El Apocalipsis Necesita de un Profesional Novela - Capítulo 22
Capítulo 22
Capítulo 22: El creyente del fin del mundo
Para mí era un padre cálido y afectuoso, pero el comandante Heyden era, sin lugar a dudas, un dictador que gobernaba esta zona mediante la fuerza de las armas. No es que tuviera motivos para albergar queja alguna; yo mismo había transitado la vía del hijo ilegítimo precisamente con el propósito de capitalizar dicho poder. Aun así, si el comandante continuaba eliminando a mis esclavos —o mejor dicho, a mi talento— de tal manera, nos veríamos ante un problema inminente. Él carece de perspectiva sobre la inminencia del segundo Apocalipsis, por lo que, naturalmente, no dimensiona cuán preciado resulta cada individuo dotado de capacidad. Requería pergeñar una estrategia antes de que aniquilara por completo a cada recluta de valor bajo mi tutela. Por el momento, no obstante, nos habíamos desplazado al instituto de investigación con el cometido de inspeccionar las raciones de combate. El orden de prioridades exigía, primeramente, entablar contacto con el director.
—¿Requería mi presencia?
El longevo director de investigación se materializó ante nosotros, exhibiendo una cabellera blanca peinada rigurosamente hacia atrás y ejecutando zancadas amplias en cada desplazamiento. Las tensiones propias del cargo habían mermado su tez, mas se trataba de un varón de corpulencia notable, exento de cualquier atisbo de fragilidad.
Constituye la primera ocasión en que observo a este NPC de proximidad.
Carente de trasfondo argumental genuino y de ambiciones ulteriores, representaba el prototipo de NPC secundario que no ameritaba precaución alguna. Meursault había interactuado con él en el marco de la gestión logística de suministros, pero yo jamás había traspasado los umbrales del instituto por iniciativa propia. En el transcurso de mi experiencia con el juego, jamás se me había cruzado por la mente la necesidad de desarrollar artefactos análogos a píldoras de grano fortificadas para murallas.
—Resulta imprevisto. Que el director Meursault, precisamente usted, se digne a visitarnos.
Un NPC desprovisto de segundas intenciones; su reacción ante nuestra irrupción imprevista denotaba exactamente esa superficialidad.
—No reviste complejidad. ¿Tendría la gentileza de exhibir al joven amo nuestras raciones de combate?
—¿El joven amo?
—Afirmativo. El joven amo ha manifestado interés en las raciones de combate.
—¿Raciones de combate…? ¿El joven amo?
Bastó con ese intercambio. El semblante del director se transfiguró, irradiando un entusiasmo febril, y prorrumpió en una disertación exhaustiva acerca de la trascendencia capital de las raciones de abastecimiento.
—¡Por fin un comandante que comprende la magnitud del aprovisionamiento alimentario! Nuestro instituto dispone de una tecnología de liofilización sobresaliente, empero, la investigación concerniente a las raciones de combate siempre ha permanecido rezagada. Siempre se las ha relegado a una categoría secundaria. ¡El pretexto habitual consistía en que únicamente detentan relevancia en el transcurso de las campañas de supresión!
Vaya por Dios.
Heyden, el comandante precedente, el antecesor de este último… todos ellos habían focalizado su obsesión en el armamento y los petos de combate, desatendiendo por completo las raciones de campaña. Magnífico. Si el estancamiento tecnológico obedecía a la apatía y no a una deficiencia de capacidades, entonces una mínima fracción de mi atención bastaría para propulsar la tecnología de raciones a un ritmo vertiginoso.
En ese instante, el director formuló una aseveración que capturó de manera absoluta mi atención.
—Han transcurrido apenas cien años desde la crisis alimentaria suscitada inmediatamente tras el Apocalipsis… Carecemos de mecanismos para vaticinar cuándo podríamos afrontar una contingencia semejante. ¡Es imperativo prepararnos!
—¿Prepararnos para el Apocalipsis?
Apenas hube reaccionado, Meursault se inclinó sutilmente para musitar junto a mi oído.
—Los veteranos que padecieron las secuelas inmediatas del Apocalipsis suelen expresarse de ese modo. Persuadidos de su retorno inminente… Constituyen los últimos adeptos al fin de los tiempos en la época contemporánea. Idéntico impulso preventivo fue el que propulsó su nombramiento como director del Instituto de Investigación de Seguridad de la Zona.
Comprendo. En consecuencia, las secuelas traumáticas del Apocalipsis lo mantenían convencido de su eventual reaparición.
El segundo Apocalipsis se materializaría de forma indefectible, no obstante, la psique colectiva rehúye sistemáticamente la recepción de noticias aciagas. De haber propalado públicamente que el segundo Apocalipsis se aproximaba, me habrían catalogado como un demente delirante, replicando con exactitud la percepción recaída sobre este director.
