guarda perfecta sintonía con sus propios actos—.
El joven meditaba acerca de sus antiguos desvaríos y la demencia compartida por las generaciones pasadas.
—Por ende, dejaré de reprochar la torpeza de los mortales. No volveré a caer en la ilusión de que gobernar mediante el terror y la opresión modificará la esencia del mundo—.
—Siendo así… ¿qué es lo que pretendes…?—.
—He decidido pasar por alto sus perversiones. No emplearé mi autoridad para corregir los vicios de los hombres—, dictaminó Dale, emulando a una entidad celestial con la facultad de absolver las faltas del género humano.
Escuchando aquello, los combatientes se apresuraron a inclinar sus cuerpos y tocar el suelo. Conmovidos por la supuesta clemencia de Dale, reiteraron sus votos de sumisión. Contemplando la escena, el joven movió sutilmente su mano.
El entorno, previamente paralizado, reanudó su curso habitual. Las bestias procedentes de los confines del cosmos retomaron su carnicería, abalanzándose sobre los soldados postrados para concluir su banquete.
—¿Por qué… a qué se debe esto…?—.
—¡Aseguraste que nos concederías el perdón! ¡Esto es una traición a tu palabra!—.
—Se han atrevido a pisar mis dominios—, sentenció Dale.
—¿Acaso imaginaron que irrumpir en el hogar ajeno no traería consecuencias?—.
Pese a las previas reflexiones de largo alcance, la motivación del muchacho para castigarlos se reducía a un solo principio fundamental.
El desaliento sustituyó la efímera fe, y los alaridos de agonía sepultaron cualquier rastro de ilusión.
Capítulo 18
—¿Es tu deseo tomar la región septentrional del reino como propiedad nuestra?—.
Durante esa velada, Charlotte interrogó a Dale mientras pasaba la mano suavemente sobre su vientre, donde se gestaba su futuro descendiente.
—¿Es tu intención revivir tu antigua soberanía en este sitio?—, inquirió la mujer con un deje de falsa alarma, a lo cual el joven respondió con un ademán negativo.
—No lo haré por el bienestar de los mortales ni por el orden de la tierra—.
—¿Cuál es el motivo entonces?—.
—Edificaré un reino destinado exclusivamente a ti, a mí y al infante que viene en camino—, aseveró Dale, buscando convencerse a sí mismo de su determinación.
—No existirá otro propósito más que nuestro propio bienestar—.
—…—
—Te doy mi palabra de que mi aspecto jamás volverá a transformarse en una aberración temible ante los ojos de quienes amo—.
La joven guardó un instante de quietud antes de replicar. Dale estrechó sus dedos con los de ella.
—Te aseguro que mantendré mi identidad y seré el hombre que tú conoces hasta mi último aliento—.
—… Me parece bien—.
Una mueca de felicidad iluminó el rostro de Charlotte tras escuchar el juramento.
—Me causa cierta pena no estar en condiciones de empuñar mi arma para marchar junto a ti al frente—.
—A mí me apena no haberle dado aún un techo seguro a nuestro descendiente—.
Aquella réplica provocó una ligera carcajada en Charlotte.
—Una vez que el infante llegue al mundo, retomaré mis entrenamientos con la espada—, afirmó con alegría.
—Cuando me toque partir hacia la guerra, será tu deber permanecer en el hogar custodiando a nuestro pequeño—.
—Tienes razón, tendré que asumir esa tarea—.
Dale mostró un gesto afable y repleto de afecto ante el comentario. El agobio de salvar la tierra había desaparecido de sus hombros; ya no pretendía inmolarse, centrándose únicamente en alcanzar sus anhelos más íntimos.
Habiendo esclarecido su rumbo, Dale reunió a sus subordinados en el bastión conocido como la fortaleza sajona.
Ubicado firmemente sobre el sitial del Gran Imperio Mágico, la deidad vestida de Negro y Dorado se expresó con un temple sumamente sereno.
—Previo a cualquier orden, requiero que cada uno de ustedes selle un compromiso conmigo—.
Frente a su posición se encontraban postrados los valerosos combatientes pertenecientes al Cuarto Imperio, una hueste formidable dispuesta a subyugar el continente bajo su mandato.
—Bajo ninguna circunstancia ofrezcan sus vidas en mi nombre—.
La sorpresiva petición provocó un silencio sepulcral entre la milicia.
—No entreguen su existencia por ningún ideal terrenal. Eviten replicar los errores que cometí en el pasado—.
Pronunciado esto, el líder supremo de las huestes del Negro y Dorado se puso en pie. Los soldados, coordinados en un solo movimiento, hincaron la rodilla y hundieron las puntas de sus armas en la superficie del suelo.
—Lleven en su memoria este pacto al momento de empuñar el acero—.
En el recinto de la fortaleza sajona, el número de combatientes y magos de las sombras apenas alcanzaba unos cuantos centenares.
—Es momento de concluir con este devastador conflicto que consume las tierras continentales—.
Pese a la escasez de sus filas, Dale valoraba la inmensa valía de cada individuo presente, una verdad incuestionable para él.
Por más que intentara huir, resultaba imposible desvincularse de la realidad terrenal; era una lección que apenas asimilaba por completo.
Ningún sacrificio ni contienda lograría transformar el entorno en un paraje perfecto.
Due to ello, la naciente monarquía de Dale carecía de lujos o pretensiones excesivas.
De este modo, motivado por su propio ser y por los suyos, guiado por los anhelos más terrenales del espíritu, dio inicio el relato del Décimo Imperio dentro de este Capítulo 18.
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