El Legendario Prodigio Del Ducado Novela - Capítulo 79
Capítulo 79
Capítulo 79
─ … El momento en que el dominio de la Diosa se establezca en la región de Britannia se encuentra próximo.
Dicha misiva portaba la firma del cardenal Nikolai, un venerado veterano perteneciente a la Torre Blanca. Pese a ello, no constituía más que una elaborada falsificación orquestada por Dale con el fin de manipular a Carlos VII.
Desde un principio, jamás existió pacto alguno entre la Torre Blanca y la Doncella de lo Sagrado.
En caso de que Carlos mostrara desconfianza ante el escrito, Dale se encontraba totalmente predispuesto a entregar la cabeza de Nikolai como ratificación del complot.
Sentenciar a muerte a un alto dignatario y cardenal de la Torre Blanca representaba una acción de extrema gravedad. Semejante acto demandaba un pretexto de peso colosal, tal como cometer traición a la patria frente al Imperio o aliarse de forma clandestina con los adversarios.
«Por fortuna, no fue necesario llegar a esa instancia extrema en la que requiriera emplear dicha salvaguarda».
Un desenlace verdaderamente propicio para los involucrados.
Nikolai, subyugado bajo el influjo del geas de sumisión total, operaba como la marioneta personal de Dale enquistada en el núcleo de la Iglesia de la Diosa Sixtina. El beneficio que aportaba resultaba demasiado elevado para deshacerse de él de manera prematura.
Aún conservaba múltiples propósitos por ejecutar en tanto continuara respirando.
«¿Estás hablando de un cese al fuego?»
«Así es».
Escuchando el planteamiento de Carlos, la Santa Doncella Aurelia se mostró completamente atónita.
«¡Las fuerzas del Imperio jamás cesarán su marcha hasta destruir por completo a Britannia!».
«¿Acaso no han sufrido ya suficientes pérdidas?».
Carlos VII replicó empleando un tono de voz que pretendía calmar el ímpetu de un infante.
«Demasiados compatriotas del territorio han vertido ya su propia sangre».
«…»
«Nuestra deidad, la Diosa Sistina, siempre promulga la clemencia y la piedad…».
Mostrando un evidente hastío respecto al conflicto bélico.
«¿Por qué habríamos de contrariar los designios de la Diosa persistiendo en este sangriento conflicto?».
«El Imperio es el único responsable de esta situación».
«Y, a pesar de ello, en este instante plantean la conciliación».
La concordia.
«El líder militar del Imperio ha formulado una propuesta de «tregua indefinida», comprometiéndose formalmente a evacuar a sus regimientos en un lapso de pocas semanas».
«¿Depositas tu voto de confianza en las promesas del Imperio?».
«Únicamente anhelo el cese de las hostilidades».
«La concordia…».
Aurelia hizo el intento de replicar.
«De forma institucional, nuestro territorio dará el visto bueno al «pacto de tregua» ofrecido por el Imperio, dando por concluidas las confrontaciones armadas».
Sin embargo, Carlos la interrumpió de inmediato, clausurando cualquier posibilidad de réplica.
«La confrontación bélica ha concluido; a partir de este instante da inicio un periodo de armonía».
La convicción de Carlos VII respecto al cese del conflicto se mostraba inquebrantable.
Se abandonaba por completo a los placeres terrenales y las opulencias, refugiándose en el regazo de las cortesanas mientras degustaba el licor.
Con el fin de consolidar ese estado de tranquilidad, resultaba imprescindible clausurar aquella cruenta guerra.
A los pocos días, la facción imperial dio comienzo a las labores logísticas de retirada, un proceso que se extendió a lo largo de diversas semanas.
Comenzaron a recibirse notificaciones que indicaban que ciertos combatientes desertaban de las filas y daban inicio a pillajes dentro de las fronteras de Britannia.
Individuos rezagados de las huestes del Imperio que perpetraban robos e incendios provocados por diversas latitudes del reino, constituyendo auténticas agrupaciones de maleantes.
La corona reaccionó enviando pequeños contingentes de asalto orientados a neutralizar con celeridad a estos saqueadores. Correspondió a la Santa Doncella Aurelia asumir el mando de estos regimientos de contención, blandiendo su arma en favor de la seguridad de la nación.
Transcurridas algunas semanas, un grupo inferior a los 20 000 combatientes imperiales emprendió el embarque de retirada partiendo desde la localidad costera de Dover.