Esto determinaba mi cometido fundamental: simular anuencia con un anciano vulnerado por el trastorno por estrés postraumático (TEPT) e instigarlo a la manufactura de píldoras alimenticias de alta densidad —o mejor dicho, raciones de campaña—.
—Considero que el planteamiento del director no carece de fundamento.
—¿Joven amo?
Meursault me dirigió una inspección imbuida de profunda suspicacia. Le constaba de manera fehaciente que mi perfil distaba de asemejarse al de un infante dócil y sumiso ante la autoridad de sus mayores. Sin embargo, mis palabras no estaban destinadas a obtener la aquiescencia de Meursault, de modo que el matiz resultaba irrelevante.
—Hasta fechas recientes, residí en los suburbios.
Recurría al recurso de los suburbios con una frecuencia excesiva, si bien su eficacia probatoria se mantenía inalterable. El hecho de habitar la corporeidad de un infante de diez años duplicaba el impacto persuasivo.
—La penuria alimentaria… jamás constituyó una abstracción teórica para mi persona. Por consiguiente, si la prevención actual garantiza la erradicación del hambre venidera… cuente con mi respaldo irrestricto, director.
—Joven amo…
La mirada del director amalgamó un sentimiento de conmiseración con un indisimulado orgullo.
—Ah, no, semejante proceder es inaceptable. Su visita obedece a una inquietud genuina respecto a las raciones de combate, ¿cierto? ¡Dispondré su preparación de inmediato!
Ante la disposición tan súbitamente cooperativa del director, la espera fue exiguas. Sobre una bandeja metálica se dispusieron, en hileras meticulosas, fragmentos de apariencia similar a la cecina endurecida.
Las raciones de combate en este universo guardaban similitud con galletas de campaña del tamaño de la palma de la mano, con la variante sustancial de encontrarse elaboradas a partir de biomasa de monstruo en vez de harina, circunstancia que les confería una densidad y consistencia notablemente superiores a las de las raciones convencionales.
—Estas preparaciones reciben la denominación de carne seca. ¿Desea degustar una unidad?
Mi preferencia inicial habría consistido en infligirme una lesión controlada para monitorizar la respuesta orgánica, empero, ejecutar una autoagresión en presencia del director resultaba inadmisible; gestionar dicha circunstancia en solitario con Meursault ya habría representado un desafío complejo. Por consiguiente, me limité a aproximar la carne seca a la cavidad bucal.
El compuesto se disolvió en partículas de tonalidad azulada al contacto con mis labios, integrándose en mi organismo antes de que me fuera factible percibir propiedad organoléptica alguna. No obstante, cualquier operador proveniente de una Zona Segura dominaría el perfil descriptivo de la carne seca con mayor precisión que nadie. Reproduje de memoria, literal y rigurosamente, el segmento textual del sistema que invariablemente se desplegaba tras su ingesta:
—Abominable. Sabe a calzado militar exento de higienización durante lustros.
Tanto Meursault como el director me contemplaron estupefactos, con gesticulaciones de absoluta estupefacción.
—¿A qué obedece su asombro?
Intercambiaron ejecutorias visuales mutuas, sopesando cuál de ambos asumiría la carga explicativa, hasta que Meursault exhaló un suspiro resignado y procedió a argumentar:
—Semejante aserto… refleja la jerga propia de efectivos militares sometidos a las rigurosidades extremas del teatro de operaciones. Desconozco si le atañe este conocimiento, pero el calzado reglamentario se manufactura asimismo a partir de dermis de monstruo; por consiguiente, ante el agotamiento logístico de las raciones durante una campaña bélica, las tropas recurren a la ingesta de sus propias botas. Que un joven amo desprovisto de experiencia vivencial en zona de combate exprese conceptos equiparables a los de un soldado curtido… nos ha descolocado a ambos.
Tras concluir su alocución, Meursault me examinó bajo un prisma teñido de profunda conmiseración.
—…¿A qué responde esa modalidad de escrutinio?
—Es indudable que debió padecer carencias severas previas a su advenimiento en la mansión. Dicha premisa justificaría asimismo su focalización en el ámbito nutricional.
Argumentación admisible. Mis exigencias habían comprendido banquetes comunitarios con coetáneos, incursiones cinegéticas orientadas a garantizar el abastecimiento e indagaciones ulteriores sobre las raciones tácticas. Resultaba connatural que arribase a dicha deducción. Preferible era que discurriera un equívoco utilitario antes de indagar en los motivos reales subyacentes a mi interés repentino por el avituallamiento militar.
Conforme. Asumiría plenamente dicha directriz interpretativa.
—He tomado conocimiento de que un porcentaje considerable de los infantes congregados en el ágape reciente serán destinados a teatros de operaciones de supresión. No es mi deseo que dichos menores sufran privaciones alimentarias en el frente.
—Su inquietud carece de fundamento. Incluso en condiciones de combate, preservamos la integridad nutricional de la infancia.
