El Apocalipsis Necesita de un Profesional Novela - Capítulo 60
Capítulo 60
Capítulo 60: Promesa (3)
Mientras los soldados retiraban los cadáveres de los monstruos de gran clase, el Comandante y yo nos sentamos el uno frente al otro en una tienda improvisada.
«¿Qué pasó?».
«¿Qué pasó?».
Nos preguntamos lo mismo y, por un momento, ambos fruncimos levemente el ceño de manera simultánea.
Deseaba obtener la explicación en riguroso orden cronológico; sin embargo, en mi calidad de subordinado, correspondía que respondiera en primer lugar.
«Consideré que la bengala de señalización había sido accionada por error. Presumiendo una cantidad de seis ejemplares o menos, conduje únicamente a Meursault y a los dos nuevos oficiales. Mi apreciación táctica fue errónea. De haber tenido conocimiento de que se trataban de nueve unidades, no me habría desplazado exclusivamente con ellos».
«Esa no es la cuestión que planteé».
El Comandante exhibía un grado de desconcierto superior a cualquier otro registrado con anterioridad.
«¿De qué manera logró dispersar a dichos especímenes?».
En efecto. Esa era la incógnita principal.
No obstante, carecía de información concluyente respecto a los motivos de su repliegue repentino. Francamente, esta situación generaba cierta inquietud. Si bien su retirada resultaba propicia, persistía la incertidumbre de que pudiesen reanudar las hostilidades al ignorarse las causas determinantes. Con todo, manifestar simple y llanamente el desconocimiento del asunto no satisfaría sus expectativas.
No había alternativa. Era menester exponer, cuando menos, la hipótesis formulada por Meursault.
«A decir verdad… en el sector sujeto a reconocimiento, no se visualizó ningún espécimen de clase menor o intermedia, por no hablar de aquellos pertenecientes a la gran clase».
«¿Ni un solo ejemplar?».
«Conforme a los partes de los equipos, únicamente se constataron huellas, sugiriendo que algún factor los aterrorizó induciéndolos a una huida masiva e instantánea».
«Idéntico comportamiento al de aquellos que acaban de emprender la retirada».
«Me cuesta dar crédito a mis propias observaciones, pero tales criaturas aparentaban huir de su posición. Si los monstruos ya han evacuado el perímetro, el detonante de su precipitada fuga no puede ser otro que usted».
«No obstante, carezco de comprensión acerca del motivo de su huida frente a mi persona. Hasta el instante de mi arribo y la subsecuente neutralización de dos de ellos, no manifestaban indicios particulares de temor».
«Esta circunstancia también suscita perplejidad. No se trata de una modificación conductual sobrevenida en el transcurso del enfrentamiento».
Ciertamente, se habían producido alteraciones durante la refriega; sin embargo, resultaba inviable revelar al Comandante la posible incidencia del título ostentado. Se requería una justificación plausible.
«¿Existe la probabilidad de que hayan experimentado pavor tras atestiguar la facilidad con la que neutralicé a dos de sus semejantes?».
«Ciertamente, esa hipótesis se perfila como la más verosímil; no obstante, hasta el momento mismo de su repliegue, manifestaban una actitud hostil motivada por la muerte de sus congéneres».
«Por consiguiente, carezco absolutamente de indicios al respecto».
semejante grado de franqueza debía bastar para solventar sus interrogantes. Correspondió entonces el turno a mi intervención.
«Por otra parte, ¿qué aconteció en su sector? ¿Cómo se suscitó el enfrentamiento contra nueve monstruos de gran clase?».
El Comandante exhaló un profundo suspiro y replicó con tono de evidente preocupación.
«La situación guarda similitud. Desconozco los factores causales».
«¿Cómo dice?».
«Tal como es de su conocimiento, los monstruos de gran clase no se desplazan en manadas».
Dicho patrón conductual era ampliamente conocido. Los especímenes de gran clase devoraban cualquier organismo en movimiento, incluyendo a los de su propia especie. La pertenencia al mismo rango no constituía excepción alguna; la depredación recíproca dentro de esta categoría era un fenómeno frecuente. En consecuencia, lejos de congregarse, tendían a eludirse de manera drástica al avistarse.
«Pese a ello, tras transcurrir horas desde el inicio del rastreo central sin avistar vestigio alguno de su presencia, procedieron a emboscarnos por la retaguardia. Conformando un grupo estructurado».