Tal como lo había anticipado Carlos VII, todo indicaba que se aproximaban tiempos de quietud.
Paralelamente, con el propósito de erradicar los focos remanentes del Imperio que aún permanecían en el territorio, la Santa Doncella persistió en comandar pequeñas escuadras en misiones de despliegue veloz.
Un par de semanas posteriores.
Se difundió la alarma de que un reducto de desertores imperiales había perpetrado un ataque contra una de las posiciones estratégicas ubicadas junto al río Loira, la urbe de Orleans. De forma inmediata, la Santa Doncella movilizó nuevamente a su escuadrón de intervención rápida.
Y en el preciso instante en que Aurelia emprendió la marcha fuera de la sede real de Reims, el arzobispo Thomas Becket fue puesto bajo custodia por dictamen directo de Carlos VII.
Bajo el cargo de alta traición.
Empleando como elemento incriminatorio aquella «carta secreta de la Torre Blanca» que en su momento Dale de Sajonia había puesto en manos de Carlos.
Poco tiempo después.
Cuando la Santa Doncella Aurelia junto a sus hombres de armas hicieron su entrada en Orleans, habiendo neutralizado a los renegados imperiales que mantenían sitiada la localidad y declarando el triunfo en el combate.
«…»
Aurelia experimentó una desazón interna indescifrable, conteniendo el aliento ante la tensión del ambiente. Aquel misticismo silencioso que dominaba la periferia asemejaba el tránsito por un paraje deshabitado y fúnebre.
«Te ofrezco la bienvenida».
Y rompiendo aquella calma, emergió una tonalidad vocal sumamente familiar para ella. Un eco imposible de borrar de su memoria.
El estratega del Imperio, quien teóricamente debía encontrarse navegando de regreso hacia los dominios del Imperio lejos de Britannia, hacía acto de presencia en el sitio.
«… Lord Dale».
Aquel mismísimo individuo conocido como el «Príncipe Negro», quien en el pasado había sostenido un combate encarnizado contra la Santa Doncella hasta quedar en igualdad de condiciones.
Resguardado por una inmensa cantidad de combatientes de élite imperiales apostados detrás de él.
La Primera Espada del Continente… el Espadachín Sagrado escoltado por los Caballeros de Santa Magdalena.
La veterana regente de la Torre Roja, la hechicera carmesí adscrita al séptimo círculo «Lady Scarlet» en compañía de la Unidad Purificadora.
Sumado a los Hechiceros Blancos bajo la dirección del Cardenal Nikolai de la Torre Blanca.
El pináculo de las fuerzas militares del Imperio se había congregado con el único fin de confrontar a un «esplendor sin rival».
«El monarca Carlos te ha vendido, lady Aurelia».
Al escuchar las declaraciones emitidas por Dale, la Santa Doncella Aurelia esbozó un gesto cargado de desilusión.
«Y en estos precisos momentos, es sumamente factible que el arzobispo Tomás se encuentre procesado bajo cargos de felonía en la ciudad de Reims».
«…!»
El arzobispo Thomas. Quien fuera una de las figuras prominentes de la Torre Blanca y un hechicero blanco posicionado en el séptimo círculo. Semejante revelación le causaba una profunda consternación. Contemplar cómo los pilares defensivos más formidables de la nación, equivalentes al sustento vital del territorio, se desvanecían de forma tan infructuosa.
«Te lo manifesté con anterioridad, ¿es que ya lo olvidaste?».
Dale se aproximó verbalmente a la Doncella Sagrada exhibiendo una mueca de ironía.
«Debiste reflexionar con mayor profundidad en ello, señora Aurelia».
La auténtica implicación detrás de rescatar los dominios de Britannia.
«Al permitir que aquel soberano conservara el mando, en los hechos tomaste la resolución de condenar a Britannia».
Dale exteriorizó una burla colmada de frialdad.
«¿Acaso representa este desenlace el dictamen de las divinidades, tal como lo establece la voluntad de la Diosa?».
Actuando en calidad de instrumento de los mandatos celestiales, la Santa Doncella Aurelia se vio privada de argumentos para replicar.
Únicamente atinó a preservar aquella expresión de pesadumbre en su rostro, manteniéndola fija hasta el desenlace.
El filo de combate perteneciente a un combatiente anónimo se fragmentó en múltiples pedazos.
