El Apocalipsis Necesita de un Profesional Novela - Capítulo 62
Capítulo 62
Capítulo 62: Promesa (5) – Se necesita un jugador veterano en el apocalipsis
Promesa (5)
¿Acaso Platón me estaba interrogando en este preciso instante acerca de si su propio progenitor había secuestrado a mi camarada?
«¿Haydam, señor?»
Mientras permanecía inmóvil y abstraído, Platón pronunció mi apelativo revestido de una gesticulación circunspecta.
«Inquirí bajo la premisa de que ya estabais al tanto… ¿No me digáis que lo ignorabais?»
Tras un breve compás de espera, logré serenarme y repliqué:
«No… por supuesto que lo sabía. Sencillamente jamás previstoria que fueras tú quien formulara tal interrogante».
Frunciendo el ceño, le insté con mayor firmeza:
«Pero, ¿cómo has llegado a saberlo? Antón jamás te lo habría revelado por iniciativa propia…»
«Mi padre mencionó que había tenido conocimiento de vuestra alocución de graduación a través de vuestra persona, señor. Me resultó anómalo que un individuo que ni siquiera asistió a mi propia ceremonia de graduación se tomara el empeño de concertar un encuentro con vos, de modo que profundicé en el asunto por cuenta propia».
¿Había llegado al extremo de investigar a su propio progenitor?
«Realmente he seleccionado un ayudante excepcional».
Platón esbozó una sonrisa sutilmente recatada y prosiguió:
«Por consiguiente… si mi progenitor incurrió efectivamente en una descortesía, es mi deseo presentar una disculpa formal».
Con que esa era la razón de su excesiva locuacidad; ¿todo se reducía al anhelo de desagraviar?
El secuestro de Miel de Hogar perpetrado por Antón no constituía, para empezar, una atribución de culpabilidad imputable a Platón. Y allí le teníais, ostentando el rango de teniente segundo, dispuesto a rendir disculpas ante un simple soldado raso. En contraste, Miel de Hogar, en el preciso instante en que cobró conocimiento de mi designación de Platón como ayudante, se había mostrado ávido de sermonearme severamente. La disonancia resultaba casi grotesca.
«Tu actitud es encomiable, mas la descortesía recayó en su persona, no en la tuya. Careces de motivo para disculparte».
«¿Es… eso cierto?»
«A propósito, ¿no fuiste expulsado de su estancias a raíz de ello?»
«Actualmente resido en el acuartelamiento de oficiales».
En consecuencia, había sido sumariamente despedido.
Cuando se promulgó oficialmente la sustitución del sistema de recomendaciones por un examen de admisión, guardó absoluta reserva. En el instante mismo en que trascendió que vos seríais el artífice de los reactivos del examen, me defenestró.
«Vaya».
En ese preciso instante percatéme de que la comitiva precedente se había detenido y parlamentaba en susurros mutuos.
«Aparentemente han localizado algo en la vanguardia».
Me presuré a avanzar para constatar que el Comandante y Meursault ya se hallaban en el lugar, departiendo con semblantes de profunda gravedad.
«¿Qué acontecimiento nos ocupa?»
A medida que acortaba la distancia y formulaba la interrogante, Meursault replicó:
«Se trata de la grieta».
Una grieta, definida en términos elementales, corresponde a una fractura que se gesta en la corteza terrestre. Tras el advenimiento de la era glacial a este orbe, la vasta extensión de la superficie se transmutó en glaciares, y dichos mantos de hielo sufrieron fracturas que originaron oquedades insondables; tal era la exégesis imperante en el universo del juego.
«Conforme a la cartografía, el sector precedente constituye una zona de simas… no obstante, el manto nival aún no ha experimentado deshielo a esta altitud, de modo que las oquedades permanecen ocultas e imperceptibles».
Las dimensiones de las grietas exhibían una variabilidad considerable. Si bien la mayoría poseía la envergadura suficiente para ser avistada a simple vista, la acumulación progresiva de estratos de nieve convertía a ciertas formaciones en accidentes tan ambiguos que resultaba inviable distinguirlas del firme sólido. Incluso aquellas aberturas de apariencia modesta ostentaban por lo general una anchura sobrada para devorar por completo a un adulto.
De no mediar la precipitación nival, habríamos sido capaces de discernir la tonalidad azulada característica del fondo subyacente y colapsar la estructura de manera controlada con anterioridad al cruce. Sin embargo, persistiendo la nevada, resultaba prácticamente inviable calibrar la coloración del terreno mediante la mera inspección visual.