«¿Una manada de monstruos de gran clase perpetró una emboscada?».
Tal como se había señalado con anterioridad, dentro de la jerarquía de los monstruos, los ejemplares de menor tamaño solían ostentar mayor capacidad cognitiva, mientras que los de dimensiones superiores se reducían habitualmente a brutos de pensamiento elemental. A pesar de ello, ¿individuos dotados de aptitudes tácticas complejas como la ejecución de una emboscada, no de manera aislada, sino en una formación de nueve unidades simultáneas?
Analizando la situación retrospectivamente, entre los especímenes combatidos con anterioridad figuraba uno que demostró un rudimentario uso del raciocinio…
En el clímax de la confrontación, dicho aspecto no se ponderó con la debida profundidad. Elevar la región cefálica para obstaculizar el impacto sobre la gema tampoco constituía un patrón habitual en los monstruos de gran clase. ¿Habría sido aquel individuo el artífice y líder de la emboscada colectiva?
«Afirmativo. Durante la emboscada inicial, cuatro de nuestros efectivos… sufrieron bajas de carácter instantáneo. Accionamos de urgencia la totalidad de los dispositivos de señalización disponibles y, fortuitamente, el Equipo 2 logró subsistir. Con posterioridad, los restantes equipos que visualización las señales se sumaron de forma sucesiva; esa es la razón por la cual continuamos con vida. Numerosos elementos perecieron, si bien el volumen de bajas fue inferior a las previsiones…»
Tras un breve silencio, se dirigió a mi persona con firmeza directiva.
«Todo esto constituye un mérito directo de su intervención».
¿De manera imprevista?
«Considero que mi incorporación se produjo en el tramo final».
«Negativo. No me refiero de forma exclusiva al auxilio operativo directo».
El Comandante apoyó el mentón sobre su extremidad superior, observándome con detenimiento.
«Un sector considerable de la tropa conservó la vida gracias a su desempeño; no obstante, el factor determinante radicó en la reducida magnitud numérica inicial de nuestras fuerzas, condición que propició la supervivencia. De haberse constituido la fuerza de subyugación bajo los parámetros convencionales, los daños habrían alcanzado proporciones catastróficas. Si un contingente mayor hubiese intentado replegarse de la emboscada, la consolidación de un perímetro defensivo con la celeridad lograda habría sido inviable. Los monstruos, al enfocar su ofensiva sobre un volumen de fuerzas inferior al suyo, terminaron obstruyéndose las trayectorias mutuamente, inhibiendo el desarrollo de velocidad operativa. De ese modo conseguimos establecer contacto con el Equipo 2…»
Hizo una pausa y formuló una consulta en la que convergan indicios de suspicacia y expectativa.
«¿Poseía usted… conocimiento previo de los hechos?».
Vaya.
Cierto es que había comunicado al Comandante mi condición de regresor. Resultaba consecuente que dedujera que poseía información anticipada acerca de una emboscada protagonizada por monstruos de gran clase, motivando por ende la reestructuración de la fuerza operativa. Subsistía la suspicacia de haber guardado silencio a pesar de conocer el devenir de los acontecimientos. Paralelamente, albergaba la esperanza de que, al haber anticipado tal escenario, pudiese resolver las eventualidades subsiguientes.
Sin embargo, la configuración de los equipos obedecía estrictamente a criterios de eficiencia, careciendo de veracidad mi supuesta condición de regresor. Inclusive en el marco del simulador virtual operado con anterioridad, no existían registros narrativos concernientes a incursiones colectivas de monstruos de gran clase.
A partir de mis gestos faciales, el Comandante dedujo la inexistencia de información previa respecto al incidente; la expresión de recelo y expectativa se desvaneció de manera paulatina.
«Aparentemente, carecía de información al respecto».
«Dicho escenario jamás acaeció en la línea temporal de mi conocimiento».
«En consecuencia… ¿cabe la posibilidad de una injerencia por parte de aquel sujeto?».
«¿Aquel sujeto…?».
Cuando el jugador perteneciente al Área Unicornio ejecutó la emboscada previa, se había sugerido al Comandante que dicho individuo podría tratarse de un regresor o de un agente análogo a Madre; por consiguiente, la hipótesis de su vinculación con el presente incidente no carecía de fundamento. Si se manifestaban anomalías ausentes en la dinámica original del entorno virtual, la intervención de un agente externo constituía la premisa principal a indagar. Las restantes áreas se limitaban a labores de observación periférica; no obstante, el potencial tecnológico del Área Unicornio facilitaba indudablemente el control operativo sobre los monstruos de gran clase.