—¡Afirmativo! ¡Joven amo! Le ruego despoverse de toda preocupación. Con miras a la campaña subsiguiente, ¡diseñaré raciones de combate susceptibles de ser consumidas con agrado por cualquier menor!
—¿De veras? Confiamos entonces dicha encomienda a su criterio, director. Asimismo, manifestaría mi preferencia por dimensiones más exiguas y un perfil más liviano en comparación con las actuales. La capacidad de carga de los menores es limitada.
—¿Más reducidas… y livianas?
—Ah… ¿acaso entraña una complejidad excesiva…?
—¡En absoluto, en absoluto! ¡Deje la ejecución a mi arbitrio!
Obsequié al jactancioso director una expresión de complacencia, culminando de este modo la visita en compañía de Meursault.
Mi gestualidad mantenía el rictus de satisfacción derivado de la cooptación de un activo útil cuando, a bordo del vehículo de retorno hacia la residencia del comandante, Meursault intervino adoptando su cadencia habitual:
—Había meditado sobre las motivaciones subyacentes a su decisión de incorporar específicamente a sus aposentos a ese infante soldado —Forastero Externo—…
Ante la mención explícita, dirigí mi atención hacia su persona. Él sostuvo el contacto visual con determinación y formuló la interrogante:
—¿Sometió a cuestionamiento al menor en relación con la dinámica castrense? ¿Acaso abriga… aprehensiones respecto a posibles vejaciones infligidas a los infantes? ¿Obedece a ello la instauración de banquetes mensuales con el fin de supervisar su estatus?
En consecuencia, Meursault poseía constancia de mi convocación particular a Forastero Externo en un momento posterior al ágape.
Había citado al menor prescindiendo de la notificación a Meursault con el propósito deliberado de determinar la autoría y el alcance de los reportes relativos a mi cotidianidad. Lejos de disimularlo, exteriorizó con total naturalidad su acceso a datos que jamás le habían sido suministrados.
Pues bien… del mismo modo en que yo había infiltrado a Taejeong en las instalaciones de la mansión, Meursault y los oficiales restantes habrían dispuesto sus propios…
—«¡Individuos que en el porvenir detentarán la condición de combatientes!» Semejante formulación no constituía una mera elucubración retórica, al fin y al cabo.
—¿Hasta el momento actual presuponía lo contrario?
—Su condición actual se circunscribe a la de un infante de diez años.
Analizándolo en profundidad, la materialización en un soma infantil comportaba ventajas operativas, mas simultáneamente imponía restricciones infranqueables. Si las instancias decisorias prescindían de otorgar credibilidad a mis asertos, ¿mediante qué procedimientos pretendía persuadir al colectivo de la necesidad imperativa de aprestarse ante el segundo Apocalipsis en el horizonte temporal de una década?
Como si pretendiera amortiguar dicha disyuntiva, Meursault prosiguió:
—Históricamente he sustentado el criterio de que la totalidad de la especie humana, con exclusión de lady Daphne, adolece de una incompetencia absoluta…
…¿Acaso la categoría de «totalidad de la especie humana» engloba al comandante y a su propia persona?
—…empero, la perspectiva de que usted ascienda a mi superioridad jerárquica no se vislumbra con desdén.
Tras emitir tales consideraciones, Meursault reorientó su campo visual hacia el ventanal, y omití formular ulteriores cuestionamientos.
Reflexionándolo con detenimiento, persistía la ausencia de reacciones por parte del estamento de oficiales.
Había orquestado deliberadamente la neutralización de una entidad monstruosa de categoría intermedia con el propósito de centralizar la atención; no obstante, ni la facción afín al comandante ni el sector partidario de Daphne se habían manifestado. Tal circunstancia resultaba anómala. Ciertamente, cabía la posibilidad de que respondiera de manera unívoca al dispositivo de vigilancia operado por Meursault. Con el confidente más estrecho del comandante escrutando mis movimientos de forma perenne, cualquier sujeto dotado de un instinto básico de supervivencia se abstendría de aproximarse.
Sin embargo, el encuentro personal con la descendencia del extinto Batom me había aportado una directriz analítica. Requería descifrar el posicionamiento axiológico de los oficiales respecto a mi persona, con el objeto de segregar a los elementos susceptibles de asimilación de aquellos orientados a la neutralización.
La complejidad radicaba en que la totalidad de dichos actores simulaba, en virtud de un pacto tácito, una indiferencia absoluta hacia mi entorno. Con alta probabilidad, debido a la injerencia de Meursault.
Naturalmente… tampoco albergaba el anhelo de atraer la atención de un desquiciado capacitado para deparar un proyectil en el frontispicio de su superior jerárquico.
No restaban alternativas, por ende.
Ante la negativa de ellos a aproximarse a mi posición—
Estaría obligado a propiciar el acercamiento hacia ellos.
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