Por tal motivo, las campañas de subjugación se circunscribían exclusivamente a la estación primaveral, una vez consumado el deshielo. Habíamos rebasado los límites al perseguir a las entidades hostiles hasta adentrarnos en un dominio donde la nieve perduraba tenazmente.
«La continuidad del rastreo entraña severas dificultades».
El Primer Equipo había consagrado sus esfuerzos a seguir los rastros impresos por las entidades en su huida despavorida. Empero, inclusive aquellas criaturas dominadas por el pánico habían comenzado a obliterar sus huellas valiéndose de sus apéndices caudales a mitad de la travesía, y la precipitación nival desencadenada momentos antes había sepultado los vestigios remanentes. Nos veíamos privados de la facultad de rastrear su trayectoria.
Habíamos centrado la búsqueda en la directriz demarcada por los postreros vestigios hallados cuando colisionamos frontalmente con el sector de simas. Las fisuras ocultas bajo el manto nival que se extendían ante nosotros disponían de la amplitud requerida para albergar a un varón adulto, pese a lo cual una entidad monstruosa de gran envergadura lograba franquearlas sin contratiempos. Si las bestias habían rebasado este hito geográfico, la persecución se tornaría inviable en la práctica. Cabía la opción de circunvalar el accidentado relieve para alcanzar el flanco opuesto, pero si las criaturas reemprendían la marcha hacia atrás a través de esta misma vía, nuestra red táctica de reconocimiento presentaría una brecha crítica.
En cualquier circunstancia, el propósito fundamental de nuestra fracción radicaba menos en la caza y eliminación de los cuatro especímenes evadidos que en la labor de vigilancia impeditiva de emboscadas dirigidas al personal herido durante la fase de repliegue. El Comandante manifestaba una clara propensión a cancelar el operativo de rastreo en este punto.
A decir verdad, de no haber experimentado aquella enigmática percepción de zozobra emanada de las criaturas, yo mismo habría optado por ordenar la retirada. Si bien los parámetros de visibilidad se mantenían tolerables por el momento, al intensificarse la tormenta nival el lanzamiento de señales pirotécnicas dejaría de ser el único escollo; nos enfrentaríamos a severas restricciones incluso para hallar el derrotero de retorno hacia la Zona. Nuestra incursión había rebasado prudentemente los límites recomendados.
«Emprendemos la retirada».
Finalmente, el Comandante dictaminó el repliegue y detonó la bengala anunciadora de la repliega general.
En consecuencia, reanudamos el desplazamiento hacia el punto de reunión intermedio preestablecido.
Allí aguardaba una contingencia imprevista.
«¿El Segundo Equipo aún no ha retornado?»
De las cinco fracciones desplegadas, los Equipos 1, 3, 4 y 5 habían logrado con éxito la reconcentración en el punto medio. El Segundo Equipo constituía la notable excepción.
El oficial al mando del Segundo Equipo detentaba el rango de coronel, adscrito a la facción pro-Hayden; el mismo sujeto que había seleccionado de motu proprio a Lucas y Bones procedentes de mi Décimo Equipo para incorporarlos a su séquito.
Meursault, exhibiendo una rigidez gélida en el semblante, perseveró en la emisión de su parte:
«El Tercer Equipo atestigua haber avistado al Segundo Equipo desplazándose en vector diametralmente opuesto».
«¿Atestiguan haberlos avistado? ¿Acaso las demarcaciones operativas asignadas al Tercer Equipo no diferían sustancialmente?»
«En aquel momento supusieron que el Segundo Equipo había incurrido en un error de navegación y sus áreas funcionales se habían solapado… mas considerando su prolongada ausencia…»
Huelgaban mayores explicaciones. El trasfondo de los acontecimientos resultaba ostensible.
Una ambición cegadora orientada al ascenso escalafonario.
La motivación subyacente que impulsó al coronel del Segundo Equipo a asumir una apuesta de tal magnitud temeraria residía en la expectativa de promoción supeditada a los resultados de esta campaña de subjugación. Desde que Antón, exponente de la facción pro-Daphne, oficializara su retiro, circulaban con insistencia los rumores de que Yosef, perteneciente a la facción pro-Hayden, le imitaría próximamente. Ante la vacancia inminente de dos plazas del generalato, los estamentos subordinados iniciaron de manera natural aspiraciones de ascenso jerárquico. El coronel del aludido equipo abrigaba el propósito deliberado de distinguirse en esta campaña para asegurar el generalato sin cortapisas.
