El Apocalipsis Necesita de un Profesional Novela - Capítulo 61
Capítulo 61
Capítulo 61: Promesa (4) – Se necesita a un jugador veterano en el apocalipsis
Promesa (4)
«¿Se convirtieron en partículas azules… y desaparecieron?»
Solo entonces comprendí por qué Shut-in Honey se encontraba sumido en semejante estado de shock y terror.
Convertirse en partículas azules y desaparecer en el instante exacto en que el alimento tocaba los labios constituía un rasgo característico de los jugadores. Al menos, así había operado siempre.
A diferencia de los jugadores, los demás PNJ se alimentaban de manera convencional: mordiendo, masticando y deglutiendo. Por consiguiente, presenciar a un monstruo que no ostentaba la condición de jugador devorar a un individuo y observar exactamente el mismo fenómeno generaba, de manera inevitable, una profunda desconcierto.
—¿Por qué crees que hicieron eso? —inquirió Shut-in Honey con inquietud.
—¿Podrían ser jugadores también?
—¿Cómo voy a saberlo si me lo preguntas a mí?
—¡¡Tú eres más inteligente que yo!!
De modo que este sujeto correspondía al arquetipo que recobra la objetividad en el preciso instante en que se halla arrinconado. Tampoco es que yo albergaran una conjetura certera al respecto. Para el momento de mi arribo, ni siquiera había presenciado a los criaturas ingiriendo a persona alguna.
El simple hecho de dilucidar por qué habían emprendido la huida ante mi presencia ya bastaba para provocarme cefalea. ¿Y ahora su «método de alimentación» coincidía con el nuestro?
—Por el momento… supongo que tendría que presenciarlo con mis propios ojos antes de emitir cualquier juicio.
Aquella respuesta ambigua propició que Shut-in Honey se pusiera de pie de un salto.
—¡Lo vi con absoluta claridad, te lo aseguro!
—No pongo en duda tus palabras. Ocurre simplemente que existen vivencias cuya magnitud solo se comprende al experimentarlas de primera mano.
Shut-in Honey había planteado la posibilidad de que aquellos monstruos fueran asimismo jugadores; sin embargo, el hecho de que un objeto en contacto con sus fauces se transmutara en partículas azules y se desvaneciera no implicaba que la totalidad de ellos compartiera tal condición.
Incluso los conejos astados observados en una cacería precedente habían triturado las galletas dispuestas a modo de cebo, de modo que tal facultad tal vez correspondía de manera exclusiva a los especímenes que acababa de contemplar.
—Sea como fuere, estas criaturas alienígenas ya disponen de la aptitud de sanar sus lesiones mediante la luz lunar. Incluso si poseen la capacidad de regenerarse a través de la ingesta de materia, no resulta tan extraordinario que…
Me interrumpí a mitad de la alocución. Shut-in Honey me dirigió una mirada provista de la expresión propia de alguien que advertía con exactitud el motivo de mi cese.
—Tú también lo percibiste mientras conversábamos, ¿verdad? Que algo no marcha como debiera.
Bajé la vista hacia mi propia anatomía durante unos instantes.
Inmediatamente después de la posesión, había asumido que este entorno correspondía al interior de un videojuego, por lo que jamás había profundizado en demasía…
Como si hubiera decodificado mis pensamientos, Shut-in Honey cuestionó: —Estos envoltorios corporales que habitamos, ¿de dónde proceden? ¿Lo has reflexionado en algún momento?
Al rememorar los hechos, hasta la propia noción de «posesión» resultaba anómala. De haber ocupado genuinamente un cuerpo preexistente, debería haber figurado al menos un individuo capaz de reconocer a los antiguos propietarios de estas formas físicas.
Ni siquiera Antón había logrado localizar a una sola persona familiarizada conmigo, motivo por el cual albergaba semejantes suspicacias respecto a mi pasado. Ello implicaba que tales «envoltorios» que portábamos en el presente habían emergido ex nihilo en algún punto geográfico el día en que colonizamos esta dimensión.