«¡Ja, ja-ja-ja…!»
Un individuo prorrumpía en carcajadas con evidente demencia.
──Un sujeto cuyas facciones semejaban las de un porcino.
La coraza que portaba se apreciaba sumamente ajustada contra una estructura muscular aberrantemente inflamada, al punto de dar la impresión de que cedería en cualquier instante.
Un ser porcino con fisonomía de humano. Una criatura aberrante y repulsiva a la vista.
No obstante, el arma blanca que empuñaba, la cual despedía un «destello de pureza nívea», distaba mucho de compartir esa naturaleza. Correspondía a uno de los objetos mágicos de mayor envergadura en todo el territorio continental, manufacturado primigeniamente por el fundador de la Torre Blanca.
La «Espada Sagrada Durandal».
Dicho de otro modo, aquel sujeto provisto de coraza y facciones porcinas no era otro que el aclamado paladín de los conflictos bélicos del Imperio… el Espadachín Sagrado, reconocido como el «Avatar del Conde de Brandeburgo».
El escalafón supremo de las disciplinas de caballería: la capacidad de plasmar el dogma personal sobre el acero de combate. La armadura de la doctrina. Y la consecuencia derivada de unificar su dogma con su arma, su coraza y su propia fisonomía constituía precisamente aquello.
El verdadero aspecto del Espadachín Sagrado. Una criatura deformada por las ambiciones mundanas, habiéndose desviado por completo del sendero de los hombres. El vulgo se refería a esta manifestación, entre la mofa y el pavor, bajo el apelativo del «Rey de los Cerdos».
Y era justamente este Rey de los Cerdos quien plantaba cara a la Santa Doncella.
El segmento inferior de su indumentaria de combate se proyectaba de manera deforme, habiendo desestimado cualquier rasgo de honorabilidad humana para transformarse en un ser porcino movilizado por las bajas pasiones.
¡Crack, crack!
La protección metálica cedió ante la presión, incapaz de albergar aquella masa de ambición en permanente crecimiento. La densa musculatura de tonalidad rosácea quedó expuesta al aire.
«…»
Un panorama sumamente escalofriante y contrahecho, una aglomeración de las mayores bajezas estéticas del plano terrenal.
El Rey de los Cerdos.
La materia grasa de naturaleza porcina emanaba de su fisonomía asemejando un fluido espeso. La sustancia salival escurría de sus fauces.
Y el Rey de los Cerdos, actuando en su rol de Santo Espadachín, arremetió con ferocidad en dirección a la Santa Doncella, quien opuso resistencia férrea hasta el límite de sus capacidades.
Media docena de apéndices alados compuestos de energía lumínica incrementaron su intensidad, proyectando una columna de fuerza de erradicación total y arrasando con todo a su paso.
La infraestructura urbana colapsó por completo ante el impacto incontrolable de la fuerza destructiva.
Pese a las circunstancias, el obstinado Espadachín Sagrado permaneció inamovible en su posición.
«…!»
Aquel inmenso bloque de tejido orgánico no registró daño alguno.
El «esplendor sin rival» no constituía una facultad exclusiva de la Santa Doncella Aurelia. Particularmente en una coyuntura donde el Hechicero Blanco adscrito al Séptimo Círculo… El arzobispo Tomás no se hallaba presente en la escena.
Contando con el respaldo de taumaturgos carmesíes y níveos de rangos superiores brindando soporte al Santo Espadachín, consolidar un triunfo se tornaba una quimera.
Espoleado por sus apetitos internos, el Rey de los Cerdos se proyectó hacia el frente. Sin verse ralentizado por su propia densidad corporal, incrementó la velocidad de traslación y el acero del Espadachín Sagrado descendió con fuerza.
Una confrontación directa entre manifestaciones metafísicas. No obstante, las condiciones del enfrentamiento denotaban una disparidad colosal.
El acero de la bestia porcina se impuso sobre los atributos de la entidad angelical.
Un ataque que conjuntaba de forma óptima la masa y la aceleración, aunque desprovisto de cualquier atisbo de gallardía.
«¡Ja, ja-ja-ja-ja!».
Con cada impacto propinado, los apéndices de energía lumínica terminaban desgarrados. Las estructuras aladas hechas jirones, la indumentaria de combate pulverizada, la pulcra anatomía de la Doncella Sagrada sufrió múltiples laceraciones y el fluido vital se dispersó por el terreno.