Aun así…
Resulta inevitable plantearse la motivación subyacente.
Dicho individuo había efectuado disparos a quemarropa contra mi posición. Carecía de incentivo alguno para asumir la complejidad operacional de manipular especímenes mastodónticos con el propósito de consumar una emboscada. Asimismo, de haber mediado su intervención, el repliegue incruento de las criaturas carecía de absoluta coherencia lógica.
«Se advierte improbable que un sujeto que previamente atentó contra mi integridad física mediante proyectiles se esmere en instrumentalizar a la fauna monstruosa».
«Se ha informado que el objetivo primigenio de su agresión era aquel infante, Darling Outsider. ¿Y si su propósito actual consistía en hostilizar nuevamente a su allegado?».
«Dicha maniobra resulta ineficiente si el blanco prioritario era Darling. Habría dirigido los especímenes contra el equipo asignado a dicho individuo, y no contra el Equipo 1 bajo el mando de Padre. Tampoco resulta concluyente aseverar que el objetivo fuese Padre, puesto que, en el momento de la retirada, los monstruos omitieron dirigir su trayectoria hacia dicho flanco».
Ante mi refutación, el Comandante presionó su región frontal con la mano en señal de cefalea y reclinó su peso sobre el mobiliario básico.
«…¿Procedemos al repliegue hacia el Área?».
Habiendo neutralizado a cinco especímenes, se cumplimentó una proporción considerable de los objetivos asignados a la subyugación. Las criaturas de gran clase presentes en las inmediaciones se limitaban presumiblemente al citado contingente numérico. Prolongar la permanencia en un enclave donde se desarrollaban fenómenos inexplicables entrañaba riesgos innecesarios; el retorno se perfilaba como la directriz más prudente. Abandonar a cuatro elementos generaba cierta inquietud; sin embargo, ante la eventualidad de una disuasión espontánea al percatarse de mi presencia en futuros encuentros, la culminación de su exterminio presentaría dificultades operativas.
«Señor».
En dicho instante, Meursault irrumpió en el recinto tras apartar el faldón de la tienda.
«Informe de situación. Sumatoria de monstruos subyugados: cinco. Bajas mortales en combate: seis, de los cuales dos cuerpos permanecen pendientes de recuperación».
«¿Registro de heridos?».
«Tres de gravedad, veinticuatro de carácter leve; totalizando veintisiete. Se corrobora la salvaguarda de la totalidad del personal apostado en los sectores alternos; el subteniente Platón encabeza su desplazamiento hacia este punto. Los restos biológicos de los monstruos se encuentran condicionados para su traslado; no obstante… ¿cuáles son las directrices a seguir?».
Resultaba manifiesto que Meursault acudía con el propósito de inquirir acerca del repliegue. El Comandante me dirigió una mirada orientada a dilucidar el curso de acción pertinente.
«¿Cuántos de los veintiún heridos leves poseen la aptitud para operar una motocicleta?».
La réplica se produjo de manera instantánea, evidenciando una previa estimación por parte de Meursault.
«La totalidad de los veintiún elementos se encuentran capacitados para el pilotaje básico».
«Procedan a evacuar los restos y al personal herido hacia el Área en primera instancia».
El Comandante me examinó con fijeza.
«¿Persiste su propósito de proseguir con el reconocimiento?».
«Considero imperativo mantenerlo hasta el retorno de los heridos. No existen garantías de que el contingente responsable de la emboscada se abstenga de reiterar la maniobra».
El Comandante y Meursault intercambiaron una breve mirada antes de asentir de manera sincronizada.
«La evacuación no se limitará exclusivamente a los heridos; seleccionaremos a un contingente de efectivos para su escolta».
«Se requiere una reestructuración orgánica».
En breves instantes determinaron los efectivos destinados al repliegue, redujeron los diez equipos operativos a un total de cinco, y asignaron once integrantes a cada unidad. La designación de los líderes recayó sobre los supervivientes adscritos al Equipo 1 del Comandante. Dado que dicha unidad había sido conformada deliberadamente con veteranos experimentados para prestar apoyo directo al mando, el detrimento de cuatro componentes repercutía severamente en su capacidad operativa. Computando al Comandante, se contabilizaban seis supervivientes, por lo que uno de ellos fue eximido de la jefatura táctica para asumir la responsabilidad de la escolta de heridos.