—De modo que por esa razón inquiriste si aquellos monstruos eran jugadores.
Dirigí mi mirada hacia Shut-in Honey. —¿Qué pretenden sugerir en realidad tus palabras?
Su semblante adquirió un grado de seriedad superior a cuanto le hubiera presenciado con anterioridad. —Considero que… somos entidades monstruosas.
Lo contemplé fijamente durante un prolongado lapso antes de exhalar un suspiro prolongado.
—Hah……
—¡Oye! ¿Alguien expone un asunto con formalidad y tú te limitas a suspirar? ¿Acaso tu propia constitución física no te inspira extrañeza en este momento? Ciertamente es anómala. ¡Este cuerpo exhibe una capacidad física de magnitudes absurdas!
Lo cierto es que, durante el enfrentamiento contra aquellos monstruos de clase superior acaecido momentos antes, había juzgado que el rendimiento superaba los márgenes esperados para una complexión de diez años. Había asumido que el vigor físico y la tasa de curación constituían privilegios exclusivos de los jugadores, mas… cabía la posibilidad de que operara algún otro arcano oculto.
Aun así.
—No somos monstruos. Para empezar, carecemos de gemas.
—Ah……
La alusión a las gemas pareció restituirle una fracción de lucidez. El elemento diferencial entre los monstruos y la humanidad no residía meramente en la morfología exterior o en la facultad sanadora; radicaba, fundamentalmente, en la presencia de una gema nuclear.
Las criaturas gestadas a partir de meteoritos albergaban cada una un núcleo cristalino. Aun cuando un conejo dotado de un cuerno cefálico deambulase por el entorno, si carecía de una gema incrustada en su organismo, se reducía estrictamente a un espécimen mutante. Nuestras estructuras corporales no poseían gemas integradas, por lo que catalogarnos como monstruos de apariencia antropomórfica constituía una exageración carente de fundamento.
Shut-in Honey pareció ponderar la cuestión antes de susurrar: —No obstante, dichas entidades… exhibían un coeficiente intelectual inusualmente elevado. ¿Y si existiesen jugadores que se hubieran adueñado de cuerpos pertenecientes a monstruos de clase superior?
De este modo, se hallaba convencido, bajo uno u otro prisma, de que tales criaturas guardaban vinculación con los jugadores. Al menos, concedí a esta hipótesis la seriedad pertinente.
—Tu planteamiento no carece de lógica en su totalidad. A juzgar por la existencia de colectivos como los jugadores del Área Unicornio que asumieron formas adultas, es factible la concurrencia de otras excepciones.
—¿De verdad?!
—Precisamente por esa causa se vuelve imperativo observarlos de primera mano con mayor rigor. Si tales entidades corresponden a jugadores, me encargaré de que se arrepientan de perpetrar payasadas en mi jurisdicción. En caso contrario… —Tras el hombro de Shut-in Honey divisé al Comandante y a Meursault emergiendo de la tienda de campaña de manera sucesiva, por lo que apresuré la conclusión—. Ya discurriremos sobre ello a nuestro arribo. Independientemente de que seamos humanos o monstruos, tal circunstancia no altera la premisa ineludible de superar y limpiar este mundo.
Shut-in Honey no parecía del todo persuadido por la disyuntiva entre condición humana o monstruosa, mas asintió con docilidad. Lo observé por espacio de un instante antes de plantear una interrogante: —No obstante… ¿no te suscita perplejidad el hecho de que los monstruos emprendieran la retirada ante mi irrupción?
Si su dinámica alimentaria resultaba anómala, la reacción esperable habría consistido en interrogarse acerca de los motivos de su huida en el instante exacto de mi aparición. Shut-in Honey replicó con un rictus que denotaba una total ausencia de extrañeza ante el fenómeno.