El Comandante preservaba un semblante rigurosamente controlado, si bien la tensión arterial se evidenciaba en la rigidez y cianosis de la red venosa que surcaba su cuello a causa de una cólera desbordante.
«En consecuencia… requerimos ahora un grupo de búsqueda comisionado para rescatar al grupo de búsqueda».
«Mis sinceras disculpas».
No concurren motivos para que formules desagravios.
Meursault inclinó el rostro, denotando un profundo abatimiento.
A mi criterio, aun en el supuesto de que el coronel del Segundo Equipo lograra retornar incólume, su integridad física se vería seriamente mermada. Asimismo, carecía de toda intención de conceder impunidad al miserable que había arrastrado a mis dos valiosos oficiales noveles a una expedición individualizada.
Mientras tanto, la precipitación nival intensificaba exponencialmente su densidad.
El Comandante fijó una prolongada mirada silente en la directriz presumiblemente seguida por el Segundo Equipo, para acto seguido sentenciar con voz gravosa:
«Me niego a comprometer la seguridad del resto de la tropa por la insensatez de un solo individuo. Emprendemos el retorno».
Representaba la determinación más sensata exigible a un oficial al mando.
No obstante, de materializar la retirada en ese instante, el contingente de incautos perecería ineludiblemente. Si el Segundo Equipo había priorizado la persecución de las entidades hostiles, su trayectoria habría confluido de forma directa en la zona de simas de la cual acabábamos de replegarnos. La detección previa de las grietas obedeció exclusivamente a la benignidad temporal de la intensidad nival. Ninguna unidad compuesta por un simple coronel y oficiales bisoños lograría identificar tales aberturas bajo los efectos de un temporal blanco absoluto.
«Tal proceder resulta inadmisible».
Aun antes de formular verbalmente objeción alguna, un elemento desprovisto de prudencia osó contradecir frontalmente las directrices del Comandante. Al desviar la atención, constaté la ineludible presencia de Platón.
El Comandante y Meursault experimentaron un grado tal de estupefacción ante la insolente insubordinación del joven oficial que guardaron silencio momentáneo, limitándose a contemplarlo fijamente. Platón interpretó aparentemente tal reserva como una tácita autorización para continuar, por lo que persistió con una expresión de absoluta solemnidad:
«La estructura operativa del Segundo Equipo engloba a oficiales de reciente incorporación. Dichos subordinados carecían de alternativa ante la directriz imperativa de su superior de abandonar el corredor asignado en pos de la fauna hostil. Tal como vos mismo afirmaste, mi estimado superior: la ineptitud de un individuo puede propiciar el sacrificio infructuoso de personal novicio. Es imperativo comisionar una partida de auxilio que les advierta sobre la topografía de simas. Si vuestra venia lo autoriza, me ofrezco a encabezarla».
Mantiene una consistencia inalterable este sujeto.
Bajo circunstancias ordinarias, habría prescindido de los servicios de Platón de inmediato. Sin embargo, confluían múltiples motivos de índole personal para abrigar reservas ante la simple ejecución de la retirada.
De replegarnos ahora, es altamente probable que jamás esclarezcamos el factor desencadenante de la huida de estas entidades.
Las campañas de subjugación se circunscribían a una periodicidad anual, aconteciendo en primavera. Los especímenes de gran envergadura evadidos en la presente jornada abstendránse de aproximarse a la Zona hasta el próximo ciclo primaveral como horizonte temporal mínimo, y es factible que perezcan con anterioridad en las extensiones de la tundra.
Aunado a esto, resultaría profundamente gravoso desperdiciar el condicionamiento inicial inculcado en dichos subordinados…
Aun cuando los sometí a rigurosos esquemas de simulación táctica, la capacidad de discernir un peligro latente en condiciones de combate real y ejecutar una respuesta adecuada dista de constituir una aptitud generalizada. Lucas y Bones detentan un valor operativo demasiado elevado como para permitir su pérdida de este modo.
De acuerdo. Procederemos a su persecución.
Consumada la toma de decisiones, extendí un brazo para desplazar sutilmente a Platón hacia la retaguardia y me propuse avanzar en solitario.
O al menos, albergué la intención de hacerlo.
«Ni os atreváis, Haydam».
En el instante preciso en que inicié el movimiento de apoyo a Platón, el Comandante me interceptó de manera tajante, con la certidumbre de quien conocía de antemano mis intenciones.
«He tolerado vuestra imprudencia en innumerables ocasiones, mas este contexto no amerita vuestra intervención. Vuestra proverbial altanería no siempre propicia desenlaces favorables».