Mi unidad —el Equipo 10, exento de bajas mortales o sanitarias e integrado en su totalidad por oficiales noveles— fue distribuida equitativamente entre los cinco equipos tácticos. Meursault y mi persona fuimos integrados, como era previsible, en el Equipo 1 bajo las directrices directas del Comandante; no obstante, el factor sorprendente radicó en la incorporación inicial de Yeobom en dicho equipo.
«¿Considera pertinente su inclusión?».
«El individuo que se desplazaba en dirección a su posición con anterioridad a la retirada de los monstruos, ¿no correspondía a su allegado?».
Aun en el transcurso de aquella situación caótica, había advertido la aproximación de Yeobom. Si bien persistían las reservas respecto a su contribución táctica efectiva, su predisposición a brindarme auxilio en semejantes circunstancias evidenciaba un progreso notable en su desarrollo.
En ese momento, Meursault me observó como si hubiese evocado un detalle omitido.
«A propósito, el soldado raso Outsider aguarda en el exterior de la tienda exhibiendo una palidez extrema…».
«¿Se encuentra en el exterior?».
«Su Excelencia y el suscrito gestionaremos las diligencias pendientes. ¿No resultaría propicio acudir al encuentro de su subordinado?».
Ante tal sugerencia formulada por Meursault, el Comandante asintió concediendo autorización para abandonar el recinto. Habiendo concluido la reorganización…
«¡Dopa… Haydam!».
Palidez extrema, según la descripción de Meursault; la aseveración carecía de exageración alguna. Yeobom presentaba un semblante cadavérico, semejante al de quien presencia un fenómeno de naturaleza aterrorizadora. Ni siquiera durante el trance crítico en el que estuvo próximo a sucumbir ante el jugador del Área Unicornio había manifestado semejante grado de pavor. La interrogante surgió de manera espontánea:
«¿Te… encuentras bien?».
«¡Esas cosas de hace un momento… esas entidades!».
Yeobom persistía en negar con la cabeza, evidenciando una nula recepción de mis palabras.
«Algo anómalo sucede… ¡algo marcha indebidamente…!».
A mayor aproximación, se constató un temblor ostensible en la extremidad que aferraba mi brazo. Dicha reacción fisiológica resultaba desproporcionada si el origen se circunscribía estrictamente al enfrentamiento reciente contra múltiples especímenes de gran clase.
«Cálmate. Mi apreciación inicial también consideró insólita la ejecución de una emboscada colectiva por parte de monstruos de gran clase, motivo por el cual me dispongo a iniciar las indagaciones…».
«¡La problemática no radica en su desplazamiento en manada!».
Ante la exclamación de Yeobom, procedí a obstruir su cavidad oral de inmediato mediante una maniobra manual. Inmediatamente a nuestras espaldas, delimitados únicamente por una fina membrana de lona, se encontraban el Comandante y Meursault. Yeobom me profirió una mirada de reproche; sin embargo, considerando que un instante antes estuvo a punto de apelarme bajo el apelativo de Adicto a la Dopamina, la medida preventiva resultaba plenamente justificada.
Lo aparté de las inmediaciones de la tienda, verifiqué la ausencia de testigos circundantes y procedí a liberar su expresión oral.
«En primer término, recupera la compostura».
«Ahora procede a explicar la anomalía».
«Aquellos seres…».
Tras deglutir con dificultad, Yeobom prosiguió con su exposición.
«Los visualicé… ingiriendo seres humanos…».
Asentí en ademán de comprensión.
«Debió constituir una escena dantesca».
Frente a mi tentativa de manifestar empatía conforme a mis recursos, Yeobom sacudió la cabeza con vehemencia.
«¡Negativo! No radicó en el carácter truculento del acto. ¡¡La verdadera anomalía consistió en la ausencia de dicho carácter truculento y repulsivo!!».
Experimentando fatiga ante la prolongación de la escena, fruncí el ceño. Yeobom replicó profiriendo un murmullo.
«La constatación visual fue indubitable. El soma del individuo devorado…».
Fijando sus globos oculares en mi persona con evidente temblor, articuló la proclama final de forma pausada.
«En el instante preciso en que su dentadura entró en contacto con el cuerpo, este se desvaneció disolviéndose en partículas de tonalidad azulada».
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