—¿Qué aspecto de ello resulta anómalo? Yo también huiría de haberte avistado.
Vaya. A fin de cuentas, considerando las perspectivas de Meursault y de este individuo, ¿qué noción exacta albergaban sobre mi identidad?
Una vez concluida la reorganización, retomamos las labores de exploración. El diseño táctico original contemplaba la reestructuración de las unidades, la continuidad de la búsqueda hasta el repliegue de los heridos y el posterior retorno. Sin embargo, tras escuchar el testimonio de Shut-in Honey, estimé indispensable capturar al menos a uno de los cuatro especímenes fugados para someterlo a verificación directa.
Era menester comprobar si verdaderamente poseían la aptitud de transformar el alimento en partículas azules mediante sus fauces y emplearlo para la curación de heridas; esclarecer su tendencia a desplazarse en manadas y comprender los motivos de su estampida ante mi presencia. De no despejar ni una sola incógnita con certeza, aquella sensación de zozobra persistiría de forma indefinida.
Deslicé una mirada hacia las raciones de combate adosadas a mi cincho. Ignoraba por completo si tales suministros eran catalogados como alimento por el organismo de un monstruo. De no ser así, me vería en la obligación de asumir el riesgo de sufrir lesiones y sacrificar una de mis propias extremidades.
La verdadera dificultad radicaba en articular una simple batida de reconocimiento en una persecución de aquellos cuatro objetivos, todo ello lastrado por la integración del Comandante en la unidad. Por si el panorama no fuera suficientemente adverso, las precipitaciones níveas iniciadas momentos antes incrementaban su densidad de forma progresiva por minuto, imposibilitando la prolongación indefinida de las labores de rastreo.
La bengala lumínica empleada para señalar el avistamiento de monstruos era de tonalidad blanca. En el momento en que la nevada intensificara su espesor, su identificación respecto al entorno meteorológico se tornaría inviable.
—Lord Haydam.
El subteniente Platón, excomandante del Equipo 9 y reasignado a mi unidad, se aproximó con una expresión de entusiasmo evidente en la mirada. El motivo de su alocución resultaba previsible. Los restantes integrantes incorporados al Equipo 1 se habían turnado para elogiar mi desempeño bélico previo de manera ininterrumpida.
¿De qué manera había logrado disuadir a cuatro monstruos de gran clase empleando exclusivamente la mirada? Carecía de una respuesta fundamentada para tal interrogante y ya me encontraba fatigado de fabricar explicaciones ficticias.
—¿Deseas indagar también acerca del método empleado para dispersarlos?
Ante mi expresión de evidente agotamiento, agitó ambas manos en un gesto que suplicaba exculpación.
—Ah… no, Lord Haydam.
—¿Acaso no es así?
—A decir verdad… no comprendo el motivo por el cual el resto concede tanta trascendencia al asunto.
Tal afirmación constituía un enfoque novedoso. Lo contemplé con interés mientras Platón proseguía su exposición.
—Inhibir o doblegar a tres o cuatro monstruos de clase superior no representa un desafío digno de mención para usted, Lord Haydam. Incluso las propias criaturas percibieron su inferioridad y emprendieron la huida; sin embargo, los efectivos de esta misma demarcación persisten en su ignorancia, circunstancia que, por encima de todo, resulta lamentable.
Mmm. Curiosamente, ¿no eras tú quien generaba el mayor revuelo al respecto?
—Sea como fuere, el propósito de mi consulta atañe a otra cuestión.
—¿De qué se trata?
—El protocolo para la identificación de la ubicación de las gemas. ¿Fue usted el artífice de su instrucción al ejército, Lord Haydam?