Un ser porcino profanando la pureza de un ángel. Un panorama sumamente retorcido.
A pesar de sus rasgos repulsivos, resultaba un error menospreciar las capacidades combativas del Caballero Sagrado con rasgos de porcino. La distinción como miembro de las Siete Espadas del Continente no se obtenía de forma fortuita.
«¡Gah, gah…!»
El paladín extendió su extremidad superior y la pezuña del animal sujetó con fuerza la garganta de la divinidad terrenal, elevándola por encima del suelo.
«Representarás una excelente hembra de cría», manifestó la criatura con tono de burla.
«Gah… ugh…». La joven realizaba esfuerzos desesperados por inhalar oxígeno, convulsionando ante la aflicción. El «Rey de los Cerdos» fijó su atención en la entidad que buscaba aire con desesperación.
«Engendra mis descendientes, mujer».
Su tonalidad vocal se percibía alterada por una aberrante amalgama de apetito carnal y fijación obsesiva.
«¡Somete tu voluntad, y sométela una vez más, y otra, y otra…!».
El espécimen porcino emitió una carcajada cargada de enajenación mental.
«¡No consideres el descanso en lo absoluto hasta que hayas traído al mundo a una decena, no, a un centenar de vástagos!».
Disfrutaba plenamente de su degradante e incontenible lascivia.
«¡Oink, oink!».
Estrelló el cuerpo de la joven contra la superficie del suelo, aprisionándola empleando el peso de su monumental fisonomía.
«…!»
Inmersa en aquella agonía que le impedía respirar, desvió la mirada hacia un costado. A escasa distancia se localizaba un acero fragmentado, la herramienta de combate de un infante de marina sin nombre que en su momento ofreció resistencia junto a ella.
Carecía de las energías requeridas para hacer frente a su agresor. Sin embargo, con el propósito de rehuir de aquella degradación y deshonor, tal vez conservara la determinación suficiente para dirigir el filo restante hacia su propio ventrículo izquierdo.
Por consiguiente, estiró su brazo. O al menos lo intentó.
«Detén tus acciones».
Una orden firme interrumpió el ambiente y, por un breve instante, el movimiento de Aurelia cesó. Sin embargo, el obstinado paladín no mostró intenciones de detenerse. Se encontraba resuelto a quebrantar la resistencia de la joven y saciar sus apetitos.
«Bajo las condiciones establecidas en el decreto de sumisión obligatoria, te he ordenado que te contengas, alimaña asquerosa».
Esas fueron las palabras pronunciadas por Dale.
El Geas, el juramento de restricción mística.
La voz emitida por Dale cobró fuerza, activando el mismo compromiso que pactaron durante las jornadas del conflicto bélico, una promesa sellada de forma indeleble en su fuero interno. En cualquier confrontación o despliegue venidero, el paladín guardaba la obligación de acatar las directrices de Dale de forma incuestionable.
En ese preciso momento, el espécimen porcino, que continuaba restringiendo el movimiento de la joven, giró su rostro en dirección a Dale.
Ocurrió en una fracción de segundo.
En el instante exacto en que la criatura modificó su orientación, la sección delantera de la espada sagrada Durandal ya se encontraba posicionada sobre la región pectoral de Dale.
«…!»
Sucedió de forma vertiginosa, a una velocidad tal que incluso Dale se vio imposibilitado de preverlo. No obstante, la acción no trascendió de allí.
«Bestia despreciable», expresó Dale de forma contenida. El sector de sujeción del acero sagrado evidenció una leve vibración, conforme el Geas ejercía una intensa presión sobre el sistema cardíaco de la criatura.
Posteriormente, una espiral de energía combativa se manifestó en el entorno y la proyección metafísica del paladín se disipó por completo.
En su lugar únicamente permanecía un individuo carente de ropajes.
Su indumentaria de protección y sus prendas habituales yacían reducidas a harapos, dejándolo totalmente desprotegido.
«Vaya panorama», externó Lady Scarlet acompañando sus palabras de una risotada cargada de desdén.
«Contando con una herramienta tan deficiente para la labranza, jamás se obtendrán frutos de la tierra».
Se mofó sin miramientos de la debilidad personal que había atormentado al paladín a lo largo de toda su existencia.
«Posee dimensiones menores a las mías», añadió Dale, expresándose como si evaluara un asunto de nula relevancia personal.
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