Constituía una admonición que un progenitor y superior jerárquico se encontraba plenamente legitimado para proferir. No obstante, me vi imposibilitado de ceder terreno en esta coyuntura.
La resonancia del término «altanería» evocó de inmediato los semblantes de aquellos oficiales noveles que me habían tributado reconocimiento y aplausos durante la alocución de graduación.
«Padre».
Sostuve el contacto visual de manera firme con el Comandante.
«No pretenderéis calificar de mera altanería el valor demostrado por dichos oficiales de reciente incorporación en el discurso de graduación, ¿o sí?»
Si bien Platón manifestaba ligereza en el trato hacia sus superiores, Lucas y Bones carecían de margen de maniobra frente a las órdenes imperativas de su línea de mando. Apenas comenzaban a emanciparse de su estatus formativo. De permitir su inmolación estéril en estos momentos, ¿sobre qué bases fundamentaríamos la credibilidad de mi postulado acerca de la integración de la totalidad de la infancia de la Zona en la academia militar con fines de desarrollo de talento?
«Y mi propósito distaba de sugerir una expedición de rescate orientada al Segundo Equipo».
«¿Cuál es vuestra pretensión entonces?»
«Aquel sistema de simas que acabamos de catastrar. Me limitaré a alcanzar dicho hito, señalizarlo como área de peligro crítico y reemprender el retorno de inmediato».
El Comandante me observó de hito en hito durante un lapso breve, privado de articulación verbal, para finalmente manifestar:
«De modo que persistís en vuestra voluntad de acudir personalmente».
«Dudo que el resto del personal manifieste anhelo por arriesgar su integridad vital a causa de la negligencia de un insensato».
«¿Acaso la señalización de un sector de riesgo demanda la intervención de un infante de vuestra condición?»
«No ostento la condición de adulto exclusivamente al abatir entidades hostiles y la de infante cuando el cometido entraña peligrosidad, ¿o me equivoco?»
El Comandante me dirigió una mirada indescifrable.
«¿Cómo podéis albergar semejante grado de temeridad y soberbia…? En ocasiones me cuestiono seriamente si realmente compartís mi filiación».
Tan perspicaz como siempre.
«Meursault».
El Comandante emitió la directriz sin apartar su enfoque visual de mi persona.
«Conducid al resto de la fracción y emprended el repliegue prioritario».
«¿Señor?»
En esta ocasión, Meursault experimentó una sobresaltación rayana en el pánico.
«¿Qué implicaciones encierran vuestras palabras? ¿Acaso Su Excelencia contempla la posibilidad de permanecer en el sector?»
«¿Acaso abrigáis la convicción de que ambos sujetos se limitarán a señalizar el peligro y retornar en silencio?»
Procuré disimular raudamente la expresión incriminatoria que delató mi semblante, incurriendo en el equívoco de cruzar miradas con Platón.
A juzgar por su configuración gesticulatoria, tampoco albergaba el propósito de replegarse discretamente.
Percibí una focalización sobre mi persona y, al alzar el visor, constaté que Miel de Hogar me vigilaba con manifiesta zozobra. Su postura denotaba la apremiante disposición de exteriorizar su voluntad de integrarse al desplazamiento en cualquier instante, motivo por el cual formulé una severa negación con la cabeza. Si Miel de Hogar se segregaba asimismo del contingente de repliegue, la columna de retirada se expondría a un nivel de riesgo superior al nuestro. Con la deserción táctica simultánea del Comandante y de mi persona, resultaba imperativo preservar a uno de los elementos aptos para la confrontación con entidades de gran envergadura —Miel de Hogar— dentro de la fuerza de retorno.
El Comandante secundó mi trayectoria visual, examinó fugazmente a Miel de Hogar para desviar posteriormente su atención y sentenció:
«Si vuestra determinabilidad es firme, inicien el desplazamiento. Demoras adicionales propiciarán que la tormenta nival nos extravíe tanto a nosotros como a vuestra fracción».
Y acto seguido…
Con anterioridad a nuestra aproximación a la sima, topamos con trazas hemáticas que encarnaban un vívido contraste cromático al teñir de gules la pradera nival prístina.
Platón inició de inmediato un reconocimiento perimetral, bajo la presunción de una autoría vinculada a la fauna hostil.
No obstante, mi percepción fue instantánea en el momento de la constatación.
Esta manifestación…
Distaba de constituir la obra de entidades monstruosas.
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