Me había ocupado de garantizar que los nuevos oficiales recibieran instrucción sobre el protocolo de identificación de localización de gemas con anterioridad a la campaña de subyugación, mas jamás había revelado de manera explícita al estamento militar ni a los mandos noveles mi autoría en el diseño. Tal reserva obedecía al mismo principio por el cual Meursault, y no mi persona, figuraba formalmente como el oficial de operaciones de dicha campaña.
Transcurría el año inaugural de implementación de este método. De trascender la noticia de que un infante de diez años recién cumplidos había ideado el procedimiento, ¿habrían depositado los soldados su confianza en él para secundarlo rigurosamente? Esa había sido mi ponderación inicial. Los oficiales recién graduados me habían tratado e interactuado conmigo directamente en la academia, mas la tropa regular difería sustancialmente. La gran mayoría apenas distinguía mis rasgos faciales.
Incluso en el transcurso del enfrentamiento acaecido instantes atrás, no habían acatado mis directrices de forma inmediata, sino que aguardaron a corroborar la reacción de Meursault. En consecuencia, el protocolo de identificación de gemas había sido transmitido a los soldados por el cuartel general exclusivamente tras la verificación exhaustiva ejecutada por el Comandante y Meursault. No obstante, Platón albergaba la convicción absoluta de que yo constituía el autor intelectual de dicho método.
—¿En qué te basas para suponer que fui yo el instructor?
—Fuimos instruidos en el procedimiento; sin embargo, al confrontar de manera efectiva a múltiples monstruos de clase superior, prácticamente ningún soldado logró aplicarlo con precisión. No obstante, en el preciso instante en que hizo su aparición en el frente, Lord Haydam, efectuó únicamente dos disparos y abatió a sendos especímenes.
Mm. Meursault había colaborado en el derribo del primero, mas tal matiz parecía haberse borrado definitivamente de la memoria colectiva.
—Aceptando la premisa de que yo lo hubiese impartido… ¿qué relevancia entraña tal hecho?
—Manifesté que casi ningún soldado ejecutó el protocolo de forma adecuada… mas visualicé a un efectivo que cazaba monstruos ejecutando desplazamientos equiparables al nivel ostentado por usted, Lord Haydam.
Mientras articulaba estas palabras, Platón dirigió una ojeada a nuestras espaldas. Su atención recayó sobre Shut-in Honey, quien avanzaba rezagado a corta distancia. Nuestra unidad revestía una dimensión tan exigua que, de marchar ambos contiguos, aquel necio proferiría sin duda alguna alguna impertinencia, razón por la cual le había ordenado guardar distancia.
Platón apartó la vista de Shut-in Honey para enfocarme nuevamente. —Aquel monstruo de clase superior neutralizado antes de su llegada, Lord Haydam… dicho individuo fue el responsable de su liquidación.
—¿De verdad? Lo ignoraba.
De modo que había aniquilado a un monstruo de clase superior en su totalidad para luego apersonarse ante mí con el único propósito de manifestar su desconcierto ante la extraña naturaleza de las criaturas. Semejante revelación dimensionaba el profundo impacto que les había causado el comprobar que «consumían» sustento de idéntica manera que nosotros. Tampoco el Comandante había incorporado a Shut-in Honey al Equipo 1 meramente en virtud de su carrera para socorrerme.
—Ustedes dos denotan familiaridad mutua… ¿es correcto?
El hecho de que Shut-in Honey y yo manteníamos un vínculo estrecho constituía una noción de dominio público, por lo que obvié cualquier tentativa de negación.
—Afirmativo. Nos conocemos.
—En ese caso… —Platón vaciló, adoptando una actitud inusualmente dubitativa, antes de inquirir en tono sordo—: Aquel infante que mi padre mantuvo cautivo… ¿se trataba acaso de ese niño, por casualidad?
Detuve mi marcha y clavé la mirada en Platón.
¿De qué manera poseía este individuo conocimiento sobre tal suceso?
No me digas. ¿Se había sumergido este sujeto en escrutar el pasado de su propio progenitor por motivos concernientes a mi persona?
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